Señores de la Noche

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Summary

Un libro que forma parte del universo de "La princesa de las joyas" de la autora MagicianRam. Con su debido permiso escribo este libro de una de las legiones de caballeros mas temidas de todo su reino "Los señores de la noche". Depredan en sus víctimas desde las sombras, acechando a los ciudadanos del Reino de Emerald en su eterna lucha por destruir a la familia real que le dio muerte a su gran señor. Esta es su historia. Entra si quieres conocer la verdad que oculta el propio Reino de preciosas joyas. Quizás no te guste la respuesta. Libro que forma parte de la historia de "La princesa de las joyas" Inspirado en el libro de "Los amos de la noche" de AARON DEMBSKI-BOWDEN de Games Workshop

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prologo

Los pecados del padre, dijeron.

Tal vez. Tal vez no. Pero siempre fuimos diferentes. Mis hermanos y yo, nunca fuimos realmente hermanos del resto: los Ángeles, los Lobos...

Tal vez nuestra diferencia fue el pecado de nuestro padre y tal vez fue su triunfo. Nadie me ha permitido proyectar un ojo crítico sobre la historia de nuestra Legión. Sin embargo, estas palabras se clavan en mí.

Los pecados del padre. Estas palabras han moldeado mi vida.

Los pecados de mi padre resuenan a través de la eternidad como una maldición. Pero los pecados de la antepasada de mi padre son adorados como los primeros actos de una deidad. No me pregunto si esto es justo. Nada es justo. La palabra es un mito. No me preocupo de lo que es justo, ni de lo que es correcto, ni de lo que es injusto y erróneo. Estos conceptos no existen fuera de los cráneos de los que desperdician su vida en contemplación.

Me pregunto, noche tras noche, si merezco venganza.

Dedico cada latido de mi corazón a derribar todo lo que una vez ayude a levantar. Recuerda esto, recuérdalo siempre: mi espada y mi arcabuz ayudaron a forjar el Reino. Yo y los que son como yo, tenemos más derecho que nadie a destruir el enfermizo Reino de Emerald, porque fueron nuestra sangre, nuestros huesos y nuestro sudor, los que lo protegimos.

Mira ahora a tus brillantes campeones. Los caballeros que asolan los rincones oscuros de tus tierras. Las hordas de frágiles mortales esclavizados a los ciudadanos y encadenados en el servicio al Palacio de las Mentiras. Ni un alma de ellas siquiera nació cuando mis hermanos y yo construimos este Reino.

¿Merezco venganza? Déjame decirte algo sobre la venganza, pequeño lacayo de Emerald. Mis hermanos y yo juramos a nuestro padre moribundo que expiaríamos los grandes pecados del pasado. Desangraríamos el indigno Reino que habíamos defendido y purificaríamos la tierra de la mancha de los Reyes Usurpadores.

Esto no es una mera venganza. Esto es redención. Mi derecho para destruir es mayor que tu derecho para vivir. Recuérdalo, cuando vayamos a por ti.



Es un niño de pie sobre un hombre moribundo.

El chico está más sorprendido que asustado. Su amigo, que aún no ha tomado una vida, le empuja para alejarlo. Él no se moverá. Todavía no. No puede escapar de la mirada en los ojos sangrantes del hombre.

El tendero muere.

El chico corre.


Es un niño que está siendo usado por magos.

Aunque duerme, su cuerpo se retuerce, traicionado por los sueños dolorosos y los nervios insomnes cuando registran el dolor de la magia que corre por su cuerpo. Su cabello cambia a un negro apagado, sus huesos son atrofiados y obligados a crecer. Su corazón late fuertemente, su sonido se escucha por toda la habitación. Está siendo obligado absorber los minerales antinaturales en su cuerpo para aumentar su ciclo vital

Unas manos firmes, algunas humanas, otras de madera o metal, trabajan sobre el cuerpo del niño, disparando y parando, lanzando y deteniendo el hechizo para evitar matarlo. El chico se estremece de nuevo y sus ojos se abren por un instante.

Un Dios con una máscara blanca menea su cabeza.

-Duerme.

El chico intenta resistir, pero el sueño se apodera de él con garras reconfortantes. Se siente, sólo por un momento, como si se hundiera en los mares negros de su pueblo natal.

Duerme, había dicho el Dios.

Obedece, porque los químicos dentro de su sangre le obligan a obedecer.

Un tercer hechizo es lanzado dentro de su pecho, no lejos de su corazón. A medida que la magia deforma los huesos para crecer con los nuevos minerales, otro hechizo lanzado genera una gran cantidad de hormonas para alimentar sus músculos.

Los magos cierran las heridas médicas del chico.

El niño ha dejado de ser humano. El trabajo de esta noche se ha encargado de ello. El tiempo revelará cuán diferente llegará a ser el niño.


Es un adolescente, de pie sobre otro cuerpo muerto.

Este cadáver no es como el primero. Tiene la misma edad que el chico en sus últimos momentos de vida lucho con todas sus fuerzas, desesperado por no morir.

El chico suelta su arma. El cuchillo serrado cae al suelo.

Los señores de la Legión vienen hacia él. Sus ojos son rojos, su oscura armadura inmensa. Los cráneos cuelgan de sus hombreras y petos, encadenas de bronce ennegrecido.

Toma aliento para hablar, para decirles que fue un accidente. Le hacen callar.

-Bien hecho -dicen.

Y le llaman hermano.


Es un adolescente y el arcabuz es pesado en sus manos.

Observa durante un momento muy largo. Ha entrenado para esto. Sabe cómo ralentizar su corazón, como regular su respiración y los impulsos biológicos de su cuerpo hasta que toda su forma permanece tan inmóvil como una estatua.

Depredador. Presa. Su mente se enfría, su concentración es absoluta. El mantra cantado internamente su convierte en el único modo de ver el mundo. Depredador. Presa. Cazador. Cazado. Nada más importa.

Aprieta el gatillo. A mil metros de distancia, un hombre muere.

-Objetivo eliminado -dice.


Es un hombre joven, durmiendo en la misma camilla de cirugía que antes. En un sueño demandado por los productos químicos que fluyen a través de sus venas, sueña una vez más con su primer asesinato. En el mundo real, agujas se clavan en la carne de su espalda, inyectando líquidos directamente en su columna vertebral.

Su cuerpo adormecido reacciona a la invasión, tosiendo una vez. Una flema ácida deja sus labios, siseando en el suelo donde cae al devorar el suelo de baldosas.

Cuando despierta, horas más tarde, siente las tomas corriendo por su espina dorsal. Las cicatrices, los nódulos metálicos...En un universo donde no existen Dioses, sabe que esta es la mortalidad que más puede acercarse a la divinidad.


Es un hombre joven, contemplando sus propios ojos.

Está desnudo en una cámara oscura, en una fila con una docena de otras almas. Otros iniciados están con él, también despojados de ropa, con las marcas de sus cirugías frescas sobre su pálida piel. Apenas los nota. La sexualidad, para nosotros, es un concepto olvidado, ajeno a su mente, su conciencia ha descartado sólo una de mil humanidades. Ya no recuerda el rostro de su madre y de su padre. Sólo recuerda su nombre porque sus señores de la Legión nunca lo cambiaron.

Mira en los ojos que ahora son los suyos. Le miran fijamente, sesgados y en un rojo asesino, sobre un casco con su placa facial pintada de blanco. La pálida calavera de hueso y de ojos sangrientos le observa cuando él la mira. Este es ahora su rostro. A través de estos ojos verá el mundo. A través de este casco de calavera gritará su ira a aquellos que osen desafiar la visión de la Primera Reina para todos los Emerianos

-Eres Tairus —dice un señor de la Legión—, del Primer Filo, Quinto Grupo.


Es un hombre joven, completamente inhumano, inmortal y eterno.

Ve a todo el mundo a través de una visión carmesí, como si de un análisis de datos estuviera siendo recopilada en su interior por él mismo. Escucha los signos vitales de sus hermanos. Siente la temperatura fuera de su armadura de guerra. Ve el objetivo en un parpadeo y sigue sus movimientos, siente su mano, agarrando su arcabuz, tensa mientras trata de seguir cada blanco. La cantidad de munición suelta muestra cuántos han muerto este día.

A su alrededor las otras razas mueren. Diez, una decena, un centenar. Sus hermanos se abren paso masacrando a través de una ciudad de cristal violeta, con los arcabuces rugiendo y las espadas desenvainando su filo. Aquí y allá, en la ópera del ruido de batalla, un hermano grita su rabia con los cristales de comunicación en sus armaduras.

El sonido es siempre el mismo. Los arcabuces siempre rugen. Las espadas siempre se desenvainan. Los caballeros siempre gritan su furia. Cuando nuestra Legión hace la guerra, el sonido es el de los leones y los lobos matándose unos a otros mientras los buitres chillan por encima.

Grita palabras que un día nunca gritará de nuevo palabras que pronto se convertirán en ceniza en su lengua. Ya grita las palabras sin pensar en ellas, sin sentirlas.

Por La Primera Reina.


Es un hombre joven, bañado en la sangre de humanos.

Grita palabras sin el corazón para sentirlas, declarando conceptos de justicia Emeriana y venganza merecida. Un hombre se aferra a su armadura, rogando y suplicando.

-¡Somos Emerianos! ¡Nos hemos rendido!

El hombre joven rompe el rostro del humano con la culata de su arcabuz. Rendirse tan tarde era un gesto sin sentido. Su sangre debe correr como ejemplo y el resto de los pueblos de la región caerán uno detrás de otro.

A su alrededor, la lucha no ha disminuido. Pronto, su arcabuz está silenciado, sin voz y sin balas que disparar. Poco después, su espada se queda sin filo, atascada con carne.

Los Señores de la Noche recurren a matar a los humanos con sus manos desnudas. Guanteletes oscuros golpean, estrangulan y aplastan. En un momento atemporal en el cuerpo a cuerpo, la voz de un aliado llega por el por una de las joyas. Se trata de un Pretoriano de Emerald, hijos del antiguo Rey Alaric. Su legión observa desde la aburrida seguridad de un campamento, aparentemente, recién montado.

-¿Qué están haciendo? -demanda el Pretoriano de Emerald- Hermanos, ¿Están locos?

Tairus no responde. No merecen una respuesta. Si los Pretorianos hubiesen traído este pueblo al acatamiento, los Señores de la Noche nunca habrían necesitado venir aquí.


Es un hombre joven, observando su ciudad natal arder.

Es un hombre joven, de luto por un padre antes de morir.

Es un traidor para todo aquello que una vez consideró sagrado.


Luces de faroles penetrantes atravesaron la penumbra.

El equipo de rescate se movía lentamente, ni paciente ni impaciente, pero con la cuidada confianza de los hombres con un arduo trabajo por hacer y ningún plazo que cumplir. El equipo se extendió a través de la cámara, volcando escombros, examinando las marcas de disparos en las paredes, con sus cristales de comunicación internos mientras hablaban entre sí.

Con el campamento abierto, cada miembro del equipo de rescate llevaba protección contra el frio aire del territorio. Se comunicaban tan a menudo con el lenguaje de signos como lo hacían con las palabras. Esto interesaba al cazador que les observaba, porque él también dominaba los signos de batalla de los caballeros. Curioso, ver a sus enemigos traicionarse a sí mismos tan fácilmente.

El cazador observó en silencio mientras las espadas cortaban de un lado a otro, dejando al descubierto los restos de las batallas que tuvieron lugar en el lugar abandonado. El equipo de rescate -que eran personas con un entrenamiento básico, pero demasiado pequeños y sin armaduras para ser caballeros- estaba impedido por las armaduras de protección que llevaban. Tal confinamiento limitaba sus sentidos, mientras que la antigua armadura del cazador sólo mejoraba los suyos. No podían oír como él lo hacía, ni ver como él veía. Eso reducía sus posibilidades de supervivencia de increíblemente improbables a absolutamente ninguna.

Sonriendo ante ese pensamiento, el cazador susurró lo que parecía un hechizo a su armadura, una única palabra que atrajo el alma de un guerrero con el conocimiento de que la cacería estaba a punto de comenzar.

-Visión rapaz.

Su visión se desdibujó al azul de los océanos más profundos, decorado por rastros del calor de los seres vivos en movimiento. El cazador observó al equipo moverse, separándose en dos unidades, cada una de dos hombres.

Esto iba a ser entretenido.


Tairus siguió al primer equipo, siguiéndoles entre las sombras por los pasillos, sabiendo que el ronroneo de su armadura y los gruñidos de sus articulaciones no eran escuchados por los rescatadores de sentidos embotados.

Rescatadores era tal vez una palabra errónea, por supuesto. Irrespetuosa para el enemigo. Aunque no eran del todo caballeros, su mejora por magia era obvia en el volumen de sus cuerpos y la gracia letal de sus movimientos. Ellos también eran cazadores, pero ejemplos más débiles de la estirpe.

Iniciados.

Su icono, montado sobre cada hombrera, mostraba una lágrima desangre rubí enmarcada por unas orgullosas alas angelicales. Los pálidos labios del cazador se enroscaron en otra retorcida sonrisa. Esto era inesperado. Los Ángeles de Emerald habían enviado un equipo de exploradores...

El Señor de la Noche tenía poco tiempo para nociones de coincidencia. Si los Ángeles estaban aquí, entonces estaban aquí de caza. Tal vez el Pacto de Sangre había sido detectado en los sensores de largo alcance de una flota de batalla de los Ángeles de Emerald. Un descubrimiento así habría sido, con certeza, suficiente para traerlos aquí.

En busca de su preciosa espada, sin duda. Y no por primera vez.

¿Quizás era su ceremonia de iniciación? ¿Una prueba de habilidad?

Recuperar la espada y merecer la aceptación en la orden...

Oh, que desafortunado.

La espada robada colgaba de la cadera del cazador, como había hecho tanto tiempo. Esta noche no sería la noche en que regresase al desesperado alcance de los Ángeles. Pero, como siempre, eran bienvenidos a vender sus vidas en su intento de reclamarla.

Tairus supervisó la lectura de sus retinas oculares. La tentación de activar ciertas runas con un parpadeo era fuerte, pero se resistió a la tentación. Esta caza sería bastante fácil, sin drogas de combate que inundasen su sangre. La pureza estaba en la abstención de estas cosas hasta que se hicieran necesarias.

Las runas de localización de sus hermanos en la Primer Filo parpadearon en un de sus cristales. Después de tomar nota de sus posiciones en la zona, el cazador avanzó para derramar la sangre de los esclavizados al Palacio de las Mentiras.


Un verdadero cazador no evitaba ser visto por su presa. Esa clase de acecho era el acto de los cobardes y los carroñeros, revelándose sólo cuando la presa estaba muerta. ¿Dónde estaba la habilidad en eso? ¿Dónde estaba la dificultad?

Un Señor de la Noche era criado para cazar por otros principios más auténticos.

Tairus se deslizó entre las sombras, juzgando la calidad de los audio-receptores de los trajes de los exploradores. Hasta que punto podrían escuchar...

Les siguió por un corredor, raspando con sus nudillos acorazados las paredes de metal. Los Ángeles de Emerald se dieron la vuelta de inmediato, apuñalando su cara con sus haces de luz. Eso casi funcionó, el cazador tenía que dárselo. Estos cazadores inferiores conocían a su presa, sabían que cazaban Señores de la Noche. Durante medio latido del corazón, la luz solar habría ardido a través de su visión, cegándolo.

Tairus ignoró los haces por completo. Rastreando por visión rapaz. Sus tácticas eran insignificantes.

Ya se había ido cuando abrieron fuego, fundiéndose en las sombras de un pasillo lateral.


Les agarro otra vez nueve minutos después.

Esta vez, los acechó tras cebar una hermosa trampa. La espada por la que venía estaba justo en su camino.

Se la llamaba Aurius. Las palabras apenas hacían justicia a su calidad. Forjada cuando la Gran Campaña de la Primera Reina dio sus primeros pasos en el mundo, la espada fue fabricada para uno de los primeros héroes de la Legión de los Ángeles de Emerald. Llegó a manos de Tairus siglos más tarde, cuando asesinó al heredero de Aurius.

Casi resultaba sorprendente, la frecuencia con la que los hijos de Haniel intentaban arrebatarle la espada. Era mucho menos sorprendente, la frecuencia con la que había tenido que matar a sus propios hermanos cuando buscaban tomar la espada de sus manos muertas. La avaricia rompía toda unidad, incluso entre los hermanos de la Legión.

Los exploradores vieron entonces la reliquia de su Orden, tanto tiempo negado a su alcance. La hoja de oro estaba incrustada en el frio suelo, con su cruceta de alas de ángel vuelta hacia el lado de marfil, bajo la severa mirada de sus luces punzantes.

Una invitación a simplemente avanzar en la cámara y tomarla, pero era obviamente una trampa. Sin embargo... ¿Cómo podían resistirse?

No resistieron.

Los iniciados estaban alerta, con los arcabuces en alto y encuadrando rápido, con todos sus sentidos afinados. El cazador vio como sus bocas se movían mientras se comunicaban actualizaciones continúas entre sí.

Tairus saltó desde el techo. Cayó con un ruido sordo al suelo, detrás de uno de los iniciados, con los guanteletes rompiendo hacia adelante para agarrar al explorador. El otro Ángel se giró y disparó. Talos se rio ante el fanatismo en sus ojos y la rigidez de sus dientes apretados, mientras el iniciado disparaba tres balas del arcabuz en el cuerpo de su hermano.

El Señor de la Noche aferró el convulso escudo humano contra él, la sangre del iniciado moribundo se derramaba sobre secciones de su armadura. En su agarre, el Ángel que se estremecía era poco más que un tembloroso saco de carne congelada. Las balas del arcabuz habían perforado y explotado en su interior, prácticamente matándolo y abriendo su armadura al vacío.

-Buen disparo, Ángel -dijo Tairus a través de los cristales de comunicación crepitantes de su mano. Arrojó su sanguinolento escudo a un lado y saltó a por el otro iniciado, con los dedos extendidos como garras.

La lucha fue compasivamente breve. Las mejoras mágicas del Señor de la Noche junto con la fuerza aumentada de las drogas musculares de su armadura, sólo permitían un posible resultado. Tairus arrebató de un revés el arcabuz de las manos del Ángel y agarró al iniciado. Mientras el guerrero más débil se retorcía, Tairus acarició con sus dedos acorazados los huecos del casco del iniciado.

-Esto parece frágil -dijo.

El explorador gritó algo que no pudo oír. El odio ardía en sus ojos. Tairus desperdició varios segundos disfrutando de esa expresión. Esa pasión.

Golpeó su puño contra el casco, rompiéndolo en pedazos.

Mientras un cadáver se congelaba y el otro se hinchaba y rompía en su camino a la asfixia, el Señor de la Noche recuperó su arma, la espada que había reclamado por derecho de conquista, y se movió de nuevo a las parte más oscuras de la nave.


-Tairus -la voz llegó a través del comunicado en un siseo sibilante.

-Habla, Urias.

-Han enviado iniciados para cazarnos, hermano. He tenido que cancelar mi visión rapaz para asegurarme de que mis ojos veían con claridad. Iniciados. Contra nosotros.

-Ahórrame tu indignación. ¿Qué quieres?

La respuesta de Urias fue un gruñido bajo y un crepitar de comunicación muerta. Tairus no pensó en ello. Le aburría mucho Urias, siempre lamentándose cada vez que encontraban una presa insignificante.

-Kyron -transmitió.

-Sí. ¿Tairus?

-Por supuesto.

-Perdóname. Pensé que sería Urias con otra diatriba. Oigo que tus cubiertas están repletas de Ángeles. Glorias épicas para ser ganadas en el sacrificio de sus hijos, ¿eh?

Tairus no acababa de suspirar.

- ¿Ya has acabado?

-Este naufragio es tan hueco como la cabeza de Urias, hermano. Negativo en algo de valor. Ni siquiera un tesoro que robar. Estoy regresando al barco ahora. A menos que necesites ayuda para disparar a los niños de los Ángeles.

Tairus apago el cristal mientras caminaba por el oscuro pasillo. Esto era infructuoso. Era el momento de irse con las manos vacías y aun desesperadamente escasos de suministros. Esta... esta piratería le ofendía ahora, como siempre lo hizo, y como siempre había sido desde que habían sido separados de la Legión hace muchos años. Una plaga sobre el mucho tiempo muerto Rey Desertor y sus fracasos, que todavía resonaban hoy. Una maldición en la noche, cuando la Legión fue destrozada y dispersada a través fuera de los muros del Reino.

Disminuidos. Reducidos. Sobreviviendo como compañías renegadas separadas, los ecos rotos de la unidad dentro de las ordenes de caballeros leales.

Los pecados del padre.

Esta curiosa emboscada de los Ángeles que los habían seguido aquí, no era más que una distracción menor. Tairus estaba a punto de comunicar una retirada general, después de que los últimos iniciados fuesen cazados y asesinados, cuando su cristal se activó de nuevo.

-Hermano -dijo Xarik-. He encontrado a los Ángeles.

-Como Urias y yo. Mátalos rápidamente y regresemos al Pacto.

-No, Tairus. -La voz de Xarik estaba cargada de rabia-. No a los iniciados. A los verdaderos Ángeles.


Los Señores de la Noche del Primer Filo, Quinto Grupo, se reunieron como lobos en el bosque. Acechando a través de las oscuras cámaras del barco, los cuatro caballeros se encontraron en las sombras, hablando con sus cristales, en cuclillas con sus armas en mano.

En las manos de Tairus, la espada reliquia Aurius atrapó lo poco que quedaba de luz, brillando mientras se movía.

-Cinco -Xarik habló en bajo, con su voz ribeteada por su ansiedad suprimida-. Podemos acabar con cinco. Se encuentran relucientes y orgullosos en una habitación de control no lejos de nuestro barco. -Apoyó su arcabuz-. Podemos acabar con cinco -repitió.

- ¿Están esperando? -dijo Kyron -. Deben estar esperando una lucha honesta.

Urias resopló ante eso.

-Esto es culpa tuya, lo sabes -dijo Kyron con una sonrisa, asintiendo a Tairus-. Tú y esa maldita espada.

-Hace las cosas interesantes -respondió Tairus-. Y yo aprecio todas las maldiciones que su Orden me grita.

Dejo de hablar, entrecerrando sus ojos por un instante. El cristal de Kyron se distorsionó ante él. Como hizo el de Xarik. El sonido de un lejano disparo de arcabuz resonó en sus oídos, no distorsionado por el débil crujido del filtro de ruido del cristal. No un verdadero sonido. No un recuerdo real. Algo parecido a ambos.

-Yo... tengo un... -Tairus para despejar su visión borrosa. Sombras de cosas enormes oscurecieron su vista-... tengo un plan...

- ¿Hermano? -preguntó Kyron.

Tairus se estremeció una vez, sus articulaciones gruñeron por el agitado movimiento. Magnéticamente unido al muslo, su arcabuz no cayó a la cubierta, pero la hoja de oro si lo hizo. Cayó al suelo de acero con un sonido metálico.

- ¿Tairus? -preguntó Xarik.

- No -gruño Urias-, ahora no.

La cabeza de Tairus se sacudió una vez, como si su armadura hubiera enviado un impulso eléctrico a través de su columna vertebral, y se estrelló contra el suelo en un choque de su armadura contra el metal.

-Los magos de la ruina de Cryston... -murmuró-. Han destruido el Templo del Sol.

Un instante después, comenzó a gritar.


Los otros tuvieron que cortar a Tairus de los cristales de comunicación interno de la escuadra. Sus gritos ahogaban toda conversación.

-Podemos acabar con cinco -dijo Xarik-. Quedamos tres. Podemos acabar con cinco Ángeles.

-Casi seguro -convino Kyron-. ¿Y si convocan a otra escuadra de sus iniciados?

-Entonces masacraremos a cinco y a sus iniciados.

Urias lo interrumpió.

-Nos abrimos camino matando a través de las tierras muchos años antes de que hubiesen nacido.

-Sí, y aunque eso es una parábola maravillosa yo no necesito una retórica entusiasta —dijo Kyron-. Necesito un plan.

-Nosotros cazamos -dijeron Urias y Xarik a la vez.

-Nosotros los mataremos -añadió Xarik.

-Festejaremos con su esencia -concluyó Urias.

-Si esto fuera una ceremonia para premiar el fervor y el celo, una vez más, los dos estarían colapsados bajo el peso de las medallas. Pero ¿Quieren lanzar un asalto sobre su posición mientras arrastramos a Tairus con nosotros? Creo que el roce de su armadura sobre el suelo matará el factor sorpresa, hermanos.

-Protégelo, Kyron -dijo Xarik-. Urias y yo acabaremos con los Ángeles.

-Dos contra cinco. -Los ojos rojos de Kyron no acababan de fijarse sobre sus hermanos—. Esas son pocas probabilidades, Xarik.

-Entonces, por fin vamos a librarnos el uno del otro -gruñó Xarik-. Además, hemos estado peor.

Eso al menos era cierto.

-Dominium timoris -dijo Kyron-. Cazad bien y cazad rápido.

-Dominium timoris -respondieron los otros dos.


Kyron escuchó durante un rato los gritos de su hermano. Era difícil entender algo del torrente de palabras gritadas.

Esto no era una sorpresa. Kyron había escuchado a Tairus sufriendo a manos de esta aflicción muchas veces antes. Cuando los dones mágicos se iban, apenas era una bendición.

Los pecados del padre, pensó mientras observaba la armadura inerte de Tairus, escuchando los gritos de la muerte por venir, se reflejan en el hijo.


De acuerdo a una runa de Kyron, habían pasado una hora y dieciséis minutos cuando escuchó la explosión.

El suelo se estremeció bajo sus botas.

—¿Xarik? ¿Urias?

La estática fue la única respuesta.

Genial.


Cuando la voz de Urias finalmente crepitó por el cristal después de dos horas, era débil y coloreada por su amargor característico.

-Hnngh. Kyron. Está hecho. Arrastra al profeta.

-Suena como si te hubiesen disparado — Kyron resistió el impulso de

sonreír para que no lo oyeran en sus palabras.

-Así fue -dijo Xarik-. Estamos de regreso.

- ¿Qué fue esa detonación?

-Un hechizo explosivo.

-Estás... estás bromeando.

-Ni por un segundo. No tengo ni idea de porque trajeron un mago de esos para un combate en las entrañas de una naufrago, pero la habitación de pólvora resultó ser un blanco perfecto.

Kyron activó un cristal, con el símbolo de identificación de Xarik, con un parpadeo. Abrió un canal privado entre ambos.

-¿Quién alcanzó a Urias?

-Un iniciado. Desde atrás, con un arcabuz de tipo rifle.

Kyron cerró de inmediato el enlace para que nadie le escuchase riéndose.


El Pacto de Sangre era un barco de negro cobalto, con sus filos de bronce y marcada por siglos de batallas. Navegaba a través del mar, acercándose a su presa como un tiburón deslizándose por aguas negras.

La Luz Encarnada era una fragata de clase Gladio, con una larga y orgullosa historia de victorias en el nombre de la Orden de los Ángeles de Emerald, y antes que fueran una Legión. Abrió fuego sobre el Pacto de Sangre con un admirable conjunto de cañones armados.

Breve y hermosamente, los escudos mágicos alrededor del crucero de ataque de los Señores de la Noche brillaron de un modo que recordaba al aceite sobre el agua.

El Pacto de Sangre devolvió el fuego. En un minuto, el barco parecido a una espada estaba navegando a través de los desechos de la fragata, con sus cañones enfriándose de su furia momentánea. La Luz Encarnada, los escasos pedazos que quedaban, chocaba y los magos activaban los escudos sobre el crucero, mientras este atravesaba la nube de restos en expansión.

Otro barco, esta asolado y muerto en el mar, cayó pronto bajo la sombra del Pacto. El crucero de ataque oscureció el sol, acercándose, dispuesto para recibir su cápsula de abordaje una vez más.

El Primer Filo había estado fuera durante siete horas investigando el naufrago. Su barco había venido de cacería por ellos.


Los sellos del mamparo sisearon cuando las puertas reforzadas se abrieron con un ruidoso movimiento de bisagras.

Xarik y Kyron llevaron a Tairus al muelle de despliegue del Pacto. Urias caminaba tras ellos, una sorprendente cojera estropeaba su paso. Su columna ardía por el proyectil sólido del francotirador que aún estaba alojado allí. Peor aún, su mejorada curación genética había sellado y coagulado la herida. Necesitaría cirugía —o más posiblemente un cuchillo y un espejo— para sacarse esa maldita cosa.

Uno de los Desolladores, la guardia de élite del Elevado, se erguía en su voluminosa armadura oscura. Su casco pintado como un cráneo y con colmillos les observaba impasible. Bastidores de trofeo adornaban su espalda, cada uno empalado con una serie de casco de Ordenes de caballeros leales: una historia de derramamiento de sangre y traición, mostrada orgullosamente para que sus hermanos la vieran.

Hizo una seña al cuerpo tendido de Tairus.

-¿El Cazador de Almas está herido? -preguntó el Desollador, su voz era un profundo gruñido sordo.

-No -dijo Kyron-. Informa al Ascendido de inmediato. Su profeta está sufriendo otra visión.