20 (+6) recuerdos

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Summary

Un capítulo por cada letra del abecedario. Esta historia contiene múltiples parejas. México, mejor conocido como el capibara del mundo, tiene muchas historias que contar. No por nada tiene más de 200 años de historia. Claro, que muchas veces, las historias pesan más de lo que a uno le gustaría.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Antiguo.

Una mañana de 1445.

El olor a hierro estaba aún fresco, el color del macuahuitl se notaba cada vez más profundo por el óxido de la sangre acumulada.

Había sido un día largo, la guerra estaba cada día peor. Imperio Azteca había intentado todo lo que había en su poder para que los demás pudieran unirse a ella, había disminuido los tributos que solicitaba, incluso mataba a los prisioneros en las ceremonias más sagradas que podía, ¿Por qué no podían simplemente verlo sus hermanos? Su madre, Olmeca, y su padre, Maya, estarían muy decepcionados de ver como sus hijos se desmembraban los unos a los otros.

Azteca se encontraba acostada en su petate, intentando relajarse tras la noche tan desastrosa. Esperaba que Tlascalteca la perdonara. Ella sólo quería volver a unirlos a todos, sin embargo, era más difícil de lo que esperaba.

Llevo sus manos al rostro, necesitaba asearse.

—¿’amá Yolo? — Ante las puertas del palacio se podía ver un pequeño de piel morena y cabellos negros. Estaba con carita de sueño, algo molesto por el fuerte olor a sangre que había.

—Mi querido Tonalli— A pesar de todo el cansancio que sentía la mujer, en sus palabras había calor y amor maternal. Yolotzin amaba a su pequeño retoño. Le hacia feliz poder pasar tiempo con él. Estaba segura que llegaría a ser un excelente huey tlatoani al crecer.—¿Hiciste algo interesante mientras no estaba, retoño?

—¡Volvi a verlo ’amá!Hoy fui con uno de los corredores hasta donde nos dieron itacatl la otra vez, donde estaban los animales esponjosos y altos altos. De regreso, Nos desviamos tantito para poder ver la caña y ¡ahí estaba! Todo chiquito, todo bonito.

Aquel de quien Tonalli, el pequeño niño del imperio Azteca, no era otro que de Brasil.

Claro que esto nuestro pequeño ombligo de la luna no lo sabía. Aún.

Un día cualquiera de 1524.

Realmente odiaba cuando España le hacia ponerse ese tipo de ropa.

No entendía por qué debía utilizar ropa tan poco cómoda. Si su mamá Yolotzin estuviera presente, no tendría por que estar usando aquello tan incómodo. Esta ropa no era apta para un guerrero, ni para un joven como él.

Claro que, Imperio Azteca ya no estaba con él.

Todo era culpa del estúpido blanquito que había llegado a sus tierras.

Él era el causante de todo, de sus desgracias. Después de que llegaron los primeros informes de hombres mitad humano mitad bestia sabia que los presagios funestos no eran mentira. Por más que quisiera creer que nada malo pasaría.

Estúpido España, y sus estúpidas enfermedades, su asqueroso aroma y todo el daño que le hizo a su madre.

—¡Vamos, José, que no tenemos todo el día! — Sólo de escuchar el nombre que le había puesto el español al bautizarlo, José, hacia que le dieran nauseas. No se llamaba José, él siempre sería Tonalli, por que aquel fue el nombre que le dio su madre. —Portugal nos está esperando.

Claro, había algo que odiaba de manera visceral; Visitar a los estúpidos amigos de España. Todos eran horribles como él, creían que eran superiores a sus colonias y que todo lo que hacían “por su mejor interés”, cuando sólo querían dejarlos callados mientras se aprovechaban de las poblaciones nativas. Podía ver como Río de la Plata sufría al ver a sus ciudadanos siendo explotados para la ganadería, escuchar como Nueva Granada llora de impotencia al escuchar como los comandantes y marineros abusaban de las pobres mujeres de los puertos, o ver como Perú era golpeado por el Imperio español sin poder hacer nada, ya que, si le desobedecían, era una golpiza peor, como ejemplo de lo que pasaría a los rebeldes.

Nueva España terminó de ajustar su camisa y chaleco. Sin muchos ánimos salió de su habitación, donde el Imperio Español le esperaba; se notaba de mal humor.

—Te tardaste demasiado, Nueva España. — Sabía que eso era un reclamo disfrazado en falsa empatía. Ese tono condescendiente decía todo lo que era necesario. Volteo rápidamente a ver si ya estaban sus hermanos ahí, quienes le esperaban. —Sabes que odio llegar tarde a nuestras visitas.

—Lo lamento— Claro que no lo hacía, Nueva España ni si quiera deseaba ir.

Después de aquello, emprendieron su camino rumbo a su destino. Portugal empezaba a tener una notable colonia cerca de donde el Imperio Español encontró a Nueva Granada. Debido a la estrecha relación de hermanos que compartían, claramente la visita era una maravillosa oportunidad para presumir a sus maravillosos niños. Después de todo, ¿qué tenia de bueno la comercialización de azúcar? Nueva España le daba oro y plata, Río de la Plata tenía el mejor ganado que se podía conseguir, tanto que el Imperio Inglés siempre peleaba con él por Río de la Plata, Perú era el mejor para llevar a cabo su administración y Nueva Granada era un punto marítimo estratégico.

Estaba tan feliz de poder conseguir a esas pequeñas colonias indígenas. Definitivamente la masacre y toda la sangre derramada fue lo mejor, Imperio Español estaba seguro de que nadie podría tomar mejor posesión de aquellas tierras que él.

Nadie habló durante el camino. El europeo se veía demasiado contento perdido en sus pensamientos.

Al llegar, una ola de calor se pudo sentir cuando abrieron el auto, en la entrada de la gran mansión rodeada de los campos de café y caña, se encontraba el Reino de Portugal, con un niño de piel morena y cabello negro. Podía verse que tenia tantas ganas de estar ahí como los otros tres jóvenes. Su mirada llena de tristeza y dolor.

Claro que Nueva España lo reconocía… Era el niño que siempre iba a ver cuándo los corredores decidían llevarlo a los Andes para estar con el Imperio Inca.

Se notaba diferente, sin esa sonrisa que iluminaba su rostro.

Después de las presentaciones, ambas potencias dejaron a sus colonias jugar juntos en el jardín, siendo vigilados por los guardias de Portugal. Aparentemente, iban a hablar de temas muy importantes que no les incumben.

El tiempo pasó, tanto que las colonias tuvieron de comer solos. A pesar de estar rodeados de nanas y sirvientes, se sentían solos. Incomprendidos. El aburrimiento llegaba y se apoderaba de tan pequeños cuerpos, momento que el más norteño decidió aprovechar.

—¿Cómo te llamas? — Con mucha alegría le preguntó, mientras se acomodaba los lentes. Sus hermanos estaban haciendo algo mientras los ignoraban. —Luciano.

Al decir aquello, el joven lusófono no contaba con mucho ánimo. Algo en lo cual el hispanoparlante podía comprenderlo. —Yo me llamo Tonalli.

Ambos extendieron sus manos, presentándose como tanto les habían enseñado.

Pasaron un rato hablando, incluso Nueva España empezó a realizar un pequeño retrato de ambos en un pedazo de papel que llevaba consigo. El arte siempre superaba las barreras del lenguaje, por lo cual, aunque no se entendieran del todo, comenzaron lo que parecía ser una amistad.

Tonalli estaba feliz, por fin pudo hablar con el niño bonito de los cafetales y las plantaciones de caña.

Noviembre de 1822

Acababa de llegar a la capital del país. Le sorprendió el poco olor a sangre que había. Estaba acostumbrado a las guerras y el derramamiento de sangre, ese característico olor a hierro y muerte, a carne pudriéndose por las infecciones. Le pasaba cuando su madre, Yolotzin, se peleaba con otros pueblos. Tenia la herida reciente, por la independencia que duró años, con el sufrimiento de su gente.

Esperaba no llegar en mal momento. En su territorio no lo necesitaban, así que les daría un poco de libertad para que disfruten de la nueva libertad que se tenía.

Le maravillaba ver como la ciudad capital comenzaba a tomar forma. La esperanza y felicidad estaban a flor de piel, y podía compartirla con sus hermanos del sur.

Se aferró con mayor fuerza a su morral, donde llevaba unas mudas de ropa y un regalo.

A pesar de que las calles de la ciudad eran fáciles de navegar, el mexicano estaba confundido. Todavía le costaba algo de trabajo acostumbrarse a existir en los países sureños. Hacía mucho que se encerraba en su país.

Necesitaba respirar y no entrar en pánico. Vamos, México, relájate.

Necesitaba llegar al palacio de gobierno, ahí se encontraría con la persona que venía a visitar.

Aquello le tomó aproximadamente 30 minutos, pero al final dio con el edificio que deseaba. Toco la puerta con algo de reserva, esperaba que le abriera algún humano, pero estaba muy equivocado.

Frente a él, estaba Luciano Da Silva, el mismo que estaba buscando.

No pudo evitar ponerse nervioso al verlo. No sabia por qué, pero la simple presencia de aquel hombre de piel morena le ponía nervioso. ¿Esto se sentía el tener que hablar con otros como él?

—Buenos días, Brasil. He venido a darte una felicitación por ser independiente, quiero que sepas que, creo que seria bueno que como latinos nos uniéramos para mejorar, por lo cual te traigo un regalo. — Bien, no había arruinado nada aún.

Brasil se notaba serio. —Gracias, México. Pasa, por favor.

Mierda, ahora estaba en un enredo por su culpa.

Al pasar, pudo ver que no todo estaba en completo orden, lo cual era algo que se podía esperar. Acababan de salir de un imperio y apenas eran sus primeros pasos como país autónomo. Aquello era aterrador.

Le sorprendía lo seguro que se veía el sureño. Casi lo envidiaba.

Se sentaron a tomar café mientras hablaban. Luciano comenzó a sentirse más seguro luego de un rato, por lo cual ambos comenzaron a hablar de sus miedos y esperanzas como países nuevos. Como pequeños libres.

Tan perdido estaba en su conversación, que casi olvida el regalo.

—Ah, claro. Traje esto para ti. — Mencionó sacando de su morral una medalla colorida con la imagen de la virgen de Guadalupe en un lado y en otro una imagen de Tlaltecuhtli. —Es un regalo, espero que te vaya bien como país independiente.

Ante esto, Luciano sólo pudo abrazarlo. —Espero que también tengas una buena vida como país independiente, México. Muchas gracias.

Para conmemorar aquello, Brasil le dio en retorno a México un retrato de ellos dos, abrazados, con sus uniformes militares y la promesa de una alianza en el futuro.

Sí, serian unidos junto a los demás latinos por el bien de su gente.

Finales de mayo, 2024

Hacía ya un rato México se había acostumbrado a caminar por países externos al suyo.

Así que, en cuanto tuvo oportunidad de escaparse a Copacabana lo hizo. Ya casi eran las elecciones en su país, y estaba harto del circo que se estaba armando. Podía asegurar que en cuanto se dieran cuenta que se había escapo su estimado AMLO iba a llamarle para decirle que era una falta de respeto, que… que poca profesionalidad tenía… Y seguramente preguntarle donde estaba alguna de las carpetas que necesitaban para el debate. Que risa le daban, aunque la política no debía dar risa.

Ganara quien ganara, estaba seguro de que se lo iba a llevar la chingada. Aunque Máynez y Claudia le caían bien. Ojalá Claudia se hiciera novia de Xóchitl y adoptaran a Máynez.

Jajajajaja que cagado era. Se caía re bien.

Pero volviendo a la preocupación política, eso sería un problema para su yo del futuro. —Adios, tonotos. Vuelvo en una semana. Se la lavan. — Y sin más, emprendió su viaje al aeropuerto.

Lo cual nos regresa al inicio. Nuestroy estimado mexicano caminando por las playas de Brasil, siendo feliz con su escapada. Esperaba poder encontrar pronto a quien estaba buscando…

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una estruendosa risa que conocía muy bien, ahí a lo lejos se encontraba Luciano Da Silva, el mismisimo Brasil, jugando futbol con unos niños pequeños que se notaban demasiado felices. Todos estaban disfrutando mucho del ambiente.

No dudo en acercarse el moreno. La arena entre sus dedos le daba una maravillosa sensación mientras aceleraba sus pasos. No tardó mucho en llegar al lado de Luciano, quien estaba en medio tiempo, aparentemente.

—Oye Lu, ¿cómo ’tas? — Con una sonrisa en su rostro, México se acercó a saludar al otro país, siendo recibido por un abrazo del brasileño.

—Tona, ¿Cómo vas? ¿Quieres jugar con nosotros? — Aún con el tono alegre, México no estaba seguro de que fuera del todo un juego amigable, además, aún Tonalli no superaba su último 3-0. —Gracias Lu, pero mejor los veo.

Aquello hizo que Luciano tuviera una risa amplia, de esas que salen del pecho. —Cómo gustes.

Tonalli no estaba seguro de cuanto tiempo estuvo sentado en la arena viendo como los músculos de Luciano se marcaban en sus piernas mientras jugaba con los niños, o como el sudor bajaba por su frente debido al esfuerzo físico realizado bajo el sol.

Si bien, estaba abochornado por el calor, también su sonrojo se debía a las cosas que sentía por aquel muchacho sureño. A pesar de todo lo que se creyera, México no odiaba a Brasil, de hecho, se le hacía una persona muy interesante, sólo que ha tenido unos gobernantes malos, típico de cualquier país latinoamericano.

Es el pan de todos los días si vives en Latam, aparentemente.

Mientras recostaba su cabeza en sus piernas, Tonalli veía como Luciano se despedía de los niños, dándoles el balón. Un balón algo desgastado, ¿Cuántas veces se había jugado con él? ¿Sería heredado? ¿Un regalo?

Tuvo que salir de sus cavilaciones debido a que una mano conocida se posó en su hombro. —Tona, ¿estás bien? ¿Me escuchas?

—Oh, claro, claro. Me disocié, perdón.

—Te preguntaba ¿por qué viniste? ¿No estás en temporada de elecciones? — México sabía que iba a explotar, su crush sabía que estaba en temporada de elecciones.

—Ah, es que encontré algo mientras ayudaba al cabecita de algodón a llevarse sus cosas. — Al mencionar esto, buscó lo que llevaba guardado en alguna parte de su ropa. Dos hojas amarillentas, en las cuales se podía ver imágenes diferentes. Aquel dibujo que tenia a ambas colonias y aquel recuerdo de la vez que México felicitó al brasileño por su independencia. —Pensé que… pensé que te gustaría tenerlas, ya sabes…

Estaba nervioso. México estaba nervioso por lo que podría decir el otro. ¿Se vería como alguien demasiado intenso? ¿Y si aquello incomodaba a Luciano?

Empezaba a sobrepensar las cosas.

Por su parte, Luciano estaba mirando las imágenes con una sonrisa. No podía creer que el otro hubiese guardado eso por tantos años. Era lo más adorable que podría creer.

Y eso lo decía, aun cuando México era el país más adorable a sus ojos.

Sin dudarlo, lo levantó en un abrazó. Los centímetros de diferencia a su favor serian su mejor aliado.

—Obrigado, Tona. — No podía, ni quería, esconder la emoción en su voz. Todo su ser estaba emocionado, tanto que podía besar al mexicano.

Y eso hizo, sin pensarlo dos veces.

No todos los días, tenia esa oportunidad de oro.