CAPÍTULO 1
Giddings abrió la puerta y encontró a su señor frente a él con el rostro tan tenso que sintió un escalofrío. Fue un alivio que el Conde de Walton le tendiera sin más su sombrero y su abrigo y acto seguido se dirigiera al salón.
Afortunadamente, el joven Husk había decidido dormir la borrachera en uno de aquellos sofás en lugar de regresar a su casa la noche anterior. Él, con autoridad para contestar, soportaría mucho mejor que el desafortunado personal el mal humor del señor.
Pero Alastor Haworth, noveno Conde de Walton, también ignoró a Husk. Atravesó la sala hasta el aparador y vertió todo el contenido de un decantador en el último vaso limpio que quedaba.
Husk abrió un ojo a duras penas y lo dirigió hacia el Conde.
— ¿Habéis desayunado en Tortonis? —inquirió con voz ronca.
Alastor vació el vaso de brandy de un trago e hizo ademán de servirse de nuevo.
— No parece que os hayáis divertido mucho —señaló el joven frunciendo el ceño mientras intentaba incorporarse.
— No —respondió el Conde dándose cuenta de que el decantador estaba vacío y sujetándolo fuertemente por el cuello como si deseara estrangularlo—.Y como os atreváis a señalar que ya me lo avisasteis…
— No se me ocurriría, milord. Lo que sí diré es que…
— No. Anoche escuché todo lo que teníais que decir y, al tiempo que os agradezco vuestra preocupación, mi decisión no ha cambiado. No pienso marcharme de París con el rabo entre las piernas como un chucho apaleado. No permitiré que se diga que el haberme quedado plantado ha hecho la más mínima mella en mi corazón. Pienso quedarme hasta que expire el contrato de alquiler de esta casa, ni una hora antes. ¿Me habéis oído?
Husk se llevó una mano a la frente.
— Claro y meridiano —respondió y observó el decantador—. Y mientras le demostráis al mundo entero que no os importa que vuestra prometida haya huido con una paupérrima artista, supongo que no podríais pedir a vuestro personal que prepare café…
— Es grabador —espetó el Conde al tiempo que accionaba el tirador de lacampana.
Husk se hundió en los cojines del sofá y movió una mano con languidez indicando lo irrelevante que le parecía aquel dato.
— A juzgar por la expresión de vuestro rostro, los chismosos ya se han puesto en acción. Y la cosa no va a mejorar… —señaló.
— Mi humor no tiene nada que ver con el veleidoso Jovencito Morningstar — resopló el Conde—. Son las acciones de sus compatriotas lo que podría inducirme a abandonar este osario que se llama a sí mismo ciudad civilizada y regresar a Londres, donde la emoción más violenta que podría sufrir es un agudo aburrimiento.
— ¡Pero vinisteis a París precisamente huyendo de ese aburrimiento!
El Conde no se molestó en corregir aquel comentario inexacto. Permaneceren Londres, con su medio hermano lisiado, se había vuelto algo insoportable. Y buscar refugio en Wycke tampoco había supuesto una alternativa viable. El dolor que le producía aquello no le daba tregua. La opulencia de sus vastos dominios sólo era un doloroso recordatorio de la injusticia que se había cometido para que él lo heredara todo.
París había parecido la solución perfecta. Desde que Bonaparte había abdicado, se había puesto de moda pasar al otro lado del Canal para contemplar las vistas.
El conde apoyó un brazo en la repisa de la chimenea y se estremeció.
— No volveré a quejarme de ese mal, os lo aseguro.
— ¿Qué ha ocurrido? —preguntó Husk.
— Otro asesinato.
— ¿Valentino de nuevo, deduzco? —inquirió el joven sombrío.
El oficial francés parecía estarse acostumbrando a provocar a jóvenes ingleses exaltados para que se batieran en duelo con él, a los cuales despachaba con una implacable eficiencia adquirida durante sus años de servicio. Luego celebraba su victoria desayunando riñones asados en Tortonis.
— ¿Quién ha sido esta mañana? Espero que no alguien que conociéramos.
— El pobre chico asesinado antes del desayuno era un subalterno llamado Pentius. No creo que le conocierais. Era igual que los otros caídos bajo la espada de ese carnicero, un joven reservado sin contactos de importancia.
— ¿Y entonces por qué…?
— Sirvió en el mismo regimiento que mi desafortunado hermano. Era un ode los jóvenes que constantemente desfilaban por mi casa de Londres intentando que él mantuviera una vida lo más normal posible.
A veces parecía como si un regimiento entero hubiera pasado en un momento u otro a visitar al pobre lisiado que una vez había sido un valiente soldado. Aunque pocos de ellos repetían tras encontrarse con el violento rechazo de él. El capitán Haworth no quería que nadie le tuviera lástima.
¡Tenerle lástima! ¡Si él supiera…! Si él, el noveno Conde, hubiera resultado tan gravemente herido, no habría recibido visitas de amigos para alegrarle, tan sólo acudirían buitres ansiosos de quedarse con su título y su riqueza.
— Al menos era un soldado —señaló Husk.
— Valentino sabía que el chico no tenía ninguna oportunidad frente a él—añadió Alastor con vehemencia, golpeándose la mano con un puño—. Ojalá Pentius me hubiera pedido que fuera su segundo, ¡Yo habría encontrado una forma de evitar el combate!
Husk lo miró sorprendido. Lo único que sabía del Conde antes de su llegada a París era que, al cumplir la mayoría de edad, había provocado un gran revuelo en sociedad al echar a sus tutores del hogar ancestral, cortando así cualquier conexión con aquella rama de su familia. Él no conocía a nadie que se atreviera a llamarse amigo de aquel gélido caballero. Dentro de sus tareas como empleado de la embajada de Inglaterra, él había ayudado al joven conde a encontrar aquella mansión en la calle Richelieu y en general había suavizado su entrada en sociedad. Le había sorprendido verle reaccionar como un hombre normal al descubrir que su hermoso novio parisiense, nada más proponerle matrimonio, se había fugado con su amante: el conde había ahogado sus penas en alcohol demostrando aguantar mucho más que él.
La entrada del mayordomo interrumpió su conversación.
— Tiene una visita, milord.
— Ahora no recibo —gruñó Alastor.
Giddings carraspeó y miró a Husk con cautela.
— El joven insiste en que desearéis verlo —añadió el mayordomo y, dando un paso, habló en voz baja—. Dice que es el Joven Morningstar.
Para Alastor fue un puñetazo en el estómago. Mientras luchaba por recuperar el aliento, Husk, que poseía muy buen oído, se puso en pie rápidamente.
— Seguramente habrá venido a rogar vuestro perdón.
— ¡No lo obtendrá! —bramó Alastor, encorvado, sujetándose a la repisacon ambas manos—. No pienso aceptarlo de nuevo. Si prefiere un artista a mí, ¡Que se marche con él!
— Tal vez se haya producido un terrible error. Afrontémoslo, milord, la casa de los Morningstar anoche estaba tan revolucionada que quién sabe lo quesucedió.
Habían pasado a recoger a Azrael para ir a un baile donde anunciarían su compromiso y se habían encontrado al señor Morningstar desplomado en su sillón, como si le hubiera abandonado toda vitalidad, mientras que la señora Morningstar sufría un ruidoso ataque de histeria en el sofá. La única información clara que habían conseguido había sido que él había despedido a la malvada sirvienta que había ayudado a su ingrato hijo a huir con un don nadie cuando podría haberse casado con un Conde inglés.
El Conde estaba pálido y la respiración se le había acelerado.
— Es peligroso que lo vea. Tal vez intente estrangularlo —advirtió.
— Vos no haríais eso —le aseguró Husk.
El Conde lo taladró con la mirada y se irguió.
— Cierto —dijo, adoptando repentinamente una expresión glacial e impenetrable—. Yo no lo haría.
Se sentó en una de las sillas junto a la chimenea y se cruzó de piernas con
tranquilidad.
— Haz pasar al Jovencito Morningstar, Giddings —dijo con la mirada clavada en la puerta.
Husk tuvo la impresión de que acababa de volverse invisible. Y, aunque estaba seguro de que al Conde no le importaría, él no deseaba ser testigo de la segura confrontación, menos aún con la resaca que tenía. Buscó una posible salida aparte de la puerta por la que iba a entrar el joven: la única opción parecían las ventanas.
Sólo necesitó un segundo para saltar por encima del sofá en el cual había
pasado la noche y hundirse entre las pesadas cortinas de terciopelo. Mientras abría las contraventanas, oyó a Giddings anunciar al joven.
Alastor experimentó una ola de satisfacción cuando él se detuvo en el
umbral y se llevó una temblorosa mano enguantada al tupido velo de su sombrero.
En lugar de ponerse en pie, Alastor se reclinó deliberadamente en el respaldo y
se cruzó de brazos, observándola con implacable frialdad. Él se cuadró de
hombros y dio un tímido paso adelante. Y entonces, para asombro de Alastor,
atravesó la habitación corriendo y cayó de rodillas ante él. Agarró su mano y la besó a través de su velo.
Alastor se soltó con impaciencia. No pensaba relajarse ante él sin una buena
explicación. Y probablemente ni siquiera entonces. Sentirse embargado por unas emociones tan poderosas que grandes cantidades de alcohol no lograban anestesiar era algo que no deseaba volver a experimentar. Estaba a punto dedecírselo cuando él se echó hacia atrás y se levantó el velo del rostro.
— ¡Gracias por dejarme entrar, milord! ¡Estaba tan asustado…! No tenéis idea de lo desagradable que es caminar por la calle sin compañía, invadido por sentimientos tan exaltados…
Alastor se reclinó en su asiento.
— Vos no sois…
— ¿Azrael? No —respondió el joven arrodillado ante él mirándolo desafiante—. Siento la decepción pero creí que hoy no accederíais a ver a nadie excepto a él. Así que he hecho creer a vuestro mayordomo que yo era Azrael. Alfin y al cabo, vos esperabais a un Jovencito Morningstar y yo soy el Jovencito Morningstar.
— Sois el Jovencito Morningstar equivocado —le espetó Alastor.
¿Cómo podía haber confundido a Lucifer, mucho más bajo y anodino que su hermoso, glamouroso y cautivador hermano menor? No podía culpar al horrible sombrero ni al velo que había ocultado sus rasgos. Él había deseado ver a Azrael, reconoció con dolor. Se había agarrado a la esperanza de se hubiera tratado de algún terrible error y que Azrael hubiera acudido a decirle que él era el único hombre al que deseaba. ¿No le convertía eso en un tonto?
Lucifer tragó saliva nervioso. Él había esperado encontrar cierto rechazo, pero la realidad de hallarse frente a un hombre con el corazón roto era peor de lo que había supuesto.
— Creo que no os lo parecerá cuando escuchéis lo que he venido aproponeros… —insistió Lucifer.
— No puedo imaginar qué pretendéis conseguir al venir aquí y postraros ante mí de esta manera —comenzó él enfadado.
— ¿Y cómo ibais a hacerlo cuando aún no me he explicado? ¡Sólo necesitáis concederme unos minutos y os lo contaré!
Muy consciente de pronto de que estaba arrodillado ante él como un suplicante, miró alrededor.
— ¿Puedo sentarme en una de esas sillas de aspecto tan cómodo, milord? El suelo está duro y no creo que podáis tomarme en serio si no adopto una postura más racional. Tan sólo no sabía qué sería de mí si no me recibíais.
Desde los jardines de las Tullerías me ha seguido un grupo de soldados de la Guardia Nacional con los peores modales posibles. Se negaban a creer que yo era un joven respetable yendo a visitar a un amigo de la familia que además resultaba ser un caballero inglés, y que lamentarían mucho las acusaciones que me lanzaban… ¿Por qué no iba a ser yo totalmente inocente? El hecho de que vos seáis inglés no me convierte a mí en antipatriótico o mala persona, aunque yo no lleve el lirio blanco o la violeta. Si quieren arrestar a alguien, debería ser a la multitud que estaba peleándose en los jardines, no a alguien a quien no le importa que el emperador se haya marchado y que un Borbón ocupe el trono. Claro que no tuvieron la oportunidad porque vuestro amable mayordomo me permitió entrar al vestíbulo en cuanto vio cómo estaban las cosas. E incluso aunque vos no me hubierais recibido, me dijo que había otra puerta, donde las cocinas, desde la que podía regresar a casa después de haber bebido algo que me ayudara a recuperar la calma…
El Conde se encontró indefenso ante aquel torrente de palabras. El joven ni siquiera pareció tomar aliento hasta que Giddings regresó portando una bandeja con vino de Madeira y dos copas.
Lucifer se había puesto en pie, quitando los guantes y el sombrero y sentado en el borde de la silla frente a él, trinando todo el rato como un pajarillo castaño que saltara y se arreglara las plumas antes de dormir.
El joven sonrió y dio las gracias a Giddings al tiempo que agarraba la copa, pero su mano temblaba tanto que derramó algunas gotas en su abrigo.
— Siento que os hayan insultado —se oyó decir Alastor viéndolo intentar limpiarse la mancha—. Pero deberíais haber sabido que venir a mi casa solo no era una buena idea.
Lejos de ser el paraíso para turistas que muchos le habían hecho creer, París mostraba una creciente hostilidad hacia los ingleses. Todo había comenzado al levantarse los embargos comerciales y comenzar la venta de productos ingleses, más baratos. Pero las tensiones también estaban aumentando entre los bonapartistas radicales y los seguidores del nuevo régimen de los Borbones.
— Haré que os acompañen a casa…
— ¡Os lo ruego, todavía no! —exclamó Lucifer consternado—. ¡Aún no habéis oído lo que he venido a deciros!
— Estoy deseando oírlo —señaló él secamente—. Llevo esperándolo desde que habéis traspasado el umbral.
Lucifer apuró su copa y la dejó primorosamente sobre una mesita auxiliar.
— Disculpadme, estoy tan nervioso… y cuando estoy nervioso, balbuceo.Además, con el incidente de las Tullerías me he asustado y…
— ¡Jovencito Morningstar! —lo interrumpió Alastor con irritación—. ¿Queréis dejaros de rodeos?
Lucifer enmudeció, con las mejillas encendidas. No era fácil dejarse de rodeos
con un hombre tan fríamente furioso como el Conde de Walton. De hecho, de no ser porque estaba desesperado, nunca habría acudido allí. Aquella gélida mirada estaba acabando con el poco valor que aún le quedaba. Aunque ya no se hallaba postrado a sus pies, seguía teniendo que mirar hacia arriba porque él era un hombre alto. Y Lucifer sólo podía combatir la hostilidad de él con su fuerza de carácter. No poseía ni belleza, ni gracia, ni inteligencia. Mientras que Michael había heredado los hermosos rasgos y la gracia de su padre, Lucifer había heredado la nariz aguileña de su madre, su baja estatura y un color de piel blanca. Su única arma era una idea. ¡Y menuda idea! Si él la apoyara, resolvería todos sus problemas de un plumazo.
— Muy sencillo: creo que deberíais casaros conmigo en lugar de con Azrael —afirmó.
Alastor lo observó ladear la cabeza en espera de su respuesta y le recordó a un
gorrión callejero rogando por unas migajas. Y antes de que pudiera recuperarse de la sorpresa, Lucifer había tomado aliento de nuevo y volvía a la carga.
— Seguramente pensaréis que es una ridiculez pero, ¡Pensad en las ventajas!
— ¿Ventajas para quién? —cuestionó Alastor con sorna.
Alastor nunca habría imaginado que Lucifer era un cazafortunas. Pero tampoco lo creía capaz de una conversación tan fluida. Siempre que hacía de carabina de su hermano con él, resultaba tan silencioso que él llegaba a olvidarse de que los acompañaba.
Aunque él le había dirigido una mirada que helaría las venas de los hombres más aguerridos, Lucifer estaba decidido a hacerse escuchar.
— ¿Cómo que ventajas para quién? ¡Para vos, por supuesto! A menos que… vuestro compromiso con Azrael aún no se ha anunciado en Inglaterra, ¿Verdad? Azi me dijo que vos no habíais enviado noticia a los periódicos de Londres. Y en París, aunque todo el mundo cree que sabe que deseabais casaros con Azrael, sólo tendríais que decir, cuando me vieran a mí de vuestro brazo en lugar de a mi hermano: «Comprenderán que se equivocaban», en ese tono que empleáis cuando queréis desembarazaros de alguien que os molesta, en caso de que alguien se atreviera a preguntarlo. ¡Y eso sería todo!
— ¿Y por qué demonios iba yo a querer decir eso?
— ¡Para que nadie sepa que Azrael os ha roto el corazón, por supuesto!
Aquellas palabras, unidas a una expresión de genuina empatía, le tocaron en un lugar tan profundo que él llevaba años negando su existencia, reconoció el conde.
— Sus acciones deben de haber herido vuestro orgullo —prosiguió Lucifer,
sorprendiéndolo con su aguda capacidad de observación.
Ni siquiera Husk había adivinado lo profundos que eran sus sentimientos hasta la noche anterior cuando, entre copas, él le había contado la lamentable historia. Sin embargo, aquél joven, en la cual apenas había reparado hasta entonces, le había comprendido como un libro abierto.
— ¡De esta manera nadie lo sabrá! Sois muy bueno manteniendo vuestra gélida fachada de forma que nadie puede saber lo que realmente estáis sintiendo. Podréis convencer fácilmente a todo el mundo de que era mi familia la que deseaba el enlace y que favorecieron a Azrael y pero que todo el tiempo en quien estabais realmente interesado era en mí, dado que soy el mayor, o cualquier otra razón convincente que os inventaréis. Por supuesto que nadie creerá que os podríais sentir realmente atraído hacia mí, ¡Eso lo sé bien! Y si algún rumor acerca de un Jovencito Morningstar ha llegado a Londres… vos mismo habéis comprobado que seguiríais en el mismo caso. ¡Si os casáis conmigo, podríais caminar por París con la cabeza bien alta y regresar a vuestro hogar con el orgullo intacto!
— ¡Eso son estupideces! —dijo Alastor saltando de la silla y acercándose al aparador.
Él ya había lidiado con rumores maliciosos antes.
— Mi relación con vuestra familia ha terminado —añadió, agarrando el decantador y devolviéndolo con furia sobre la bandeja al darse cuenta de que estaba vacío—. Y no veo razón para recuperarla.
Se giró y vio la expresión de desaliento de Lucifer y sus hombros encorvados.
Se acorazó al ver sus ojos llenos de lágrimas. Pero Lucifer volvió a sorprenderle: se puso en pie muy digno, temblando.
— Entonces os ruego que me disculpéis por haberos interrumpido esta mañana. Me voy.
Había alcanzado la puerta y estaba poniéndose torpemente los guantes cuando él gritó:
— ¡Esperad!
Lucifer no tenía nada que ver con su lucha interna, advirtió Alastor. Lucifer nunca le había dado ningún problema en todo el tiempo que él había cortejado a Azrael: ni una protesta, por más que a veces le habían hecho ir a lugares donde Lucifer claramente se sentía incómodo. En esas ocasiones, lo más que había hecho había sido perderse entre las sombras, como para desaparecer de la escena. Esa era su naturaleza, se dio cuenta él de pronto. Haber acudido allí y plantear aquella ridícula proposición debía de haber sido muy duro para Lucifer. Y encima tras su encuentro con la Guardia Nacional.
Alastor no tenía derecho a pagar su ira con él. Además, permitir que regresara solo y sin protección no era la forma de actuar de un caballero.
— Jovencito —comenzó él con rigidez—. Os he dicho que me aseguraría de que regresáis a casa sano y salvo. Os ruego que os sentéis mientras encargo a Giddings que preparé un cabriolet.
— Gracias —dijo Lucifer con un suspiro—. No ha sido nada agradable llegar hasta aquí. ¡No tenía ni idea! Menos mal que mamá despidió ayer a Joanne y he podido escaparme sin que nadie se diera cuenta.
Sacudió la cabeza con arrepentimiento.
— Es cierto lo que dice papá, soy un completo imbécil. Al tener que pasar junto a esa multitud en las Tullerías he sabido lo estúpido que había sido. Y luego, presentarme en casa de un caballero inglés yo solo, como si fuera un doncel poco virtuoso…
Al ver el rostro pálido y tenso de él, Alastor se sintió obligado acomprobar qué pensamientos le rondaban.
— Por favor, sentaos en el sofá mientras esperáis.
Así hizo Lucifer, descubriendo con asombro que su sombrero seguía entre los cojines y recorriéndolo con las manos como si fuera la primera vez que lo veía.
—¿Qué os ha motivado a esta drástica decisión de venir a mi casa, joven? Me cuesta creer que os preocupe tanto mi orgullo herido o mi…
Se detuvo antes de aludir a su corazón roto.
Lucifer se ruborizó y de pronto se atareó en deshacer los lazos de su sombrero. Eso levantó las sospechas de Alastor, que de pronto se sintió terriblemente incómodo.
— ¡No me digáis que estáis enamorado de mí! ¡Yo creía que ni siquiera os gustaba!
Lucifer elevó el rostro, emocionado al detectar un atisbo de empatía en la voz
de él.
— ¿Os casaríais conmigo si os dijera que os amo? —inquirió lleno de esperanza.
Pero conforme él le mantenía la mirada, Lucifer se mordió el labio inferior y bajó la cabeza.
— No serviría de nada. No puedo mentiros —admitió reclinándose sobrelos cojines con abatimiento—. No soy suficientemente listo para hacéroslo creer.
Alastor se sentó en su sillón favorito con un profundo alivio.
— Y aparte de eso —continuó Lucifer—, confieso que no me gustasteis nada la
primera vez que os fijasteis en Azrael y el alentó vuestras atenciones. Aunque mamá dijera que yo estaba decepcionando a la familia haciendo evidente mi desaprobación y Azrael insistiera en que era un comportamiento infantil. Pero no yo no podía evitar sentir lo que sentía. Aunque en realidad no erais vos quien me disgustaba, sino la idea de vos. ¿Comprendéis?
Alastor iba a contestar que no comprendía nada cuando Lucifer prosiguió:
— Y entonces, cuando os conocí mejor y vi vuestros sinceros sentimientos hacia Azrael, por más que los escondierais tan bien, ya no pude aborreceros. De hecho, sentí lástima de vos porque yo sabía que a Azrael no le importabais lo más mínimo.
Vio un atisbo de sorpresa en el rostro de él.
— ¿Cómo ibais a importarle si Azrael ha estado enamorado de Leroy desde siempre? Incluso después de que mamá y papá prohibieran el enlace porque él no tenía dinero. Yo odiaba la manera en que vos los deslumbrasteis a todos con vuestra riqueza y elegancia e hicisteis que pareciera que Azrael había olvidado a Leroy —añadió sonrojándose—. Pero no había sido así. Azrael sólo utilizaba vuestras visitas como una cortina de humo, para que mamá creyera que le estaba obedeciendo, y dar tiempo a Leroy para planificarsu fuga juntos. Así es como debería ser: Azrael fue sincero con su amor verdadero.
Suspiró soñadoramente y de pronto se irguió en su asiento y le miróapenada.
— Sin embargo, Azrael ha sido muy cruel con vos y eso no os lo merecíais. Aunque seáis inglés.
Alastor tuvo ganas de reír.
— ¿Así que queréis casaros conmigo para compensar la crueldad de vuestro hermano? ¿Sentís lástima de mí, es eso?
Lucifer le sostuvo la mirada unos momentos y luego la bajó de nuevo y negó
con la cabeza.
— No, no es sólo eso. Aunque sí me gustaría reparar vuestro dolor. Por causa de mi hermano habéis sufrido un terrible daño. Sé que nunca podréis sentir por mí lo que sentíais por él, pero al menos vuestro orgullo podría recomponerse manteniendo su traición en secreto. Aún no es demasiado tarde. Si actuarais hoy y obtuvierais el consentimiento de mi padre, podríamos acudira algún evento esta noche y detener los chismorreos antes de que empezaran.
Lucifer lo miró con ojos chispeantes.
— Juntos, podríamos arreglar el lío que Azrael ha dejado atrás. Os aseguro que el panorama en casa es desolador: mamá no quiere levantarse de la cama, papá amenaza con suicidarse porque ahora que no va a tener conexión con vos no ve otra salida.
Se enrolló un lazo en un dedo y miró al conde implorante.
— Sólo tendríais que decir algo así como: «Azrael no importa. Me casaré con el otro hermano», de esa forma tan desapasionada que usáis, como si todo os diera igual, y él se deshará de gratitud a vuestros pies. ¡Entonces nadie sospecharía que Azrael os ha roto el corazón!
— Entiendo —dijo él lentamente—. Os gustaría evitar la desgracia sobre vuestra familia que mi matrimonio con Michael hubiera evitado. Es admirable pero…
La expresión culpable de Lucifer hizo enmudecer a Alastor.
—¿No se trata de una cuestión de honor? —aventuró él.
Lucifer negó tristemente con la cabeza.
— No —dijo con un hilo de voz—. Todo lo que os he dicho es parte de ello.Todas esas cosas buenas sucederían si os casáis conmigo, y yo estaría contento de conseguirlas, pero.
Agachó la cabeza y escondió las manos bajo el manoseado sombrero.
— Mi principal razón es completamente egoísta. Si consigo convenceros de que os caséis conmigo, papá se sentirá tan aliviado de que le saquéis de las cloacas que se olvidará de obligarme a que me case con el hombre que ha elegido para mí.
— Resumiendo, que yo soy más fácil de digerir que el otro, ¿No?
— Sí, ¡mucho más! —exclamó Lucifer mirándolo implorante—. No podéis imaginar cuánto le detesto. Si vos accedéis, seré el mejor esposo del mundo. Nunca os daré ni un sólo problema, ¡Os lo prometo! Viviré en una casita en el campo cuidando patos y no tendréis que verme nunca si no lo deseáis. No interferiré en vuestra vida ni os impediré que os divirtáis como deseéis. Nuncame quejaré, ¡Ni siquiera aunque me golpeéis! —declaró con dramatismo, conteniendo las lágrimas.
Alastor estaba abrumado ante tanta vehemencia.
—¿Y por qué sospecháis que iba a querer golpearos?
— ¡Porque soy una criatura tediosa!
De no ser porque Lucifer estaba al borde de las lágrimas, Alastor se habría echado a reír.
— Es lo que papá siempre dice. Y mi hermano Gabriel también —explicó Jimin—. Él decía que cualquier hombre lo suficientemente tonto para casarse conmigo, al poco tiempo desearía pegarme. Pero yo estoy seguro de que vos sólo me golpearíais cuando yo realmente lo mereciera. No sois un hombre cruel. Tampoco sois frío, a pesar de lo que todo el mundo dice de vos. Debajo de
vuestra fachada altanera sois buena persona. Lo sé porque os he observado. Y tuve muchas oportunidades, dado que nunca reparabais en mí cuando Michael se hallaba en la misma habitación. No me asustaría irme con vos porque vos nunca golpearíais a una mujer o doncel por deporte, como mi pretendiente.
— ¿Cómo va vuestro padre a obligaros a casaros con un hombre tan cruel?—protestó él.
— ¡Vosotros los ingleses no sabéis nada! —exclamó Lucifer poniéndose en pie—. ¡Él me sacrificaría a mí ante ese hombre con tal de preservar al resto de la familia!
Lucifer estaba temblando de pies a cabeza con otra emoción diferente al miedo, advirtió Alastor. La indignación le encendía la mirada. Era incapaz de estarse quieto, paseaba entre el sofá y la chimenea sin darse cuenta de que cada vez pisaba el sombrero, que había caído al suelo al levantarse él del sofá. Su hermano nunca habría descuidado su apariencia de aquella manera. Ni siquiera habría llevado un sombrero así, en primer lugar.
— Además, aparte de ser cruel, ¡Es viejo! —dijo Lucifer estremeciéndose.
— Yo tengo treinta y cinco años, ¿Lo sabéis? —señaló Alastor.
Lucifer se detuvo y lo analizó con la mirada: sus ojos cafés brillaban de diversión en un rostro moreno sin una arruga; ropa elegante cubría un físico saludable; su pelo castaño, un poco despeinado en aquel momento, era abundante y sin una cana.
— No sabía que fuerais tan viejo —admitió Lucifer candorosamente.
De nuevo, Alastor tuvo que contenerse para no soltar una carcajada ante aquella pequeña criatura, que había invadido la oscuridad de sus aposentos como un pajarillo cantor saltando entre las garras de un león en busca de migajas, confiada en que era demasiado insignificante como para que nadie quisiera gastar energía en apartarla de un manotazo.
— Admitidlo, niño, ¡Sois demasiado joven para casaros con nadie!
— Es cierto —reconoció Jimin—. Pero Azrael es más joven que yo y queríais
desposarlo. Iré cumpliendo años. Y para entonces tal vez os hayáis acostumbrado a mí. ¡Puede que incluso podáis enseñarme mejores modales! Aunque eso lo dudo…
Abatido de nuevo, se hundió en el sillón opuesto a él y apoyó los codos en las rodillas.
— Supongo que siempre supe que yo no podía ser un esposo para vos —dijo y lo miró tristemente—. Pero yo habría estado mucho mejor con vos. Porque aunque seáis tan viejo como decís, vos… no oléis mal como él.
Al verlo arrugar la nariz, AlastorLucifer tuvo que contenerse para no reír.
— Tal vez podríais convencer a vuestro pretendiente de que se bañara…
Lucifer lo fulminó con la mirada. Inspiró hondo.
— Os resulta muy fácil reíros de mí. Creéis que soy un pobre tonto sin importancia. Pero para mí no es motivo de risa. Y el problema no se resuelve con un baño. Ese olor está en su corazón: ¡Él está cubierto de sangre!
Era evidente que Lucifer sentía absoluta repulsión por el hombre con el que su padre quería casarlo. Qué pena que una criatura tan sensible se viera abocada a algo tan desagradable para ella. Aunque él nunca se plantearía casarse con él, sintió cierta empatía.
— Supongo que ese hombre es un soldado…
— Un héroe para Francia —señaló Lucifer sombríamente—. Es un honor para
nuestra familia que un hombre como él desee formar parte de ella. Y un asombro para mi padre que alguien quisiera casarse con alguien tan insignificante como yo. ¿Os gustaría saber cómo se fijó en mí?
Alastor asintió al tiempo que se preguntaba por qué Giddings tardaba tanto tiempo en preparar el carruaje.
— Él dirigía el regimiento de mi hermano en España. Gabriel a veces hablaba de las barbaridades que les obligaban a cometer —comentó estremeciéndose—. No soy tan estúpido que, conscientemente, me entregase aun hombre que ha tratado a mujeres, donceles y niños como a ganado en un matadero, obligando a decentes jóvenes franceses a descender a su nivel. ¿Cómo es posible que, mientras mi hermano moría de hambre en las líneas de Torres Vedras, Valentino Lambert regresara a casa tan saludable como siempre?
— ¿Valentino Lambert? —repitió Alastor—. ¿El hombre con quien vuestro padre quiere casaros es Valentino?
Lucifer asintió.
— Como capitán del regimiento de Gabriel, él visitaba nuestra casa a menudo cuando mi hermano todavía vivía. Solía insistir en que me sentara junto a él y que fuera yo quien le sirviera —explicó con un escalofrío—. Cuando mi hermano murió, Valentino siguió visitándonos. Papá dice que soy un estúpido por seguir rechazando su proposición. Dice que debería sentirme honrado de que un hombre tan distinguido persista en cortejarme cuando yo no poseo ni siquiera belleza para poder recomendarme. Pero no comprende que es mi rechazo lo que le gusta a Valentino. Él se recrea en el hecho de que, aunqueme repele, mis padres lograrán forzarme a casarme con él.
Lucifer enmudeció, abrumado por la repulsa a ese enlace. Hundió el rostro en sus manos hasta que recuperó el control de sí mismo. Entonces, alertado por el gélido silencio que llenaba la habitación, elevó la vista hacia el Conde de Walton. Hasta entonces, Lucifer hubiera dicho que él estaba casi divirtiéndose a sus expensas. Pero en aquel momento él había vuelto a la expresión fría y distante con la que tanto lo había intimidado al entrar en la habitación. Excepto que la ira ya no iba dirigida contra Lucifer. De hecho, era como si Alastor se hubiera olvidado de él repentinamente.
— Regresad a casa, Jovencito —dijo Alastor bruscamente, poniéndose en pie y accionando la campana—. Esta entrevista ha terminado.
Esa vez él hablaba en serio. Con una enorme desazón, Lucifer se encaminó hacia la puerta. Le había ofendido de alguna manera al descubrirle tan abiertamente su repulsión hacia el hombre con quien su padre quería casarlo. Lucifer había arriesgado todo al ser sincero con el Conde de Walton.
Pero había perdido.
Bueno aquí les dejo el capítulo uno
¿Que les parece esta adaptación, les esta gustando?