Prólogo.
Febrero del 2025.
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“El amor es bello solo para quiénes no han amado, porque solo quién ama puede odiarlo”.
Los últimos rayos del sol se apreciaban desde lo lejos de un bosque, uno donde la suave melodía era el pequeño cántico que un chico tarareaba, envolviéndolo el silencio en cuanto esa dulce cajita musical dejó de sonar. La vista lo sumergió en recuerdos lúgubres, difíciles de poder siquiera recordar los detalles de su atormentado pasado.
¿Cómo podría olvidarlo?
En su cabeza las imágenes eran demasiado claras, pero no tan explícitas como lo había sido la primera semana en donde todo decayó. Ahora llevaba una vida bastante tranquila, una donde no estaba acostumbrado a estar tan lejos de la ciudad, en primera instancia pensó que un lugar alejado de las personas era lo que quería, pero ante la soledad que le brindaba su acogedora cabaña, era difícil no mirar hacia el pasado. Donde todo lo que tenía se destruyó.
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Hace 5 años atrás.
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La mañana de un lunes era el comienzo de una nueva semana junto a San. Ambos habían acabado de mudarse a una casa no tan lejos de la ciudad, y a su cuarta semana viviendo juntos, ambos se encontraban disfrutando de la comodidad de su nuevo hogar.
Hace meses atrás Yeosang venía queriendo cumplir este maravilloso sueño. Tener una casa junto a San era una de las cosas que más había querido desde que ambos habían terminado de comprometerse, y ahora finalmente podía disfrutar de una vida junto a la persona que amaba.
Habían estado casi tres años juntos y este paso había sido uno de los más grandes en la vida de ambos.
La casa no era muy grande, era suficientemente espaciosa para ambos y además tenía un cuarto extra, lo que para ambos significaba que era el cuarto de algún niño que obviamente ambos no podrían tener. Durante ese corto periodo de tiempo a Yeosang le parecía una buena idea hacer los papeles para una futura adopción, sin embargo, San no era el tipo de persona que amaba la idea de tener un hijo. Creía que sería sólo un gasto extra para su vida y que no beneficiaría en nada a lo que él quería; su valiosa tranquilidad. Por lo mismo es que muchas veces evitaba hablar sobre ese tema.
—Más adelante podríamos adoptar a un niño —dijo un día San, ya un poco fastidiado con el mismo tema que Yeosang había estado repitiendo.
A decir verdad, San no tenía ni el más mínimo deseo de ser padre y si debía ser sincero consigo mismo, tampoco anhelaba serlo a futuro como Yeosang. Ése era sólo un deseo que su pareja anhelaba, porque él no compartía ese gusto por formar una familia todavía. No era tan aficionado como lo era él en este tipo de cosas y pensar en formar una familia más adelante solo le agobiaba.
Yeosang estuvo emocionado todo el resto del día. Incluso durante su trabajo en la cafetería, su mente permanecía en lo que su pareja le había dicho. En cuanto llegara a casa, iría a indagar un poco más sobre el tema junto a las cosas que necesitaba para los papeles de adopción. Tenía en claro que la decisión era mutua y que San le había dicho que la adopción debía de ser más a futuro, pero la sola idea de pensarlo le emocionaba bastante.
El gran entusiasmo por un futuro cercano siempre había sido parte de él, lo cual era lo muy opuesto a San quien muchas veces le daba un poco igual el futuro que tenía con su pareja, algo que a su novio sí le importaba. Y es que Yeosang se proyectaba por muchos años más con él, si era posible, hasta que ambos envejecieran juntos hasta que uno de los dos muriera.
Por otro lado, San nunca había sentido tanto entusiasmo en todo esto. Sí, le agradaba Yeosang y todo lo que tuviera que ver con él, eso lo tuvo en claro desde el primer día que se conocieron en la universidad, sin embargo, a pesar de todas las cosas no lo consideraba como “el gran amor de su vida”, porque sólo estaba enamorado como lo estaría de cualquier otra persona. No era tan ridículamente soñador como él, no era tan aficionado como lo era él, pero de alguna manera le gustaba que lo fuera. Eso le hacía ver lo muy diferentes que eran y lo mucho que podían llegar a complementarse. Si bien ambos podían tener diferentes opiniones, eran esos momentos donde los pequeños detalles hacían de la relación algo que él adoraba, pero ¿tener una familia?
Yeosang tenía todo para cautivar a cualquier hombre que se le acercara, San era consciente de ello porque también lo estaba.
Pero no era suficiente.
Yeosang y su gran afán por tener una familia lo llevó a indagar un poco más sobre el tema las siguientes dos semanas, hallando una que otra información que lo ayudó a centrarse mejor en lo que debía hacer. Esa noche, San había llegado a la hora que acostumbraba, encontrándose con la tranquila imagen de su prometido durmiendo en el sofá. Durante los últimos días había estado acostumbrado a verlo frente a la laptop, navegando por un sin fin de páginas sin parar. Suponía que ahora tampoco era la excepción. La laptop reflejaba en ella el nombre de uno de los centros de adopción muy cercano a la zona central de Seúl.
Él no había olvidado sus palabras. Yeosang seguía tan empeñado en querer una familia que San sólo lo había dejado ser. Después de todo, en algún momento tendría que quitarse esa idea de la cabeza, porque él no estaba preparado para tener una carga más en su vida.
Esa noche fue San quien se encargó de llevar a su prometido a la cama, donde ambos se arroparon junto al otro en un abrazo que Yeosang se encargó de formar, dejando que se apoyara sobre su pecho donde él quedó rendido ante el suave sonido de su corazón.
Los invitados reían y compartían viejas anécdotas del preuniversitario, navegando en pequeños recuerdos que a más de la mitad les hacía gracia. Hace unos días habían convocado a una junta entre todos para despedir a un viejo amigo quien pronto partiría a los Estados Unidos. Yeosang siempre había sido muy cercano a sus amigos, una de las cosas que le gustaba era pasar tiempo de calidad con ellos de vez en cuando, algo muy diferente a lo que era San. Si bien solía compartir cosas con su grupo de amigos, estaba seguro que pasar un día entero con ellos no era una de sus cosas favoritas. Sin embargo, le agradaban algunos amigos de él, pero no para estar horas y horas conversando sobre quién había conocido a la persona que ya no recordaban.
Yeosang en cambio, a pesar de ser alguien un poco más tímido de lo que era él, solía desenvolverse muy bien en cualquier tipo de conversación que se llegara a hablar dentro de su círculo social. A diferencia de su prometido, él era casi como un libro abierto que cualquiera podía tomar y leer. No era tan conservador como lo era San, quien siempre evitaba hablar cosas de su vida privada.
La calidez de esa abrasadora noche lo envolvió en una gran felicidad. Jongho era un viejo amigo de San que con el tiempo también había formado una amistad con él y ahora que lo volvía a ver otra vez era inevitable contener su felicidad. Jamás pensó que en la despedida de Hyunjin lo volvería a ver, y tal parecía que los demás tampoco, esa había sido una muy grata sorpresa para todos. Estaba seguro que su novio también estaba igual de feliz que él, pero…
Vaya que estaba equivocado.
Su conversación con Jongho se extendió por casi una hora en el jardín, riendo y compartiendo anécdotas que habían pasado en estos años. San quien solo era expectante de lo que ambos hablaban, solo balanceaba un poco su copa de vino la cuál terminó de beber de un sorbo en cuanto notó cómo es que su prometido ingresaba a la casa, siguiéndole el paso a Yeosang quien ni siquiera se percató. En la cocina dejó su vaso sobre el mesón, sirviéndose un poco más de ponche en lo que su atención se desvió a San, notando su rostro tan inexpresivo que le llegó a dar escalofríos.
—Sanie, ¿pasa alg…?
—Nos vamos a casa.
Yeo quedó un poco confundido, pero no hubo objeción después de ver a su amado salir de la cocina en completo silencio. Una vez que terminó de beber el ponche, salió al jardín para despedirse de todos e ir al auto donde su prometido le esperaba.
El ambiente se tornó tenso cuando ingresó al vehículo, notando a su novio con la misma expresión sería con la que había ido a hablarle a la cocina. ¿Había hecho algo malo?, no, claro que no, solo se la había pasado compartiendo con sus amigos, incluso San se había unido a una que otra conversación que se había comentado dentro de lo que él trabajaba, entonces; ¿por qué?, ¿por qué cambió así de repente?
El trayecto duró poco a las puertas de su hogar, ninguno de los dos había dicho nada y la suave melodía de la radio los acompañó hasta llegar a casa.
El reloj de su teléfono reflejaba las doce de la noche. San no dijo palabra alguna al llegar, sólo pasó a dejar su abrigo en el perchero para ir al estudio y organizar unos papeles para mañana, siendo Yeosang quien se dirigió a la cocina a por un pequeño vaso de agua. Quizás solo estaba molesto porque mañana su prometido debía de ir al hospital tal y como era costumbre, pero de ser así, San le hubiese dicho, ¿verdad?
Sus pensamientos fueron irrumpidos por el suave tono de su teléfono, reflejando el nombre de Jongho en uno de los mensajes que tenía, preguntando si habían llegado bien a casa. Yeosang sonrió y no tardó en responderle de vuelta. Él siempre supo ser atento con Yeo, desde que se conocieron sabía que iba a entablar una buena amistad con él y ahora lo que se veía eran los frutos de ello. Emitió una risita al leer el último mensaje de Jongho que fue interrumpido con una pequeña y muy corta llamada que no duró mucho. Yeo guardó el teléfono para terminar de beber su vaso de agua en cuanto ambos habían terminado de hablar, sin embargo, él no sabía que desde el salón unos ojos oscuros estaban clavados sobre su persona
San sabía que se trataba de Jongho, no tenía que ser muy adivino para saber que era él. Sus pasos lo llevaron a donde su amado estaba en completo silencio, y con ello, la expresión suave de Yeo cambió a una llena de curiosidad al ver a San tan serio frente a sus ojos.
—¿Sanie? —preguntó, manteniendo entre sus manos el vaso de agua que previamente había sacado del grifo, acercándose a su amado para en un intento por obtener alguna respuesta de su parte, pero no la hubo—. ¿Qué sucede?
Sus dedos se aventuraron a tocar su frente en un intento por ver si tenía temperatura, pero eso sólo había hecho enojar a San. Sin ninguna pizca de delicadeza las apartó casi de un tirón, apretando su mandíbula al igual que sus dedos contra las palmas de sus manos, las cuales adoptaron un ligero temblor ante la desencadenación de emociones negativas que su novio le había provocado, todo para que de un momento a otro fuese su mano quien abofeteara a Yeosang, logrando que el vaso se estrellara contra el piso en compañía del agua que lo llenaba, sintiendo el ardor sobre su mejilla.
Su cuerpo se congeló ante la agresión de su novio, quedándose en shock por el repentino cambio que hubo en su actuar, sin saber cómo reaccionar ante lo ocurrido. Sus palabras se quedaron en su boca sin ser pronunciadas, atinando sólo a llevar una de sus manos a la mejilla enrojecida.
—Te espero en el cuarto.
Yeosang decidió callar en ese momento para sólo verlo salir de la cocina. No podía armar un escándalo, no a esas horas, además, sólo había sido una bofetada después de todo. Luego arreglaría las cosas con San, por lo que decidió ignorar lo ocurrido para agacharse a recoger los cristales rotos de su vaso, limpiando el resto del agua que había caído al piso. Una vez terminó de limpiar, tiró los cristales al basurero y terminó por subir al cuarto que ambos compartían.
El ambiente se cortó de manera abrupta en cuanto él ingresó al cuarto, notando a su novio en un costado de la cama dándole la espalda. Yeo se cambió en completo silencio y en cuanto llegó el momento de ingresar a la cama, San ni siquiera se había inmutado en voltear a verlo, ni con los suaves toques que él le había dado sobre sus anchos hombros se había volteado, por lo que, no le quedó de otra más que esperar a lo que ocurriría mañana. Esta iba a ser la primera noche en la que ambos dormirían tan alejados del otro, para San era una estupidez, pero par Yeo era tan triste como doloroso.
—Descansa…
La noche concluyó con un silencio sórdido y un poco inquietante para Yeo. Su cuerpo intentaba descansar, pero sus pensamientos solo trabajan y le hacía pensar qué era lo que le ocurría o le había ocurrido a San para que reaccionara de esa manera. Sin embargo, no había una explicación clara, porque mientras Yeosang intentaba buscarle una justificación a sus acciones, San simplemente pensaba que ese golpe se lo había merecido y que no, no estaba arrepentido y bien sabía que tampoco se arrepentiría en un futuro.