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Sólo Tú

Summary

¿Cómo podría negarle nada a aquella mujer? Amable. Irresistible. Peligrosa. Lauren Jauregui era todo eso y mucho más y había protagonizado las fantasías de adolescencia de Camila Cabello... Además había sido su primera amante y su gran desengaño. Ahora que había regresado, Camila no quería arriesgarse a caer bajo su influencia una vez más. Pero Lauren no tenía intención de concederle una tregua. Quería volver a tener a Camila en su cama y había ideado un plan de seducción al que ninguna mujer podría resistirse...

Status
Complete
Chapters
11
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

Camila Cabello juró comprarse una nueva pijama en cuanto abrió la puerta de su casa y encontró a su archienemiga. Una camiseta vieja no era una buena armadura para entrar en batalla. Afortunadamente, y gracias a haber aprendido a defenderse de unos padres canallas, no tenía miedo a nada. Y menos, a una mujer de cincuenta y cinco años, la madre de la mujer a la que había entregado su corazón y su virginidad.


-¿Qué puedo hacer por usted, señora Jauregui-Morgado? -preguntó, forzando una sonrisa que había aprendido de su madre adoptiva, la «tía» Martha.


Sabía que a la tía Martha no le hubiera gustado que sintiera rencor hacia la anciana, pero no podía evitarlo. No en vano, siempre la había tratado despectivamente y se había opuesto a la relación entre ella y su preciada hija.


Por eso Camila y Lauren habían tenido que verse a escondidas durante el tormentoso romance que habían mantenido en la adolescencia.


-Quiero que tus familiares quiten de mi vista sus caravanas -dijo Clara Jauregui-Morgado por encima del murmullo del mar.


Camila abrió los ojos desmesuradamente. ¿Su familia estaba allí?


Un escalofrío le recorrió la espalda al mirar hacia un lado y comprobar que había tres caravanas aparcadas entre su pequeña casa prefabricada y la mansión de los Jauregui-Morgado, las mismas caravanas en las que ella había viajado antes de la oportuna intervención de los servicios sociales.


Camila se pasó la mano por el despeinado cabello y pestañeó como si con aquel gesto pudiera evitar que su vida se complicara. Sin embargo, cuando volvió a mirar, comprobó que la situación, lejos de mejorar, empeoraba, pues ante sus ojos apareció otro de sus constantes motivos de preocupación.


Lauren. La vio bajar los escalones de su casa con la misma seguridad en sí misma que ya le caracterizaba de adolescente. Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca que contrastaba espectacularmente con su cabello azabache y su bronceado natural.


El corazón de Camila se aceleró al recordar que diez años atrás, ella le había roto el corazón después de darle uno de sus ultimátums exigiéndole que la siguiera y abandonara la vida que tanto le había costado construir. Y apenas un año atrás, en una de sus visitas, coincidiendo con unos días en los que Camila estaba baja de ánimo, habían acabado en la cama al poco de encontrarse. Después, Lauren había insistido una vez más en que lo dejara todo para seguirla en sus viajes por el mundo.


Pero Camila, una vez más, no quiso ceder.


Prefirió no pensar en que desde entonces no había estado con nadie y se prometió a sí misma que resistiría toda tentación a caer en brazos de Lauren, por más que, con sólo verla, notara que su cuerpo recobraba vida. De hecho, debía ignorar todo lo relacionado con su estado emocional y concentrarse en resolver el problema de sus padres biológicos para, a su vez, librarse de la aristocrática madre de Lauren.


Esta se detuvo al pie de las escaleras.


-Mamá, no deberías haber salido. Hace frío -llevaba una toalla al cuello, prueba evidente de que acababa de lavarse el cabello, y aunque con toda seguridad había salido precipitadamente en busca de su madre, parecía tan serena como de costumbre-. El médico ha dicho que debías tener los pies en alto hasta que la medicina para la tensión arterial hiciera efecto.


«Lo que faltaba», pensó Camila, «si no soy amable con ella corro el riesgo de que le dé una embolia». E inmediatamente, oyó la voz de la tía Martha recriminándola por su crueldad: «Niña, niña...!»


No se le ocurría qué decir. En la costa, las gaviotas revoloteaban buscando su desayuno; desde Charleston, llegaba el sonido de las campanas dando las siete. Para recuperar un poco de seguridad en sí misma, Camila se estiró la camiseta y trató de imaginar que llevaba sus mejores vaqueros y sus sandalias favoritas. No se le daba mal hacer de princesa. Era una de las cosas que había perfeccionado durante su infancia circense. Siempre se había resistido a sentir vergüenza por lo que había hecho o lo que le habían obligado a hacer. Y en aquel momento, tuvo que recordarse que era una mujer de negocios, y que ella y sus dos hermanas adoptivas habían transformado la casa de la tía Martha en un restaurante de éxito, el Beachcombers.


Decidió ignorar a la malhumorada Clara y miró a su antigua amante, que incluso a aquella hora de la mañana, con el cabello mojado por una ducha reciente, le resultaba irresistible.


-Hola, Lauren, tu madre y yo estábamos intentado decidir cuál sería el aparcamiento más adecuado para las caravanas de mi... -no le salía la palabra «familia».


Habían dejado de serla después de dejarla durante año en casas de acogida, incapaces de decidir si querían recuperarla o darla en adopción.


La señora Jauregui-Morgado se agarró del brazo de su hija como si súbitamente se sintiera débil.

-Dan una mala imagen al restaurante. Estarían mejor en la playa.


Como de costumbre, su actitud se endulzaba cuando su hija estaba delante. Camila sonrió para sí misma, pero en cuanto vio a Lauren avanzar hacía ella se alteró: el olor de su shampoo, la sensualidad con la que la miraba..., todo contribuía a que perdiera la voluntad y quisiera fundirse con ella. Decidió concentrarse en la señora Jauregui-Morgado ya que era el mejor recordatorio de que debía mantenerse alejada de Lauren.


-En cuanto hable con ellos, les diré que aparquen más cerca de la orilla, en la zona de hierba.


La madre de Lauren miró en la dirección que indicaba.


-Será mucho mejor para el restaurante, querida -luego, dio una palmadita en la mano a su hija-: Gracias por preocuparte por mí. Voy a desayunar al porche con los pies en alto. ¿Me acompañas?


Lauren asintió.


-Ve tú primero. Yo iré enseguida.


La mujer que en el pasado había aprovechado cualquier oportunidad para recordarle que no debía interponerse entre su hija y sus sueños, y que, en ausencia de su hija, se relacionaba con ella con una desaprobadora frialdad que solía dejarla helada, forzó una sonrisa.


-Me alegro de que estemos de acuerdo, querida -dijo. Y se alejó hacia su casa.


Camila suspiró y cerró los ojos, pero la luz anaranjada del amanecer atravesó la piel de sus párpados y estalló en su cerebro. O tal vez lo que creyó una sensación física no era más que una acumulación de emociones: Lauren, sus padres, Clara Jauregui-Morgado. Eran demasiadas preocupaciones para una sola mañana.


Sacudió la cabeza como si con ello pudiera liberarse de las inseguridades de su juventud y abrió los ojos. Lauren seguía allí, en su porche, tan guapa y tentadora como siempre. Pero ella era una mujer adulta, dueña de un negocio propio y segura de sí misma.


-Así que has vuelto de... ¿De dónde esta vez?


Aunque Lauren habría podido permitirse no trabajar porque era rica, trabajaba de empleada civil en las Fuerzas Aéreas como OIE, Oficial de Investigaciones Especiales. Viajaba por todo el mundo en misiones especiales, tal y como había soñado hacer en su adolescencia. Ya entonces, tendidos sobre una manta en la playa, bajo el cielo estrellado, Lauren solía decirle que, si llegaba a conseguirlo, ella la acompañaría siempre que la naturaleza de la misión lo permitiera. Y Camila, a pesar de la necesidad que sentía por asentarse y crear un hogar, había cedido en más de una ocasión, prometiéndole que lo haría.


Lauren subió los escalones que quedaban para llegar a su altura y se apoyó en un pilar del porche con las manos en los bolsillos.


-He estado en Grecia, trabajando con un equipo antiterrorista de la OTAN.


-¡Caramba, puedes contarlo! Suelen ser actividades secretas. Suena interesante.


Lauren no dijo nada. Les llegaba el rumor de las olas rompiendo en la costa y el murmullo de la gente que entraba en el restaurante de al lado para desayunar. Pero Camila ya sólo podía concentrarse en ella.


-Supongo que era una de esas misiones a las que solías decir que yo podría acompañarte -dijo, sin pensar.


Lauren arqueó una ceja y ladeó la cabeza, pero permaneció en silencio. Camila estaba cada vez más titubeante y confusa. Lauren siempre había tenido ese efecto en ella: lograba que su mente se hiciera cortocircuito.


-Aunque eso son cosas del pasado -siguió. incapaz de contenerse-. Además, ahora tengo un negocio y no podría dejarlo cada vez que se me antojara. Aún así, suena muy exótico.


Su hermana adoptiva, Amelia, habría disfrutado probando la comida de países lejanos. En Beachcombers hacían cocina tradicional, pero a ella le gustaba añadir algún toque de sofisticación de vez en cuando.


Ocasionalmente, Camila había soñado con viajar para ver en persona las grandes obras de arte, pero la idea de pasar tiempo en la carretera no le tentaba. Ya había viajado lo suficiente durante los diez primeros años de su vida con su familia nómada.


Para ella, la felicidad era despertarse cada día ante el mismo paisaje. Quizá su casita prefabricada al lado del Beachcombers era muy modesta, pero era suya. Era su hogar.


-¿Exótico? -repitió Lauren con ironía-. Antes sólo te parecía que estaban demasiado lejos.


Camila supo en aquel instante que no podía seguir pretendiendo que no había nada entre ellas. Con ella no le servía ni creerse una princesa ni imaginarse a sí misma protegida por una armadura. La realidad era que sentía un dolor profundo y llevaba puesta una camiseta gastada.


-Lauren, hemos hablado de esto mil veces, ¿por qué no lo dejamos?


Lauren le quitó del hombro una flor de papel de seda, una nueva confirmación para Camila de que los dioses se habían confabulado contra ella. No sólo tenía un aspecto impresentable, sino que, además, parecía una niña jugando con recortables. Lauren sujetó entre los dedos la flor plateada con la que Camila estaba decorando unas bolsas de confeti para una boda, y su boca se curvó en una característica sonrisa al tiempo que alargaba la mano y se la colocaba detrás de la oreja. Al hacerlo, le acarició la mejilla con los nudillos con delicadeza, como si lo hiciera involuntariamente, pero Camila la conocía muy bien y sabía que era un gesto deliberado. No en vano había experimentado sus caricias en la adolescencia y apenas un año atrás, pero desde aquel momento estaba decidida a resistirse. No podía perder el dominio de sí misma cada vez que Lauren la tocaba y acabar con ella en la cama.


O contra la pared.


Dio un paso atrás.


-Vigilaré a tu madre. Si veo que trabaja demasiado te llamaré.


-Gracias.


Camila estuvo a punto de preguntar más detalles sobre la salud de la madre de Lauren, pero se dio cuenta de que eso prolongaría su visita, que era lo contrario de lo que debían hacer. Siempre que estaban juntas, Lauren acababa haciéndola enmudecer con un beso.


-¡Somos un par de idiotas! -masculló.


Lauren arqueó una ceja con arrogancia.


-¿Qué has dicho?


-Perdona, pero tengo cosas que hacer -Camila tomó el pomo de la puerta-. He de vestirme y...


-Yo debería mover mi trasero y marcharme de tu porche.


Camila no pudo reprimir la carcajada que burbujeó al instante en su garganta.


Siempre le había hecho gracia el ácido humor de Lauren.


-Lo has dicho tú, no yo.


Camila entró y, apoyándose en la puerta, tomó aire.


Había superado la prueba. Estaba sola en su casa y, afortunadamente, Lauren se había marchado antes de que sus padres se levantaran.


«Tía Martha, gracias por ayudarme», pensó.


Pero sabía que no podría contar siempre con la ayuda de su madre adoptiva. Dada su mala suerte, estaba segura de que sus padres instalarían unos urinarios públicos y cobrarían por su uso. Nunca perdían la oportunidad de ganar algo de dinero. Y si no necesitaban trabajar para conseguirlo, mucho mejor.


Sus padres... Le resultaban tan ajenos que no comprendía por qué no pensaba en ellos como Sinuhe y Alejandro. Su verdadera madre era la tía Martha.


Tenía que dejar a un lado aquellos perturbadores pensamientos. Sólo conseguirían debilitarla y, como consecuencia, dejarla a merced de Lauren.


Pero, por más que quisiera pensar que se trataba de una casualidad y no de su mala suerte, no comprendía por qué los dioses le habían mandado a su nómada ex familia, la misma que se había aprovechado de ella, la había utilizado y, finalmente, rechazado, al mismo tiempo que Lauren hacía una de sus raras apariciones en Charleston.

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