𝐶𝑎𝑝𝑖𝑡𝑢𝑙𝑜 𝑢𝑛𝑖𝑐𝑜
❤️🩹.Narrador omnisciente
Era un dia tranquilo en la comisaría de Los Santos. La primavera ya se hacía notar, provocando el florecimiento de flores y pequeñas alergias a la gente junto al sol siendo más cálido de lo habitual, comparandose del invierno. Freddy Trucazo, el comisario y mano derecha de Jack Conway, se encontraba observando los narcisos amarillos que crecían en el pequeño cantero fuera de la comisaría, el color en los pétalos le recordaban a su omega. No tenían una relación oficial, no habían dicho ser novios ni había existido aún la pregunta del "¿Qué somos?", pero sabían que no eran sólo amigos y mucho menos sexo casual, eran algo más que aún no necesitaban especificar.
El zumbar de las abejitas posandose en los narcisos hizo sonreir al pelinegro, recordando a su "avispa culona", como se hacía llamar el rubio en redes sociales. Las abejitas, tan gorditas y peluditas que eran tan diferentes a su omega, también de alguna forma le recordaban a él. Quizás era porque eran insectos que eran inofensivos hasta que los molestaban y terminaban picando, sólo para terminar dañandose a sí mismos cuando atacaban, tal y como su rubio cuando tenía su switch con su otra identidad, la cual era la que se encargaba de picar, dejando destrozado al omega que no deseaba enterrar su aguijón. Conocía las heridas antiguas de su pequeño amor, pero no temia a que aquella abejita se posara en su mano a descansar, porque nunca la aplastaria ni espantaria con temor al verla revolotear cercana a él, sabía que no enteraría su aguijón en su piel.
Una gorda abejita volando a su alrededor captó su atención, riéndose guturalmente al ver lo idiota que se sentía al comprar a su bonito omega con un insecto, quizás realmente él y su alfa estaban muy enamorados para llegar a tales conclusiones como si fueran poetas.
Observó un instante su reloj en la muñeca derecha, viendo que ya debería haber llegado su omega para entrar en servicio, pero aún no había rastro alguno del blondo. Terminó el cigarro que estaba fumando en la entrada principal del edificio e ingresó al interior, comenzando de forma calmada a buscar a su omega, quizás se había quedado dormido en algún lugar que no debía, o quizás se había quedado charlando con alguien por los pasillos. Pero no encontró ningún rastro. Buscó en la sala de archivos, los calabozos, el ascensor en mantenimiento, el despacho de Conway, Holliday, Gordon e incluso el propio, pero no había rastro alguno.
Una inquietud se creó en su pecho al no verlo, pensando en el peor de los escenarios, pero el sonido de una notificación en su móvil lo despejó y sacó el dispositivo de su bolsillo, viendo que era un mensaje de su omega.
—"No me siento bien, voy a estar en casa algunos días. No te preocupes, Noah va a cuidarme. No dejes de trabajar que sino Conway nos regaña"
Un suspiro aliviado escapó de sus labios, contestando rápidamente el mensaje.
—"Iré a verte cuando termine mi turno"
—"No."
Freddy frunció su ceño, confundido por la respuesta, pero antes de poder contestar o protestar, había recibido un nuevo mensaje.
—"Necesito descansar solo, prometo que sólo dos días."
Su corazón vibró de confusión, pero intento mantener la calma, ya que no era la primera vez que el rubio necesitaba descansar de la gente después de estar en una aglomeración de personas, así que decidió no insistir en verlo.
—"Esta bien. Te amo...
Borró la última palabra antes de presionar enviar. Cambiándola.
—"Esta bien. Cuídate Tabito. Te quiero"
Dio a enviar, viendo que el rubio tardaba en contestar, pero luego de algunos minutos lo hacía.
—"También cuídate, te quiero<3"
Una sonrisa involuntaria salió de sus labios, guardando el móvil en su bolsillo nuevamente. Su abejita necesitaba dos días de calma en su colmena familiar, y no iba a molestarse por sólo dos días, la bateria social ajena era muy poca.
Aunque esos dos días pasaron lentos, tortuosos para el alfa que ansiaba ver a su omega y su instinto parecía inquieto por algún motivo. Las abejitas seguían revoloteando y posandose sobre las dulces flores rebosantes de polen, y él seguía observándolas antes de entrar en servicio mientras fumaba un cigarro.
Al terminar el cigarro diario, tiró la colilla al suelo y la pisó, entrando a comisaría mientras pensaba si ese día vería al rubio. Pensó en ponerse guapo para su chico e imagino varios escenarios mientras bajaba las escaleras al vestuario, sobre cómo el rubio le diria que se veia genial o le anularia todo pequeño detalle de su outfit.
Pero sus pensamientos se borraron al ver que sus dos casilleros se encontraban forzados y sin los candados. Tenía el privilegio que al ser comisario podía tener dos taquillas para guardar toda su ropa, pero nunca pensó ni sucedió que las abrieran. Abrió la puerta completamente, viendo como estaba casi vacío el interior, no estaban ninguna de las prendas. Entendía que robaran ropa de marcas lujosas como las camisas o pantalones, pero su confusión mayor era que faltaban también cosas que no tenían prácticamente ningún valor de venta al no ser marcas de lujo o estar rotas, todos sus pares se guantes, pulseras, anillos, e incluso su colonia faltaban. Su casillero estaba vacío y sólo habían quedado algunas perchas solitarias en la pequeña barra.
Con rapidez consultó por radio la ubicación de Conway, al obtenerla fue rápidamente a buscar al mayor y consultarle si sabía que había sucedido. El superintendente parecía pasar una transformación de calma -antes de que llegara- a la ira -cuando le relataba lo sucedido- y finalmente resignación -al terminar, por su propia salud cardíaca-.
El mayor revisó las grabaciones de seguridad, el azabache menor se colocó a su lado para observar la pantalla, viendo que la cámara que apuntaba la puerta del vestuario dejaba ver en velocidad rápida a los agentes entrando y saliendo, incluso algunos perros de la unidad K-9 siguiendo a sus compañeros. Pero lo único fuera de lugar, fue ver a alguien que estaba con licencia por salud ingresando a las 3:45 de la madrugada y saliendo a las 4:37 con una enorme bolsa negra casi tan grande como él. Aquella melena rubia era inconfundible, era Gustabo.
Freddy suspiró con gracia de ver a su omega arrastrando la bolsa al no poder cargarla cómodamente, mientras Jack tenía un pequeño tick en el ojo derecho, ya que si bien Gustabo era su hijo biológico, el que se hacía cargo de su enseñanza durante muchos años y al que el rubio llamaba "padre" era a Noah.
El azabache menor se quedó pensando unos instantes mientras Jack insultaba y cuestionaba la enseñanza de Holliday a Gustabo en voz alta. Su omega no era de robar ropa, quizás móviles y cosas similares si, pero en su rostro no veía aquella sonrisa maliciosa y esos ojos brillantes como los de un niño como cuando hacía alguna maldad o empezaba a crear un caos que terminaba siendo un desastre para la gente. Así que decidió pedirle al mayor salir de servicio temporalmente, sobre todo para no recibir un regaño por salir sin avisar. El mayor, aún furioso, acepto a regañadientes mientras prendía un cigarrillo y se dejaba caer sobre su sillón al mismo tiempo que se sobaba la cien izquierda.
Salió del despacho directo hasta la recepción, donde salió de servicio y fue al parking a por su respectivo auto personal y en el GPS marcó la dirección de la casa del rubio. Se le hizo extraño, pero no era la primera vez que iba allí. Durante el camino, en su cabeza pensaba alguna forma de preguntar el porqué había robado su ropa, queriendo sonar de la manera más amable posible.
Al llegar tocó el timbre y espero, pasaron varios minutos y no recibió respuesta alguna, así que volvió a tocar, teniendo el mismo resultado que antes. Pensó en tocar la puerta, pero al primer golpecito de sus nudillos esta se movió, ya que había estado entornada desde el comienzo, muy entornada, pero abierta al final de cuentas. Ingresó dentro de la casa y cerró la puerta, asegurandola al cerrarla con la llave que estaba sobre una mesita recibidora a un lado de la entrada.
Se adentró en el hogar en completo silencio, intentando escuchar algo que le dijera donde estaba su omega. El sonido de la televisión le avisó que seguramente estaría en la sala de estar, así que se dirigió allí mientras observaba atentamente todo alrededor.
Su par de ojos negros se abrieron de más y su boca se entreabrio por la sorpresa de la escena que estaba viendo; el omega estaba en el sofá más grande de cinco lugares, pero sólo lograba ver la melena rubia asomándose de un enorme círculo de ropa de ropa, su respectiva ropa para ser exactos.
Se acercó para ver mejor, siendo cuidadoso con sus pasos para no hacer sonido, y su corazón dio un brinco de emoción mientras su instinto se sentía complacido por ver como el omega había hecho un nido con su ropa y que parecía sumamente cómodo allí. Aunque su parte más racional no entendía muy bien el porqué había hecho un nido y el porqué no le había pedido la ropa, ya que le permitiría tener su ropa si la necesitaba.
Vio que el rubio estaba dormido profundamente, cubierto por su chaqueta policial negra y acurrucado en esta en forma fetal. A un lado del cuerpo del menor, pudo ver un gran pote de helado de limón y fresas un poco derretido, intentó no reírse de ternura al ver los sabores del aroma de las feromonas de ambos. Con suavidad se sentó en uno de los lados donde el muro de ropa no era grueso y podía estar cerca del menor sin romper la circunferencia, sabía que seguramente el rubio se había esforzado mucho en hacerlo. Acarició con dulzura las hebras rubias y espero un buen rato, entreteniendose mimandolo y de a ratos viendo el documental de un asesino con el cual el pequeño se había dormido.
Finalmente, el rubio despertó, confundiendose al notar al pelinegro y con rapidez alejándose de la mano que había estado acariciando su cabeza todo ese rato.
—¿Qué haces aquí?—El rubio se mantuvo en su nido, pero lo observaba desde el otro extremo, casi como si hubiera visto un fantasma.—
—Estaba preocupado por tus ausencias Tabito. Y no es muy normal que roben toda mi ropa ¿me entiendes?—Dijo con algo de gracia, observando al omega.—
El menor parecía ansioso, mordiéndose el labio inferior repetidas veces mientras su mirada se dirigía a varios lugares, menos al contrario. Entonces, el aroma a fresas llegó al alfa, pero se sentían las amargas notas de inquietud, y él y su lobo notaron rápidamente ese sentimiento plasmado en las feromonas.
Con suavidad se levantó del sofá y se acercó hasta el otro extremo del nido, acariciando las suaves hebras nuevamente y captando de esa forma la atención del menor. El omega elevó su rostro, observando al pelinegro; los ojos oceánicos parecían preocupados y perturbados. El alfa dejó salir suavemente sus feromonas de aroma a limón, intentando tranquilizar al contrario, lo cual parecía hacer efecto debido a que Gustabo bajó su mirada y se dejó acariciar mientras cerraba los ojos y reposaba en la mano que lo acariciaba, cuando obtuvo suficiente de ese tacto para tranquilizarse un poco, dio algunas suaves palmaditas a su lado, ofreciéndole entrar a su preciado nido. El azabache no dudó en quitarse los zapatos y con cuidado entrar por la parte con el borde más delgado, gateando hasta quedar sentado junto al rubio que lo observaba y una vez que estuvo cercano a él, volvió a desviar su mirada, esta vez, fijándose en el helado derretido.
La boca del rubio se abrió y cerró repetidas veces, pero parecía que su voz no salía, dejando las palabras atoradas en su garganta. Lo intentó varias veces, pero sólo salían balbuceos cortos que no se entendían. Finalmente salió su voz, suave y baja, pero audible para el pelinegro.
—Estoy embarazado.
El azabache, por segunda vez, abrió de más los ojos.—¿En serio?
El rubio asintió repetidas veces. El azabache sintió una enorme emoción inundar su cuerpo, pero la felicidad se volvió preocupación cuando vio que el omega comenzaba a llorar. Rápidamente se acercó más y lo rodeo con los brazos, abrazándolo de forma cálida y cariñosa. Sintió como su acción sólo provocó que el omega comenzará a sollozar mientras correspondía el abrazo y se aferraba firmemente a él. Besó con suavidad y cariño el cabello ajeno, pero el llanto no se detuvo por un muy buen rato.
Para Freddy, por una parte se encontraba muy preocupado por el llanto de Gustabo ya que no era habitual verlo así, pero por otra parte, no podía evitar sentirse feliz. Sabía que el rubio tenía enormes problemas de confianza, nunca lloraba frente a nadie ni se mostraba en ese estado sumamente vulnerable, ni siquiera Noah lo había visto llorar alguna vez desde que lo habia adoptado, pero en ese momento ahí estaba, llorando abiertamente frente a él, sin cubrirse ni lo más mínimo, aferrándose como si fuera lo único que tuviera en su vida, confiando plenamente en que no se reiría de él y no le contaría sus heridas a la gente.
Recordó su pensamiento de hace dias, y si, parecia una bonita abeja posada en la palma de su mano, confiando en que no sería aplastada, y con demasiada razón, porque nunca se atrevería. Sabía las heridas de Gustabo, sabía lo profundas que podrían llegar a ser, podía identificar su estado de ánimo y lo que lo atormentaba con solo verlo, y entre tantas cosas, lo atormentaba la herida de abandono que le había causado Jack al dejarlo a los 6 años. Noah se había encargado de intentar curar esa herida, pero era tan profunda que nadie podía hacer que el menor no se sintiera solo, abandonado por la gente que más quería y esperando que sólo lo abandonaran una y otra vez.
El último puñal lo había clavado su amigo de la infancia, Horacio, hiriendolo gravemente, y ahora él se ocupaba de curar con cariño y dulzura cada herida de su omega, porque no le importaba tener que repetirle millones de veces que lo amaba y que iba a quedarse con él, le importaba más demostrárselo día a día, y sabía que el menor se esforzaba en poner de su parte para su recuperación, iba a terapia y sobre todo, seguía el consejo de Clara, su psicóloga, en ser abierto y no cargar todas sus batallas en soledad, ya que eso sólo lo haría explotar y volver a tener tendencias peligrosas para sí mismo, y el rubio confiaba su parte más vulnerable únicamente a la persona que confiaba que no lo abandonaría como el resto.
El alfa se ocupó de dejar salir sus feromonas cítricas con suavidad, consolando al omega que al tranquilizarse un poco se había escondido en el hueco entre el cuello y el hombro del mayor, donde podía sentir más de aquella fragancia que tanto adoraba. Entonces pudo escuchar la voz suave y baja del azabache hablarle.
—¿Ya te sientes mejor, Gustabiño...?
El menor movió su cabeza de un lado a otro, indicando una respuesta negativa. Entonces tuvo que seguir hablando en aquel tono suave y delicado.
—¿Qué sucede Tabito?¿por qué lloras?
—Tengo miedo, Freddy.—La voz baja y triste del omega se sintieron como una puñalada en el corazón del azabache, le dolía escucharlo así, pero debía ser fuerte por él, por ellos. Porque entre ellos eran un soporte, un equipo inquebrantable que ni la propia CIA lograba destruir.—
—¿De qué temes?—Su mano se deslizó por la espalda ajena con dulzura, siendo cuidadoso.—
—Todo lo que toco se rompe. Tengo miedo de hacerle daño sin querer ¿y si Pogo lastima a nuestro cachorro?¿y si no soy un buen padre..?—Su voz se entrecorto al sentir un nudo, las dudas llegaron como una oleada salvaje a su mente, llenándolo de inseguridad, algo que jamás mostraba, pero estaba allí siempre, respirando en su nuca.—
El rostro del menor fue alejado con suavidad de su escondite, siendo acunado con dulzura por las manos ajenas mientras el alfa se ocupaba de secar las lágrimas que todavía caían de aquellos bonitos zafiros por sus mejillas.
—No debes pensar eso, Tabito. No rompes todo lo que tocas, no lastimas a la gente, nunca lo hiciste. Ellos te lastimaron a ti.—Su frente se juntó con suavidad con la del omega, hablando suave para relajarlo.— Pogo no le hará daño, él sabe que te lastima al lastimar a las personas que quieres, como yo o Noah ¿no es así...?—Mantuvo silencio durante unos segundos, viendo como el rubio asentía con mucha suavidad al tener sus cabezas juntas.— No quiero que cargues con toda la responsabilidad, Tabito. Yo estaré contigo, ya no es necesario que seas el único responsable de todo.
Y como si fueran palabras mágicas, el ojiceleste volvió a cerrar sus ojos mientras volvía a llorar en silencio, desahogandose mientras las manos de su novio se ocupaban de acariciar su rostro rojizo por culpa del llanto. Aunque esta vez, el llanto fue más corto y al recomponerse sus labios fueron besados de forma dulce y cariñosa por el azabache, lo cual no dudó en corresponder con el mismo sentimiento, un beso donde sólo se demostraban aquel amor que no expresaban con palabras o con un título de novios, pero que allí estaba, existiendo en el corazón de ambos en cada momento donde podían ser débiles el uno con el otro, mostrando las heridas que la vida les había y hecho confiando en que sus talones de Aquiles jamás serían apuñalados.
Se separaron del beso suavemente, juntando nuevamente sus frentes mientras se observaban directamente a los ojos. El azabache pudo percibir el aroma del omega, las fresas ahora estaban dulces de alegría, cómodas ante la situación íntima que estaban viviendo.
—Te amo.—La voz de Freddy salió suave y baja, siendo algo que sólo el menor podía oír.—
—Yo también te amo.—Dijo Gustabo mientras sonreía de alegría de poder escuchar esas palabras de parte del alfa, se sentía tan feliz que podría explotar en ese momento como si fuera una bomba rellena de corazones y confeti.—
Ambos se volvieron a abrazar, quedándose así un buen rato donde el tiempo se había paralizado para ellos, dejándolos atrapados en una burbuja íntima de amor donde disfrutaban del aroma contrario y los latidos del corazón ajeno al tener sus pechos pegados, casi pudiendo oírlos, ya que el documental se había pausado y ahora en la pantalla aparecía un aviso preguntando si seguía allí.
El sonido del móvil del mayor hizo que tuviera que soltar uno de sus brazos del omega, viendo que era de Jack consultandole sobre la situación de Gustabo. El rubio logró ver el texto, volteando a ver a su, ahora, novio casi confirmado.
—¿Estabas en servicio?—Consultó el menor con el ceño levemente fruncido. No deseaba que su alfa dejara el servicio por él.—
El mayor asintió suavemente.—Claro. Fue extraño que me robaran toda la ropa.
El rostro del omega enrojecio de vergüenza, desviando la mirada nuevamente. Nunca en su vida había hecho un nido, nunca lo había sentido la necesidad al no encontrar la seguridad suficiente en sus anteriores parejas, pero con Freddy era diferente, podía ser todo lo blandito que quisiera.
—Todavía necesitaba tiempo para explicártelo. Perdón.
—Si lo sientes, intenta que nuestro cachorro tenga tus ojos ¿entendido?—El mayor posó su mano suavemente sobre el vientre ajeno, viendo a Gustabo reírse por su pedido. Como amaba aquella sonrisa que lograba hacerle sentir cosquillas en el estómago con sólo verlo.—
—Lo intentaré. Aunque va a nacer con forma de limón por todo el helado que se le antoja.
El mayor con suavidad besó la frente del ojiceleste y se levantó saliendo del nido, yendo a guardar el pote de helado bastante derretido en el refrigerador.
—Entonces te prepararé algo mientras el helado se enfría.
El omega se acercó hasta el borde del sofá, viendo como el mayor volvía a acercarse a él, quitándose su chaqueta negra y poniendosela, envolviendolo con suavidad mientras lo hacia quedarse en su nido.
—Ve buscando otro documental para que veamos, Tabito.—Plantó un suave beso en la frente del rubio, viéndolo asentir y seguidamente yendo a la cocina.—
Gustabo se acomodó nuevamente acostado en su nidito en forma fetal, había hecho bien en acercar los taburetes a juego con el sofá para tener un muy buen y amplio lugar. Sintió su pecho cálido y liviano al saber que no estaba sólo, antes temia que la reacción del alfa fuera agresiva y no quisiera tener un hijo con él, debido a que seria una debilidad que la CIA podría utilizar contra ellos, pero ya iban a pensar en algo, tenían tiempo de sobra para conseguir falsas identidades e irse a un pueblo lejano en algún lugar para criar al cachorrito.
Uno de sus brazos pasó por dentro de la manga de la chaqueta que lo cubría, sintiendo el calor residual que aún había en el interior del alfa. Tomó el control remoto y comenzó a buscar algo para ver, algo que llamara su atención o algo que ya hubiera visto del catálogo y que valiera la pena volver a ver acompañado por el mayor. Aunque su atención fue robada del televisor por el azabache que había vuelto, con las mangas subidas hasta los codos y secándose las manos a toquecitos en su pantalón.
—¿Haz estado comiendo sándwiches de huevo estos días? La cocina está llena de envoltorios.—Su mirada se posó en el menor, regañandolo de forma suave y casi en broma, el rubio sólo lo observaba aún recostado.—
—Sentía demasiado sueño y sólo podía comer sándwiches de huevo, sino me sentía pesado y nauseoso.
El alfa se acercó hasta donde el omega reposaba, ingresando nuevamente al nido y besando su frente con dulzura mientras obtenía toda la atención de aquellos preciosos zafiros brillantes.
—Voy a prepararte yo mismo algo. ¿Qué quieres?
El rubio pareció quedarse unos instantes en silencio mientras mantenía su mirada fija en el azabache, pensando detenidamente que deseaba comer. Y casi como si fuera que "su pequeño feto" -como solía llamarle al cachorro cariñosamente- podía escuchar a su padre hablar, un antojo apareció instantáneamente en él.
—Quiero lasaña.
El mayor sonrió con los labios, ver los ojos anhelantes del omega queriendo su comida podría derretirlo. El dorso de su mano y dedos acarició con suavidad y dulzura una de las tersas mejillas nivea del menor, disfrutando del calor que se había acumulado en esa zona debido a la sangre que subió de la vergüenza de pedir algo con tanto deseo. Su chico era precioso, tan de él.
—De acuerdo Tabito, quédate aquí.
El alfa se separó del menor y volvió a salir del nido antes de que su instinto lo convenciera de quedarse recostado junto a él. Se dirigió a la cocina y una vez allí se colocó un delantal enterizo negro con detalles rosados que tenía el menor. Fue hasta el refrigerador y de allí sacó las cosas que iba a necesitar, colocando todo en la mesada mientras preparaba el cuchillo y la tabla de cortar, no era amante de la cocina, pero cocinar para su omega embarazado era algo que podría hacer para la eternidad.
Mientras iba cortando ponía las cosas a cocinar en una cacerola, dejando que el aroma inundara el hogar, al dejar que las cosas se cocinaran aprovechó a pedir por delivery las láminas de lasaña ya preparadas. El sonido de uno de los taburetes altos moviéndose capturó su atención, viendo que era Gustabo, quien se había sentado en la barra desayunadora mientras lo observaba, sonriendo alegremente.
—¿Qué pasa, Tabito?—El pelinegro se acercó hasta el menor, sonriendo con los labios mientras se colocaba a su lado, apoyandose en la barra.—
—¿Ahora somos novios, verdad?—El rubio preguntó repentinamente, pero el mayor sólo acarició las hebras doradas con dulzura.—
—Chim. Lo somos hace mucho. ¿Verdad?
El menor con suavidad tomó las mejillas del azabache, dándole un suave y cariñoso beso casto en los labios.
—Claro.—Una sonrisa de felicidad se dibujó en su rostro, dejando ver sus dientes mientras acariciaba con suavidad las mejillas del contrario con los pulgares. Comenzando a darle repetidos besitos castos en los labios y sonoros, emitiendo un "Mua" en cada uno, haciendo que el pelinegro se riera entre medio mientras intentaba corresponder cada uno de los pequeños y suaves impactos.—
La cena había terminado, y ahora ambos estaban recostados en el nido, acurrucados y abrazados mientras veían un documental. El mayor apoyaba su cabeza sobre uno de los muros del nido, mientras el rubio utilizaba uno de los brazos de su novio como una almohada, el otro brazo lo estaba rodeando y apegando su espalda a el pecho contrario. El ambiente estaba lleno de las feromonas de ambos, mezclando el aroma a limón y frutilla tan dulcemente como nadie podría imaginarse.
Un bostezo perezoso y sonoro salió del menor, haciendo que el contrario bajara el volumen del televisor y se acomodara abrazándolo y arropandolo mejor con la chaqueta. Su mano involuntariamente terminó sobre el estómago contrario, sintiendo la emoción en su cuerpo al pensar en como sería su cachorro. ¿Tendría los ojos celestes de Gustabo?¿Rubio como su novio?¿pelinegro como él?¿De ojos oscuros como los propios? Solo deseaba que burlarse tantos años de los calvos no hiciera que su hijo sea calvo, no quería imaginarse tener ese karma.
Sólo imaginarse como seria el cachorro de ambos lo hizo abrazar más al menor, comenzando a llorar en silencio debido a la felicidad que le causaba. Ya había tenido una omega y un cachorro en el pasado, pero la CIA se los había arrebatado y asesinado, por lo que la idea de un nuevo comienzo era muy importante. Esta vez se esforzaria en cambiar el final, de protegerlos adecuadamente.
Gustabo se dio cuenta del llanto ajeno debido a los pequeños sollozos ahogados que podía sentir retumbar en su espalda, así que con suavidad se volteo completamente, abrazando al contrario mientras apoyaba su respectivo rostro en su pecho. No era bueno con las palabras, de hecho, era pésimo. Pero para el pelinegro era suficiente saber que de esa forma silenciosa el omega estaba acompañándolo, apoyándolo y comprendiendo lo que sentía. Su mejilla reposo sobre los cabellos dorados ajenos y su llanto fue inevitable al sentir las manos ajenas acariciarlo con suavidad, tratándolo con un cariño que pensó no volver a recibir.
—Tranquilo...Todo va a estar bien...—Murmuraba con suavidad el rubio mientras una de sus manos secaba con dulzura las lágrimas saladas ajenas. Se sentía adormilado debido a la comida y todas las emociones que había pasado, pero no podía dormirse en esa situación, no con su novio llorando.—
La mano del rubio fue tomada por una ajena, acercandola a los labios del mayor y besada con dulzura en el dorso. La mejilla del pelinegro se apoyó en el mismo, suspirando para regular su respiración y calmarse, mientras el menor lo observaba desde su pecho.
—Gracias...—Emitió el azabache en un tono bajo y suave, apenas audible para el rubio.—
—¿Por qué...?
—Por estar a mi lado...—El dorso de la mano del rubio fue nuevamente besado con dulzura.—
—Eso debería decirlo yo.—El menor sonrió levemente, un poco adormilado, sintiendo cosquillas al sentir el bigote contrario en su piel.—
El menor deslizó su mano suavemente, soltandola de la ajena y secando los rastros de lágrimas con tranquilidad. Se había acostumbrado a ese espacio íntimo donde los dos se suman al estar juntos, donde no importaba ser débiles, donde no existían el "Gran y temido comisario" ni el "Divertido y frío subcomisario", sólo eran Gustabo y Freddy, dos almas que encontraban un enorme consuelo en la nada del todo al estar juntos. Lo supieron desde el comienzo, donde la nada se sintió dulce entre ellos. Quizás eran realmente destinados, pero tampoco les interesaba eso, sólo les importaba estar juntos y seguir estando así por la eternidad, siendo destinados de una forma que ni los cuentos de hadas podían explicar.
Ambos se abrazaron y acurrucaron en el contrario, sintiendo como podían descansar y dejarse caer en los brazos de Morfeo juntos.
El sonido del agua y el cálido sol impactando en ellos se sentía demasiado bien por la mañana. El mayor estaba lavando el cabello del contrario, masajeando con suavidad con una mano y con la otra sostenía al rubio por la nuca, dejándolo relajarse ya que el azabache le había ofrecido darle un baño. Había decorado el baño con velas aromáticas, había puesto algunas sales en la bañera y también había encendido la calefacción para que su omega no sintiera frío en lo más mínimo.
Inclinó con suavidad la cabeza del menor, viendo como tenía sus ojos cerrados y casi parecía babear ante lo relajado que estaba, tuvo que ahogar la risa que quería escaparse de sus labios al ver lo tierno que se veía el menor. Con suavidad tomó la regadera manual de la ducha y quitó todo el producto del cabello ajeno, viendo como el omega suspiraba relajadamente por la cálida agua fluyendo por su cabeza. El azabache masajeo con suavidad el cuero cabelludo ajeno, viendo al rubio casi derretirse de gusto entre sus manos.
Al terminar besó dulcemente los belfos del rubio, haciendo que enderezara su cabeza mientras de a poco lo soltaba, finalmente separandose y quitando el tapón de la bañera, dejando que el agua se fuera. Cuando todo el agua terminó de irse, volvió a tomar la regadera, limpiando con cuidado el cuerpo del rubio con ayuda de una esponja. Los ojos del menor se cerraron relajadamente mientras sentía la suave esponja con jabón líquido aroma a "limpio" pasar por su espalda, se sentía tranquilo estando en completa desnudez mientras el contrario lo bañaba, sin sentir vergüenza de mostrarse así, ya que sabía que no había dobles intensiones en el toque contrario, no pensaba propasarse.
Cuando su cuerpo estuvo limpio de la espuma con suavidad el azabache lo ayudó a levantarse y salir de la tina, envolviendolo con una toalla mientras con otra delicadamente secaba sus cabellos rubios. Cuando terminó, dejó envuelta la cabeza contraria con la toalla hacia arriba mientras aprovechaba a darle besitos castos, agachadose levemente para secar el cuerpo ajeno. Sus manos pasaron con suavidad la tela por las zonas mojadas donde aún quedaban gotitas, siendo cuidadoso como si se tratase de porcelana, como si fuera lo más preciado en el mundo, aunque si lo era para él.
Al dejarlo completamente seco con suavidad envolvió la toalla alrededor de la cadera contraria, pasando su brazo por detrás de los muslos ajenos y cargandolo por los mismos, haciéndolo quedar sentado en su antebrazo. Se dirigió hasta la habitación y una vez allí lo dejó sobre la cama, quitandole con suavidad la toalla húmeda y comenzando a vestirlo con un cambio de ropa que había preparado con antelación. Un simple bóxer negro con pantalones de chándal y una sudadera del pelinegro, al terminar se sentó sobre la suave superficie mullida detrás del rubio y quitó la toalla en su cabeza, encendiendo el secador de cabello y secando con dulzura y paciencia cada mechón. Sus dedos se pasaban entre medio de estos para distribuir el aire y acariciarlo en el proceso.
Al terminar dejó el secador apagado a un lado y abrazó al omega, besando dulcemente su hombro por detrás mientras parecía que el rubio estaba listo para seguir durmiendo a gusto, cosa que le parecía divertida al mayor ya que habían dormido bastante. Su nariz se colocó en la zona entre el cuello y el hombro, sintiendo el aroma de aquella zona de fresas y al suave jabón del rubio se mezclaban con el aroma de su piel.
Cuando Gustabo se avispo un poco después de unos segundos el azabache se levantó para continuar con sus cosas, llevando las toallas húmedas al exterior para que se secaran. El omega había vuelto a su nido, acurrucado mientras comía su helado de limón y fresas, observando la televisión donde había puesto un corto documental de tortugas.
El azabache volvió al interior y tomó su chaqueta que estaba a un lado del nido y del bolsillo agarró una cajetilla de cigarrillos y el encendedor. Se encaminó hasta el balcón, pero la mano del omega sujetando su muñeca con suavidad lo detuvo.
—¿Qué sucede, Tabito?
—Deja esa mierda. Yo no voy a poder fumar tampoco, dejemoslo.—La mano del rubio con suavidad tomó la mano contraria, quitandole la cajetilla.—
—Pero- —el azabache fue interrumpido—
—Nuestro cachorro necesita buenos ejemplos, y no tenemos que morirnos pronto. Vamos a dejarlo juntos.—El omega tomó impulso y arrojó la cajetilla lo más lejos que pudo.—
El azabache suspiro resignado, sonriendo y abrazando con cariño al omega mientras besaba su frente y era correspondido.
—Está bien, esta bien, lo dejamos.
El sol mañanero los iluminó a ambos, siendo la gran estrella la única testigo de como ambos se abrazaban y disfrutaban de la mutua compañía en silencio durante unos largos minutos. La temperatura calida que les otorgaba los rayos dorados los reconfortaba como nada más podía hacerlo, y les recordaba, que quizás en sus vidas siempre iba a salir el sol luego se la noche.
En el caso del pelinegro; su mundo antes gris oscuro y en penumbras se había iluminado con la llegada de su omega, con aquellos dorados cabellos que parecían intentar competir con el mismisimo sol, pero dándole el privilegio de poder observarlo sin lastimar su par de ojos y tocarlo sin quemar sus manos. Y para el rubio, era encontrar la paz, alguien a quien poder demostrarle que no era un frío manipulador indestructible, sino que alguien que podía verse débil, afectado cuando era abandonado, alguien con muchas heridas que poco a poco iban sanando por el amor para algún día ser sólo cicatrices que le ayudarían a valorar lo valioso que era ser amado por la persona correcta en el momento correcto, como lo era aquel alfa que en secreto, lo comparaba con una delicada abeja regordeta que había llegado a posarse en él para ser amada.
—[
Fin
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6190 palabras
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