𝐃 𝐀 𝐑 𝐊 | 𝐠𝐹𝐭 & 𝐡𝐹𝐝

Summary

Visenya III Targaryen viaja en el tiempo dejando detrås a su querida hermana Daenerys. Llega a la época del reinado de Viserys siendo bien recibida e incluso amada por Alicent Hightower quien tendrå con ella al pequeño Aemond. Su enfermiza obsesión por su hermana Daenerys es contenida por Rhaenyra, aquella que sabe contener su corazón. Sus descabellados intentos por volver al futuro, no le permiten vivir una vida feliz ni con Alicent ni con Rhaenyra, quienes se enfrentarån batallando por su corazón. La lejanía de Daenerys, la madre de los dragones y el haber visto su muerte en manos de Jon Snow, la lleva a los límites de demencia. Finalmente logra acercarse a Daenerys, su hermana o quizå el amor de su vida. INSPIRADO EN LA SERIE DE NETFLIX DARK.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

CapĂ­tulo 1

— DAENERYS, VISENYA III HA MUERTO— el estiradĂ­simo Viserys III anunciĂł agitando nerviosamente sus manos, aquello que era previsible. La muerte habĂ­a hecho tan pequeña a su familia como gigante al reinado del Usurpador Robert Baratheon.

La deserciĂłn, el fallecimiento de un miembro mĂĄs de la derrocada familia, parecĂ­a ser irreal ante la mirada perdida de la jovencita que no tardĂł en estallar en lĂĄgrimas.

La desgracia que se avecinaba sobre la pobre e inocente Daenerys era mucho mås grande que la muerte. Allí, en su danza desesperada por sostener las partículas de aire que alguna vez su hermana había respirado, en sus convulsionados pulmones, a Daenerys le hizo falta tan solo encontrar sus ojos con los de Viserys para saber que a partir de ese entonces, él era su dueño.

Para Daenerys la muerte de Rhaella, su madre, era simplemente invisible. Era tan cruel no recordar su fallecimiento, puesto que en el mismísimo momento en que la vida la recibió al salir de entre sus entrañas, la mujer desertó en su existencia. Y Viserys III, su hermano, solía reprochårselo con constancia, en susurros malditos y ligeros escapåndose de la tutora de ambos.

Daenerys recordaba muy bien cĂłmo era sentirse, no un monstruo o un demonio, sino mĂĄs bien y aĂșn peor una absoluta desgracia. Con el simple hecho de nacer, ni siquiera existir intencionalmente, habĂ­a dejado huĂ©rfanos a sus hermanos. Sin embargo sus lĂĄgrimas parecĂ­an esfumarse con el abrazo y la sonrisa de su tutora, la mayor de todos los hermanos que alguna vez habĂ­a tenido: Visenya, la tercera de toda la historia Targaryen, la mejor de todo el mundo y la historia. Casa.

“Tus lágrimas se esfuman tan rápido como las nubes cuando un dragón vuela en el cielo, el dolor no existe para un Targaryen, en nuestra sangre todo menos la gloria y el fuego eterno, se esfuma” solía decirle desde su tierna infancia.

HacĂ­a bastante tiempo que Visenya habĂ­a desaparecido, siete lunas llenas en total. Bajo el cuidado de los Ășltimos fieles guardias, habĂ­an quedado los jovencitos Viserys y Daenerys, asĂ­ como tambiĂ©n la apariciĂłn de la mayor.

Con la convicción de que no eran demasiado buenos buscando a su hermana, Daenerys se escapaba de entre las garras de su estirado hermano así como también de los Guardias.

Ellos eran demasiado inocentes como para descubrir el escondite de Visenya, pensaba la muchachita, y Viserys demasiado arrogante como para preocuparse por el desertar de su hermana: la legĂ­tima heredera del Trono de Hierro luego de la muerte de Rhaegar y sus padres.

En ausencia de la heredera, Viserys comenzarĂ­a a ser cada vez mĂĄs grande, mĂĄs importante, mĂĄs utĂłpico, mĂĄs arrogante, mĂĄs violento.

La insultaría cuantas veces quisiera, la tomaría por la fuerza, la deshonraría como los Guardias hacían con las mujeres a plena luz del día, en esas extrañas Casas del Placer.

Lo primero que Viserys hizo en ausencias de su hermana mayor, claro luego de estirarse mås que un rey, fue ordenar a los Guardias que encerraran a Daenerys en una habitación prohibiéndole ver la luz del sol y escaparse en busca de Visenya. Con el desespero propio de la libertad gestada en la crianza bajo la tutela de su hermana mayor, Daenerys ejerció resistencias ante tal autoridad.

Él comenzĂł a adueñarse de ella de una manera lenta y tortuosa. El primer paso fue decirle la verdad, o lo que al menos suponĂ­a era verdad: VISENYA HABÍA MUERTO.

— Emboscada por los soldados del Usurpador fue torturada hasta desaparecer en quiĂ©n sabe cuĂĄnta crueldad. LĂ­mpiate ya esas lĂĄgrimas de niña tonta. A partir de ahora, contĂ©n tus caprichos si no quieres despertar al dragĂłn. A partir de ahora, eres una mujer y debes lucir como una para que los hombres nos ofrezcan riquezas y ejĂ©rcitos para devolverme el Trono que me pertenece y darme la espada para matar a ese Usurpador yo mismo— comentaba ese dĂ­a Viserys III acercĂĄndose a ella a pasos ligeritos y elevando su voz poco a poco.

— ÂĄEl Trono no te pertenece y yo tampoco, Visenya te lo ha dicho cada vez que osabas elevarme asĂ­ la voz, Viserys! ÂĄNo soy una yegua, soy una mujer!— lo señalĂł con rebeldĂ­a, agitando sus cabellos platinados como si la furia poseyera el lila de sus ojos.

Su Ășnico hermano vivo en la faz de la tierra, tomĂł su muñeca con Ă­mpetu casi que cortĂĄndole la circulaciĂłn.

— El Trono me pertenece tanto como alguna vez le perteneciĂł a Visenya. Desde el momento en que llegaste al mundo has sido una yegua de exposiciĂłn, lista para ser lanzada a los buitres que quieran asociarse con nuestra casa ÂżQuiĂ©n se ha posicionado contrariamente a esto? Los muertos no hablan, Daenerys. Ni siquiera Visenya.

QuĂ© inocente eres, no sabes cĂłmo la vida se rige allĂ­ afuera— sonriĂł Ă©l con intensa ironĂ­a, aĂșn en el forcejeo de sus cuerpos violentos.

— ÂĄClaro que lo sĂ©! Me lo ha enseñado ella, todo lo que sĂ© del mundo, me lo ha enseñado ella. Ella me ha enseñado a vivir, Viserys, quien me ha protegido de hombres como tĂș— continuĂł la jovencita Daenerys defendiĂ©ndose a sĂ­ misma y al recuerdo de su hermana.

— ÂżCĂłmo podrĂ­a protegerte sin poseerte? Visenya ha sido una mujer, tan inservible como todas en este mundo, jamĂĄs podrĂ­a apropiarse de tĂ­ para protegerte. Tan solo tomĂĄndote como su esposa podrĂ­a mantenerte intocable, aislada de todo hombre y peligro ÂżQuĂ© creerĂ­as? ÂżQue te tomarĂ­a como su esposa y serĂ­an felices como en los cuentos de hadas que te leĂ­a? ÂĄNo seas ilusa! ÂĄEstaba esperando a que sangraras para entregarte a otro!— los gritos de Viserys retumbaban entre aquella habitaciĂłn repleto de furia, enrojeciĂ©ndose cada vez mĂĄs.

— ÂĄElla jamĂĄs me hubiera entregado porque me amaba y siempre lo harĂĄ! No me soltarĂĄ la mano ni aunque estuviese muerta como tĂș dices o en otra dimensiĂłn— la voz aguda de la muchachita sacudiĂł los cabellos de su hermano.

— ÂżTe amaba? Entonces se hubiera lanzado sobre ti desde el primer dĂ­a en que sangraste y no darĂ­a por centado que se casarĂ­a conmigo al retornar al reino. Ella era mĂ­a, tan mĂ­a como el Trono ÂżAcaso tambiĂ©n te atreverĂĄs a arrebatarme su recuerdo?— Ă©l ya le hablaba entre dientes, haciĂ©ndolos rechinar en toda su ira.

— El amor no se expresa por la brutalidad de los cuerpos, Visenya ha sido la persona mĂĄs dulce que alguna vez conocerĂ© ÂżY sabes quĂ©? SĂ­ me amaba, me amaba cada dĂ­a mirĂĄndome como jamĂĄs lo ha hecho contigo. Siempre quise, siempre quiso ella que te quedases con el Trono. Éramos la una para la otra— contestaba Daenerys sin ser consciente de cuanta crueldad era capaz de ejercer Ă©l sobre ella.

— ÂżMatarĂĄs al Usurpador? ÂżCon quĂ© si jamĂĄs has empuñado una sola espada en tu vida? ÂżRealmente Visenya era tuya si deseaba tanto todo tiempo a mi lado?— aquellas fueron las Ășltimas palabras que Daenerys Stormborn emitiĂł enfrentĂĄndose a su hermano. Puesto que Ă©l le demostrĂł cuĂĄn suya era sujetĂĄndola con fuerza ante el espasmo de sus llantos, sacando provecho del tamaño de sus cuerpos para violentar con extrema presiĂłn sus brazos y jalarle el cabello.

A partir de entonces tanto Daenerys como Viserys, serĂ­an un escombro a merced del viento, de quienes quisieran recibirlos en sus hogares con la esperanza de que algĂșn dĂ­a recuperarĂ­an el trono.

A partir de ese entonces, tan solo Visenya sería una esclava a merced del tiempo que la había abducido llevåndola a una época lejana.

Todo su cuerpo se habĂ­a cansado de sacudirse en desesperaciĂłn extrema al descubrir que estaba tan lejos de Daenerys que habĂ­a sido imposible comunicarse con ella. En su pĂĄlido rostro aĂșn las lĂĄgrimas se resquebrajaban y sus manos sucias y heridas, habĂ­an intentado traspasar las piedras a travĂ©s de las cuales oĂ­a la voz de su hermana.

Visenya se hallaba en un mundo desconocido, lo supo en el momento en que vio tantas personas con su mismo color de cabello pasear por los caminos que recorrió con desesperación para volver a la Casa de la Puerta Roja donde vivían con Daenerys y Viserys III. Sin embargo, notó los conocidos caminos de Desembarco del Rey y grandes estandartes con el emblema de su casa, flamear gloriosamente, como si él tiempo no hubiera pasado, como si él Usurpador nunca habría nacido.

Aun en ese momento sus mejillas permanecían tirantes y mugrientas por la brisa de la Capital. Las personas le parecían extrañas pero no lo suficiente como para observarlas demasiado. Entre las multitudes que parecían celebrar un torneo de campeones, Visenya tenía tan solo un objetivo y caminaba entre las gentes con su cabello blanco arrebatado, por las sendas que sus desesperadas manos habían arrancado al oír tantos días la voz de Daenerys a través de la cueva, sin poder llegar a ella o aunque sea hacerse escuchar.


— Dany— susurraba una y otra vez, repetitiva y compulsivamente arrastrando los pedazos de su tĂșnica negra rasgada, mientras las mejillas volvĂ­an a humedecerse al no hallar entre todos esos rostros aquel que necesitaba.

Bajo la voz de cierto monarca iniciĂł el torneo y toda la multitud explotĂł en gritos que no hicieron mĂĄs que alterarla.

El terror que vigorizaba su figura temblorosa crecía a cada paso en el cual la lucha era aplaudida tal y como los opositores de su padre aplaudieron la caída de la casa Targaryen así como también aplaudirían la muerte de Daenerys, pretendida por el Usurpador.

La potencia de los tambores también crecían y a lo lejos divisó lo que buscaba, la mås joven de toda la dinastía Targaryen, de brillantes ondas en el cabello mås incandescentes que la luz del sol.

— Por favor, madre. CuĂ©ntame cĂłmo conociste a Visenya— suplicaba años despuĂ©s la joven Rhaenyra Targaryen, con la nariz mĂĄs respingada de todo Poniente, esperando ansiosa por una pieza mĂĄs que le permitiera conocer a su misteriosa tĂ­a, de la que los espĂ­as elevaban ciertas cualidades de demencia y por otro lado su padre, la elevaba a dotes mĂ­sticos. La reina Aemma decidiĂł comenzar su relato, sabiendo que no le quedaba demasiado tiempo en vida. En cierta oportunidad, con sus propios ojos habĂ­a visto el futuro.

— Existía un vacío en el centro de su historia con el cual deberás combatir, Rhaenyra. Aun existe ese vacío, pero en ese momento... Jamás he visto a una persona tan salida de sí a fuerzas del dolor. La historia que estaba viviendo al recorrer el torneo que inauguraba mi boda con tu padre, poseía un vacío para esa. La lejanía con Daenerys, aquella que no osa nombrar ahora, comenzaba a desesperarla. Había tomado al pie de la letra el compromiso de su madre Rhaella antes de partir, debía cuidarla y protegerla en todo tiempo.

Tengo la sensaciĂłn de que el pasado siempre ha de ser mĂĄs glorioso que el presente. AllĂ­ entre cantos, tambores rimbombantes y caballeros heroicos, en el punto mĂĄs alto tu padre, tu abuelo, toda nuestra familia daba apertura al torneo. Pero Visenya tan solo me vio a mĂ­ entre esa multitud de gente con nuestro cabello y comenzĂł a trepar las paredes pese a la gran cantidad de seguridad que habĂ­a en ese momento. Aquella extraña de ropaje oscuro, se dirigĂ­a a mĂ­, directamente a mĂ­ y a nadie mĂĄs. No sentĂ­ miedo, si te lo preguntas. El dolor en su mirada y en cada movimiento la hacĂ­a ver con defensa absoluta, como si no tuviera mĂĄs fuerzas. VenĂ­a directamente a mĂ­, escapando e las garras de los caballeros juramentados mĂĄs poderosos. VenĂ­a hacia mĂ­ como un dragĂłn hacia su dueño, Daenerys serĂ­a una afortunada de tenerla consigo... Ha luchado incansablemente por reencontrarla. VenĂ­a hacia mi y con su hĂĄbil cuerpo esquivando las espadas llegĂł a pesar de parecer tan dĂ©bil... Tan rota. — Dany— fue lo Ășnico que dijo escapando de la odisea, de la bandada de caballeros incluso de tu padre quien intentaba protegerme. Para todo el pĂșblico de aquel entonces, era una demente, puesto que ningĂșn cuerdo se atreverĂ­a a exponerse de tal manera con tal de llegar a la princesa. Recuerdo que al tomar mi mano su expresiĂłn comenzĂł a cambiar lentamente y acabĂł por quebrantarse al sentir que mi tacto no era el de Daenerys, que yo no era Daenerys. En su desesperaciĂłn, no habĂ­a reparado en quiĂ©n era el Rey y quiĂ©nes Ă©ramos nosotros. Alguien, no recuerdo quiĂ©n, pronunciĂł mi nombre y ella notando que Daenerys estaba no lejos, sino milenios de cara al futuro, se quebrĂł en sus rodillas y antes de que alguien pudiera clavarle un puñal, Caraxes el dragĂłn de Daemon, la tomĂł en su trompa y no apareciĂł hasta dĂ­as despuĂ©s. Visenya era una Targaryen tal y como nosotros. Desde aquel entonces su mirada pareciĂł vaciarse. Desde aquel entonces, la penuria carga su andar eternamente. SĂ­, comparte el lecho con su joven amante pero...— en aquel momento Aemma se llevĂł una mano entre los labios, conteniendo sus palabras.

— Nadie es capaz de curarle el corazĂłn, nadie excepto tĂș, Rhaenyra— prosiguiĂł su madre intentando no pronunciar el nombre de la jovencita Alicent Hightower, la dueña de los placeres de la viajera en el tiempo.

— Tu tĂ­a Visenya serĂ­a la misma de siempre a pesar de tener momentos de diversiĂłn con su amante, serĂ­a aquella que no hacĂ­a mĂĄs que retorcerse en los rincones, oyendo en sus sueños alaridos de dragones, agitĂĄndose de tan solo pronunciar incontables veces el nombre de Dany, mientras su dĂ©bil cuerpo ya ni siquiera puede impulsar a sus ojos y lĂĄgrimas. SerĂ­a su vida tan triste sin la tuya ÂżSabes cuĂĄndo fue la Ășltima vez que la vi llorar? El dĂ­a que naciste— sonriĂł Aemma secĂĄndose delicadamente las lĂĄgrimas.

Fuera de la habitaciĂłn una jovencita Alicent Hightower de mejillas arreboladas de ira, oĂ­a la conversaciĂłn que con crueldad instalaba la entonces reina. Aquella vez fue la primera vez en que Alicent mirĂł a Rhaenyra como quien mira al candidato a usurpar el Trono de Hierro, pretendiendo poseer por siempre aquello que tanta gloria le comunicĂł, le pertenece a ella y a nadie mĂĄs. Hasta el fin de los tiempos.