El Modelo Y La Estela | Berlermo

Summary

El mayor golpe en la vida de Berlín estaba completamente calculado. Cada pieza formaba un rompecabezas perfecto; no había margen de error. Sin embargo, el plan no dependía de un margen de error ya existente, sino de los que Andrés de Fonollosa era capaz de crear. Y es que todo fue tan sencillo como entrar a aquel lugar y verlo sobre el escenario, tocando el piano con el cabello revuelto. Clayderman sería el peor error que habria podido cometer.

Genre
Romance/Other
Author
Klavz
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

La energía amor

—Damas y caballeros, bienvenidos. Mi nombre es Clayderman y soy el pianista, quizás algunos ya me conozcan.


¿Cómo había llegado Andrés a este lugar y a esta hora? Las circunstancias se habían alineado de manera inusual, llevándolo a un pequeño bar en una noche que no era usual para él.


—Sí, lo sé, señora, hay otro Clayderman que también es pianista, pero yo soy el bueno —aclaró el hombre tras una risa que se escuchó al fondo.


Andrés se encontraba en una mesa apartada, en la penumbra que lo envolvía observaba la actuación con una intensa atención, no apartaba la mirada. No era su tipo de lugar; por lo general, prefería locales más elegantes y sofisticados. Sin embargo, esta noche, se encontraba en un modesto bar de jazz, disfrutando de la música de un pianista desconocido.


Clayderman movía los dedos sobre las teclas con una destreza impresionante, cada nota resonaba en la habitación con una intensidad cautivadora. Mientras observaba el espectáculo, Andrés reflexionaba sobre los acontecimientos que lo habían llevado allí. La vida, a veces, tomaba caminos inesperados, y él se encontraba en medio de uno de esos giros imprevistos.


La melodía de Clayderman llenaba el aire con una mezcla de emociones: alegría, tristeza, esperanza, melancolía. Cada nota parecía contar una historia, y Andrés se dejaba envolver por ella, buscando respuestas en cada acorde, en cada pausa.


Quizás, al final de la noche, encontraría la claridad que tanto anhelaba. O tal vez, solo encontraría más preguntas. Pero por ahora, se dejaba llevar por la música, por la magia del momento, mientras el pianista continuaba su actuación.


Quizás se haya enamorado, y tal vez todo sea culpa de Roi, quien apuntó los telescopios hacia la persona equivocada pero en la habitación correcta. O quizás, simplemente sea culpa de toda su banda; después de todo, fueron ellos quienes colocaron las cámaras en esa habitación.


El destino, esa fuerza misteriosa que a menudo parece jugar con nuestras vidas, ha intervenido de manera caprichosa. Ha lanzado a Andrés a un nuevo mundo, uno en el que siente obligado a explorar, mientras se debate entre la pasión y la responsabilidad, entre la razón y el deseo.


Pero, ¿quién puede culparlo por sentirse así? El amor es un laberinto complicado, una red de hilos invisibles que nos atrapa cuando menos lo esperamos. Y ahora, Andrés se encuentra atrapado en sus garras, luchando por encontrar una salida mientras la música de Clayderman llena la habitación, como un eco de sus propios sentimientos.


Aunque había una tercera opción, una que lo señalaba a él mismo. ¿Quién sabiendo eso no toma la decisión de corregir el error? En cambio, ordenó dividir los recursos para vigilar a ambos objetivos. Convencer a Damián fue fácil; le hizo creer que el pianista podía ser un ladrón de carteras, uno de esos que solo esperan una oportunidad para arrebatar lo que ya ha sido robado. Andrés también creyó eso al principio, pero dejó de importar después.


"Es solo un poco de vigilancia vaga para mantener el orden", le dijo a Damián. Sin embargo, cuando este se fue a dormir, Andrés no pudo apartar la mirada del monitor que proyectaba las imágenes de las cámaras. Ni siquiera sabía el nombre del hombre que veía dormir, pero estaba seguro de que era diferente a todas las mujeres que había conocido. Sentía por él una atracción desmedida que rompía todos sus estándares, incluso la barrera del deseo. Observando las imágenes en la pantalla, Andrés se dio cuenta de que había más en la vida que seguir un plan. Había un corazón latiendo al otro lado de la habitación, un alma que despertaba algo en él.


El piano de Clayderman seguía sonando en el fondo, pero para Andrés ya no era más que un murmullo lejano. Estaba absorto en su propia lucha interna, debatiéndose entre la responsabilidad y el deseo. ¿Debería seguir adelante con la vigilancia, ignorando sus propios sentimientos? ¿O debería enfrentarse a ellos sin importar el desenlace?


Cuando lo vio, se dio cuenta de que nunca más podría definirse a sí mismo como un hombre heterosexual. Puede que hubiera tenido dudas en su juventud, pero ahora no, está completamente seguro de que quiere a ese hombre, de todas las formas posibles. Fue esa seguridad la que lo impulsó a seguirlo cuando salió de su departamento, caminando detrás de él sin hacerse notar. De hecho, parecía que el hombre no veía más allá de su propio camino.


Demasiado confiado para ser solo un pianista.


Pero Andrés no lo notó, y no lo hará, porque en este preciso momento en que Clayderman lo voltea a ver entre todos los presentes, Andrés creerá que es el destino, un designio que los llevó de la mano para que sus caminos se cruzaran, como si sus corazones hubieran sido marcados desde el principio.


La gente a su alrededor se desvanece mientras Andrés se sumerge en ese único instante, donde todo parece cobrar sentido. El sonido del piano se desvanece y el aire se carga de electricidad, como si el universo entero estuviera conspirando para unirlos. Es justo en ese momento donde la claridad queda extinguida pues Andrés siente que está en el umbral de algo más grande que él mismo.


Sus ojos se encuentran, y en ese breve instante, Andrés ve reflejada en los ojos de Clayderman una chispa de reconocimiento, como si también hubiera sentido la fuerza que Andrés estaba sintiendo . El corazón de Andrés late con fuerza en su pecho, sintiendo que finalmente ha encontrado algo que había estado buscando durante tantos años.


Su alma gemela.


El destino ha hablado, y ahora Andrés sabe que su vida nunca volverá a ser la misma.


Ojalá Clayderman hubiera girado en su dirección mientras lo observaba fumar un cigarrillo después del espectáculo, casi al amanecer. Los mechones de su cabello se alborotaban con el aire mientras contemplaba la ciudad.


Era París, un lugar que Andrés debería estar admirando con el mismo brillo en los ojos, pero en cambio, su atención está completamente absorbida por la persona a pocos metros de él. No puede apartar la mirada, anhelando acercarse y hablarle, pero el miedo lo paraliza.


Cada paso que da hacia atrás, cada palabra que no dice, se siente como una oportunidad perdida, una chance desperdiciada de acercarse al objeto de su deseo. Pero la incertidumbre lo consume, y regresa al hotel sin haber cruzado una sola palabra con él.


Al recostarse en su cama, las sombras de la noche lo envuelven, pero su mente sigue activa, llenándose de preguntas y suposiciones sobre lo que podría haber sido si hubiera tenido el valor de hablarle. El insomnio se convierte en su compañero mientras la imagen de Clayderman fumando en la oscuridad se graba en su memoria.


•••


—¡Buenos días, a todos!— Saluda al llegar—, Damián, ven.


El mencionado gira irritado al escuchar a Andrés entrar al lugar, camina hacia él y tira el casco que tenía entre manos al suelo— Son las doce del medio día ¿Dónde te habías metido?


—Si, bueno, me he quedado dormido— Andrés se justifica sin darle mucha importancia al asunto—. Es que anoche conocí a alguien.


Damián arquea una ceja, claramente impaciente.


—Anoche, en un bar lleno de humo y de gente que no se quiere ir a su casa. Él se subió a tocar el piano, creo que es el pianista de ese lugar, no estoy muy seguro— Trata de explicar, pero sus palabras salen disparadas y no se da cuenta de que Damián se queda en la primera frase.


—Espera un momento, ¿anoche? ¿En un bar? —Damián interrumpe, con incredulidad en su voz.


—Sí, así es —Andrés asiente con un brillo en los ojos, recordando el encuentro—. Era como si el universo nos hubiera reunido en ese lugar, Damián. Estoy seguro de que él también lo sintió, algo que nunca antes me había pasado .


—¿Él? — Damián, curioso, preguntó solo para aclarar y asegurarse de que el sueño no le hubiera hecho confundir las palabras.


—Sí, Damián. — Andrés frunció el ceño, molesto por la interrupción—. ¿Acaso ahora eres homófobo?


—No, es que... — Su amigo ya no supo cómo seguir el hilo de la conversación, estaba tratando de asimilar el hecho de que alguien como Andrés pudiera sentirse atraído por un hombre. Incluso había creído que Berlín tenía cierto tipo de homofobia interna.


Para su suerte, Andrés cortó toda palabra sin sentido que estaba a punto de salir de su boca—. ¡Y yo solo quería quedarme a vivir allí, con esa gente! —Comenzó a reír, no muy fuerte pero sí muy emocionado—. Te tengo que pedir un favor. Tienes que acompañarme.


—¿Acompañarte? — Damián preguntó, su tono ahora lleno de incredulidad y cierta dosis de ira.


—Sí, sí, claro, para hablar con él — Andrés respondió, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Tú sabes, Damián, ese momento en el que te estás fascinando con alguien y quieres saber todo de él. ¿Quién es? ¿Cómo habla? ¡Cómo se ríe! ¡Tenías que haber visto esa risa! ¡Qué luz!


La emoción de Andrés chispeaba en sus ojos, pero Damián se sentía cada vez más incómodo con la idea de acompañar a su amigo en una misión que no entendía del todo.


Damián estaba atento a cada palabra que Andrés soltaba, con fuego ardiendo ya en sus ojos, se controlaba pero eso no evitó que atara cabos. Aunque cualquiera podría hacerlo, era obvio de quién hablaba Andrés.


— Ayer volví a la habitación para relevarte pero no estabas, y el hombre al que pediste tener en vigilancia tampoco estaba, en ninguna de las cámaras — informó Damián.


Andrés frunció el ceño ante eso, asimilando lo que Damián le decía aunque él lo sabía mejor que nadie.


—Y yo estaba pensando… sé que te va a sonar absurdo, pero ¿no será ese hombre fascinante el "ladrón de carteras"? ¿De casualidad? — planteó Damián, con un deje de reticencia en su voz.


—¡El mismo! — Andrés respondió de inmediato —. ¿Pero qué tendrá que ver una cosa con la otra, Damián?


La tensión en la habitación aumentaba a medida que ambos se enfrentaban a la posibilidad de que el hombre que había capturado la atención de Andrés fuera, de hecho, un criminal.


—Tenemos aquí montada la de Dios, una puñetera excavación arqueológica, ¿y tú me estás pidiendo que te acompañe a tomar un cafecito con el hombre que nos podría robar a nosotros? — Damián habló entre dientes, tratando de que Andrés entrara en razón.


—¡No, no! Lo del ladrón de carteras lo he inventado yo para que no quitaran las cámaras — Andrés respondió, con un toque de desesperación en su tono.


—¿Y los telescopios? — Añadió Damián mordaz.


—Y los telescopios, sí. Pero, Damián, es un pianista, deberías haberlo visto, es completamente inofensivo.


—No confío en él. — Sentenció Damián, mirando fijamente a Andrés con una mezcla de preocupación, como si temiera lo que Andrés pudiera hacer.


—Tampoco deberías confiar en mí. — La respuesta de Andrés fue firme, pero había un atisbo de dolor en sus ojos, como si reconociera la verdad en las palabras de su amigo.


La habitación se llenó de un silencio cargado.


—Sea lo que sea que hagas, solo prométeme que no pondrás en peligro el plan. — La voz de Damián fue apenas un susurro, pero llevaba consigo un peso significativo, como si estuviera pidiendo a Andrés que no lo llevara por un camino del que no había retorno.


Andrés asintió lentamente, con una expresión grave en su rostro. Sabía que Damián tenía razón en desconfiar, pero también sabía que no podía dejar pasar esta oportunidad.


—Te lo prometo— sonaba creíble, pero había cierta incertidumbre en sus palabras, como si incluso él no estuviera seguro de lo que dice.


Damián suspiró, resignado, deseando fervientemente que el pianista fuera solo un pasatiempo y desapareciera antes de que las cosas se complicaran aún más.


•••


Lo que Damián no sabía, o quizás prefería ignorar, era que Andrés, cegado por el amor, no era capaz de ver las obvias grietas que podrían hacer quebrar una promesa.


Una de esas grietas estaba formándose en ese preciso momento, con Berlín y Roi en el auto.


—¿Y qué estamos haciendo aquí exactamente? — Roi preguntó con impaciencia después de haber esperado ya mucho tiempo.


Andrés meditó la respuesta unos segundos, sintiendo la presión de justificar su decisión.


—¿Alguna vez has visto a una mujer en el metro o en un tren y te has quedado con ganas de saber más sobre ella? — planteó Andrés, buscando hacer comprender su situación.


—Sí, claro — respondió Roi, intrigado.


—Pues eso me pasó anoche, justo en ese bar — Andrés señaló hacia el lugar con gesto ansioso —. Quiero esperar a que vuelva y entablar una conversación, solo dos minutos y ya.


Roi reflexionó un momento, luego su rostro se iluminó con una idea.


—No, mejor esperamos una horita, toman un café, se conocen — propuso con ilusión, proyectando sus propios deseos en la situación.


—Precisamente esa es la clave, dos minutos.


—¿Cómo? — Roi estaba confundido, al igual que cualquiera que escuchara lo que decía Berlín.


—Cuando te fascinas con alguien, te obsesionas y cuando te obsesionas estás jodido. Te vuelves vulnerable — Andrés comenzó a relatar lo que él había visto —. Pasas a ser uno más de toda esa lista de babosos y mentecatos que merodean alrededor de ella tratando de conseguir una cita.


—¿Entonces cómo lo va a hacer?


—Siguiendo una táctica militar: Avanzadilla, golpe, huida— Andrés mantiene la barbilla alzada y una ligera sonrisa, confiando en que eso funcionará—. Acercarse, tener una mínima conversación y después alejarse.


—Es inteligente — Roi, como siempre, alienta las ideas de Andrés.


—Mira, ahí viene —Anuncia Andrés, señalando con urgencia hacia la entrada del bar.


—Yo no veo nada —Responde Roi, escudriñando la calle en busca de alguna mujer que Andrés pueda haber avistado, pero solo puede ver al hombre que cruza la puerta del bar.


—Pues estás ciego —Dice Andrés con impaciencia, saliendo del auto rápidamente, aunque regresa de inmediato—. ¡Roi, Roi, entra y me saludas como si fuéramos unos amigos que no se ven en mucho tiempo! ¡Ah, y el libro! ¡El libro!


Roi asiente, intentando seguir el ritmo acelerado de Andrés mientras le entrega el libro. Aunque se siente algo desconcertado por la rapidez de los acontecimientos, sigue las instrucciones de Andrés y se recuerda a sí mismo que debe actuar con naturalidad, pero la ansiedad le carcomía por dentro.


Cuando Andrés entró al bar, sus ojos se posaron de inmediato en el hombre sentado en la barra. Este hombre, con una elegancia innegable, ordenó algo en perfecto francés antes de volver su atención a su periódico. Andrés se acercó y tomó asiento a su lado, sintiendo la tensión aumentar con cada segundo que pasaba sin que el hombre alzara la vista.


Después de un breve momento de nervioso silencio, Andrés decidió romper el hielo. Jugando con la portada de su libro, se armó de valor y dirigió la pregunta al hombre a su lado en un francés tan fluido como pudo.


—Perdón, ¿es usted Clayderman? — Preguntó, intentando ocultar la ansiedad que sentía en su interior.


—El mismo. ¿Qué se le ofrece? — El hombre giró hacia él con una sonrisa, sin parecer desconcertado.


—Ah, no, nada — Andrés respondió apresuradamente, sintiendo cómo la ansiedad se apoderaba de él. Solo estaba actuando, pero no podía evitar sentirse nervioso —. Estoy de vacaciones en París, me llamo Simón y anoche tuve el placer de escucharlo tocar aquí, fue impresionante.


El hombre lo miró con curiosidad, luego soltó una risa suave—. Hablo español, no te esfuerces. Soy argentino y sé lo que es eso de tener la lengua enredada —Extendió la mano hacia Andrés —. Roberto Clayderman.


—Un placer —respondió Andrés, estrechando la mano del pianista con un leve temblor en los dedos.


—Y gracias también, me hace feliz que a la gente le guste lo que toco, aunque sea de vez en cuando — Clayderman desvió la mirada hacia su café y tomó un sorbo—. No toco aquí todos los días, es más un pasatiempo.


Andrés quería preguntar más. Si no era eso un trabajo, ¿a qué se dedicaba entonces? La duda se prolongó tanto que generó un silencio incómodo entre ellos. Además, Andrés no apartaba la mirada del hombre, quien ya había retomado la lectura de su periódico. El crujido del papel parecía llenar el vacío que dejaba el silencio.


—¿Le gusta Dupont? —Roberto preguntó, mirando de reojo y como una ocurrencia tardía para superar la incomodidad.


—¿No me diga que a usted también le gusta? —Andrés respondió, falsamente sorprendido.


—Para nada, lo leo para inducirme al sueño.


—Un tostón —Andrés opinó, tratando de parecer casual, aunque en realidad había ensayado mil formas de alabar el libro—. ¿No? Yo lo llevo para ver si lo acabo de una vez —añadió con una risa forzada—. O mejor, a ver si lo pierdo.


La tensión se alivió un poco con la conversación casual, pero Andrés seguía sintiendo la presión de saber que había desperdiciado valioso tiempo investigando sobre el autor.


Roberto deja de lado completamente su periódico, lo que hace que Andrés festeje internamente.


—Pudo haber venido a saludarme ayer —Roberto comenta, con una leve sonrisa.


—No quería molestar —Andrés baja la mirada, fingiendo estar apenado.


—Para nada —Roberto responde suavemente, su voz convirtiéndose en un murmullo repentino—. ¿Vos venís aquí solo?


—No, espero a un amigo al que no veo hace…— Andrés se interrumpe a sí mismo y levanta la mano en saludo—, bueno, justo ahí está.


Hace una señal a Roi para que termine lo que sea que esté haciendo y se acerque.


—Emocionado el pibe —comenta Roberto, observando la escena con interés.


—Mucho tiempo —se disculpa Andrés, sintiendo pena por el comportamiento raro de Roi.


—Pero cuánto tiempo…— Roi llega, abraza a Andrés y le saluda con tres besos—. ¿Cómo estás?


—Eh… bien —Andrés responde con nerviosismo, sintiendo la incomodidad en el ambiente—. Pues nada…— Se vuelve hacia Roberto—. A ver si paso otro día y tengo la oportunidad de escucharle tocar otra vez.


—Será un placer— Responde Roberto, aunque su atención se desvía hacia Roi en ese momento, pero luego regresa al otro hombre—. Enchanté.


—Enchanté— Andrés corresponde, prolongando el momento tanto como puede —. Au revoir.


—Au revoir.


Andrés guía a Roi hacia una de las mesas cerca de la puerta.


—Ahora nos vamos a sentar aquí— le indica al chico después de que este haya tomado asiento—. A ver si hemos sembrado bien la semilla del interés.


Berlín toma asiento frente a Roi, quien lo mira con la cabeza ligeramente inclinada y un ceño fruncido que parecía querer leer la mente de Andrés.


—¿Y ahora qué? — Andrés, quien estaba vigilando cuidadosamente su objetivo, fija su mirada en él.


—Seguro que usted ya se habrá dado cuenta de esto, señor— Roi mueve una de sus manos sobre su cuello, tratando de encontrar una manera de expresarse—, pero ese es un hombre.


—Sí, Roi, puedo verlo, yo también tengo ojos.


—Pero usted...


—¿Tú también? — Andrés rodó los ojos y agitó las manos— Sí, es un hombre, Roi. ¿Es que acaso los hombres no pueden enamorarse de otros hombres?


—No, sí, es solo que no creí que usted…— Roi hablaba atropelladamente, sin poder explicarse bien—. Es que usted habló de una mujer.


—Nunca hablé de una mujer —Cortó rotundamente.


—Lo hizo en el auto, no hace mucho.


—Nunca lo hice.


—Lo hizo, mientras contaba la táctica de como hacer que una mujer se interesará en usted.—Andres ha aprendido que Roi todavía no capta cuando uno tiene que darle la razón a alguien aún así este no la tenga.


—Bueno, Roi, no tengo experiencia conquistando hombres, así que eso tendrá que servir.


—¿Y cómo lo sabremos? — Roi se inclina más cerca del otro hombre, genuinamente interesado en su táctica.


—Muy sencillo, si cuando salga por la puerta nos mira o sonríe, lo habremos logrado.


Roi sonríe animado mientras voltea a ver nuevamente al hombre detrás de él.


—¡Pero no lo mires!— Andrés regaña, temiendo que Roberto los descubra.


—Lo siento, lo siento— Roi se disculpa apresuradamente, pero su mirada vuelve a desviarse hacia el hombre en cuestión, incapaz de contener su curiosidad.


—¡Ahí viene! —Advierte alarmado—. Cuéntame algo, sobre tu abuela ¿Cómo está?


—Bueno… está bien en casa, como siempre… —Roi trata de seguir con la conversación, pero su voz titubea un poco, distraído por la proximidad de Roberto.


Andrés intenta escuchar, su mirada viaja entre Roi y Roberto.


—Cuando vamos a la casa se pone…


Pero deja de intentarlo cuando Roberto sale por la puerta sin siquiera voltear a verlo. Roi también deja de hablar, su atención fija en el pianista que se aleja.


—¿Pero que ha pasado? ¡Qué ni nos ha mirado!—Andrés se queda ensimismado, tratando de encontrar una explicación lógica a lo que acaba de ocurrir.


—Tal vez ya lo haya considerado, pero puede que a él no le gusten los hombres —Roi intenta consolar, aunque no quiere meterse demasiado—. A lo mejor eso es lo que ha pasado.


—No, no —Andrés niega rotundamente, como si esa explicación no fuera posible—. Es que como no le he hecho caso, como no he bebido los vientos por él como todos los demás, a lo mejor se ha pensado que somos una pareja.


Andrés infiere, mientras que Roi lo observa con gesto confundido.


—Además, te ha visto hacer esos aspavientos cuando has entrado, Roi, ¡Parecía que habías visto a Madonna!


—Es que, como había dicho que somos unos amigos que no se ven desde hace mucho tiempo…


—¿Y a qué han venido los tres besos?


—Así se saludan aquí.


—Sí, pero ¿eres francés? ¿Acaso soy yo francés? Es hasta raro, joder, dos españoles besuqueándose.


—Ya… —Roi termina resignado.


—Dios, hemos sembrado plutonio —resopla Andrés—. Acabamos de destrozar esta relación.


•••

“¡Te dije que era hoy, hijo de puta!”


“¿El horario? ¡Llevas aquí más de un año! ¿Cómo no te vas a acostumbrar al horario?”


Roi escuchaba a través de los auriculares, y aunque no se consideraba una persona chismosa, él agradeció que hubiera algo de acción en su turno, incluso si solo se trataba de una pelea de pareja.


—Señor, el pianista va a salir solo, su cita le ha cancelado.


Andrés deja de perder el tiempo en su laptop y se acerca a Roi tan rápido como puede para ver las imágenes que se transmiten en el monitor. Ahí estaba Roberto, a punto de salir del apartamento pero sin colgar la llamada.


—¿Qué dice? —Andrés se apresura a preguntar, con los nervios a flor de piel.


—Que irá solo a la ópera. —Roi le responde, con la mirada fija en la pantalla—. Tiene que ir.


—Lustra mis zapatos. —La voz de Andrés sonaba apremiante mientras arrojaba sus zapatos en las manos de Roi, quien estaba a punto de comenzar una carrera contra el reloj.


Roi se quedó momentáneamente perplejo, mirando los zapatos en sus manos como si fueran un enigma por resolver. Sin embargo, no tuvo tiempo para cuestionar la solicitud; sabía que Andrés estaba presionado y que cada segundo contaba.


Con manos temblorosas, Roi comenzó a cepillar y lustrar los zapatos, tratando de hacerlo con la mayor precisión posible. Cada movimiento era una mezcla de determinación y ansiedad, mientras intentaba asegurarse de que los zapatos de Andrés estuvieran impecables para lo que estaba por venir.


Andrés, por su parte, se apresuraba a vestirse con el único esmoquin que había traído para el viaje. Cada botón que abrochaba, cada ajuste que hacía, reflejaba su urgencia por llegar a tiempo. Sabía que esta era su oportunidad, su momento para demostrar lo que sentía, y no podía permitirse ningún error.


Finalmente, con los zapatos brillantes y el esmoquin ajustado, Andrés salió corriendo del hotel, listo para ser lo que Roberto espera.