Inventos muggles

Summary

A Draco le gustan las motos, y los motociclistas vestidos de cuero. Podría ser que Harry tuviera una moto, y que se ofreciera a darle una vuelta.

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Complete
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5
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n/a
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18+

Capítulo 1

Draco Malfoy no era amigo de los inventos muggles. O eso creía él cuando era más joven.

Primero descubrió Starbucks. Fue Blaise el que le llevó un domingo por la mañana, después de una noche muy loca en un club gay del Soho.

Quizá debería poner lo primero en esa lista los clubs gays.

En todo caso, lo tercero fue la televisión y con ella los deportistas en pantalones cortos. Amaba el soccer y el voley playa. Eso serían los inventos cuatro y cinco.

El sexto eran las motocicletas. Y el séptimo la ropa de cuero para los que andaban en moto. Veía realities de moteros solo por disfrutar de los prietos traseros enfundados en cuero.

Esto último cambió de disfrute a obsesión una noche de sábado de otoño. De camino al encuentro de Blaise en uno de sus clubs preferidos, le adelantó una moto. Negra, potente y hábilmente conducida por un magnífico ejemplar de hombre totalmente cubierto de cuero.

No tuvo oportunidad de disfrutar mucho de las vistas, solo de captar unos hombros anchos y unos muslos fuertes. Suspiró cuando el semáforo cambió a verde y la moto arrancó con un potente rugido.

Los siguientes sábados, al pasar por el mismo cruce, no pudo evitar mirar hacia la calzada, esperando a ver si tenía suerte y volvía a verlo. La suerte le sonrió por fin llegando a Navidad, pero en un sitio diferente. Estaba en la puerta del club, esperando a que llegara Blaise, que como siempre iba tarde, cuando escuchó el rugido que no había podido olvidar.

Giró el cuello con un ligero crujido y lo vio venir por la estrecha calle. Pasó ante él, despacio, permitiéndole disfrutar de nuevo de los muslos y los hombros. Lo siguió con la mirada, deseando ver más, cuando descubrió con sobresalto que estaba aparcando. Se comió con los ojos todos los movimientos al bajarse del magnífico ejemplar con ruedas.

— Date la vuelta, vamos —murmuró para sí—. Venga, venga.

Sonrió cuando el motociclista se dió la vuelta y caminó hacia el portaobjetos para guardar el casco. Por Salazar, su culo estaba perfectamente a la altura de sus piernas y su espalda. Era un ejemplar increible.

— ¿Qué miras con tanto interés? —le sobresaltó una voz junto a su oído.

Dio un respingo y se giró a darle un puñetazo en el hombro a Blaise.

— Joder, me has asustado.

— Estabas tan concentrado... —le respondió con una sonrisa ladeada— ¿Qué mirabas?

Fue a señalárselo, pero solo estaba la moto.

— Mierda Blaise, me lo he perdido.

— ¿El qué? —preguntó sin entender nada.

— Un motero, uno increíble. Y estaba a punto de verle sin casco, joder —se enfurruñó y pateó el neumático del coche más cercano.

Su amigo soltó una carcajada y lo abrazó por el hombro para conducirle al interior del club.

— Vamos, te invito a una copa para compensarte.

— Un gintonic —contestó enfurruñado, con los brazos cruzados sobre el pecho—. De la ginebra más cara que haya que combine con lima.

Blaise volvió a reír, agarrándole más fuerte mientras entraban al local apenas iluminado.

Iban por el tercer gintonic cuando lo vio. En uno de los flashes de los focos, distinguió perfectamente un trasero apretado en unos pantalones de cuero dirigiéndose a los baños.

Ni siquiera avisó a Blaise, que bailaba a su lado, directamente comenzó a abrirse paso hacia allí, maldiciendo la costumbre de su amigo de bailar en el mismo centro de la pista. Con los ojos fijos en el sitio por el que había desaparecido, avanzó a codazos, ganándose algún insulto, hasta llegar a la puerta de los servicios.

Respiró hondo para calmarse antes de abrir la puerta... y casi se ahoga al descubrir quien estaba dentro.

— ¿Estás bien? —Oyó la voz preocupada a su lado mientras intentaba dejar de toser, con la cabeza agachada.

— Sí —respondió con voz ronca, avanzando hacia el lavabo.

— Me alegro de verte, Malfoy, aunque no esperaba que fuera aquí.

Lo miró a través del espejo. Apoyado contra la pared, con los musculosos brazos cruzados sobre el pecho y los brillantes ojos verdes mirándolo, él. Jodida vida, con todos los motoristas que había en Londres y le tenía que tocar este.

— Yo tampoco, la verdad —respondió abriendo el grifo, evitando responderle que era una alegría para los ojos.

Se hizo un silencio incómodo mientras Draco se lavaba la cara.

— ¿Vienes mucho por aquí? —rompió el silencio Potter, inquieto, pasando el peso de una pierna a otra.

Draco no pudo evitar reír por el tópico, y por la evidente falta de dotes sociales del moreno.

— Bastante, es más divertido que lo que ofrece el mundo mágico. Tú pareces novato.

Una sonrisa tímida asomó a la cara guapa. Indudablemente había ganado con los años, la camiseta negra, de manga corta y ceñida, mostraba unos brazos musculosos y definidos. Y se había dejado barba, corta y muy bien arreglada. ¿Cómo no había visto a ese bombón antes?

— He estado fuera del país un tiempo. No he tenido oportunidad de explorar después del colegio. Quizá quieras ser mi guía.

Gracias, Merlín, se dijo Draco.

— Estaré encantado. Pero quiero algo a cambio.

La sonrisa se apagó un poco. Habló enseguida para mejorar la impresión.

— He visto tu moto ahí fuera.

— ¿Quieres mi moto? —preguntó incrédulo.

Sonrió de lado antes de contestar, mientras se secaba las manos y se acercaba peligrosamente a Potter.

— Quiero que me des una vuelta.


La mañana del domingo le encontró, mucho más temprano de lo aconsejable, con un café en la puerta de un Starbucks. Se había abrigado bastante, guantes incluidos, porque Potter le iba a llevar de excursión.

Había sido sorprendentemente cómodo hacer grupo con Potter y Blaise en el club. Una vez pasada la timidez inicial, y teniendo en cuenta que era el único sobrio de los tres, fueron capaces de hacerlo reír a carcajadas y de convencerlo para bailar. Y menudo espectáculo era ver esa mitad inferior bailar con pantalones de cuero.

La moto negra apareció con su ronroneo al fondo de la calle. Disfruto viéndola acercarse, emanaba un poder increíble. Se paró ante él con un último rugido antes de que los ojos verdes aparecieran a través de la visera.

— ¡Buenos días! ¿Preparado?

Draco asintió, apurando el café y tirándolo en la papelera más cercana. Harry echó pie a tierra y le tendió un casco de color marfil que colgaba de su brazo. El rubio lo miró sin saber cómo manejarlo. Una pequeña risa salió de dentro del casco de Potter, que apagó el contacto, silenciando la moto, y se bajó. La bloquéo con un pequeño hechizo y se acercó.

— Creía que a estos inventos muggles la magia no les iba bien —comentó Draco sin perder de vista las manos de Potter manejando el casco.

— Esta lleva varios retoques mágicos. Era de mi padrino.

Zanjó el tema colocándole el casco. Al abrocharlo, le rozó sutilmente la piel del cuello, bajo la barbilla. Le ayudó a subirse antes de sentarse delante de él y darle instrucciones.

— Creo que te sentirás más seguro si te coges de mi cintura. Cuando cojamos una curva, tienes que tumbarte como haga yo. Y los pies debes mantenerlos en ese soporte en el que los tienes ahora, ¿alguna duda?

— ¿A cuánto puedes ponerla?

La carcajada de Harry se fundió con el sonido del motor al arrancar.

— Agárrate, anda — le recordó antes de echar a andar.

Comenzó rodando despacio por las calles aún libres de tráfico, permitiéndole acostumbrarse a las sensaciones.

Tomó la A23 y enseguida notó a Draco abrazarse más fuerte a su cintura conforme aumentaba la velocidad hasta las 70 millas por hora (112km/h) legales.

— ¿Esto es todo, Potter? —lo escuchó gritar al cabo de veinte minutos.

Rio, animado. Malfoy seguía siendo un reto.

— Esto es lo legal, Malfoy —le gritó de vuelta—. No conviene llamar la atención de la policía.

— Uhhhhh, ¿ahora te preocupan las normas? —trató de picarle.

— Quizá me he vuelto bueno.

Los dedos enguantados se introdujeron por debajo de la cintura de su chaqueta de cuero.

— Espero que no —respondió, aunque el tono insinuante se lo llevó el viento.

Draco cerró los ojos, disfrutando de la velocidad. Al salir de la ciudad se había dado cuenta de que Potter había puesto un sutil hechizo calefactor alrededor de los dos, así que estaba disfrutando muchísimo del viaje sin tener que preocuparse del castañeteo de dientes. Y andar pegado a ese cuerpo musculoso era un extra nada desdeñable.

Volvió a abrir los ojos cuando escuchó a Potter gritarle.

— ¡El mar!

El sencillo entusiasmo de ese hombre era contagioso. Observó por encima de su hombro la línea gris del mar y la ciudad a la que se acercaban.

— ¿Donde estamos?

— Brighton. Te gustará.

Aminoró la velocidad al acercarse la ciudad y aumentar el tráfico. A pesar del frío y el cielo gris, Brighton seguía siendo destino de familias para pasar el domingo, sobre todo el lugar al que se dirigían.

Aparcó la moto cerca de Brighton Beach.

— ¿Necesitas ayuda para bajar? —preguntó quitándose el casco— Lo más fácil es que cojas impulso apoyándote en mi hombro.

Draco se bajó con agilidad y se quitó el casco como si lo hubiera hecho un millón de veces. Se lo tendió a Harry, que se había bajado también y estaba bloqueando y protegiendo la moto.

Echaron a andar hacia el paseo marítimo codo con codo, arrebujados en sus respectivas chaquetas.

— Un día regular para ir a la playa, ¿no? —preguntó jocoso.

— Vamos allí —le señaló con una sonrisa.

Avanzaron por el espigón. Aún era temprano y había poco movimiento.

— ¿Quieres un café o un té? ¿O prefieres dar un paseo? Los puestos de comida y bebida igual están ya abiertos.

— ¿Qué es este sitio? —quiso saber, sorprendido.

— Es una feria. Hay puestos de comida, actuaciones y ... atracciones de feria. ¿Has oído hablar de la montaña rusa?

El brillo entusiasmado en los ojos de Draco le dijo a Harry que sabía lo que era una montaña rusa. Un par de horas después se estaba preguntando si había sido una buena idea traerle.

Si la noche anterior ya había sido divertida, y le había mostrado a un Malfoy que no recordaba para nada al de la escuela, el viaje en moto y dos horas en una feria estaban mostrándole a un Malfoy que podía gustarle. Mucho. Gritaba como un niño en cada bajada de la montaña rusa, conducía como un loco los autos de choque. Y podía comer perritos calientes y algodón de azúcar a mitad de mañana.

— Me está gustando Brighton —confesó a mediodía, cuando consiguió sacarlo de la feria para dar un paseo, aprovechando que el cielo se abrió un momento y se dejaban sentir unos tímidos rayos de sol.

— Es un sitio agradable. Y dicen que tiene muy buen ambiente nocturno.

— Háblame de la moto, ¿dijiste que era de tu padrino?

Harry asintió, con una sonrisa nostálgica.

— A Sirius le gustaban mucho las motos. Había tres en el garaje. Estuvo un año escondido en la vieja casa familiar y se entretenía arreglándolas.

— ¿Las otras dos también son mágicas?

— Una de ellas, pero no la he conducido nunca. La otra es totalmente muggle, es una Harley antigua, una moto para viajes más largos en carretera.

— ¿Y la de hoy? —preguntó curioso.

— La de hoy la uso para trayectos más cortos, es más potente, pero la Harley se conduce más erguido, es más cómoda y disfrutas más del paisaje.

— ¿Y has viajado mucho con ella?

Disfrutó un rato escuchando a Potter hablar de sus viajes por Europa en moto, envidiando un poco la libertad que transmitía.

— Entonces eso es lo que has hecho desde la guerra, viajar.

Potter no contestó, dirigió sus pasos a un pub y le abrió la puerta. Había mucha animación y olía a pescado y cerveza.

— ¿Tienes hueco para almorzar? —le preguntó cuando el camarero le señaló una mesa libre desde la barra, llamando a Harry por su nombre.

— Desde luego —respondió retador, pensando que Potter estaba evitando responderle.

Se sentaron, tras quitarse los abrigos. el camarero les saludó muy amable antes de tomarles nota. Tras quedarse solos, Harry apoyó los codos sobre la mesa, con las manos entrelazadas y le miró directamente a los ojos antes de hablar.

— Después de la guerra me desmoroné. Mucho. Te voy a ahorrar los detalles, pero el caso es que pasé casi un año en Suiza, en un sanatorio mental.

No supo qué decir. Agradeció la llegada del camarero con una pinta y un refresco.

— ¿Te incomoda?

La cara de Potter mostraba preocupación y tristeza al mismo tiempo.

— No, perdona. — Dio un sorbo a su cerveza— Me ha pillado desprevenido. En el ambiente en el que crecí jamás se reconocería algo así, sería considerado una muestra de debilidad. Pero —habló rápidamente al ver que Potter fruncía el ceño e iba a decir algo—, te agradezco la confianza. ¿Quieres contarme más?

Negó con la cabeza mientras bebía de su refresco.

— Después de que me dieran el alta, volví aquí lo justo para poner los asuntos al día y ver a la gente. Entonces descubrí las motos en el garaje y decidí viajar. Necesitaba un tiempo para mí, para tratar de encontrar algo que me motivara a volver a Inglaterra y quedarme.

— ¿ Y lo encontraste?

Harry masticó pensativo una patata frita.

— Creo que sí. ¿Y tú qué has hecho en estos cuatro años?

Dio un sorbo y cortó un trozo de pescado antes de hablar.

— Quería estudiar para pocionista, pero mi padre decidió que no era digno. He estado trabajando con él, aprendiendo a llevar los negocios de la familia.

— No parece que eso te haga muy feliz.

Reflexionó un momento antes de hablar.

— No es lo que soñaba de niño. Pero bueno, conseguí independendizarme y ahora me dedico a tocarle las narices a mi padre siendo muy gay y recordándole que no voy a darle herederos.

— Hay un fondo de justicia ahí, sí —reconoció Harry con una sonrisa.