Claws and Bets | Woosan

Summary

“En cada golpe prohibido, se teje un hilo de deseo y sacrificio.” ✿ Historia corta ✿ Inspiración: concepto de Outlaw / Bouncy Esta historia la escribí en 2023

Status
Complete
Chapters
14
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Esto es lo que somos

En una noche cargada de tensión y emociones contenidas, dos chicos se encontraban en la intimidad de su furgoneta, el santuario que habían construido para sí mismos. La oscuridad del interior contrastaba con los destellos tenues de la ciudad de Seúl que se filtraban a través de las ventanas. Los rostros de ambos estaban marcados por el estrés y las dificultades que habían enfrentado, pero también por un deseo inquebrantable que sentían el uno por el otro.

El mayor, de una apariencia propia a la de una escultura esculpida en mármol, hacía pequeños rulos en su dedo con el largo y castaño oscuro pelo del otro, quien tenía un fajo de billetes entre sus manos, contando cada uno de ellos con determinación. Pronto dejó de jugar con la cabellera de su acompañante y, con su mandíbula tensa y sus músculos rígidos, tomó con firmeza su rostro entre sus manos. Su mirada conectó con la de él, antes de atrapar sus labios en un beso que reflejaba su propia naturaleza feroz y luchadora. Sus bocas se presionaron con intensidad, convirtiendo aquel choque de pieles en un choque de emociones y deseo acumulado.

El menor, inicialmente sorprendido por la fuerza del beso, respondió con igual intensidad. El dinero que tanto estuvo manoseando ahora quedó repartido por el suelo sin importarle lo más mínimo, y sus manos pasaron a otro entretenimiento. Estas se enredaron en los mechones finos y oscuros del contrario, tirando de ellos con suavidad, pero con una pasión que pronto empezó a emerger. Al mismo tiempo que profundizaban el beso en un torbellino de emociones contrastantes, la furgoneta parecía vibrar con la electricidad de su conexión.

El contacto entre ellos era algo rudo, pero también estaba lleno de un amor ardiente y desesperado. Habían pasado demasiadas noches sin tocarse de esa forma que ellos sabían. Era como si estuvieran tratando de afirmar su conexión en medio de un mundo que parecía querer separarlos. Cada roce de labios era una promesa, una declaración de que juntos enfrentarían cualquier adversidad que se interpusiera en su camino. El mayor deslizó las manos por el cuello y los hombros del contrario, y las colocó tras su espalda en un intento por juntar más sus cuerpos. Sus lenguas se enredaban y se volvían a desenredar; era una agonía para estas, pero un disfrute para ellos.

Finalmente, se separaron. Sus alientos entrecortados y sus ojos conectados en una mirada intensa. Aquel espacio en el que se encontraban estaba cargado con la energía de su ansia compartida; y mientras el exterior seguía siendo implacable, dentro habían creado un refugio donde su amor y determinación se entrelazaban de manera inalterable. Ambos se miraron y notaron que el deseo en sus ojos aún estaba ahí. El silencio llenó el espacio entre ellos, un espacio de emociones que aún no podían poner en palabras. Sin embargo, el menor decidió romperlo con una voz suave pero que determinaba urgencia, pues en su cabeza no paraba de rondar aquello que le quitaba el sueño.

—San... —sus manos se colocaron en la nuca de este— necesito hablar contigo. Hay algo que te quiero decir, algo que... que deberías de saber porque si no creo que acabaré volviéndome loco.

Este asintió con seriedad, comprendiendo la gravedad de la situación por el tono empleado en sus palabras.

—Ya sabes que puedes confiar en mí, sin importar qué sea —acarició su mejilla con el pulgar. El menor tomó sus brazos por las muñecas y las retiró despacio de su rostro, dejando de sentir el calor que emanaban.

—Hace poco tiempo me... —exhaló profundamente antes de continuar hablando— me vi envuelto en problemas financieros —se masajeó la sien y empezó a explicarse mejor—. Aposté una gran suma de dinero en una pelea, pensando que ganaríamos, cosa que no pasó. Ahora la deuda resultante ha ido creciendo y he estado tratando de encontrar una manera de salir de esto, pero los putos acreedores me han estado presionando bastante últimamente porque en dos días se me acaba el plazo. No tengo ni la mitad de lo que piden, San.

El mayor tras escuchar frunció el ceño. Una mezcla de preocupación y desconcierto se vio reflejada en su rostro.

—Wooyoung —pronunció su nombre en seco. El menor tragó saliva. Mentiría si dijese que no le preocupaba lo que le fuera a decir, porque a pesar de que el mayor solía ser bastante comprensivo, esta vez era algo mucho más serio y entendería perfectamente que se enfadase con él—. Esa pelea de la que hablas no será la misma en la que te dije que ni se te ocurriese apostar más, ¿no?

El chico no pronunció palabra, y solo con aquello San se dio por contestado.

—Joder, Wooyoung —se tapó la cara con ambas manos y se quedó unos segundos así, ingiriendo la reciente noticia. Volvió a clavar sus ojos en él—. ¿Cuánto debemos?

—8.040.670 wones —pronunció de manera que fuese apenas audible.

—La madre que te parió... —se pellizcó el puente de la nariz. San hizo cálculos en su mente a la velocidad de la luz. Era una gran suma de dinero que ellos no podían reunir fácilmente—. Dos cosas. La primera, si te dije que no apostaras más fue por algo; sabía que iba a perder esa última ronda, te dije que me había jodido el hombro porque aquel hijo de puta casi me lo parte.

—Lo sé, lo sé... pero...

—Chss, déjame acabar.

Wooyoung se calló dejándole hablar.

—Lo segundo, ¿por qué coño no me lo habías dicho antes? Se supone que, aunque alguno hagamos una estupidez, estamos juntos en esto. Necesito que confíes en mí para estas cosas.

—Porque sabía que te ibas a enfadar y creía que en un par de días iba a estar resuelto —justificó.

—Claro que me iba a enfadar, no hiciste puto caso a lo que te dije e hiciste lo que te dio la gana. Pero, aun así, lo mínimo era decirme —procedió a imitar su voz—. "Oye, amor. ¿Sabes cuando me dijiste que estabas hecho mierda y que no ibas a poder acabar bien la pelea, así que no apostase por ti? Pues al final lo hice y resulta que ahora tenemos que devolver un pastizal. Pero no te rayes, eh, que ya lo soluciono yo, conseguiré todo el dinero ya que sale del aire".

—Joder, San, si al final aposté por ti fue porque...

—Encima —le volvió a cortar—, qué es eso de que en un par de días iba a estar resuelto. ¿Cómo ibas a conseguir tanto dinero en tan poco tiempo? No es que precisamente a nosotros nos sobre la pasta.

—Mi idea era intentar convencerles de que redujesen la deuda o que al menos nos la repartiesen en más plazos. Pero se negaron a todo.

—Esa gente no se anda con tonterías, Wooyoung. Solo les importa tener todo su dinero a tiempo o despídete.

El silencio volvió a invadir el espacio de la furgoneta. San agachó la cabeza, miraba sus manos mientras intenta pensar en algo. Cómo iban a conseguir reunir los 8.000.000 wones en dos días, era imposible. Por otro lado, Wooyoung miraba al mayor esperando a que dijese algo más. Sabía que la había jodido y mucho, porque como dice, apenas tienen dinero y es mejor tener una escasa relación con los acreedores porque suelen putear bastante. Ahora mismo tenían en sus manos 700.000 wones, y esa misma noche no fue muy buena y solo ganaron 100.000, con eso no les da para nada.

—Y ahora qué hacemos —decidió arriesgarse a preguntar.

—No tengo ni idea. Tendremos que probar de nuevo a convencerles de que nos den más tiempo. Es eso o robar un banco.

—Vale, iré yo.

—No, iremos los dos —decretó.

—Que más da, siempre soy yo el que se reúne con los acreedores.

—Me da igual. Esta vez iré contigo, no quiero que estés solo con ellos. No me fio.

Este se encogió de hombros y se dijo a sí mismo que era mejor aceptar la proposición de San en ese momento, ya que se notaba que aún estaba cabreado por la situación y no lo quería poner más. Aun así, no quería que el mayor se viese muy envuelto en este problema, sabía que le iba a ayudar, pero quería hacer todo lo posible para alejarlo de sus temas financieros. Cuanto menos supiese esta gente de él, mejor. Por ello iba a desobedecerlo, se reuniría un día antes con ellos sin decirle nada. Era consciente de que lo mataría si se entera.

—Estoy cansado —habló de nuevo el mayor—. Me voy a dormir.

Wooyoung vio como se echó en la camilla plegable en la que estaban, dándole la espalda. San colocó su cabeza en la pequeña almohada, metió sus manos debajo de esta y cerró los ojos en un intento de que el sueño le viniese de golpe, y así su mente descansase. El menor, quien permanecía sentado en un borde siguió observándolo. Normalmente le invitaba a hacer lo mismo, y esta vez no. No le gustaba cuando el ambiente entre ellos era así, distante y tenso. Era la persona que más quería en este mundo y le dolía demasiado cuando parecía haber indiferencia por su parte.

—San.

—Hmm —susurró, sin abrir los ojos, a modo de respuesta.

—Te quiero. Lo sabes ¿no? —confesó. Era lo que necesitaba decir y esperaba que el mayor reaccionase ante sus palabras. San se giró un poco y le miró.

—Lo sé —se incorporó sentándose de nuevo— ¿Me dices eso porque crees que yo no te quiero?

—No, te lo digo porque no quiero que se te olvide —suspiró.

San cogió su brazo y tiró de él haciendo que este cayese bocarriba sobre la camilla. Mirándole desde arriba arrimó los labios a su frente depositando un cálido beso en ella. Wooyoung se sorprendió porque no solían comportarse así, pero no pudo evitar sonreír. El mayor prosiguió con su cometido mientras el contrario daba pequeñas caricias en su espalda. Fue dejando esos cálidos roces por las partes de su rostro como las mejillas y la nariz, finalizando en una cadena descendente por su cuello hasta las clavículas.

—Yo tampoco quiero que se te olvide —susurró en el hueco de su cuello.

La furgoneta, testigo de sus palabras sinceras, parecía suspirar aliviada mientras la oscuridad de la noche les rodeaba. San dejó su cabeza reposar en el pecho de Wooyoung, le rodeó con sus brazos y con una respiración lenta fue cayendo en un profundo sueño. Su cuerpo magullado y su mente inquieta lo pedían a gritos. Mientras tanto, el menor no podía conciliarlo tan fácilmente. Tenía la mirada fija en aquel techo en el que convivían, mientras que sus dedos se dedicaban a acariciar los cabellos color carbón de San, como si fuesen susurros de la brisa de aquella noche.