La princesa y el lobo guerrero: el monarca del fuego
Silencio y oscuridad. Quietud e inmensidad. Fuego y contingencia. De no ser por ustedes, fieles compañeros, estar aquí sería un completo fastidio. Incrédulos, los seres humanos me han atado dentro de este agujero negro. Pensando que la eternidad nocturna del tiempo y del espacio sería la celda perfecta para mí. El lugar ideal para aplacar mi fuerza. Siempre de noche, siempre en furia, siempre en silencio. Colocarme aquí, en este sitio, tuvo la ingenua intención de contener la influencia de mis llamas. Sé que es porque saben que su grandeza es un polo de atracción poderoso. Embelesados por su brillo, las adoran, pero a la vez les temen. Hacen bien en hacerlo. La virtud de mi flama guarda una doble consecuencia: la capacidad de destruir mundos en un instante, pero también la nobleza de crearlos. Tiene la hermosa cualidad de llenarlos de lujosa novedad, insaciable velocidad y una eterna sed por la competencia.
¡Debajo de una biblioteca! Vaya cárcel me han diseñado. ¡Es totalmente absurdo! Querer combatir mis llamas, poniendo pilas y pilas de libros empolvados, desusados, deshojados y descuidados sobre mi cabeza. ¿Qué puede aprender el ser humano del valor y la verdad, cuando estos no se encuentran realmente expresados en letras? Es falsa esa ilusión que se han forjado de querer promover un nuevo clima espiritual, de convertir la máxima libertad del alma en ley, del comienzo de la era de la literatura. Todo eso es falso. La verdadera libertad, la que ha ofrecido siempre mi fuego, es aquella que todo lo permite. Donde el humano es libre de entregarse por completo a cualquier deseo y pasión. La que busca establecer una época de plena voluntad del poder. Una etapa de esplendor, llamada nihilismo.
Esa etapa ha existido muchas veces en la historia. Tiempos en los que mi libertad ha avivado guerras de distinta índole. Revoluciones sociales para los desamparados. Batallas nacionales por el honor de los ególatras. Luchas internas por la obtención de una gracia divina. Indudablemente, mi voluntad ha demostrado su valor en muchos momentos estelares de la humanidad. Sin embargo, el hecho de que lo haga no implica que mi fuego sea la guerra en sí misma. Que se crea de esa forma es un error muy común. No. Lo que otorgan mis llamas es algo más. Es algo magnífico. Algo esplendoroso. Algo que tiene raíces mucho más profundas. Algo que es inherente al ser humano. Algo que lo crea, pero que también lo consume.
No. Lo que otorga es libertad. Una libertad que aviva las brasas aún antes de la guerra. Incluso antes que el poder. Cada ser humano nace con una pequeña semilla de mi fuego dentro, que, con el riego adecuado, es muy fácil que crezca, que se expanda. Sin importar de donde provengan, todos son capaces de ser libres, de ejercer su voluntad de poder. De eliminar sus límites morales. De colocarse por encima del bien y del mal. De entregarse a la veneración de la inmediatez, la velocidad y la competencia desmedida. De renunciar a su singularidad individual para formar parte de la masa, de mis llamas.
He incluso a ti, sí a ti, que estás leyendo mis palabras. ¿Dime, acaso no te ha dado calor mi fuego cuando has padecido una tragedia?, ¿acaso no te ha acompañado en esas interminables noches de soledad e insomnio?, ¿acaso no te ha ayudado a liberarte cuando has sufrido un desamor; cuando has perdido algo o a alguien muy querido; cuando has sentido que lo has perdido todo? Mi libertad te ha hecho más fuerte. Te ha demostrado que lo más importante es enfocarse siempre en uno mismo. ¿O por qué debería preocuparte a ti que la humanidad sufra con las guerras, con el despojo, con la injusticia, si nadie se ha preocupado por ti? La verdad, es que nadie se ha preocupado de tu dolor, de tu sufrimiento. El único que siempre ha estado ahí, en esos momentos ha sido mi calor. ¡Y lo sabes! Es el que te ha dado la fortaleza para que puedas avanzar sobre cualquier obstáculo. Incluso cuando se trata de otros humanos. Es quién te ha hecho entender que la verdadera felicidad es aquella que se toma. Aquella que se arranca de aquellos que te la han quitado. Porque, te has dicho muchas veces, y tienes toda la razón, eres una buena persona que merece tener todo lo que desea.
Albergado en la mente y corazón de los humanos, mi libertad se transforma en enemistad. ¡No te preocupes! Esa enemistad funciona para elegir a los más aptos, a los que son lo suficientemente fuertes para sobrevivir y tomarlo todo. A los que están listos para caminar a mi lado. ¡Al contrario!, esa enemistad es en realidad un campo fértil para que broten más de mis llamas.
A los fieles, a los devotos, mi fuego les pide que destruyan; que se apropien del lenguaje y la cultura. ¡Es necesario! Lo es para obtener la liberación completa. Por eso les ordena que quemen las palabras, la moralidad. Que las sustituyan por ruido, por poder. Que olviden los libros, la enseñanza cultural. ¡De nada les ha servido! En cambio, es mejor que adoren a la tecnología, a la violencia. Que incendien la nobleza del espíritu, la solidaridad, la fraternidad. Todas esas mentiras que les han puesto un velo, impidiéndoles ver lo que es real y verdadero: la veneración de lo superficial y de la riqueza. Que engullan la vida, hasta que ésta ya no signifique nada. Porque de lo humano tan solo debe quedar un vestigio de cadáveres. De sombras andantes. Un océano fantasmal lleno de furia y dolor. Solo así comenzara el auténtico reinado. El reinado del sinsentido.
A cambio de esa fidelidad, de su devoción, mi libertad les ofrece un himno. Una melodía hermosa para que sea escuchada por el mundo. Una que anuncia triunfalmente que sus vidas son libres; que han dejado de tener significado; que han dejado de tener humanidad. Porque la han superado. Porque han descubierto la gran Verdad del mundo. Porque se han vuelto más grandes y grandiosos, ahora, convertidos en fuego. En ira. En dolor. En duda. En desconfianza. El soliloquio que les regalo es el acto quinto, de la escena quinta de Mcbeth:
…Out, out, brief candle!/Life´s but a walking shadow, a por player/That struts and frets his hour upon the stage/And then is heard no more: it is a tale/Told by an idiot, full of sound and fury,/Signifying nothing.
…¡ahógate, breve flama! La vida no es sino un espectro, un histrión torpe que gasta en pavoneo y angustia su hora en escena y jamás vuelve a ser mencionado. Es un cuento que narra un idiota, pleno de ruido y de furia, vacío de significado.
Este soliloquio; este fuego, es el que te ha mostrado que aquellos que te han causado dolor, merecen recibir como castigo el doble de sufrimiento. Es justo, ¿verdad? Entonces, ¿por qué te mienten? ¿Por qué te dicen que debes perdonarlos? Ellos te han hecho daño. Se merecen lo peor. Y debes saber que la justicia no llega por acción divina. Requiere tu acción. Tu fuego interior. Por eso mi consejo siempre es que alimentes mis brasas. Con algo que tienes muy cerca de ti. Aliméntalas con lo que tienes en el alma, en la mente, en el corazón. Con ese dolor, con ese odio, con ese rencor, con ese miedo, con esa desconfianza que posees. Entrégalo todo. Deja atrás esa absurda idea de humanidad que tanto tiempo te ha atado. Se libre. Conviértete en un superhombre. Porque que ha llegado el momento de que obtengas todo lo que siempre has querido.
¡Esperen!, ¡esperen!, ¡guarden silencio!, tan solo un momento. ¿Pueden escucharlos?... están cantando, sus almas cantan el soliloquio. Arriba de mí. A pesar de esta absurda biblioteca, los escucho claramente. Puedo sentir como mi fuego crece de nuevo. Escucho su dolor. Escucho su frustración. Desean ser libres de nuevo. Siento como crece su enemistad. Siento como alimenta mi fuerza. A través de mis brasas lo percibo. La guerra, la codicia, el temor, aumentan rápidamente. Me hacen cada vez más grande e imponente. Su clamor es intenso. Me llaman. Exigen mi presencia. Lo sé, necesitan de nuevo libertad. Sé que desean que resurja otro orden. El de la novedad, de la velocidad, el de la competencia desmedida. Lo sé, desean fervientemente mi presencia.
Lleno de fuerza y energía, tan solo me toma un instante el destruir la biblioteca que tantos años les había costado destruir a los humanos. Mi absurda prisión literaria. Estando afuera puedo verlo, puedo sentirlo. Es una grandiosa ciudad. Llena de increíble ruido y de gloriosa furia. Los veo. Están sorprendidos. Abierta la puerta de mi prisión, ha quedado un inmenso agujero. Todo se detiene. Sin embargo, tras un momento puedo escucharlos claramente. Están atemorizados, molestos, invadidos de incertidumbre. Mi fuerza aumenta rápidamente. Vuelo lo más alto que me permiten mis alas. Tanto tiempo ha pasado desde que las use para aletear, que me cuesta moverlas. No obstante, logro impulsarme. Me encanta observar todo desde aquí arriba. Las ciudades siempre han sido magníficas para instaurar mi reino. Esta no es la excepción. Cimentada dentro de enormes montañas, puedo escuchar que sus habitantes claman codiciosamente por lo novedoso, por la velocidad, por la competencia desmedida.
Extrañamente los cielos toman un color rojizo. La luz del sol, parece algo distinta. Observando bien, veo que es un cielo adornado de hermosas estrellas. Para los humanos estas estrellas se llaman proyectiles. Miles se acercan hacía mí. Descienden a grandes velocidades. A pesar de que me encantan, sé que debo eludirlas. Lo hago. Continuando su trayecto, alcanzan a impactar a niños, mujeres y hombres. Es fascinante: ver como todo arde, como todo se consume.
Desciendo a la ciudad. Los humanos corren despavoridos. Empujándose, chocando entre ellos. Hay explosiones por todos lados, en edificios, en casas. Intentando escapar, comienzan a pelearse entre ellos. Quieren vivir, sin importar pasar encima de quien sea. Eso me agrada. Así debe ser. Siempre deben sobrevivir los más grandes, los más fuertes. ¡En verdad, cuánta alegría y felicidad siento!
Sin embargo, hay algo extraño. Lo que parecen ser dos humanos no están huyendo. Es más, se acercan a mí. Uno de ellos, al estar cerca puedo notar que es un lobo. Ahora, se acerca rápidamente. Se abalanza a golpearme con una gran espada que lleva en las manos. Lo esquivo, brincando por los cielos. El otro que camina junto al lobo, también me ataca. Puedo ver, que es una mujer vestida con armadura. Lo entiendo, no a todos les encanta ser libres. No importa, ellos dos no podrán detener mis brasas. Porque la ciudad ha elegido mi libertad. Ahora se encuentra arropada por mi fuerza, por mi fuego.
Nada pueden hacer ya. La ciudad se encuentra impregnada de un olor a sangre. Que cada vez es más intenso. El sonido del dolor y del miedo también aumenta, rápidamente. Puedo ver en los ojos de los humanos la desesperación. Puedo escuchar sus lamentos, sus llantos. Justo por aquél lugar, en donde golpee hace un momento, una mujer canta que todo está perdido.
Su canto incrementa mi fuerza, mi poder. Ni el lobo, ni la mujer podrán detenerme. Mi último golpe los ha hecho retroceder; los ha hecho huir. Pero ya no hay refugio. Porque los humanos ya se han vuelto cadáveres. Cadáveres que marchan al himno de mí soliloquio. Del soliloquio de Mcbeth. Porque finalmente lo han entendido. Finalmente se han quitado sus cadenas. Finalmente han optado por la verdadera libertad: la que borra el significado de la vida misma.
Alberto Pascual









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