Monstrum [Nymphadora Tonks Y Tú]

Summary

~T/N: Tonks merece a alguien sano y completo~ ~Arthur: Pero ella te quiere a ti...~ Esta historia tiene inicio en la quinta entrega de la saga "Harry Potter". Todos los personajes son creación de J.K. Lowling, siendo T/N la única de mi autoria. Todos los datos sobre el vampirismo son invención mía y no corresponden al cannon de la franquicia.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo: In Loving Memory Of Arthura

En la penumbra de la noche, bajo el manto de un cielo tachonado de estrellas, yo, Arthura Weasley, me encontraba lejos del cálido abrazo de mi hogar, habiendo desafiado la autoridad materna con una determinación férrea. No había espacio en mi pecho para el remordimiento o la culpa; solo una sensación de libertad incontenible que me embargaba por completo.


La mansión de Mérula lucía como un monumento a la opulencia y el exceso, la cena que compartimos fue un festín para ambas, un despliegue de sabores y aromas que aún danzan en mi memoria, jamás había probado tantos mangares. La mesa, adornada con el más fino mantel y vajilla que mis ojos jamás habían contemplado, era atendida por una legión de elfos domésticos que se movían con una gracia y eficiencia sobrenaturales. Simplemente no podía arrepentirme de escapar a cambio de todo aquello.


Lo más sublime de aquel lugar era la ausencia de figuras paternas, de voces autoritarias que dictaran cada uno de nuestros movimientos. Mérula vivía sola, solo bajo la vigilancia ocasional de una tía que rara vez se hacía presente. Era un mundo sin restricciones, un hogar donde las reglas de los adultos no tenían cabida.


Fue entonces cuando la tentación nos susurró al oído, invitándonos a desafiar lo desconocido. La idea de Mérula de explorar el cementerio cercano, tachado de embrujado por los muggles del lugar, encendió en mí una chispa de emoción pura. El lugar era un tabú, un territorio que hubiera sido absolutamente prohibido por mis padres, y precisamente por eso deseé ir con todo mi ser.


Con el corazón latiendo al ritmo de la adrenalina y la emoción de lo prohibido, acepté la propuesta de Mérula sin vacilar. Después de todo, ¿qué podía saber del miedo o la prudencia una joven de apenas doce años?


Bajo el manto de una noche de luna llena, trepamos el portón antiguo del cementerio, chilló al abrirse justo cuando el reloj marcaba la medianoche. El lugar era un tapiz de sombras y siluetas distorsionadas, donde cada lápida parecía cobrar vida en la penumbra. Mérula estaba visiblemente más aterrada de lo que sus palabras querían confesar. Sus bromas sobre espíritus acechantes y espectros menos amables que los habitantes de Hogwarts se perdían en el aire frío, mientras un escalofrío la recorría cada vez que el silencio era roto por el crujir de las ramas o el susurro del viento.


Nos entregamos a carcajadas que resonaron entre los mausoleos, un eco de humanidad en medio de la quietud sepulcral. Durante una hora, el cementerio fue nuestro escenario, y nosotras, las protagonistas de una comedia improvisada. Pero la atmósfera de diversión estaba a punto de ser consumida por la oscuridad circundante, y lo que comenzó como un juego pronto se transformaría en una noche que desafiaría la frontera entre la vida y el más allá.


Mérula observó con asombro la imponente lápida que se erguía ante nosotras, cubierta de un musgo espeso y antiguo que hablaba de décadas de olvido.


Mérula: ¿Has visto el tamaño de esa cosa? —exclamó, su voz resonando en el silencio del cementerio mientras corría hacia la piedra— No hay forma de que esto sea obra de los muggles.


Yo me acerqué, sosteniendo una antorcha cuya luz danzaba sobre las sombras, revelando los contornos de aquel monumento a los muertos.


Arthura: Te sorprendería saber de lo que son capaces —repliqué con una sonrisa— Mi padre me contó que construyeron pirámides colosales, con bloques de piedra que pesan más que montañas, hace eones.


Mérula frunció el ceño, escéptica, mientras pasaba sus dedos sobre las inscripciones apenas visibles en la lápida.


Mérula: No lo creo... tiene que haber magia detrás de esto, estoy segura —murmuró, su aliento formando nubes en el aire frío— Y esta tumba no es tan antigua como parece... mira, aquí dice que es del 49.


Mis ojos se ensancharon al descifrar el nombre grabado en la piedra.


Arthura: “Amdis Sanguini”. ¿No es ese el vampiro del que hablaba aquel libro de leyendas oscuras? —pregunté, un escalofrío recorrió mi espina dorsal al recordar las historias que habíamos leído antes de aventurarnos en aquel lugar… Hoy sé que eso era mi instinto de supervivencia, que ignoré—


Mérula: creo que sí —respondió, aunque la duda teñía su voz— Los muggles piensan que es un espectro que ronda su propia tumba, pero en realidad es un vampiro. Lo sepultaron aquí bajo la creencia de que había expirado, cuando en verdad estaba en plena metamorfosis. —explicó y se apoyó en la lápida, que se alzaba majestuosa y ominosa, incluso más alta que ella—


T/N: Si yo fuera un vampiro, definitivamente no querría regresar al sitio de mi entierro —comenté entre risas, intentando aliviar la tensión que se tejía en el aire como una telaraña—


Mérula: Debe ser solo un mito —sentenció rodando los ojos— Después de todo, ¿qué razón tendría un vampiro para volver a un cementerio?


Su pregunta quedó suspendida en la niebla.


No más de dos segundos después, la quietud de la noche se rompió. Un cuerpo frío y veloz como la misma brisa nocturna me embistió con una fuerza sobrenatural. Caí al suelo, y mi antorcha se escapó de mis manos, rodando lejos de mi alcance. La tenue luz que aún bailaba sobre la lápida reveló una escena aterradora: aquel ser despreciable set había acorralado a Mérula contra la fría piedra del mausoleo. Ella gritaba aterrada según la bestia se acercaba a su cuello.


En un destello de inspiración, pensé en emular las historias de muggles que tanto nos habían entretenido, utilizando la antorcha como una estaca improvisada dirigida al corazón del monstruo. Sin embargo, la realidad era otra; carecía de la fuerza necesaria y el conocimiento anatómico preciso para asestar un golpe mortal. Así que simplemente tomé la antorcha y la arrojé con todas mis fuerzas contra la espalda del vampiro.


La túnica del vampiro apenas se quemó, las llamas consumieron centímetros de la tela alrededor de la quemadura. Emitió un aullido tortuoso, lleno de dolor y sorpresa. Liberó a Mérula en medio de su tormento, y ella no perdió tiempo, escapó a gatas por el sendero musgoso que serpenteaba entre las tumbas. Cuando el vampiro se giró para enfrentarme, sus colmillos brillaron a la luz de la luna y sus ojos, negros como si no tuviera ojos, me miraron fijamente. El terror que sentí fue tan profundo que mis piernas buscaron instintivamente la seguridad de las sombras. Pero antes de que pudiera moverme, su mordida fría y letal encontró mi yugular.


La sensación de sus dientes, afilados como cuchillas, perforando la piel y hundiéndose en la carne de mi cuello fue insoportable. Cada milímetro que avanzaban, cada fibra que cortaban hasta alcanzar la vena, cada gota de sangre que se derramaba de mi cuerpo, todo se convirtió en una agonía ardiente. El dolor era infernal, sentía que quemaba desde dentro hacia fuera. Y cuando Sanguini finalmente retiró sus colmillos, yo ya no sentía nada más. Con una velocidad vampírica, el desgraciado desapareció en la noche. Y en ese momento fallecí.
















Desperté con una sensación punzante en mi rostro, como si mil agujas se clavaran en mi piel. La oscuridad me envolvía, y aunque mis ojos no podían ver nada aún, cada uno de mis sentidos estaba alarmantemente agudo. El zumbido de las moscas danzando sobre una manzana descompuesta en el rincón del sótano era ensordecedor; el fluir de mi sangre a través de mis venas, un río estruendoso; y el aire, antes imperceptible, ahora golpeaba mi rostro con la fuerza de una tormenta. Pero nada era tan aterrador como la calidez de la sangre de Mérula, que, aunque se encontraba en la escalera, lejos de mí, quemaba mi piel con su proximidad. Un miedo visceral se apoderó de mí, un temor a lo desconocido que se arrastraba por mi ser.


El chirrido de la puerta al abrirse resonó en mi cabeza como un trueno.


Mérula: ¡Despertaste! —exclamó aliviada, ajena a la intensidad con la que la escuchaba—


Cuando sus brazos me rodearon, me paralicé. Su abrazo, aunque cargado de buenas intenciones, fue el más extraño y desconcertante que jamás había experimentado. La presión de sus brazos era una mezcla de consuelo y confinamiento, y cada fibra muscular que se tensaba en su gesto era una sensación nueva y perturbadora.


Arthura: ¿Qué pasó? —mi voz sonó distante, como si emergiera de un sueño profundo—


Mérula: Te atacó un vampiro —respondió con una urgencia que la llevó a correr hacia el umbral de la puerta— ¡Tía, Arthura ya despertó!


Arthura: ¿T-tu tía está aquí? —balbuceé, aún sumida en la confusión y aturdida por su grito—


Mérula: Le mandé una carta urgente después de traerte a casa —explicó, mientras evitaba que me levante de la cama— mantente acostada, ese monstruo te drenó demasiada sangre.


Los pasos de la tía de Mérula descendiendo por la escalera retumbaban en mi cráneo como tambores de guerra. Mi mirada se desvió hacia la ventana, abierta de par en par, permitiendo que el sol invadiera la habitación con su luz cegadora. Mérula, percibiendo mi malestar, se apresuró a cerrar las cortinas, sumiendo la habitación en una sombra reconfortante para mí.


Tía: Al fin despiertas, jovencita —su voz aguda cortó el silencio— Justo a tiempo para el almuerzo. Ya he contactado a alguien del ministerio que sin duda nos ayudará a dar caza a ese vampiro. Pronto te llevarán a tu hogar.


Arthura: No… no le digan a mis padres lo que pasó —suplicaba con una voz que apenas era un susurro— Si se enteran, me castigarán.


Tía: Es lo menos que pueden hacer. ¿Quién en su sano juicio se escapa para visitar un cementerio? Fue una imprudencia imperdonable —reprochó con severidad, cruzando sus brazos— Ahora, vamos a comer. Debes estar anémica; necesitas nutrirte.


Mérula y su tía me escoltaron a la mesa, prácticamente arrastrándome, mi debilidad era tal que apenas podía sostenerme a mí misma. Frente a mí, colocaron un plato de salmón acompañado de una ensalada adornada con huevo, un manjar que, según la tía, combatiría mi supuesta anemia. Si tan solo hubiera sabido que mi condición era ajena a cualquier deficiencia de hierro.


Los rayos del sol, filtrándose a través de las cortinas, bañaban la mesa con su resplandor mientras yo masticaba sin ganas. El salmón, que debería haber sido un deleite, carecía de sabor en mi paladar.


Mérula: ¿Estás bien, Arthura? —preguntó, su mirada llena de inquietud—


Arthura: Yo… no siento sabor alguno —confesé, después de un intento fallido por disfrutar de la comida—


Tía: Tal vez solo necesite un poco de sal —sugirió despreocupadamente, sirviéndose un poco de vino—


Asentí con debilidad y extendí mi mano hacia el salero, situado en el centro de la mesa. Pero en el instante en que mi piel rozó la luz del sol, una quemadura fulminante me hizo gritar de dolor.


Mérula: ¡Arthura! —exclamó, alarmada por mi grito— ¿Qué te…?


Lo que siguió fue la visión de mis dedos, ennegrecidos por la quemadura solar. Y como si el ardor en mi piel no fuera suficiente castigo, una agonía me retorcía el estómago. No había alcanzado a dar la vuelta en el pasillo cuando expulsé sobre la alfombra blanca un líquido grisáceo y espeso. Lo que creí que había sido una carrera de minutos, resultó ser un desplazamiento de apenas segundos. En segundos había cruzado todo el comedor y el pasillo.


Vomité una sustancia viscosa y mi mano sana comenzó a deformarse. Mis uñas se transformaron en afiladas estacas grises, clavándose en la pared a la que me aferraba desesperadamente.


Mérula: ¡Arthura!


Tía: No te acerques, Mérula —advirtió, sujetándola con fuerza—


Arthura: ¿Q-qué me está pasando? —sollocé, sintiendo cómo perdía el control sobre mi propio cuerpo—


En el momento en que busqué sus rostros, buscando un compasión o auxilio, lo único que encontré fue la visión distorsionada de dos figuras irreconocibles. Se habían transformado en vastas manchas escarlatas, cuya apariencia era extrañamente atractiva y provocativa. Un hambre voraz se apoderó de mí, una necesidad primal que oscureció cualquier otro pensamiento.


Mérula cuenta que en ese momento las escleróticas de mis ojos perdieron su blancura para teñirse de un gris ceniza, y fue entonces cuando, me abalancé sobre su tía, hundiendo mis dientes en la suavidad de su brazo con una desesperación salvaje. Pero yo no tengo memoria de aquel acto, mi mente se había sumido en un vacío salvaje, lo único que sentía era un alivio profundo y una saciedad efímera resonó en mi ser. Solo por unos segundos, antes de que manos firmes me arrancaran de mi festín y me lanzaran con violencia contra la pared, donde la oscuridad me reclamó una vez más en su frío abrazo, dejándome sumida en la inconsciencia.


En aquel nuevo despertar, la realidad se impuso con una claridad deslumbrante, tan intensa que era casi dolorosa. La comprensión de mi transformación nocturna se asentó en mi mente: me había convertido en vampira.


El velo de inconsciencia se levantó, había frente a mí un futuro que no deseaba explorar, una existencia que rechazaba con cada fibra de mi ser.


Afortunadamente, al despertar me encontró encerrada en una habitación, bajo la vigilancia de Remus Lupin. Su figura se encontraba contra la pared opuesta, una silueta paciente en la penumbra, esperando a que yo abriera los ojos. Al hacerlo, la vista del sótano de la mansión se grabó en mi retina, un lugar conocido y sin embargo, ahora extraño.


Remus: Por fin abres los ojos, niña —su voz era un bálsamo de calma— ¿cuál es tu nombre?


Arthura: ¿Qué importancia tiene eso ahora? —mi voz era un gruñido, mientras me erguía con dificultad— Díganme, ¿tiene una estaca? Seguro que sí... Es lo que todos hacen para acabar con monstruos como yo.


Remus: Esa no es nuestra manera de proceder —respondió con los brazos cruzados, y desaprobación en su mirada— Mi compañero está asistiendo a tus amigas, y yo estoy aquí para ayudarte a ti.


Arthura: Si quieres ayudarme, clava una estaca en mi corazón —exigí, con una mirada feroz— Ya sé lo que pasó... ese vampiro me infectó, ¿verdad?


Remus: Así es... —sus ojos reflejaban una tristeza profunda— Lamento mucho lo que te ha pasado.


Arthura: No lo lamentes... solo hazlo. Clava una estaca y acaba con esto —insistí, paseando inquieta por la habitación—


Remus: No es lo que realmente deseas... Créeme, entiendo por lo que estás pasando, yo también viví algo similar —dijo, captando mi atención momentáneamente—


Arthura: ¿Acaso eres un vampiro? —pregunté, sorprendida y escéptica—


Remus: No, soy un licántropo —explicó, y ante mi risa incrédula, continuó—. Puede que no parezca similar, pero compartimos la maldición de vivir con un ser que no pedimos ser.


Arthura: Eso no tiene nada que ver conmigo —repliqué, perdiendo la paciencia y la esperanza—


Remus se acercó con pasos mesurados, su presencia era un faro en la oscuridad que me envolvía.


Remus: Escúchame —su voz era firme, pero en ella resonaba una empatía genuina— La vida que ahora enfrentas puede parecer una maldición, pero también puede ser una bendición. Tienes una fuerza y una virtud para hacer el bien, para cambiar el curso de tu destino y el de otros.


Arthura: ¿Cómo puedes hablar de bendiciones cuando mi existencia es ahora una abominación? —mis palabras eran un susurro tembloroso—


Remus: Porque he visto la oscuridad y también la luz. He luchado contra la bestia dentro de mí y he aprendido a coexistir con ella. No es un camino fácil, pero es posible. Y no estás sola en esto.


Las palabras de Remus sembraron una semilla de duda en mi corazón. Esa niña de doce años que yo era le empezó a creer, pero la madurez, que años más tarde llegaría, lo iba a desmentir.


Arthura: ¿Y si no puedo...? —mi pregunta colgaba en el aire cargada de miedo—


Remus: Entonces lucharé a tu lado hasta que puedas. Te enseñaré a encontrar el equilibrio, a ser más que la criatura de la noche que temes convertirte —prometió, y esa promesa lo perseguiría toda la vida— Juntos, podemos forjar un nuevo camino.


Por primera vez desde mi despertar, la desesperación dio paso a una chispa de ilusión. Quizás, solo quizás, había algo más allá de la oscuridad, un propósito que aún podía descubrir. Con Remus a mi lado, tal vez había una oportunidad de vivir realmente, no solo existir.


Arthura: Está bien... —dije finalmente, con una determinación renovada— Enséñame.


Los años pasaron con prisa desde aquel fatídico crepúsculo. Aquella noche, bajo un cielo estrellado y un silencio sepulcral, la vida de Arthura Weasley se desvaneció. Los meses que siguieron fueron un torbellino de emociones, me sentía una muerte viviente, hasta que me bauticé a mi misma adoptando el apellido Mérula. En aquel entonces, creía firmemente que el darme su apellido era un gesto de hermandad sincera, pero con el tiempo, la semilla de la duda germinó, sugiriendo que tal vez todo se debía a un profundo sentimiento de culpa que Mérula no quería admitir.


Remus nunca se alejó de mí. Guardó mi secreto más oscuro y se convirtió en el guardián de Mérula y de mí cuando la tía, consumida por el miedo, decidió que nunca regresaría. No le guardábamos rencor; comprendíamos la magnitud de su terror hacia mí, era incapaz de ver más allá del vampiro que habitaba en mi ser.


Once años han transcurrido desde aquella noche del 10 de Agosto de 1984. Esa noche murió Arthura Weasley y, en su lugar, nació Delia Snyde, un monstruo.