El día del Estudiante
Era temprano, todos los profesores del secundario Santa Clara aguardaban la llegada de los estudiantes, pues era el veintiuno de septiembre, un día especial para estos últimos. Usualmente, ningún complejo estudiantil hace algo especial para sus alumnos, simplemente les dan el día libre y con ello se salvan, pero desde hacía un par de años, el Santa Clara implementó una idea diferente, organizando un extenso evento de juegos, deportes y otras actividades lúdicas para la entretención de sus estudiantes. Además, se celebraba un partido de fútbol a beneficio de todos los estudiantes, gracias al equipo deportivo dueño del secundario, el Sporting de Santa Clara. La sede de recepción sería el patio delantero del complejo y desde ahí, profesores y estudiantes marcharían hasta el estadio donde se jugaría dicho encuentro.
A unas calles de la entrada al patio delantero, se podían escuchar bombos, trompetas y otros instrumentos. Además de los cánticos de los estudiantes, banderas, banderines y banderones los acompañaban, junto a uno de los estudiantes disfrazado de un demonio rojo que portaba, junto a su tridente, un trofeo alargado. Este trofeo estaba condecorado con un listón rojo a la izquierda y uno azul a la derecha; en su base estaban atornilladas quince placas con las diferentes finales jugadas, los distintos resultados y los campeones. Esta final sería la número dieciséis, y podría ser una de las más importantes, ya que el Red Corvette podría alzar su novena copa o el Blue Lagoon igualar el marcador. Del otro lado de la calle, se acercaban, acompañados de un autobús, los del equipo azul. Una neblina morada los hacía casi invisibles junto a sus atuendos. Delante de ellos iba, a paso lento, otro de los estudiantes disfrazado de Sócrates, sosteniendo una enorme bandera.
Una vez llegaron a la puerta, todos los estudiantes rodearon a ambos disfrazados que procedieron a hacer un pequeño enfrentamiento de versos, cuáles payadores. Siendo aplaudidos por todos los presentes, empapando el día con el folclore de estas tradiciones. Finalmente todos entraron al patio, dividiendo este a la mitad, teniendo delante de ellos un pequeño escenario donde varios profesores estaban de pie, con uno de ellos parado delante del micrófono, El profesor por experiencia, Henry W. Macko.
— Damas y caballeros — habló con su grave y rasposa voz. — Sean todos bienvenidos a la décimo sexta edición de la Semana del Estudiante — aclaró su garganta y prosiguió. — Como todos los años, el apreciado Sporting Club de Santa Clara nos cede su queridísimo campo de juego para la disputa del último juego de la semana.
Se escuchaba el murmullo de los estudiantes, quienes estaban emocionados por esta edición de su tradición anual.
— Antes de dar pie a la marcha hasta el campo de juego, quiero recordarles a la junta estudiantil que son ustedes los encargados de mantener este día sin incidentes y libre de fallos.
Los cuatro estudiantes, representantes de sus compañeros, asintieron mientras se encargaban de mantener en silencio a los cursos más bajos.
— Con eso dicho, les recuerdo que esto es un día para ustedes, que traten de mantenerse al margen y colaboren con sus compañeros. Además, obviamente, disfruten y festejen por tener algo como esto -volvió a aclarar su garganta y continuó-. Sin nada más que decir, las puertas están abiertas. Marchemos todos juntos hasta el Estadio Stanislav Klimowicz, y que sea con respeto.
Finalizada la charla, todos los estudiantes junto a profesores empezaron a caminar desde el patio delantero hasta el campo de juego. Se podían escuchar bombos, trompetas y trombones sonar al unísono, siendo acompañados por una neblina Blaugrana. Era, en definitiva, un espectáculo para todos. Los autos y la gente de la calle quedaban maravillados ante tal marcha, en la que se podía ver una alegría inigualable.
Una vez llegaron al Estadio, fueron recibidos por varios padres y familias que venían a ver la disputa, junto a gente que habría comprado el ticket de entrada para ver jugar a ambos equipos. Los jugadores fueron a sus respectivos vestidores a esperar el visto bueno del árbitro para entrar al campo de juego.
Finalmente, con ambos equipos en juego, el partido podría describirse como una batalla campal. Ambos equipos lucharon hasta el final, pero el resultado se mantuvo hasta el inicio de los treinta minutos adicionales, los cuales fueron una total tormenta de habilidad por parte de los jugadores de ambas partes, siendo el más destacable el arquero del Red Corvette, Liam Montclaire.
— ¿Tú quién crees que gane? — preguntó un profesor a Henry.
Henry, quien estaba fumando un puro mientras veía el partido, giró sus ojos a la izquierda para ver al profesor, y finalmente le respondió:
— Le tengo fe al Red Corvette. — respondió mientras le echaba una calada a su puro.
El otro profesor levantó una de sus cejas asombrado por la respuesta de Henry.
— Es extraño de tu parte, siempre apoyas al Blue Lagoon. — contestó. — ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Henry rió, le dio otra calada a su puro echando el humo por su boca, mirando la portería donde estaba Liam Montclaire, el arquero del Red Corvette.
— Ese muchacho de allá.
— ¿Liam? ¿No es el alumno problemático del que tanto se queja?
— Sí, pero he de admitir que juega bien. — Sonrió. — Además, pese a su personalidad, es un gran estudiante.
El contrario asintió mientras devolvía su mirada al partido. El delantero del Blue Lagoon, Jacob Bersuit, estaba frente a Liam. El árbitro del juego iba a cobrar penal y estaban apunto de lanzarlo, a lo que el profesor le hizo una apuesta a Henry.
— Te apuesto doscientas coronas a que Liam no la atajara.
Henry dio una calada a su puro y contestó al contrario.
— Apuesto quinientas coronas a que Liam se la ataja dos veces, la primera al costado izquierdo y una segunda de rebote.
Jacob se preparó para disparar, acomodó la pelota, tomó una breve carrera y esperó al sonido del silbato del árbitro. Una vez sonó el chiflido del silbato, salió disparo dándole duro a la pelota, la tribuna del Blue Lagoon estaba a punto de festejar, pero su grito de gol fue ahogado por los guantes de Liam, quien casi tocando el cielo, adivinó el tiro al palo izquierdo y se la devolvió, cayendo de cuclillas, justo para volver a saltar y tapar el tiro de rebote que iba directo al centro del arco, desviándose hasta fuera de la cancha, cayendo a un par de metros atras del arco.
Una vez realizada la atajada, el estadio se llenó de una humareda roja que rodeó el estadio y los alrededores de este. Llenándose de cánticos que retumbaban en el estadio.
«¡Rojo, mi buen amigo! ¡Esta campaña volveremos a estar contigo! ¡Te alentaremos de corazón, esta es tu hinchada que te quiere ver campeón!»
Era una fiesta que parecía interminable, los cánticos de respuesta por parte del Blue Lagoon no tardaron en llegar, y con fervor empezaron a cantar.
«¡Muchachos! ¡Traigan vino, juega ya el Lagoon!»
Entre cánticos, humo y bombos, la afición se ponía eufórica por ver cómo acabaría este encuentro. Por otra parte, Henry contaba gustoso sus doscientas coronas mientras miraba el partido. El Red Corvette tenía contra las cuerdas al Blue Lagoon, tanto que ya en el minuto ciento cinco estaban por cobrar un tiro libre a favor, y el que lo cobraría sería el arquero, Liam.
Tomó una breve carrera, esperando el silbato del árbitro, una vez lo escuchó, salió disparado cuál perdigón, pegándole con fuerza. El esférico salió impulsado con tantísima fuerza, casi pareciendo un misil que atravesó la barrera sin ningún problema, incrustandonse en la esquina izquierda, evitando las manos del portero rival.
«¡Gooooooooooooooooooooooooooooooool!»
El estadio retumbó con el grito de todos los aficionados del Red Corvette que apasionados celebraban el magnífico gol realizado por Liam.
— ¡Jujú! ¡Golazo! — Soltó uno de los profesores.
— Mágico. — Respondió Henry. — Pero aún falta, se lo pueden remontar, pero es casi imposible.
Los minutos pasaban y ahora el Red Corvette era el que estaba acorralado, sin embargo, gracias a un tiro desviado por un defensa, la pelota le quedó en los pies a Liam, quien aprovechando que la defensa rival estaba fuera del área, salió disparado con el esférico en sus pies, evadiendo a todos y con gran velocidad. Una vez quedó frente a frente con el arquero, lo evadió con algo de dificultad y pegó un fuerte zambombazo, el balón se azotó contra el travesaño y voló hasta la media luna del área, dónde uno de los compañeros aprovecho para hacer un tijeretazo tan duro que la sacó a volar del Estadio.
El grito de gol se vió ahogado por debido al fallido tijeretazo que dejó a todos con el corazón en el cuello. El Blue Lagoon trato de salir jugando rápido pero antes de siquiera hacer algo, el juego se frustró por el pitido del silbato del juez del encuentro. Finalmente, el grito de alegría del Red Corvette se escuchó por todo el estadio mientras se llenaba nuevamente de esa humareda rojiza.
Henry, aplaudía el campeonato conseguido mientras veía la invasión de campo realizada por la hinchada roja. El estadio estallaba de euforia mientras sus jugadores eran laureados y sus nombres coreados mientras cargaban con el trofeo; este último simulaba a la figura de atlas levantando al planeta.
Una vez terminada la celebración en la cancha, todos los del Red Corvette, salieron a marchar juntos hasta la plaza del centro, llegando ahí, salieron a festejar y sacarse fotos junto al anhelado trofeo, sin embargo, una fuerte tormenta deshizo la alegría y todos se fueron borrando uno a uno, al final quedando solamente dos personas en esta, Henry quien estaba por subirse a su falcón para marcharse y Liam, quien parecía no tener a donde ir.
La tormenta parecía interminable, cada vez llovía con más intensidad, por lo que Henry encendió su carro y emprendió su camino al igual que Liam, quién solo vagaba caminando por la ciclo via a un costado de la calle. Su ropa estaba empapada al igual que el resto de su cuerpo, el frío hacia temblar sus delgadas piernas, azotandole en su andar.
El Auto de Henry paso por delante, avanzando lento mientras esté último bajaba la ventanilla.
— ¿Qué quiere? — preguntó Liam mientras seguía su paso.
— Hace frío, yo voy en un auto y vos a pie.
— Ajá.... ¿Lo hace para burlarse? Que sepa que eso me chupa soberanamente un h-
Fue interrumpido por una piedra que lo hizo caerse al suelo y golpear su rostro.
— Pff... venga, sube adelante, te llevaré a casa.
Renegando con su orgullo, subió del lado del acompañante, algo avergonzado por el golpe recibido gracias a la caída. Henry le sonrió una vez este subió.
— Ahí atrás hay un saco, puedes tomarlo si gustas.
Otra vez su orgullo era desafiado y aunque se moría por estar calentito, se negó rotundamente a tomar de este.
— Dime, ¿hacia donde vas? — preguntó cordialmente.
— Al Departamento doscientos quince en New England.
Henry observó a Liam con atención mientras conducía. Notó la mirada cansada y la tensión en su rostro, y se dio cuenta de que algo no estaba bien.
— ¿Todo está bien en casa? — preguntó Henry con voz suave, tratando de no sonar demasiado invasivo.
Liam guardó silencio por un momento antes de responder con un suspiro pesado.
— No es el mejor lugar. Mi padrastro... bueno, es mejor no hablar de eso.
Henry asintió, comprendiendo la situación sin necesidad de más explicaciones. Decidió no presionar más sobre el tema por ahora.
Mientras tanto, la lluvia seguía cayendo con fuerza sobre el parabrisas del auto, y el viento hacía que las ramas de los árboles se sacudieran violentamente. La tormenta parecía no tener intenciones de detenerse pronto.
Después de unos minutos de silencio incómodo, Henry rompió el hielo.
— ¿Te importaría si hacemos una parada rápida antes de llevarte a casa?
Liam levantó la vista, sorprendido por la propuesta.
— ¿Una parada? ¿Dónde?
Henry le lanzó una sonrisa reconfortante.
— Hay un hostal cercano donde podrías pasar la noche. Te vendría bien descansar. . . y secarte un poco antes de enfrentar lo que sea que te espera en casa.
Liam pareció considerarlo por un momento antes de asentir con la cabeza.
—Está bien. Gracias.
El resto del viaje transcurrió en relativo silencio, con Henry concentrado en la carretera y Liam perdido en sus propios pensamientos. Una vez que llegaron al hostal, Henry insistió en pagar la habitación de Liam y le entregó algo de dinero extra para comida y otras necesidades.
— No te preocupes por devolverme el dinero. Solo asegúrate de descansar y cuidarte bien —dijo Henry con sinceridad.
Liam asintió con gratitud, aún abrumado por el gesto de generosidad de Henry.
— Gracias, de verdad. No sé qué decir. — Soltó en una risilla nerviosa. — Es raro. . . Ver le tan generoso.
Henry le dio una palmada en el hombro y le dedicó una sonrisa comprensiva.
— No tienes que decir nada. Solo prométeme que te cuidarás, ¿de acuerdo? — Soltó una breve carcajada. — Soy así siempre, que no lo aparente por mis expresiones es otra cosa...
Finalmente, ambos se despidieron el uno del otro. Henry subió a su automóvil y así como llegó se marcho, despidiendose en una nube de humo despedida del tubo de escape del falcon, que ya tenía sus años por las calles.
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La luz de la luna atravesó la ventana de su cuarto, impactando en su piel blanquecina. Liam se sentía extraño; había tenido un raro sueño en el que era tan solo un bebé, que era cargado en brazos de una persona a la que no podía ver el rostro, y esta le daba caricias en la espalda. Era un sentimiento muy reconfortante, pero duró tan poco, a eso de las doce de la noche ya estaba nuevamente despierto.
— ¿hm? — miró la hora y se asustó, creyendo que su padrastro le habría llamado, miró en su WhatsApp, sin embargo, no había nada, ni un mensaje ni una llamada perdida. — oh... ¿debería preocuparme?
Liam se sentó en la cama, aún aturdido por el sueño y la repentina interrupción. La habitación del hostal era sencilla, pero cómoda. Decidió que era inútil intentar volver a dormir con todas las emociones que lo asaltaban. En cambio, se levantó y se dirigió hacia la pequeña ventana que daba a la calle. La lluvia había cesado, dejando un aire fresco y limpio que entraba por la ventana entreabierta.
Miró su teléfono otra vez, revisando el chat en blanco con su padrastro. Sentía una mezcla de alivio y preocupación. Sabía que el silencio de su padrastro podía ser una señal tanto de tranquilidad como de un problema mayor por venir.
—Bueno, al menos tengo un respiro esta noche. — murmuró para sí mismo.
Decidió aprovechar la tranquilidad momentánea para organizar sus pensamientos. Sacó un cuaderno de su mochila y comenzó a escribir. Era una costumbre que había adquirido para tratar de lidiar con sus emociones y la situación en casa. Sus pensamientos fluían al papel, describiendo el partido, su interacción con Henry, y el extraño sueño que lo había despertado.
Liam estaba absorto en sus pensamientos cuando su teléfono vibró. Un mensaje. Miró la pantalla, esperando ver el nombre de su padrastro, pero en lugar de eso, era un mensaje de Henry.
"Espero que estés bien y que hayas podido descansar un poco. Recuerda que si necesitas algo, no dudes en llamarme."
Liam sintió una oleada de gratitud. Era raro que alguien se preocupara por él de esa manera, y le costaba asimilarlo. Contestó rápidamente, agradeciendo nuevamente y asegurándole que estaba bien.
Después de unos minutos más escribiendo, sintió el hambre había estado ignorando. Miró el dinero que Henry le había dado y decidió bajar al comedor del hostal para ver qué podía conseguir.
El comedor estaba casi vacío, excepto por un par de huéspedes más que charlaban en voz baja. Liam pidió algo de comer y se sentó en una mesa junto a la ventana, disfrutando de la calma después de un día tan agitado.
Mientras comía, su mente volvió al partido y a Henry. El profesor era una figura enigmática, y la generosidad que había mostrado era algo que Liam no esperaba. Sentía que había algo más en Henry, algo que no había percibido antes. Tal vez había más en su vida que solo ser un estricto profesor de secundaria.
Al terminar su comida, decidió dar un paseo corto alrededor del hostal. La noche era tranquila, y el aire fresco le ayudaba a despejar su mente. Caminó sin rumbo fijo, solo disfrutando del momento de paz que rara vez experimentaba.
De regreso al hostal, decidió que era hora de intentar dormir nuevamente. Se metió en la cama, y esta vez, la sensación de seguridad que le proporcionaba la habitación le permitió caer en un sueño profundo casi de inmediato.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por las cortinas. Liam se estiró y se sintió sorprendentemente descansado. Se vistió rápidamente y bajó al comedor para desayunar. Al terminar, recogió sus cosas y se preparó para salir.
Justo cuando estaba a punto de irse, su teléfono vibró de nuevo. Era otro mensaje de Henry.
— Buenos días, Liam. Espero que hayas descansado bien. Si necesitas que te lleve a casa o cualquier otra cosa, estaré cerca del hostal en una hora. Avísame.
Liam sonrió ante la preocupación del profesor. Estaba claro que Henry tenía un interés genuino en su bienestar. Decidió que aceptaría la oferta y le respondió.
— Gracias, profesor. Me vendría bien que me lleve a casa. Nos vemos en una hora.
Con eso arreglado, Liam salió del hostal y se sentó en un banco cercano, esperando a Henry. La mañana era fresca y agradable, y por primera vez en mucho tiempo, Liam sintió que las cosas podrían mejorar.
El sonido de un motor familiar lo sacó de sus pensamientos. El Falcon de Henry se detuvo frente a él, y el profesor le hizo una seña para que subiera.
—Buenos días, Liam. ¿Listo para ir a casa? —preguntó Henry con una sonrisa amigable.
Liam asintió, sintiendo una inesperada calidez al ver al profesor. Subió al auto y, mientras se dirigían hacia su casa, se dio cuenta de que tal vez, solo tal vez, no estaba tan solo como había pensado.