Siento | Nattuma

Summary

Una noche, mientras tienen una discusión, Namor le pregunta: ¿Qué es lo que siente? Attuma siente tantas cosas.

Genre
Romance/Drama
Author
Klavz
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Siento

Attuma entra sigiloso a la alcoba de su rey, como siempre lo hace, y mientras lo ve ornar aquel muro, él sonríe a pesar de toda la ira que hierve en su sangre. Es una sonrisa cruel, una sonrisa que hiere más que mil espadas, porque revela la verdad: lo profundo que caería por un amor intermitente.


Sabe que cada orden de Kukulkán, sin importar cuánto lo lastime, sin importar las cicatrices que se dibujen en su cuerpo, sin importar la sangre que tenga que derramar, él lo hará. Pero Attuma sólo quiere una cosa a cambio de su eterna devoción, sólo quiere que, por una vez en todo el tiempo que ha luchado junto a él, Kukulkán sea quien mueva mundos solo para complacerlo.


Quiere que Kukulkán lo obedezca y le dé tan solo una pizca de lo que él ha dado. Quiere que su lealtad sea recompensada con la misma devoción, con el mismo sacrificio. Quiere que Kukulkán entienda que su amor no puede ser unilateral, que su poder no puede ser una calle de una sola vía. Quiere que Kukulkán vea más allá de su propia sombra y comprenda que en el corazón de Attuma arde un fuego que solo avivar.


—Estoy aquí —anuncia hacia el hombre que aún le da la espalda.


—Eso ya lo sé. Ahora dime ¿por qué lo estás? — Namor inquiere en voz baja sin siquiera dirigirle la mirada.


Attuma quiere gritarle, exigirle que le preste atención. Quiere tanto que sus ojos brillen igual que cuando los papeles se invierten, cuando Attuma lo mira a él. Sus ojos brillan igual que el sol en la superficie, igual que una estrella dando vida. Es como ver a un Dios, porque, literalmente lo es.


Pero en lugar de eso, siente el peso de la indiferencia de Namor cortándole la garganta. Cada palabra, cada gesto de desdén, lo corta como un cuchillo afilado. Attuma anhela desesperadamente que Namor voltee, que le mire con el mismo fervor y admiración que él le profesa. Pero Namor sigue inmóvil, tan distante como un dios en su trono, inalcanzable e imponente.


En su interior, Attuma lucha contra la ira, el dolor, el anhelo. Quiere que Namor le vea, le reconozca, le ame. Pero teme que su deseo sea en vano, que Namor nunca le otorgue la atención por la que tanto ha luchado.


Pero en lugar de todo lo que quiere decir, sale un triste y desganado: — ¿Podría hablar contigo?


—Claro, mi niño. — Y entonces Kukulkán lo mira y le sonríe. Y Attuma podría haber olvidado el motivo de su visita, incluso perdonarlo de todas esas sensaciones que provoca en él, de las que Namor no se da cuenta, o quizás no quiere hacerlo.


—No me llames así, yo no soy como ellos. Yo he estado a tu lado por más años de los que te atreves a recordar—Dice y su voz suena dura y enojada.


Entonces Kukulkán borra su sonrisa que parecía amable y amorosa. Con la cabeza en alto y pasos lentos empieza a caminar hasta llegar a Attuma, tan cerca de él que puede sentir su agitada respiración, su ceño se ha vuelto fruncido y su mirada curiosa. Él sabe que el instinto de Attuma se está volviendo rebelde estos últimos años, su carácter es un poco más difícil de controlar ahora que antes y eso ciertamente le fascina en sobre manera, pero cuando lo ve de manera más objetiva, le atemoriza.


Attuma es su segundo comandante, aunque no debería, pues su fuerza es muy superior al rango. Attuma debió ser un joven heredero de la tribu rival de Namor, pero el trono se le fue arrebatado por los enemigos de su padre.


Attuma lleva en su sangre un derecho que Namor se niega a otorgarle.


Todo estará bien si eso sigue siendo así pues en el oscuro rincón de su alma, Kukulkán sabe que Attuma es un peligro latente, una sombra que amenaza con oscurecer su reinado.


—Bien, Attuma —El Dios hace énfasis en el nombre de forma exagerada—. Lo volveré a repetir ¿Qué haces aquí?


—Y yo volveré a repetirlo también. Quiero hablar contigo —Ahora Attuma mira directo a los ojos de Namor, son tan oscuros como el alba. Siempre que tiene la oportunidad de apreciarlos más de cerca, se pregunta si serán del mismo color en la superficie, si cambiarán de color cuando el sol los ilumina. Algún día él quisiera saberlo.


—Lo estamos haciendo —Namor contesta con una pequeña sonrisa en su rostro, como si de verdad creyera que eso es una respuesta.


Attuma podría dar un solo paso hacia adelante y lo tendría, para siempre y por siempre, pero eso sería interferir en algo que no podría controlar. Sería arriesgarse a cruzar un abismo que separa la lealtad de la rebelión, un abismo que podría tragarse todo lo que ha construido con un simple movimiento en falso. Pero en su interior, el deseo de poseer lo que está tan cerca y tan lejos lo consume como un fuego voraz, alimentando su ambición que amenaza con desbordarse en cualquier momento.


—Quiero a Wakanda — Es todo lo que dice, sin un rastro de duda o broma en su rostro.


—¿Para ti? — Ya no hay burla en la voz del Dios.


—Para mí. Quiero que la robes y me la entregues a mí. Hazme un rey, Kukulkán.


—Tengo la oportunidad de hacer una alianza con ellos ¿Crees que la perdería solo por ti? ¿Por qué razón crees que pondría en riesgo todo lo que he hecho por ustedes al solo robar Wakanda para ti?


—Porque es fácil, porque tienes a la princesa y porque necesitas tanto como yo demostrar que soy más que solo tu segundo comandante. Necesitas que ese hecho quede implícito entre nosotros. Ahora te estoy dando la oportunidad. — Attuma desespera tanto que ni siquiera se dio cuenta cuando había desaparecido el poco espacio que aún quedaba entre ellos, sin despegar la vista de él en ningún momento.


Attuma sostiene la mirada de Kukulkán con determinación, su corazón latiendo con fuerza en su pecho mientras espera la respuesta de su soberano.


Y entonces, con un gesto apenas perceptible, Kukulkán inclina levemente la cabeza, como si estuviera considerando las palabras de Attuma con más seriedad de lo que esperaba.


El momento es fugaz, pero suficiente para que Attuma sienta un destello de esperanza. Sin embargo, en los ojos de Kukulkán no hay más que determinación fría, una chispa de desdén que hiela el alma de Attuma. Y así, en ese silencio cargado de significado, se exponen los papeles que siempre han desempeñado: uno como el maestro y el otro como el eterno seguidor, siempre en la sombra, nunca en la luz.


—Pequeño niño caprichoso —Namor sisea con los dientes apretados mientras, ejerciendo fuerza, toma a Attuma por la mandíbula y pega su cuerpo completamente a él.


Attuma cierra los ojos al sentir la piel de Namor contra la suya, y suspira cuando los labios del Dios empiezan a rozar su cuello. Sus manos permanecen quietas, pero las de Namor no. Namor lo agarra por la nuca y toca cada centímetro de su cuello, siente el pulso acelerar solo por él. Él causa todo eso en Attuma.


Namor lo siente como una gloria, la mayor que haya tenido.


Attuma se siente aturdido por la intensidad del momento, entregándose por completo a las caricias del Dios que lo domina con su presencia.


Cada roce de los labios de Namor es como una promesa de éxtasis, una promesa que Attuma está más que dispuesto a cumplir. Siente el calor de la respiración de Namor en su piel, el tacto firme de sus manos que lo sostienen con posesión.


Para Namor, cada gemido de Attuma es música celestial, cada suspiro un tributo a su poderío. Él lo tiene en sus manos, dominado y rendido a sus pies, y eso lo llena de una satisfacción que trasciende cualquier limite.


Y en ese abrazo ardiente, Namor y Attuma saben que se pertenecen el uno al otro.


—Te extrañé — Kukulkán admite mientras su mirada se vuelve a clavar en la del guerrero. Te daré lo que quieras, lo que pidas, pero jamás te irás.


Y eso es suficiente para Attuma. Suficiente por ahora.


Namor acaricia con ambas manos el rostro de Attuma, espera una respuesta pero sabe que el hombre está demasiado concentrado en controlarse a sí mismo para hacerlo, así que decide contestar por él—Jamás lo harás.


Attuma lo sabe.


En ese momento, Attuma siente la promesa de un amor eterno y una lealtad inquebrantable. Sabe que nunca estará solo mientras tenga a Kukulkán a su lado, aunque eso signifique perderse en las profundidades de su propia sumisión. Pero en los ojos de Namor ve algo más que dominio, ve un destello de deseo y amor, un reflejo de la pasión que arde entre ellos.


El cuerpo pegado a él se mantiene inmóvil y rígido, pero Namor aún puede sentir el pulso bajo sus dedos, lo escucha incluso. Sabe cuánto le afecta su voz, sabe que Attuma haría cualquier cosa por él. Namor quiere mucho más que eso, quiere su fuerza, quiere su determinación, su completa lealtad y devoción. Quiere todo eso y más, lo quiere solo para él. Namor necesita su miseria arrastrándose bajo él, quiere poseer todo lo que Attuma es, quiere que sea parte de él.


Namor lo quiere destruir, porque solo así lo mantendrá siempre para él, siempre melancólico, siempre poderoso. Quiere encerrar todas esas hermosas cualidades de Attuma en una pequeña caja de oro y entregárselas solo cuando sea necesario.


Él sale de su trance y se encuentra con la mirada vacía de Attuma. Él no demuestra nada, su control es una pesadilla que Namor también piensa destruir.


En el juego retorcido de poder y dominio, Namor ve a Attuma como una pieza valiosa que debe ser moldeada a su voluntad. Quiere despojarlo de su autonomía, de su propia esencia, y convertirlo en un mero reflejo de su propia grandeza.


Pero Attuma no se dejará doblegar tan fácilmente. Aunque su exterior parezca imperturbable, en su interior arde un fuego indomable, una voluntad de hierro que se niega a ser aplastada. Y en ese choque de voluntades, solo el más fuerte saldrá victorioso.


—¿Qué es lo que sientes? — Kukulkán inquiere en un susurro suave mientras una de sus manos se redirige hacia el corazón de Attuma. Namor suspira mientras cierra los ojos y se deleita con el sonido de lo que podría ser un corazón roto—¿Qué se siente pertenecer a mí?


—Abrumador.


—¿Alguna vez has pensado en matarme? —Namor sabe que sí.


—Fantasías.


—Cuéntame.


Las palabras se deslizan de los labios de Attuma con una mezcla de amargura y codicia, como si estuviera liberando un secreto oscuro que ha atormentado su alma durante años.


—He imaginado el poder que sentiría al verte caer a mis pies, al ver tus ojos apagarse y tu aliento desvanecerse. He fantaseado con la sensación de libertad que vendría con tu muerte, con la certeza de que finalmente sería dueño de mi mismo. Pero siempre vuelvo a ti, a tu dominio implacable, y la fantasía se desvanece ante la realidad de tu presencia. Siempre he pertenecido a ti.


Namor sonríe con malicia ante la confesión de Attuma, saboreando cada palabra como si fuera el elixir de su poder.


—Interesante —susurra, acercando su rostro al de Attuma, sintiendo el aliento caliente de su aliento—. Pero recuerda, Attuma, que en este juego de poder, solo uno de nosotros puede ser el amo absoluto. Y yo no tengo intención de ceder mi trono a nadie.


Attuma asiente en silencio, sabiendo que en la oscuridad de su corazón aún arde la llama de la rebelión, esperando el momento adecuado para consumirlo todo. Pero por ahora, se someterá a la voluntad de su Dios, esperando el día en que su propia ascensión al poder se haga realidad.


—A veces, cuando estás en el trono, no puedo evitar pensar en cómo sería si yo estuviera en tu lugar y tú en el mío, cómo sería si tú me adoraras como yo lo hago. Eres un ser formado por la pasión de otros, no puedes evitar ser lo que todos buscan en su desesperanza, en su soledad y en su dolor. Y cuando lo recuerdo, siento hervir la sangre. Mi deseo de matarte es tan grande como no te lo imaginas.


—Lo hago —interrumpe Namor, fascinado por la sinceridad que ha surgido en Attuma.


—No, no lo haces. Te haría sufrir tanto, tu corazón sangraría como lo ha hecho el mío todo este tiempo. Colocaría mis manos en tu cuello y lo aplastaría. Soy lo suficientemente fuerte para hacerlo. Tal vez te besaría mientras lo hago, te daría de beber mis lágrimas, para que vieras el daño que me haces. Compartiríamos nuestro sufrimiento. Después de todo, ¿no es eso lo que hicimos desde el primer momento? Podría darte una flor negra hecha solo para ti. Podrías arañar mi piel, hacerme sangrar, y yo te la daría. Tú me darías tu confianza y yo podría matarte en cualquier momento, traicionarte, y aún si lo supieras, seguirías confiando en mí. Nuestros miedos se mezclan y se desvanecen como las olas cuando se las lleva el viento. Al final, quedamos tú y yo. Solo tú y yo.


—Solo tú y yo —susurra Namor, capturado por la intensidad de las palabras de Attuma.


Attuma sostiene la mirada de Namor con una determinación flameante, como si estuviera desafiando al propio universo. En sus ojos, Namor ve un abismo de dolor y deseo, una mezcla volátil que amenaza con consumirlos a ambos.


—Pero ¿qué pasaría si realmente me mataras? —murmura Namor, su voz apenas un susurro en el aire cargado de tensión.


—Entonces nos perderíamos en la oscuridad juntos —responde Attuma con una serenidad que hiela la sangre—. Seríamos uno en la eternidad, unidos en el vacío de la nada. Y quizás, solo quizás, encontraríamos la paz que tanto anhelamos.


El silencio cae sobre ellos como un manto pesado, envolviéndolos en su abrazo frío y ominoso. En ese momento, en la intimidad de sus confesiones más oscuras, Namor y Attuma se enfrentan al espejo de sus propias almas, confrontando la verdad cruda y dolorosa que yace en lo más profundo de su ser. Y en ese silencio, encuentran una unión más profunda que la cualquier palabra podría expresar.