MUJER AZUL

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Summary

Cuento perteneciente a la Antología Internacional 2024 de Klavier Ediciones

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

MUJER AZUL

Capítulo 1

La historia se escribe con sangre

Se suponía que estaba muerta. O al menos, eso creía después del primer hachazo que cayó sobre su cuerpo.

«¿Hace cuánto pasó?» pensaba, mientras luchaba por abrir sus ojos. La mujer estaba despertando en medio del oscuro bosque. La noche caía delicadamente sobre ella, y las estrellas le devolvieron la mirada desde el cielo.

Su cabello era largo y liso, de color café cobrizo. Los ojos pardos, con una nariz ancha llena de pecas y los labios gruesos. Notó que estaba acostada sobre su espalda, su piel estaba en contacto directo con la tierra helada. No tenía ni una prenda alguna. Alzó los brazos, intentando tal vez darse ánimo, sólo para descubrirse que estaba cubierta de heridas

«¿Tendré cortes por todo el cuerpo?» pensó. Recorrió su cuerpo con sus dedos, para comprobar su teoría que resultó ser cierta. Tenía múltiples heridas, tantas que no se podían contar. Incluso, encontró un horrible corte, probablemente un hachazo, en su costado derecho. Deslizó su mano en el corte, y tocó sus entrañas.

«¿Por qué no he dejado de existir?»

Múltiples pensamientos fugaces daban vueltas por su mente. Eran tantos que no lograba ordenarlos, ni revisarlos con calma.

«¿Los muertos tienen miedo?» Pensó. Quizás lo que sentía era una crisis de pánico.

Recordó las palabras de la psicóloga del CESFAM, allí donde asistía. Tomó una profunda bocanada de aire. Notó cómo los pulmones se llenaban de oxígeno, aunque su cuerpo no necesitaba en absoluto ese movimiento.

Los muertos no necesitan respirar, comer, o existir.

Los pensamientos comenzaron a disolverse en la nada. Una extraña calma comenzó a invadirla. No tenía necesidades que cubrir. No había miedo, esperanza o dolor.

«Esto es muy distinto a cómo fue mi vida» concluyó, abruptamente. Los gritos, los celos, los golpes, el miedo, la parálisis, el horror. Todos esos recuerdos inundaron su mente.

También recordó el arma, junto con su promesa que era tan solo de protegerla de las bajas temperaturas.

El hacha estaba en el patio, esperando ser usada para cortar leña porque el clima era muy helado en los inviernos.

–¡Qué ingenua! —se dijo.

Pero el hacha había aparecido sobre la mesa del comedor, en medio de una de las tantas discusiones. Esa sería la última, aunque ella no lo sabía. Cuando la vio de reojo lo supo.

Sería el final.

—Si estuviera viva estaría enferma de ira —dijo en la oscuridad.

Los miembros de su cuerpo reaccionaron ante ese pensamiento. Las manos se apoyaron en la tierra, dándose impulso. Logró ponerse de pie, y sostenerse en sus piernas. Comprobó las heridas, y advirtió un detalle en el que no había reparado. Las venas de todo su cuerpo se marcaban, dándole una extraña tonalidad azul verdosa. Era de contextura delgada, y le sorprendió el simple hecho que mover el cuerpo la dejaba bastante agotada.

Sonrió, y comenzó a caminar buscando salir del bosque.

Sin embargo, algo la detenía en cada paso que intentaba dar. Un extraño lastre la ralentizaba. Tenía una enorme herida por donde estaban colgando sus entrañas. Con sus manos las encontró, arropó con cuidado, y las depositó dentro de su cuerpo. Luego busco algo para intentar cerrar la herida. Al no encontrar nada adecuado, decidió usar su mano para tapar el agujero.

La mujer azul caminó toda la noche hasta que pudo salir del bosque. La mañana la encontró cerca de la carretera. Algo similar al cansancio se apoderó de ella.

«¿Los muertos también se cansan?» se preguntó, mientras su cuerpo se detenía, sin energía para avanzar. Encontró unos matorrales que crecían fuera del bosque cerca de la carretera. Allí se puso en posición fetal, y se quedó dormida.


Capítulo 2

Pero mucho menos merece usted

La mujer azul despertó de su profundo sueño pero ya no estaba cerca de la carretera. Con un rápido vistazo logró identificar que se encontraba dentro de una morgue.

«Era lógico. Seguramente alguien me encontró tirada, y terminé en este lugar» pensó.

Quizás si hubiese estado viva estaría aterrada por su descubrimiento. Pero ella seguía experimentando este estado catatónico que la dejaba moverse, pero no correr. Podía respirar, pero no disfrutar el oxígeno. Una simple cáscara vacía que no poseía emociones o necesidades biológicas. Tan sólo quedaba el anhelo de seguir durmiendo.

La mujer azul estaba sobre una camilla, boca arriba. De buena gana podría cerrar los ojos y abandonarse al sueño. Pero algo le molestaba. Quizás la ausencia de recuerdos le daba una extraña sensación de lo que ella sintió como desazón. No recordaba nada de su existencia anterior, ni mucho menos que quería hacer al salir del bosque.

Recordaba estar acostada sobre la tierra, rodeada de oscuridad y silencio.

Aunque sonase extraño, deseó regresar a ese lugar. Al parecer aún quedaban algunos anhelos en su corazón que ya no latía. Había algo atractivo en la simple idea de arrojarse sobre la naturaleza, que los gusanos comiesen de su carne, para que tan solo quedasen sus huesos. Y así, por fin, saber que dejaría de existir.

Pero había una razón de porque aún podía moverse.

Y la mujer azul quería averiguarlo.

Quitándose la delgada tela que la cubría, se sentó sobre la orilla de la camilla con ese pensamiento. En el lado izquierdo había dos camillas de metal donde sendos cuerpos reposaban. Curiosa, se levantó para observarlos de cerca. Los cadáveres tenían un color amarillento, con un poco de color en las mejillas que supuso que sería maquillaje. Ninguno mostraba signos de despertar como ella.

Sus vecinos muertos no tenían heridas como las que ella tenía en el brazo.

Se sobresaltó al darse cuenta de lo malherido que se encontraba su cuerpo. Una brevísima imagen del brillo de un hachazo relampagueó en medio de su mente. Duró una milésima de segundo, y sirvió para revisar el costado de su cuerpo. No encontró sus vísceras colgando, pero sí una especie de reparación a través de costuras mal hechas.

«¿Estarán mis entrañas aún dentro de mí?»

—Ridícula —se dijo en voz alta. Sonaba monocorde, sin emociones, una voz gruesa y destartalada. El pensamiento era absurdo porque no había diferencia entre tener órganos o no.

Decidió comenzar a recorrer la habitación. En un mueble frente a ella estaban los instrumentos para revisar a los muertos. Los observó, preguntándose cuáles habían estado en contacto con su cuerpo. Al lado de ese mueble había otro estante, donde alguien había dejado un paquete de galletas.

—Comer con muertos no parece buena idea —se dijo, mientras se acercaba al mueble. Cerca del paquete había más cuchillos, unas cucharas, unas carpetas y un espejo de mano.

Se acercó al último objeto porque deseaba ver su rostro.

El reflejo le devolvió la imagen de un rostro triste surcado por las mismas venas azules que tenía en su cuerpo. Con la ayuda del espejo revisó su cuerpo notando cómo los moretones se habían expandido por su piel, y cómo la costura de su vientre estaba mucho peor de lo que pudo imaginar.

«¿Qué es eso que me mira a través del espejo? ¿Seré yo realmente? ¿Cómo puedo ser una extraña, si ni siquiera existo en este mundo?»

Demasiadas preguntas abrumaban su mente. Se aproximó al paquete de galletas y las abrió, prácticamente por inercia. Comenzó a comerlas lentamente, algo que se le antojó ridículo porque no necesitaba comer. El alimento no tenía sabor alguno, y sólo dejaba una extraña textura rugosa dentro de la boca. La mano libre se posó sobre una carpeta que terminó mirando para distraerse, encontrándose con fotos de ella.

Sus ojos se ensancharon. La nariz tomó más aire, y las galletas terminaron en el suelo. Toda su curiosidad ahora estaba abocada a esa carpeta.

«¡Tengo nombre!» pensó.

“Raquel. 28 años. Empleada de supermercado. Desaparecida hace un mes”

—Creía que había muerto hace poco —murmuró mientras seguía revisando el expediente.

Los detalles de la autopsia desfilaban frente a sus ojos muertos. Su conviviente la había asesinado movido por los celos. Sobre él habían recaído múltiples denuncias, pero nadie las había tomado en serio. Según el registro, se encontraba en prisión preventiva, aunque probablemente saldría en libertad por faltas de pruebas.

Su cuerpo destrozado no era suficiente para la policía.

Comenzó a recordar el motivo de su salida del bosque. Había abandonado la naturaleza presa de una ira helada, la misma que comenzaba a consumirla en ese momento.

“Existe la hipótesis - decía el informe - que el cadáver se encontró sentado durante el mes que estuvo desaparecida. Rastros de madera se encontraron en sus muslos, por los que se presume que estuvo sobre alguna superficie de madera durante, al menos, tres semanas”

Y otro recuerdo le relampagueó la mente. Estaba sentada sobre la cómoda de la casa. Él la había mirado, con un amor podrido en los ojos. La habían convertido en una figura ornamental. Y cuando se había aburrido de ella, al observar su putrefacción, la arrojó cómo basura en medio del bosque.

Tenía tanta rabia, pero no lograba moverse ya que el cansancio comenzaba a nublar su visión. Los ojos le pesaban, y sus músculos no respondían. Tanteando torpemente sobre el mueble, comenzó a buscar el cuchillo. No sabía cómo lo usaría, pero lograría no olvidar lo que leyó.

—Escribir —murmuró. —Necesito escribir para recordar.

Pero la mujer azul no tenía lápiz ni nada parecido. Lo único que le pertenecía era su cuerpo, así que empuñó el cuchillo, y comenzó a cortarse, dejando un mensaje para cuando volviera a despertar. Decía:

Me llamo Raquel. Y voy a encontrar a la persona que me mató.

Volvería a despertar. Tenía esa certeza, algo que era muy parecido a un presentimiento, la conciencia o una premonición.

Ella volvería a despertar.

Los párpados pesaban cada vez más, así que se sentó en el suelo. Antes de quedarse dormida siguió marcando su nombre sobre la piel. Quizás eso dificultaría el mensaje, pero no volvería a perderse a sí misma.

Nunca más.

Capítulo 3

Y yo me la llevé al cementerio

¿Qué les pasa a los cadáveres que pueden deambular por la ciudad? La mujer azul jamás se hubiese hecho esa pregunta, sino fuera porque ahora ella era un muerto recorriendo la ciudad.

Había despertado dentro de un ataúd. Abrió los ojos, encontrándose de frente con el cristal de la caja mortuoria. Tal vez podría decirse que comenzó a sentir desesperación. Existía una razón por la que debía salir pronto de aquel lugar.

Era muy sencillo dejarse abandonar por el cobijo ya que, de forma extraña, el ataúd le otorgaba paz y ansiedad al mismo tiempo. Era demasiado tentador quedarse acostada con las manos en cruz sobre su pecho. Sería descansar para siempre, y no volver a despertar.

Pero existía una razón por la que necesitaba salir. Con una fuerte patada a la puerta del sarcófago, logró abrirlo. Con sus manos se impulsó hasta quedar sentada, y observar donde se encontraba.

Una iglesia.

Una iglesia oscura.

Una iglesia católica, oscura y helada.

Había muchas flores alrededor de su ataúd. Muchas corones con la leyenda “Te extrañaremos” “Descansa en paz” “Dios te bendiga”. Muchísimos colores inundaban su féretro junto con un collage de todas sus fotos.

Logró recordar cómo era su rostro. Relámpagos de recuerdos de lo que había sucedido en la morgue comenzaron a resonar en su mente. Y nuevamente la extraña inquietud la inundaba.

Volvió a impulsarse con sus manos para salir de donde estaba. Revisó las flores, los mensajes y los collages de fotos. Extrañamente tenía más energía que los días anteriores, además de estar totalmente vestida. Alguien había decidido ponerle un vestido azul y zapatos de color café. La hizo sentirse un poco más cercana a la vida.

Se agachó para mirar las fotos con detenimiento. Había muchas personas, pero no lograba reconocer a ninguna, con excepción de un joven que la abrazaba posesivamente. Era un hombre guapo, de ojos claros y amplia sonrisa. La tenía abrazada desde la espalda. Debajo de este cuadro de fotos decía:

“Hemos jurado amarnos hasta la muerte

Y si los muertos aman

Después de muertos amarnos más”

La canción comenzó a sonar en su cabeza. Era la primera canción que él le había dedicado. La que sonaría cuando se casaran. La que sonaría el día del funeral del que muriera primero.

¿Cómo le había hecho esas cosas horribles, si ella lo había amado tanto?

Ella había cambiado de trabajo para tener más tiempo para él. Ella había cambiado su manera de vestir para encontrar más a menudo su sonrisa. Ella había callado todos los reclamos para que él estuviera feliz.

Y él la había llevado de la mano por el puerto. La cuidaba en las noches, sobre todo cuando eran sus golpes los que la tiraban en la cama. Le había dicho que no tendría frío ese invierno. Le había prometido estar cerca de ella para siempre. Había llenado la casa de libros. Había adornado su casa con los colores favoritos de los dos.

Lo peor fue que ella era feliz. Podía recordar los golpes, pero también la alegría. Los abrazos, y las patadas. Las risas, y los castigos. Más que los hematomas, le dolía cuando él decidía ignorarla por completo. El silencio de él se parecía tanto a la muerte que no podía soportarlo, y lloraba a sus pies rogando por el perdón.

La mujer azul no podía llorar. Quizás porque su cuerpo no le pertenecía. Quizás sus lágrimas nunca habían podido ser derramadas cuando estaba viva. Todo el dolor arrastrado por esa insana relación nunca sería expresado en este universo. ¿Y adonde se iría todo este sufrimiento?

¿A dónde iría ella?

¿A dónde van los muertos que no quieren descansar en paz?

El ataúd estaba inservible. Si se quedaba en él, posiblemente las personas sospecharían sobre sus escapadas nocturnas. Recordó vagamente los cuentos de los curas, que comentaban que los féretros de repente aparecían en el suelo, a veces abiertos o incluso vacíos.

¿Por qué nadie hablaba de la muerte? ¿Por qué todos guardaban este pacto secreto sobre los muertos que caminan?

La mujer azul no quiso quedarse para averiguar qué pasaría. Aún se sentía con energía suficiente para recorrer la ciudad y buscar un lugar donde dormir. Sabía que debía ser un lugar donde nadie la viera, ni tampoco se le ocurriese moverse.

Y recordó cómo llegar al cementerio.

Y decidió ir hacia allá.

O al menos, intentarlo.