Capítulo 1
El pasado y yo
Sábado 12 de abril de 2036
Toda la vida me he cuestionado si realmente superé a aquella chica que tanto quería. En ocasiones uno cree que ya está bien, pero sabe en los ratos que no tiene algo en lo que pensar, esos… son los peores y justamente eso me pasaba a mí o más bien me pasa. Me di cuenta cuando choqué con un señor mientras escribía esto.
—¡Con un carajo joven, fíjate! —me miraba con desdén—.
—Lo siento, señor.
Me sigo preguntando: ¿por qué me ocurre a mí? Pero siempre llego a la misma respuesta: el cerebro humano es tan magnífico como horrífico, ¿cómo llegué a esta conclusión? Todo esto empieza desde la pandemia.
Yo era un joven cualquiera, alguien con unos cuantos amigos, una computadora, demasiado tiempo libre y el detonante del internet, pero mucha gente tiene acceso, entonces ¿cuál era el verdadero problema? Era la gente que encontramos ahí. Para todos la pandemia fue caótica y estresante, pero para mí… Fue tráumate y aterradora; ahora con esto empecemos la historia.
Todo inicia un 27 de febrero de 2020, recuerdo cómo el presidente decía que tendríamos dos semanas de vacaciones. Cuando lo escuché, todo fue alegría, al fin al cabo descansaría.
Lo que no esperaba era todo lo que se avecinaba. Esas dos semanas se volvieron meses, los cuales ya estaban siendo caóticos y fue en ese momento que instalé lo que abriría las puertas a esta historia.
Era una aplicación cualquiera que permitía hacer llamadas con amigos; su nombre era Discord. Nadie me advirtió que esa misma aplicación sería testigo de mis últimas frases.
Así, el día que la instalé, le comenté a mi amigo y quedamos de jugar esa noche.
—Oye, ya instalé Discord, le daremos al juego de pintar, ¿no?
—Claro que sí, esta noche te marco, estate pendiente de la aplicación.
La noche callo y la llamada de mi amigo no tardo ni cinco minutos.
—Bueno empecemos.
Los malos dibujos y las risas interminables aumentaban conforme pasaba la noche, pero en un momento él dibujó algo…
—¿Está todo bien? ¿Por qué te dibujas con un arma apuntándote?
—…
—¡Oye! Contesta.
—…
Y fue en ese momento que el sonido del arma no se hizo esperar.
—¡Carajo que hiciste!
Terminé la llamada y salí corriendo en dirección a su casa, paso lo que menos quería.
Al llegar los policías estaban revisando la escena, su rostro termino irreconocible por lo que no llamaron a sus padres, no tenían el derecho de tratar de reconocerlo.
—Y eso ocurrió esa noche, sabe…
Martes 17 de enero tuve cita con la psicóloga.
—¿Y co- lo- llevado?
Tomamos las citas por Zoom, ya que no se ha levantado el estado de cuarentena y su conexión es una mierda.
—Todo bien, la verdad… —Tomé aire y apagué el computador—.
—Estas consultas son una mierda, no me sirven de nada —decía en mi departamento—.
Dios como si alguien me escuchara…
En ese momento empecé a reír y las lágrimas a su vez caían de mis mejillas. Soy la persona más sana del mundo, estoy seguro.
Jueves 20 de febrero.
Hoy decidí entrar otra vez a la aplicación. Entré a una comunidad sobre el arte, todo parece ser muy normal, de hecho voy a tener una llamada con alguien.
—Es un gusto conocerte, eres el administrador, ¿cierto?
—Sí, es un gusto tenerte aquí, eh… —Leía mi nombre de usuario— Mr. M. Qué curioso nombre, ¿significa algo?
—Un simple seudónimo, pero dime ¿para qué me citaste?
—Bueno mira, aquí en la comunidad apreciamos todo tipo de arte… —decía con un tono morboso— y si quieres sobresalir en este rubro tienes que hacer ciertos favores.
—…
—Sé que tienes talento, pero te falta apoyo. ¿Qué dices si te paso unos contactos y…
Apague mi computadora antes de que continuara hablando.
—CARAJO… Un maldito señor de diez, quizá veinte años mayor, se me insinuó.
Me levanté de mi escritorio y fui a recostarme. El arte es horrible, en eso mi celular empezó a sonar y eran mensajes de él, parecían ser fotos, las cuales por razones obvias no vi.
El sábado 25 de junio, tuve otra cita con la psicóloga.
—Tus avances han sido espectaculares, a este paso dejaremos de tener sesiones semanales —decía con alegría— Me alegro de que mejores.
—Sí… ya ve, usted es muy buena con su trabajo.
Me desconecté de la sesión, estaba ya cansado de todo lo que pasaba, pero dejaría que la vida me llevara por donde sea.
Y tras eso vino mi última experiencia con el mundo virtual, el recuerdo es de una forma tan palpable que sigue doliendo.
Domingo 31 de diciembre
Era año nuevo, estaba solo en casa y decidí iniciar una llamada con unos amigos, pero ninguno contestó, todos estaban con su familia o habían salido de copas.
—Volvemos al punto de inicio…
Desde que tengo memoria, la soledad había sido una fiel acompañante, la cual nunca me causaba dolor, pero esta vez era ella la causante de mi dolor, ponerme a recordar todas mis vivencias pasadas no era sano para mí.
—¿Por qué me haces esto a mí? —le decía al aire esperando una respuesta— Vamos dime, nunca eh echo algo malo en mi vida, toda mi vida la he dedicado a escribir.
Pero por obvias razones nunca recibí respuesta y ahí fue cuando me di cuenta de que las mismas redes sociales son las que nos encasillan en una soledad enorme, ya que por más que tengamos seguidores, amigos, conocidos, etc. Ellos siempre estarán al otro lado de la pantalla.
—Feliz año nuevo…
En ese mismo momento, con las lágrimas resbalando por mis mejillas, decidí irme a dormir para pasar el mal trago de mi realidad.
Y así es como nos remontamos a mi actualidad.
Sábado 12 de abril de 2036.
Cuando reaccione por el choque del señor corrí a mi departamento y tome un bolígrafo junto a la primera hoja que vi.
—Es la línea perfecta.
La simplicidad de la vida es lo que la vuelve hermosa, pero siempre uno buscara la mancha de imperfección para quejarse, por eso vivimos bajo el yugo de las redes sociales.
Cuando escribí eso, terminé con lo que más deseaba, un libro donde dijera por qué la vida es tan mierda.
—Es simplemente hermoso.
Lo coloqué en el estante y miraba el título “El pasado y yo”. En ese momento manden la impresión y el primer día que lo vi en tiendas fui a mi departamento, me senté y tomé la escopeta.
—¿Listos para jugar? —en ese momento fue la última llamada con mis amigos—.
Las risas envolvieron todo hasta que fue mi turno.
—¿Qué opinas de mi dibujo con un arma apuntándome?
Nadie contesto en la llamada.
—O vamos amigos, no es nada peligroso esto, solo estamos jugando, ¿no?
El silencio prevalecía.
—Gracias por todo chicos —el sonido ensordecedor del tiro y la mancha de sangre en mi cámara dieron el espectáculo perfecto para mi libro—.








