Prologo
< Musutafu - 6:50 A.M.>
El sol naciente iluminaba la ciudad de Musutafu con una suave luz naranja, y las personas se dirigían apresuradamente a sus trabajos, algunas tanto que se llevaban por delante a otras personas.
Entre ellas, un estudiante de secundaria se encontraba corriendo casi a trompicones, disculpándose sin parar con toda persona que se llevaba por delante.
—No puede ser, cómo es que me he olvidado del maldito examen!— exclamó exasperante mientras miraba su reloj.
Tras un buen par de minutos, este habría arribado a una vivienda tradicional de suburbio y, sin tan siquiera tomarse la molestia de abrir la puerta que daba paso hacia el patio, este de un brinco algo torpe e innecesario siguió su camino hasta la puerta principal, donde antes de que tan siquiera pudiera tocar el timbre, fue recibido por una joven con el mismo uniforme que llevaba puesto.
—¿Te parece que estas son horas de llegar, Hamada? — Cuestiona esta con picardía.
—Una hora totalmente decente como para estudiar — responde el opuesto con aún más picardía que la de su compañera, casi rozando lo grosero.
Posteriormente, ambos ingresan a la vivienda; la joven comienza a preparar una tetera de agua en la cocina, mientras, su compañero Hamada estaba repasando acuciadamente cada uno de los temas que se habían dicho que saldrían en el tan temido examen final.
—No puedo creer que nos hayamos olvidado de estudiar — menciona exasperantemente el chico.
—Querrás decir que tú te habrás olvidado de estudiar, digo, pues yo sí lo hice — contesta ella socarronamente mientras sus ojos aún yacían sobre la tetera en el fuego.
—Muy graciosa, Madoka — replica sardónico.
Madoka preparaba minuciosamente dos tazas de té, las cuales luego colocó sobre la mesita mientras se burlaban mutuamente uno del otro. Con las tazas de té listas, la joven se sienta sobre la alfombra para acompañar a Hamada con sus estudios.
—No puede ser, ¿por qué diablos me cuesta tanto? — Se queja Hamada entre dientes mientras sostenía firmemente su lápiz.
—No hay manera de que no puedas resolver una ecuación cuadrática, ¡es demasiado simple! — exclama Madoka con un tono torpe y casi ahogado.
—¡No hables con la boca llena, cochina! — prorrumpe el chico con leve disgusto.
Madoka se reía mientras ayudaba a su amigo a estudiar, repasando a su vez para no olvidar nada. Llegada la hora, ambos se dirigen hacia la escuela. Sin embargo, no pudieron tomar el primer tren de ida debido a que los vagones de este estaban extremadamente llenos de personas, por lo que tuvieron que esperar a tomar el siguiente.
—No puedo creer que vayamos a llegar tarde — protesta Madoka con notoria frustración.
—El lado positivo es que podré acusarte de forzarme a acompañarte para que no me regañen a mí — agrega Hamada con una clara entonación guasona.
—Muy chistoso, mira cómo me estoy muriendo de la risa — replica su compañera con causticidad clara.
Después de subir al siguiente tren y llegar a su parada, ambos salieron disparados como caballos desbocados, tratando de evitar caer y/o tropezarse con alguien.
Ambos controlaron su respiración lo más que pudieron una vez que llegaron a la puerta del salón de clases para evitar mostrar signos de agitación.
—Miren, quienes llegaron — se oye decir tras el repentino abrirse de la puerta.
—¡Profesor Serizawa! — exclama el par con gran sobresalto.
—¡Debería darles vergüenza! — reclama fúrico el mayor, regañando a ambos estudiantes.
Un largo regaño después, el par de amigos ya se hallaba realizando el tan temido examen, aquel que definía si podrían graduarse.
Los estudiantes se sentían carcomidos por la creciente tensión, y a leguas se podía observar una fina capa de sudor en sus frentes.
—Quedan solo diecisiete minutos — afirmó Serizawa al cabo de unos minutos.
Hamada mordió su lápiz con fuerza, asimismo enrollando sus dedos alrededor de su cabello; con ello, contemplaba con gran intranquilidad la última pregunta del examen, la cual no había estudiado.
“Maldita sea, pensé que este tema no estaría presente”. Pensó el ojiazul para sí mismo, quien decidido y con mucha fe. Eligió una opción al azar, rezando para que fuera la correcta.
—Muy bien, jóvenes — anuncia el profesor mientras abandonaba su asiento — lápices abajo y entreguen sus hojas — solicita con firmeza mientras caminaba recogiendo uno por uno los exámenes de cada estudiante presente.
Hamada entregó su examen a mano temblorosa en el momento en que el profesor llegó a su lado, algo que Serizawa notó más no criticó.
—Guarden silencio y permanezcan en sus asientos, les llamaré uno por uno para que recojan sus hojas —informó el profesor mientras apilaba las hojas en su escritorio.
Los minutos se transformaron en eternas horas en la mente de Hamada, quien deseaba ser el primero al que llamaran con tal de no soportar tal perecedero enredo en el que se hallaba.
—Madoka Hideko — Llamó el profesor.
Al escuchar su nombre, la nombrada se puso de pie de inmediato y caminó con gran tranquilidad hacia el escritorio del profesor, tomando su examen con desbordante confianza.
Con su examen en mano, esta acomoda su pelo de forma coqueta y burlona mientras le dedica una penetrante mirada egoísta a su amigo, posteriormente volviendo a su respectivo asiento.
—Hamada Naoko — llama el profesor.
Naoko suspira pesadamente y se dirige hacia el escritorio del profesor, tomando su hoja con desesperanza. Al notar que tenía una nota casi perfecta, un 90/100, su mirada se iluminó rápidamente.
—Ponga mas empeño para la próxima, joven Hamada —agrega el profesor.
Los exámenes finalmente habían sido todos entregados, con ello, el ruidoso timbre resonó anunciando el fin de clases; Los alumnos salieron con total normalidad de la institución, algunos decepcionados y otros con gran alegría.
—¿Puedes creerlo, Madoka? — pregunta con emoción el ojiazul — ¡tengo un puntaje casi perfecto! —exclama con gran furor.
—Y todo gracias a mi, por supuesto — Afirma la contraria.
—No te creas, tonta engreída — replica guasonamente el joven.
La pequeña discusión entre amigos continuó hasta el tren; y una vez llegados a su destino, descendieron sin más. Madoka procede a mirar a su colega a los ojos y piensa por un momento.
“Debería preguntarle” se dijo en su propia mente y, tras ello, se posiciona frente al muchacho.
—Oye, ¿a donde iras ahora? — consulta intrigada la ojiplateada mientras se inclinaba ligeramente hacía él.
—¡A Hinode! — exclamó Hamada mientras volteaba su rostro carmesí como una cereza.
—¿Te parece si te quedas en mi casa por hoy?, de todos modos las inscripciones para las academias de héroes abren mañana y mis padres están fuera por negocios — agrega esta con un tono relajado.
El ojiazul sintió su corazón dar un brinco tras aquella pregunta, a la cual asintió sin dudarlo. Ya contenta con su respuesta, Madoka agarra la muñeca al contrario, llevándolo casi a rastras por las calles.
—¡Ay!, ¡Mi bracito!, ¡Me lo vas a arrancar! — exclama Hamada a voz chillona.
Al cabo de unos minutos, ambos ya se encontraban en el hogar, sentados en el sofá mientras cada quien miraba su celular. Tras unas horas, Madoka optó por ponerse manos a la obra y comenzar a cocinar algo mientras que, por su parte, Hamada se disponía a limpiar y barrer.
—Hoy me siento generosa contigo, idiota, así que preparare algo de Udon — Dice la ojiplateada aún centrada en la preparación de la comida.
—Que rico — replica el opuesto con cierto tono apagado mientras limpiaba.
—¿Pasa algo? — Consulta esta tras notar el hablar de su colega.
—Es solo que me preocupa Ayaka, no he hablado con ella en días — soltando un suspiro tras decir aquello — desde que anunciaron el examen hace tres semanas no he podido hablar con ella por estarme preparando — agrega con cierta melancolía.
—Relájate, seguro que la familia que la adoptó debe estarla cuidando muy bien — menciona Hideko con calma — además, tu hermanita es una niña muy tranquila y bien portada, seguro esta algo preocupada pero nada más allá de eso — finaliza.
Naoko asiente con cierta calma y gratitud ante las palabras de su amiga, sintiéndose algo más reconfortado. Al cabo de unos minutos, con las tareas de limpieza ya acabadas, el ojiazul se retira momentáneamente al patio de su amiga, donde tomaría su celular y marcaría una llamada.
"Me pregunto como estará" se cuestiona en su mente; y finalmente, atienden la llamada, siendo recibido por un eufórico saludo y respirar del otro lado de la línea.
—¡¿Eres tú, Nao?! — pregunta la chillona voz del otro lado con alegría muy notable.
—Ayaka, ¿Como estas? — replica el ojiazul con una sonrisa mientras sujetaba el celular contra su oreja.
—Muy bien — contesta la pequeña con emoción — estaba preocupada, no llamaste por muchos días — menciona con cierta tristeza en su voz.
—Lo siento, corazón, es que estaba ocupado — dice calmado el mayor — el examen me tuvo atareado — termina.
La charla continuó por varios minutos más, solo hasta que, al voltear, Madoka realiza una seña para indicarle que la comida ya estaba servida sobre la mesa.
—Muy bien, Ayaka, debo irme —dice Naoko tras aclararse la garganta — prometo llamarte mañana sin falta — agrega.
—Esta bien, te quiero mucho, hermano — contesta la menor con algo de pena en su hablar.
—Yo también te quiero mucho, pórtate bien, ¿si? — menciona el ojiazul antes de finalizar la llamada e ingresar a la casa nuevamente.
Ambos se sentaron tranquilamente en el futón yaciente en la sala de estar, allí mismo, dieron las gracias por su comida y, sin más dilación, comieron.
...
Al acabar de comer, Naoko fue quien se encargó de recoger la mesa y, mientras lavaba lavaba lo usado, este recibe un mensaje de texto. Curioso, este desvía la vista momentáneamente para ver de quien se trataba dicho mensaje.
—Oye, Madoka, tengo un mensaje de Hamano en mi celular, ¿podrías responder por mí? — pide este mientras continuaba con su labor.
—Está bien —replica la ojiplateada para posterior a ello tomar el celular de su amigo.

Al acabar de lavar los platos y limpiar el resto de cosas, Nao toma su celular y procede a ponerlo a cargar en la mesita de noche del cuarto de invitados.
—Muy bien, iré a dormir — dice Naoko en medio de un largo bostezar.
—Descansa, mañana será un día largo — replica Hideko con una pequeña sonrisa.
Dicho y hecho, ambos ingresaron a sus respectivos cuartos, cambiaron sus ropas y se recostaron plácidamente, cerrando sus ojos para finalmente caero en brazos de Morfeo.