I
Con un gesto pidió un trago más, la chica educadamente se acercó a recoger su vaso vacío y llevarlo a la barra, trayendo un vaso nuevo con el líquido color ámbar brillando apenas bajo la tenue luz del lugar.
Los invitados se encontraban cómodamente ubicados uno al lado del otro formando un circulo perfecto, cada asiento de cuero a una distancia prudente dando privacidad y anonimato a cada asistente a aquella “reunión privada”.
Solo algunas barras de luz color dorado alumbrando apenas los alrededores de donde estaba sentado, estas se encontraban empotradas contra la pared dando apenas visibilidad para el servicio, dejando a los asistentes fuera de la vista para los que estarían en el escenario central.
Todos parecían ansiosos por que comenzara el show, podía oír el crujido del cuero cada vez que se movían y sus voces susurrando alguna que otra palabra con algún conocido.
Pero Minho se encontraba ignorante al lugar y a lo que pasaría luego.
A este tipo de reuniones solo se podía ingresar si conocías a alguien del círculo y eras invitado.
En este caso, su amigo Changbin le había extendido la invitación a aquel “show”. Él, Seo y Bang habían sido inseparables durante sus años de estudio, formando una amistad inquebrantable incluso 20 años después de terminar la escuela elemental. Y ahora cada uno con una vida hecha y exitosos en sus respectivos negocios, no tenían nada que envidiarse el uno al otro.
Salvo que, Bang se casaría en algunos días. Había encontrado el amor en un chico que había entrado a su compañía como su secretario provisional hasta que Juniel regresara de su licencia por maternidad. El castaño era un encanto, pero poseía un carácter fuerte nada digno del secretario sumiso que deseaba Bang Chan. Y este como se esperaba, cayó rendido a sus pies luego de una breve discusión que tuvo con el castaño, en el cual este le recalcó que era su jefe más no su dueño, y que él podía pasar su tiempo libre con quien se le diera la gana sin contestarle llamadas a su jefe, ya que era su TIEMPO LIBRE.
Que decirles, el carácter ponía a Bang, y mucho.
Seungmin no se dejó socavar tan fácil por su encantador jefe. Se contuvo mucho, muchísimo. No dejó que las flores ni regalos caros lo sedujeran, tampoco las palabras dulces. Claro que no, él merecía mucho más que simples cosas y palabras. Él necesitaba acciones.
Y Bang dejó en claro su punto al invitar a su secretario temporal a una cena de “negocios”, en la cual dejó expuestos todos sus sentimientos y le pidió formalmente a Seungmin una oportunidad. Kim nunca lo había visto tan serio en un tema que no fueran sus negocios o acciones, lo cual lo dejó muy sorprendido.
De ahí el resto es historia. Tres años después Bang Chan le pidió matrimonio de una forma que solo Seungmin sabe y que nunca contará ya que es una anécdota demasiado cursi, vergonzosa, torpe y dulce como para andarlo ventilando.
Así que, ya comprometidos y a puertas de la tan esperada fecha, Changbin se encargó de organizar su despedida de soltero.
Primero fueron a un bar conocido por los tres, charlaron y la pasaron bien recordando viejos tiempos. Luego a un lugar donde solían cenar cuando aún eran unos jóvenes estudiantes sin dinero en los bolsillos, pero con muchos sueños. Incluso el dueño los reconoció pasados tantos años, felicitando a todos, pero en especial al mayor por su boda.
-Dejé lo mejor para el final- anunció Changbin con una sonrisa de lado, deteniendo su paso frente a unas puertas verdes enormes.
La edificación era simple, una casa anticuada con solo una puerta estrecha enfrente. Sin ventanas, ni segundo piso. Salvo unos detalles como una planta de enormes limones amarillos bajando por encima de la puerta, o un macetero al lado de aquella puerta, cuya planta desconocía en lo absoluto. Pero casi todas las casas de aquel barrio eran de similar aspecto. Esta en cambio, para su mala suerte, palidecía en comparación a las otras bellamente pintadas y cuidadas. Pero al entrar la situación era otra. Changbin usó una llave aparentemente nueva a comparación de la vieja puerta para ingresar, encontrándose con una pequeña recepción en la cual los esperaba un chico detrás del pulcro mostrador.
-Notre Dame. - con solo esa palabra proveniente de Changbin y un pequeño asentimiento del recepcionista, los tres fueron conducidos por este al salón en donde estaban ahora los tres amigos junto a más personas desconocidas, esperando a que algo pasara.
Algo que Minho no sabía exactamente que era.
-Chan, ¿sabes que estamos haciendo aquí? - preguntó Lee en un susurro a su amigo de al lado, oyendo una pequeña risa tenue por respuesta- ¿Qué es tan gracioso?
-Bin me ha comentado de este lugar varias veces, nunca pensé que me traería alguna vez
Pudo oír el líquido pasando por la garganta de Bang antes de que este continuara.
-Yo hoy no puedo hacer nada, solo disfrutar del show. Pero tú tienes carta libre para comprar algún capricho que te llame la atención.
- ¿Algún qué? - preguntó ya con algo de fuerza, le enojaba no poder entender.
-Relájate Minho, solo oferta si algo te gusta. Así como haces con los autos- le llegó el susurro no tan discreto de Changbin, haciéndolo rabiar aún más.
Bueno, si ofrecían autos de colección, bien podría llevarse una nueva adquisición a casa.
Las luces se hicieron aún más tenues, dejándolos casi a oscuras hasta que se encendieron los reflectores en el escenario, dejando a la vista un escuálido chico de abdomen marcado y pantalones sueltos de pie justo en medio.
Su piel parecía brillar debido a alguna escarcha plateada esparcida por su cuerpo blancuzco, pero su rostro de porcelana parecía brillar con luz propia. El cabello negro ligeramente recogido se veía sedoso al tacto, enmarcando perfectamente sus rasgos finos. Sus ojos ligeramente maquillados, sus mejillas sonrosadas adornadas por pecas parecidas a constelaciones y aquellos labios de corazón mantenían una sonrisa dulce pero burlesca. Como si supiera que con una palabra podría hechizarte.
Para Minho no pasó desapercibido el 01 aparentemente tatuado cerca de su clavícula izquierda.
Comenzó una música lenta pero seductora. Y poco a poco el joven chico de pecas fue moviéndose conforme avanzaba la melodía. Tenía gracia y carisma al bailar, sin ninguna duda. Sus pasos eran suaves, capaces de atraer como polilla a la luz y sus ojos parecían capaces de poseer almas, atraparlas y dejarlas inservibles.
Era bonito y talentoso, nada especial para Lee.
Pero para Seo era una historia completamente distinta.
Estaba completamente hipnotizado, había caído en el hechizo del ángel pelinegro.
En la parte cúspide de la rutina, el pelinegro se dejó caer al suelo con gracia sobre sus rodillas con las piernas abiertas, subiendo y bajando un par de veces en esa posición mirando al público, casi sintiendo todas esas miradas lascivas hacia él.
Felix sabía que tenía al público en la palma de su mano, solo esperaba que alguien quisiera pujar por él esta vez.
La coreografía acabó con una voltereta hacia atrás y un split perfecto, terminando la canción y las luces apagándose de inmediato, solo quedando el absoluto silencio.
-Merde
Minho volteó rápidamente en aquella dirección, no podía ver a su amigo, pero sabía que esa voz provenía de Changbin.
Poco a poco los murmullos fueron haciendo su aparición, diferentes idiomas y dialectos, todos hablando del chico danzante.
-Numero 01, comencemos la puja.
Una voz se escuchó por los altavoces, haciendo callar a todos de golpe.
-Como bien saben, en la mesa a su lado encontrarán el botón de puja. Por favor, presionar los que deseen obtener el número 01.
Minho a tientas encontró el diminuto control con el susodicho botón, apenas pudiendo notar la letra C grabado en el debido a la escasa luz.
-Sr. E, líder. Segunda vuelta.
Se volvió a hacer un pequeño silencio, hasta que la voz se escuchó por el altavoz.
-Sr. H, líder. Tercera vuelta.
Minho poco a poco comenzaba a atar cabos, pero no podía creer lo que estaba presenciando.
-Sr. E, ha ganado la puja. Puede recoger su mercancía al terminar el show.
Unos cuantos susurros más y los reflectores se encendieron de nuevo, iluminando a un chico nuevo de cabello rojo y ojos rasgados, parecidos a los de un zorro.
Ahora Minho entendía, con gran decepción, que no habría compras de autos esa noche.