Como nacen Los Dragones

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Summary

En su camino al altar Lucerys había pensado en todas las posibles muertes que Aemond le daría en la noche de bodas. Todos esos años había tratado de tranquilizarse, su madre también lo había intentado, pero todo se reducía al miedo que ahora sentía. Frente a él, de espaldas se encontraba su tío mirando la ornamentación del septón. Lucerys suspiró con aliento pesado y maldijo a su antiguo ser por haberle arrancado el ojo al que ahora sería su futuro esposo, y su condena seguramente.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Los Dragones no nadan Pt. 1



Aemond analizó discretamente como Luke se peinaba los rizos con vergüenza durante su baño. En silencio, Aemond solo refunfuñó ante la vista de los cabellos salvajes que parecían tardar una eternidad en humedecerse por completo, pero no dijo nada, quizá porque no había mucho más que decir posterior a todo lo que se dijeron aquella tarde.

Habían peleado como ya era costumbre, luego de unos cuantos empujones Luke cayó en el lodo y Aemond chocó en la pared, después le ignoró como...cualquier otra noche en su habitación, leyendo uno de los tantos libros que disfrutaba mientras Lucerys le miraba desde la bañera con atención y remordimientos. Si los ojos de Luke fuesen dagas, seguro que Aemond sería ciego.

— Me harás otro hoyo si me sigues viendo así, Lord Strong—. Dijo Aemond, adivinando sus pensamientos, viéndole por un segundo, volviendo a su libro cuanto antes. Demasiado perturbado de mirar a sus sobrino hambriento¿De qué?Preferia no saber, si era sincero.

— No era mi intención...

— Nunca lo es—. Contestó Aemond cerrando el libro con un golpe y caminando a la salida. Huyendo una noche más de las garras seductoras del pelioscuro. Cuando caminó frente a Luke, el omega le tiró de la mano, jalando su ropa con fuerza, pidiéndole con un susurro que no se fuera. Aemond se detuvo, débil ante los lloriqueos en celo de su esposo.

— Quédate—. Repitió el omega, dejando que Aemond girase el cuerpo a él.

El rubio no le respondió inmediatamente, simplemente movió el libro lo mas lejos que pudo del agua y con los dedos hizo un remolino en la espuma de la bañera donde se encontraba su sobrino, animando a Lucerys a que lo soltase. Luke tragó saliva con dificultad, tratando de que su mirada fuese menos intimidante y le soltó finalmente. Rendido.

Aemond resopló, cansado de pelear consigo mismo contra lo que el deseaba y lo que debía. Debía, al menos poder controlar su propio cuerpo sin que éste le traicionara. Más allá de la nueva compatibilidad en sus cuerpos, era claro que aun no se acostumbraban el uno al otro, de ninguna manera, eran demasiado diferentes. Mientras que Luke se expresaba torpemente, con palabras atropelladas y siempre a gritos, Aemond era demasiado reservado, apenas hablaba, y lo que salía de su boca, únicamente eran palabras para humillar a Lucerys.

Ahora el rubio disfrutaba humillarle por ser “demasiado *salaz”, había sido descubierto no solo por Aemond, sino por toda su familia, que no se cortaron la lengua en hacer suposiciones; Sir Christon decía que era por ser bastardo, su madre culpó al embarazo y Aegon opinó que era por ser hijo de Rhaenyra, ” fue así que salieron los seis críos” dijo y Luke no tuvo otra opción más que callarse con vergüenza y evitar a todos en un tiempo por el bien de su honor.

Honor. Aemond chisto la lengua con diversión, salpicando varias chispas a la cara de Luke, que soltó un gritillo gracioso sin idea alguna de lo que pasaba por la mente del rubio cuando bajo la mano a su vientre. ¿Qué honor tenía la sangre de Rahenyra? La sangre de Luke y de lo había en su vientre. Por otra parte: el sexo, le gustaba como cualquier otra persona, a su sobrino quizá un poco más de lo común, aunque mucho menos que Aegon si estimaba un aproximado y al principio Aemond no tuvo problema alguno en ignorar sus caprichos, pero, al saber que su sobrino lo requería cada noche, comenzaba a ser difícil resistirse.

Su sobrino había ganado confianza desde entonces... Un ciclo lunar. Un ciclo lunar desde que los negros se fueron de de La Fortaleza Roja, un ciclo de luna desde que había tenido la incomoda charla del matrimonio con su madre; que con la cara roja se enfado y grito que ya sabía de esas cosas y que no las aprobaba del todo...“El deber y el deseo, son dos cosas distintas, Aemond”; dijo ella, la voz de la experiencia. ”Ya está en cinta, no hay más que hacer" Recordó las palabras de su madre y decidió ignóralas por un segundo, sintiendo la calidez entre las piernas del omega, que ronroneó al sentir la caricia, abriendo más las piernas en el proceso.

Aemond se mordió los labios en cuanto miró a su esposo cerrar los ojos. Había decidido disculparse por lo de esta mañana de una manera física, pero al sentir su propio cuerpo acalorarse comenzó a arrepentirse. Era un gusto adquirido mirarle la cara a su esposo mientras lo tocaba. Sus pestañas superiores se unían con fuerza a las inferiores y su nariz se abría con respiraciones pesadas mientras trataba de no gemir. Parecía sufrir y eso le atraía de una manera malditamente retorcida.

Luke gimió por lo bajo, mientras Aemond le respiraba en la mejilla y movía su mano hábil bajo el agua, tomando su extensión lentamente de una vez por todas. El agua salpicaba la cara de su sobrino conforme acompasaba sus movimientos suaves.

— ¿Te quedarás está noche?—. Preguntó Luke en un murmullo, mientras se derretía y se volvía uno con el aguar hirviente de la bañera. Aemond sonrió de lado, presumido, aprovechando que Lucerys no lo miraba.

— No lo sé, mi abuelo ha pedido reunirse conmigo cuanto antes—. Aemond admitió, acelerando el brazo, pegando su mejilla a la mojada de su sobrino, que ya no podía modular su volumen.

— Quédate—. Exigió el omega y el rubio se vio a si mismo tentado a quedarse al mirar la escena que el mismo había creado. Ahora el agua de la bañera estaba regada por todos lados.

Si su madre entrara en ese momento, Aemond sentiría vergüenza... quizá agregaría a su lista de traumas inminentes a su impulsiva madre entrando a su habitación mientras fornica a uno de los bastardos de Rhaenyra. Ahora ese era su tercer mayor miedo, el segundo era ser descubierto por Alys y el primero es que ninguno de los anteriores le importasen.

— Tal vez me quede, si encuentro algo mejor que hacer...—. Dijo mientras subía la otra mano hasta su rostro y trataba de acallar los gemidos que estaba seguro comenzaron a traspasar paredes.

— Quédate—. Luke lamió sus dedos, tentándolo. Asegurando que ya lo tenía en la bolsa cuando Aemond soltó su cuerpo como si le quemara y apresurado trató de deshacerse de la correa de su bata; su sobrino le miró atentó, con esos ojos grandes de insecto vio como los pálidos dedos de Aemond pasaban del nudo hasta una orilla. Luke abrió la boca dócilmente cuando Aemond le paso los dedos por la barbilla, listo para ser tomado.

— Mi señor, voy a entrar—. Los tres ojos dentro de la habitación se abrieron con sorpresa. La pareja se hizo con movimientos torpes, disimulando inútilmente lo que estaban haciendo antes de que Alys Rivers entrara por esa puerta—, mi señor—. Le saludo la mujer con una reverencia, prestando especial atención al albornoz abierto de Aemond.

Aemond tragó duro, la mujer llevaba semanas enfadada con él y Aemond había logrado tranquilizarla diciéndole que no tendría intimidad con Luke hasta después del embarazo... obviamente no había logrado cumplir esa promesa, pero Alys no lo supo... hasta ese día.

— Me duele la cabeza—. Dijo Aemond, fingiendo cansancio. Lucerys gruñó y le dejo alejarse mientras Lady Alys se acercaba con aceites a su esposo.

— Sin canela—. Aemond le escuchó susurrar al peli-oscuro y dio una sonrisilla, su sobrino era un personaje cómico.

El rubio no se alejo mucho de ninguno de los dos, dio unos pasos hasta la mesa de noche y comenzó a ponerse la ropa de cama, temiendo que los dos Strong hablasen entre ellos de más a sus espaldas.

— Permítame ayudarlo—. Murmuro la mujer, que se había alejado de Luke y ahora se dirigía a él con manos largas, dispuestas a desnudarle. La risa de la mujer daba de espaldas a su esposo, que fingía demencia, demasiado avergonzado por ser descubierto por la servidumbre y evitaba mirarlo a él y la mujer. Poco consiente de su peligrosa relación.

Aemond paso saliva, con la garganta repentinamente seca cuando las manos de la mujer le quitaron el lazo con lentitud, quizás demasiada lentitud. El asunto era... grande y la mujer hizo énfasis en él cuando sopló en su entrepierna desnuda, malvada, haciéndole soltar un quejido, que alertó a Lucerys. Aemond se quedó pálido cuando la mujer se levantó de golpe con la bata de noche enredada en sus manos y se inclinó cortésmente, girando a Lucerys, quien les miraba con confusión pero sin sospechar más allá de lo obvio.

— ¿Listo? —. Preguntó la mujer y su sobrino asintió, inocente y salió de la bañera sin prenda alguna, dejando que la mujer le cobijara y tocará de más para untar el famosísimo aceite que apenas olió, descubrió que era canela. Aemond sonrió, poco acostumbrado a tanta atención.

La mujer se dispuso a hacer su trabajo, lanzándole miradas de odio de vez en cuando, acusándole “sabía que no podrías” decían “eres débil, igual que tu hermano”.Aemond cerró el ojo y volvió a abrirlo, mirando como el cuerpo de su...omega, era cubierto de la ropa de cama y decidió devolverle la sonrisa a su novia. No es que fuese débil, pero los Strong siempre sabían dónde apuntar.

Cuando la mujer terminó con sus tareas, el matrimonio espero a que saliera, sin embargo Alys se quedo ahí, de pie, sonriente. Esperando que Aemond la despidiera, segura de que no tendría el valor de hacerlo. Pero no fue necesario que Aemond dijera o insinuara nada ya que el omega dijo todo por él.

— Puedes retirarte, Alys, gracias— . Mencionó Luke como un inocente comentario y Aemond casi comete la locura de soltar una carcajada. La mujer confundida, le mira de reojo.

— Su majestad, el príncipe Aemond, no tomará un baño?—. Preguntó discretamente la mujer Strong, esperando que Aemond conteste, pero lo vuelve a hacer Luke.

— No, tomó el baño antes de mí—. Murmuró Luke, estirando su cuerpo, caminando lentamente a la cama mientras le miraba a él, pidiéndole permiso.

Alys tardó mucho más de lo que pensó en salir, guardando muy lentamente los aceites y tardando de más al limpiar la humedad de la alfombra, pero al final se fue, siendo observaba por el matrimonio, que después de su partida, quedaron sin ganas de actividades recreativas. Luke tosió, acomodándose a un lado de Aemond, que había decidido volver a leer cuando el asunto volvió a ponerse ” flácido”.

Compartir la cama...aún era...extravagante y Aemond tuvo que contenerse varias veces para no botar a Lucerys de la cama; el crío pataleaba y se estiraba como si estuviese luchando contra alguien. A pesar de los altercados violentos entre ambos, al final el silencio y la paz reinaba en ellos antes de dormir; Aemond despertaba de mal humor, porque el poco sueño no parecía ser suficiente para eliminar la tensión del pasado pues durante el día, Aemond le ignoraba mayormente, especialmente en la comida la cual casi siempre se saltaba.

Lucerys era diferente, que con aquella mentalidad romántica con la que su madre le crío, decidió ignorar los desplantes del alfa, dejándose llevar fácilmente cuando éste lo volvía a buscar por ordenes de su madre. A Luke no parecía importarle ya, al fin y al cabo, no importaba si no veía a Aemond durante las horas del sol, pues todas las noches llegaba a su cama; a veces más cansado, a veces más molesto y algunas veces llegaba tan tarde que los nervios de Lucerys se disparaban como fuego valyrio, apagándose cuando escuchaba la puerta abrirse, permitiendo la entrada al alfa, que llegaba con un olor familiar. Quizás de su madre o hermanos.

— Mi madre dijo que podíamos ir aDragonstoneantes de alumbra—. Soltó su sobrino en medio del silencio y Aemond tardó en despegar los ojos del libro para mirarle.

El omega se sentó en la cama con las manos en su estomago, apenas gordo del embarazo, tres meses y apenas comenzaba a abultarse el estomago a diferencia de Aegon, que ya le costaba levantarse de la cama. El embarazo les había dado un contraste interesante, mientras Aegon parecía vivir sus últimos días en la tierra, Lucerys parecía madurar gratamente, sus facciones se afilaban, lucía mayor a la boda y su cabello salvaje le daba una chispa extraña... como si fuese una mascota exótica.

— ¿Dragonstone?—. Preguntó en voz alta. A pesar de ser un Targaryen, nunca en su vida había pisado la arena oscura deDragonstone, ni visto con sus propios ojos el castillo de roca dentro de la isla. Le había ganado la curiosidad alguna vez, pero recordar que su hermana habitaba la isla le hacía querer vomitar—, no, mejor no—. Murmuró.

No miró que hizo Luke después, quedando con la vista fija en el dragón de madera que antiguamente estaba la esfera de cristal, ahora en una pequeña tina de madera, adornando la ventana que quedaba abierta en aquellos tiempo de calor. “El dragón de Aerys puede nadar” pensó, sabiendo que su hijo sería parte de un matrimonio deshonroso, sería llamado un Velaryon, de adorno, tal como el dragón de madera, pues no llevaba la sangre de los mares en ningún lado ¿Seguro que su hijo podría nadar?

— Mejor vayamos aDriftmark—. Aconsejó el rubio. A sabiendas que era importante aprender de alguien como la Serpiente Marina cuanto antes, más si tomarían su lugar.

— ¿Driftmark?—. Repitió Luke, repentinamente nervioso.

— Sería ideal, que el niño naciera ahí—. Comentó Aemond, cerrando nuevamente el libro, creyendo que mágicamente el niño sería más Velaryon si nacía enDriftmark—, incluso más si nace en un barco, en medio de una tormenta—. finalizó para si mismo en un susurro pensando que sería natural para aquellas fechas la tormentas, luego miró la cara de terror en su esposo.

— No tendré al bebé en una tormenta aDriftmark, Aemond—. Aseguró el Lord Strong, metiéndose en las sabanas con rapidez. Aemond se quedo callado por un momento, pensando que quizás no era la mejor idea si el parto se complicaba. Daemon le arrancaría la cabeza y Rhaenyra se la comería, comenzando por su ojo.

— Al menos deberíamos ir allá—. Concluyó.

— Allá está Rhaena—. Mencionó Lucerys.

— Bueno, mejor para nosotros, podríamos pedir su ayuda con el segundo niño—. Sugirió Aemond con intenciones injuriosas.

Luke lo golpeó con la almohada de manera automática, soltando una sonrisa en Aemond, que alzó las manos como rendición.

— ¡Eso es muy grosero, Aemond!

— ¿Qué? Seguro que no se negaría—. El alfa tomó la almohada y la lanzó fuera del alcance de Lucerys, dejándole sin lugar para reposar su cabeza—, ni tu tampoco—. Continuó, acercando la cabeza a Luke, mirándole a los ojos, a veces verdes, a veces azules, siempre grises y grandes. Quería arrancárselos y ponerlos como adorno de cama para mirarlos todas las noches antes de dormir, quizás así no tendría pesadillas con ellos.

Lucerys se acercó y se montó sobre él, sin dejar de mirarle fijamente, ya había dejado de fingir que le tenía miedo y mostraba su verdadero ser. Su bastardo ser.

— No, no lo haría—. Aceptó Lucerys, acariciando los cabellos de Aemond—, pero te enfadarías si lo hiciera—. Afirmó y Aemond soltó una sopló más burlón de lo que planeó.

— No me enfado—. Prometió, quitando las manos de Lucerys de sus cabellos, nunca se acostumbraría a que la gente le tocara el cabello y mucho menos Lucerys.

— Siempre te enfadas—. Dijo su sobrino bajando la cabeza, desabrochando el albornoz de Aemond con cuidado, como pidiendo permiso.

— Siempre me haces enfadar—. Aceptó Aemond, dejando que el omega continuara con sus maquiavélicas intenciones, abrazándolo de la cintura, uniéndolo más a él, pediría perdón a su madre y a La Madre por la mañana. Sin embargo cuando olió el cuello del omega lo pensó dos veces, intentando alejarlo con asco.

—No, mejor no, apestas a canela—. Dijo el rubio, tosiendo mientras recordaba la travesura de Alys. Sintiendo culpa por la mujer a la que había hecho una promesa.

— ¿Qué?—. Cuestionó Luke en voz alta, olfateándose a si mismo, mirando a Aemond desconcertado. Casi pudiendo escuchar maldecir al omega.

Su sobrino se hizo atrás, de repente apenado, alejándose como si fuese la peste, pero sin dejar de mirarle, preguntándole con el pensamiento “¿En serio no lo haremos?“; Aemond chistó la lengua mientras lo miraba volver a cobijarse en silencio, tomando la almohada que Aemond había alejado, rendido. Aemond giraba el ojo de su miembro al castaño, pensado seriamente en olvidar la puta canela por una vez en la vida.

Lo hizo, giró al omega sin su permiso y lo colocó bajo él, basándole dulcemente entre las risas y caricias torpes del omega, contagiando la sonrisa a Aemond por un segundo, solo uno, antes de recordar el odio, por el cual no dejo de besarlo, sino que lo hizo más fuerte, esperando que la mañana borrará los pecados de la noche, así como su padre y el reino hacían con los pecados de Rhaenyra.


La voz gruñona de Alys regañando a Lucerys le había despertado hacía media hora, Aemond abrió su ojo con pesadez mientras escuchaba constantemente el ” ya es tarde mi príncipe, la reina está enfadada, su hermano vendrá a cenar está noche con su prometida, incluso el príncipe Aegon ya esta presentable” decía y Aemond rodó su ojo. Las visitas de Jacaerys a “Lucerys” se había vuelto algo recurrente desde que casi pierde la oreja y habían comenzado a ser molestas cuando volvía cada cuatro días, a veces con el bastardo menor, a veces con Baela y muchas más veces, solo. Era obvio que solo iba a por el culo de Aegon, quizás el de Haelena. Ya no le importaba.

No quiso pensar más en ello y el rubio se giró despacio mientras miraba como la mujer le ignoraba, muy concentrada en su labor de vestir a su marido como una hermana silenciosa. Soltó una risita al ver a Lucerys en apuros, sin saber si las gotas que caían de su cabello era sudor o agua y pasó saliva antes de hablar.

— Aún se le ve el cuello, ¿Por qué no tomas la sabana de una vez y lo cubres con ella?—. Ofreció Aemond, finalmente teniendo la atención de ambos bastardos.

Alys le miró y parpadeo un par de veces, como si le hubiese dado una buena idea en realidad.

— Tienes razón, dámela—. Gurñó Alyss y le quitó la sabana tal como dijo, dejando a Aemond como había salido de su madre y cubrió a Lucerys con la sabana como si fuese una bufanda.

El omega no habló de la impresión, mudo con la actitud demente de su doncella, que parecía no darle importancia al dragón de Aemond en la habitación. Pero él si que se atrevió a darle una mirada asustada a Aemond, que le ignoró como si fuese un perchero con tantas capas encima y se levantó enseñando el culo, listo para meterse a la ducha, sin importarle la presencia de la doncella.

Lucerys le dedicó una mirada de terror y lastima a la mujer, pensando que debía ser terrible la situación con los verdes en el castillo si ya no reaccionaba ni ante la desnudez. Era bien sabido que Aegon no era nada cortes con la servidumbre, quizá era de familia; se tocó el estomago, temiendo que Aerys saliera igual a uno de ellos, negando con fuerza. No, no quería que su hijo heredara sus gene promiscuos.

— ¿Está bien? ¿Quiere vomitar?—. Preguntó la mujer, siendo ella la que le devolvió la mirada de preocupación y Lucerys negó repetidamente, intentando quitarse la sabana del cuello.

— ¿No hay algo más ligero?, muero de calor Alys—. Gimió Lucerys y la mujer negó, gruñona.

— Esto no pasaría si un poco de cordura le hubiera dicho que estás—. La mujer señaló las marcas moradas en su cuello que Aemond le había dejado la noche anterior con los dientes—, son para la reina lo que un Targeryan sin una relación incestuosa—, mencionó con esa confianza que ya había ganado hacía mucho tiempo con Lucerys—, imposible de ver.

Su sobrino avergonzado guió el cuello a la mujer que se giró y viajaba a las ropas servidas en la mesa de noche, escogiendo un pañuelo más fresco, luego cayendo en Aemond, que descansaba plácidamente en la bañera, como si ellos dos no existiesen y estuviese escuchando a los pájaros cantar.

— Pero si ya me odia, no creo que un pañuelo haga una diferencia—. Murmuró Luke.

— Cierto—. Dijeron los otros en la habitación al mismo tiempo y el castaño suspiró, decidiendo que esperaría a Aemond para ir a desayunar y lo usaría como escudo para ignorar la mirada asesina de la reina.

No espero mucho cuando Aemond se preparó el mismo mientras Alys limpiaba la habitación, ordenando a la mucama que dejase las sabanas bien limpias, avergonzando una vez más a Lucerys, que llegó sin energía, ni rostro alguno al desayuno.

— Llegan tarde—. Mencionó la reina apenas los miró entrar por la puerta con un humor de perros. Aegon se burló y Otto soltó una risilla.

— Que bueno es ser joven y recién casado—. Comentó el anciano entre risas, recibiendo una mirada domadora de Alicent, silenciándolo como un muerto.

Luke sintió las mejillas ardiendo, escabulléndose de la mirada acusadora de Sir Christon Cole detrás de la reina y la de la reina misma. Acomodándose junto a Aemond, que retiro sus silla y se disculpó con su madre a través de los modales que se negó a mostrar frente a su doncella o frente a él en la noche de bodas.

— Me disculpo madre, ayer fue un día cansado.

— Todos mis días son cansados—. Comentó Aegon gruñón. Había estado así desde que el maestre le había prohibido beber.

— Ahora imagínate si hicieras algo—. Contestó el alfa.

—Estoy haciendo algo—. Refutó el omega rubio señalando su vientre como globo. Luke tragó saliva, sin querer imaginarse a el mismo con gemelos—, tener el futuro de los Targaryen no es poca cosa.

— Aegon—. Riñó su madre, sin humor.

— Ush, alguien necesita que venga Rhaenyra para estar contenta—. Murmuró Aegon ganado otro regañó—, ¡¿Qué?! Es verdad...Antes eran amigas ¿Qué pasó?—. Preguntó el rubio y el comedor quedo en silencio. Dejando que las miradas bailaran entre Lucerys y Aemond—, ah, claro, eso...

— Madre—. Habló Aemond, condenado el silencio y el hilo de Aegon—, he pensado en... viajar aDriftmark, pero antes aDragonstoney antes de eso a varios destinos comoFlea Bottompara... dar a conocer a Aerys—, continuó tomando la mano del omega con cortesía—, nuestro hijo como señal de unión—. Comentó, mientras su madre abría los ojos aun más con cada destino, dejando a Lucerys igual de perplejo, de buena manera a diferencia de su madre que parecía querer vomitar su propio corazón.

— No—. Dijo Alicent.

— Sí—. Habló Otto—, creo que es, una buena idea, señal de unió de tu madre y su madre—. Apuntó a Lucerys— y señal de la unión del pueblo—. Continuó—, la gente se sentiría involucrada si lo ven desde antes de nacer—, opinó picando la yema en su plato—. Tardaste en sugerirlo, Aemond, los lores de la corte ya han enviado varias peticiones para su presencia frente a la estatua de su boda—. Finalizó la mano, tomando un poco de jugo. Alicent no dijo mucho más, simplemente se levantó molesta y salió del comedor con Cole detrás de ella.

Aemond miró los labios apretados de Lucerys, creyendo que se haría daño con los puños tan apretados que sostenían los cubiertos con furia, salvaje.

— Entonces hoy llega tu hermano, ¿No?—. Preguntó Aegon a Lucerys, siendo seguido por la mirada curiosa de Helaena.

Luke asintió, tronando sus propios dientes.


— Hummm—. Gruñó Aemond por tercera vez, mientras se sacaba la cara de Luke finalmente de entre las piernas, lejos de su pito, le había vuelto a morder—, no, olvídalo, largo—. Ordenó, mandándolo a la cama una vez más.

— Perdón, es solo que... le escribí diez mil veces que me dejará ir a ver las estatuas y lo impidió—. Gruñó el omega, aun molesto a la noche por lo sucedido hacía unos días con la reina—, y tú solo le dices “iré a dar un desfile con mi hijo y su casa” y solo, lo acepta—. Soltó, sin pensar mucho en que se había llamado casa a si mismo.

— No use la palabra desfile, ni casa... y puedes creerlo o no, pero no lo aceptó, hará de todo para impedirlo—. Comentó Aemond, guardando su miembro para después, ahora molesto por no tener lo que quería. De repente Lucerys creyó que podía cruzar sus límites solo porque Aemond le mostró un poco de confianza, que acababa hoy, con su pito rojo y lastimado.

— Incluso los Lores le enviaron recados para que fuera y los ignoró como si fuesen moscas en una fosa séptica.

— Sí, me largo, dormiré en mi habitación—. Gruñó el alfa desperado por no pensar en fosas sépticas mientras se la chupaban. Llevaba tres días escuchando las mismas quejas de Luke, sin contar que Alys tampoco le cruzaba palabra, así que ahora vivía en castidad nuevamente mientras a alguno de sus bastardos se le calmaba el coraje y decidió dejarlos estar con sus sentimientos por un tiempo, el tiempo que ellos puedan soportarse a si mismos, que dudaba pasará de la semana.

Lucerys siguió murmurando enojado, sin darle mucha importancia a sus palabras, demasiado distraído con su propia furia. Caminó hasta que Lucerys dejo de escucharle y el omega siguió perdiéndose en sus propio pensamientos, sintiendo un poco más de rabia por lo acontecido.

Cambiando a la felicidad rápidamente, pensando que quizás lo mejor si que era alejarse de la fortaleza roja, Aemond dijo que irían a Dragonstone, a las Estatuas de Flea Bottom y seguirían hasta Drifmark siendo su destino final. Pero esa mujer...

— ¡Cómo la odio!—. Gruñó Luke, sintiéndose de pronto asustado al ver a un rubio frente a la puerta. No era Aemond.

— Sir Loreon, me asustó—. Admitió Lucerys con la mano en el pecho.

— Mis disculpas, pero Alys me pidió que dejara tu cena.

— ¿Y Alys?

— Seguro por ahí, con un hombre nuevo, ¿No bajaras a cenar otra vez?—. Preguntó el caballero, sirviendo la bandeja en la mesa de noche, dejando que Luke suspirará cansado y diera un bocado, hambriento. Luke dijo que no entre mordiscos, negándose a hacer presencia en el comedor hasta que su furia contra la reina cesará.

— La reina me odia—. Aceptó el omega.

— Bueno ¿Used no odiaría a alguien que lastimará a su hijo?—. Preguntó Loreon como respuesta automática, cayendo en cuenta de sus palabras hasta después—, perdón, no quise...

— No importa, tienes razón—. Se quejó con un puchero—, no se que hacer para agradarle aunque sea un poco, a Aemond le agrado, a veces.

— ¿Su esposo, el que acaba de salir a su habitación en lugar de dormir con usted—. Preguntó Loreon, una vez más siendo la razón de sus pesadillas.

— Es que le mor... no importa—. Dijo el omega, sintiendo remordimientos de pronto—, bueno, no me odia como antes.

— Sí, pero la reina no puede acostarse con usted para dejar de odiarlo, mi príncipe—. Habló Loreon. El omega había descubierto hace mucho que la lengua de Alys y su caballero estaba llena de verdad por lo que no había lugar para la vergüenza.

Lucerys se quejó aun más fuerte, frustrado.

— Pero si de algo sirve para mejorar su humor, el príncipe Aemond ha dicho que los preparativos para andar por la capital empezarán la semana que viene, por lo que la reina ya no podrá impedirle salir por mucho tiempo más—. Loreon anunció las buenas noticias y Lucerys pareció sonreí con los ojos, pues su boca aun tenía bocados de carne.

— Tu has visto las estatuas—. Preguntó Lucerys cuando terminó de masticar.

— Sí, claro, son preciosas y gigantes, completamente blancas—. Dijo y Lucerys se emocionó, antes de mirar la cara de preocupación del caballero rubio—, pero...


— Ah, es verdad que hicieron el parche del otro lado—. Murmuró Lucerys mientras miraba la estatua de tres tres metros de Aemond frente a la suya. Con las manos unidas de frente al sol y en la noche, de espaldas a la luna.

— Supongo que no pudieron preguntarte a que ojo apuntaste—. Contestó Aemond mientras admiraba en silencio el paisaje. El sol brillante, aun no se posaba en las manos de las estatuas y no lo haría dentro de unos minutos—, ¿Listo?—. Preguntó el rubio antes de abrir el carruaje, escuchando los chillidos de alegría de la gente de Flea Bottom.

Lucerys asintió, dejando que Aemond le ayudará a salir delicadamente con un toque de su mano, abrumado por la plebe, que si bien no era la misma cantidad que el día de su boda, lucían igual de emocionados por verles y creyó ver a las misma mujeres que vio en su boda pedir un saludo del príncipe Aemond que este se negó a dar cuando estás intentaron tomarle la mano a sus tetas. Lucerys soltó una risita, mirando la cara roja de Aemond.

Era verdad que su marido fingía rectitud ante la multitud y le quedaba, lucía como un hombre elegante, casi haciendo a todos dudar que compartiera sangre con el príncipe Aegon, que ya era más conocido por Flea Bottom que por el resto de los siete reinos. Más parecido a la reina...y a Daemon... como si hubiesen tenido un hijo. Ugh.

— Te hicieron perfecto el cabello, el la vida real también es un nido de pájaros—. Comentó Aemond y Lucerys casi lo golpea instintivamente, olvidando que estaba frente a tanta gente. Miró la cabeza de la estatua, donde efectivamente algunos gorriones y palomas se echaban en el sol.

— A ti te hicieron más guapo—. Susurró Lucerys, atacándole.

— Y tu finalmente tienes cabello Targaryen—. Se burló Aemond aun más bajo, fingiendo que lo abrazaba delicadamente.

Caminaron pocos pasos mientras saludaban a la gente, dejando que las capas doradas hicieran el trabajo de dar algunas ropas de los donativos que hacía la reina y dejaban algo de pan y fruta también. Luke se dejo llevar al ver mujeres embarazadas que pedían su bendición y Lucerys las ofrecía, preguntando por el nombre de los bebés mientras ellas preguntaban por el suyo.

Aemond lo jalo después de unos minutos, fingiendo educación.

— No tengas tanta confianza, siguen siendo prostitutas y ladrones después de todo—. Murmuró Aemond sin que los demás le escucharan y Lucerys trató de negarlo, pero no pudo, el alfa tenía razón, lo primero era proteger a su bebé, por lo que no podían quedarse mucho tiempo en Flea Bottom, menos cuando varias hombres y mujeres que miraban a Lucerys con desaprobación comenzaban a aparecer, juzgándole.

Ellos al igual que Aemond, no olvidaban de donde venía Lucerys y su familia de bastardos y todo lo que aquello significaba. Los pobres tenían bastardos que morirían en el barro y su hermana tenía bastardos que se convertirían en reyes.

— Pero no te cortes, sonríe—. Continúa Aemond, tomando sus mejillas suavemente. Girándole la cabeza a la estatua, donde el sol ya se posaba en las manos unidas de ambas estatuas. Lucerys sonrió sincero, dejando de sentir miedo por las responsabilidades que tomaría al llegar a Driftmark por un momento. Por primera vez, su futuro lucía brillante.

Llegada la noche habían vuelto a la fortaleza más cansados de lo que creyeron que caerían, Lucerys dormitaba plácidamente en la cama mientras observaban a Aemond leer en silencio sobre el sofá, ya era costumbre verlo leer un libro diferente al de hace unos días y sentía una calidez en el estomago pensar que quizás su hijo sería igual de listo o diestro con la espada que Aemond, pues el omega no era excepcionalmente bueno en algo como Aemond o Jacaerys, incluso Rhaena y Baela eran increíblemente talentosas. Así que esperaba que Aerys sacara los mejores genes sin ningún desvió, como... Aegon.

— ¿Cuál será nuestro próximo destino?—. Le preguntó el omega con voz rasposa, acercándose al mundo de los sueños.

— Tu elige—. Propuso Aemond, dando vuelta a una de las hojas, mirando como el omega parpadeaba y parpadeaba, tratando de no caer dormido.

— ¿Yo?—. Sonrío.

— Tú—. Repitió el rubio.

— No lo sé—. Arrastró el castaño sin ganas.

— ¿Te parece Riverlands? Conocer tus raíces te vendría bien—. Se burló.

Lucerys ya no contestó, sino que soltó un gruñido quedo antes de caer dormido, obligando a Aemond a ser servidumbre y cubrirlo con una manta. Aemond le miró con atención, nuevamente miró las largas pestañas tupidas que encerraban los ojos grises que le pertenecían y que arrancaría en algún momento. También miró el cuerpo totalmente en calma de Lucerys. No se movía. Aemond tuvo que alejar la vista y volver a mirar por otro rato. El duende de la energía finalmente se quedaba quieto, sin patear, ni gruñir, ni roncar. Estaba quieto, como si flotara por las nubes y dormía como piedra porque ni el sonido de su libro cayendo al suelo le despertó.

Aemond aprovecho con mucho cuidado tocarle el vientre sobre el estomago, sintiendo la tenue respiración de Lucerys y un latido ajeno a él. Su hijo.

— Te dije que caerías—. Mencionó Alys del otro lado de la habitación y Aemond casi le da un infarto, demasiado entretenido con Luke como para haber escuchado a Alys entrar.

—Yo...— No supo que decir, si, le emocionaba tener un bebé, aunque, tambien le aterraba ¿Realmente podía tener un hijo con Lucerys? ¿Realmente eso estaba bien? ¿Era honroso, correcto?

— Tenemos que hablar, Aemond.

— No hoy, no aquí, Lucerys puedes despertar—. Sugirió Aemond.

— Lucerys... no despertará en mucho tiempo, duerme como muerto—. Dijo la mujer.

—...

— Hablemos.

— Quieres dejarlo...

—No, me voy—. Continuó la mujer y Aemond, aturdido por la noticia, dejo de tocar a Lucerys, como si le quemara.

— No, pronto, iremos de viaje, haré que te lleven y...—. Alys negó firme con la cabeza.

— Estoy embarazada, Aemond.




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