Capítulo 1
Aparcó el coche frente al bar que en su tiempo frecuentó demasiado, ahora su visita se traducía en un milagro. De todos modos, eso no evitó que las personas que trabajaban allí lo conocieran.
Esa es una de tantas razones por la que recibió esa llamada hace unos minutos.
— Oye chico, tu Omega está aquí. Lleva todo el día tomando tanto que no puede levantarse por sí solo, ven por él.
Su Omega... en su momento sentiría euforia azotar su cuerpo, pero ahora una melancolía abrazaba su corazón. Solo dió las gracias, sin corregir al cantinero, y fue directo al lugar.
Cuando entró únicamente quedaban los de limpieza que recogían las sillas y pasaban el trapo a las mesas, así que no fue difícil dar con él, no cuando esos cabellos rubios cenizos son difíciles de olvidar y confundir.
— ¡Razor, muchacho! ¿Hace mucho que no se te ve por acá, como has estado?
— Uhm, bien, bien...
— ¿Bien?, Al menos pásate a saludar por aquí, la gente necesita que al menos vengas para ver qué sigues con vida.
— Eh, sí, lo haré... Perdón, debo ir por... Ir por mi Omega.
— ¡Ah, claro, claro! Adelante... ¡Y salúdame a tu padre!
Se apartó con la mayor gentileza posible de Kaeya, el dueño del bar y continúo su camino con la mirada fija en ese cuerpo desparramado sobre la barra.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca escuchó los murmullos que con torpeza pronunciaba, arrastrando palabras y riendo tontamente.
— Una más... Por fi, u-a máaassss...
El cantinero lo miró con una sonrisa incómoda cuando quitó el vaso de whisky de las manos del rubio cenizo. No lo rellenaría, pero estaba apenado porque no era la mejor situación para un reencuentro.
— ¿Cuánto fue?
— Ah, no, no te preocupes. El señor Kaeya dijo que él invitaba.
— No debe, vamos, dime cuánto fue.
— En serio, Razor, nada. Ve tranquilo, llévatelo, estamos por cerrar.
Guardó su cartera y cuidadosamente tomó en brazos al chico. Dio gracias a Gorou por avisarle en lo que se acomodaba al rubio.
El camino hasta la salida fue más pesado que la llegada, no solo porque cargaba a alguien, sino que ignoraban el peso muerto en brazos y lo detenían a platicar unos segundos. El último que lo detuvo
directamente le dijo que estaba en medio de algo y terminó por salir del bar.
— ¡Vuelve pronto, eh!
Ni le dirigió una mirada a Kaeya más que un ademán escueto de despedida y arrancó el carro directo a su apartamento. Ya allí haría una llamada.
Martes 9 de Julio, wuu