Brishna
Primera entrada:
Mi nombre es Miranda Song-Sandoval, durante mi juventud emigré a una nación al norte de la Abya Yala, tan solo unos años antes del suceso conocido como Gran colapso global, en que el antiguo sistema de producción y consumo dejó de existir, así como la mayor parte de infraestructura de comunicación global. Aquí me establecí, y fue aquí donde conocí a mi esposa Shu-yao; nacida en esta tierra, ella fue una música apasionada, una maestra dedicada, y mi persona favorita de este mundo; juntas adoptamos a una niña llamada Brishna hace 14 años.
Este recuento de mi vida es un ejercicio sugerido por mi terapeuta, estoy buscando ser capaz de gestionar la preocupación que suelo sentir al pensar en Bri.
Brishna fue traída de un territorio en el centro de Asia, a raíz de una situación extraordinaria. Dicha situación fue consecuencia de la extinción de un esfuerzo humanitario internacional; antes del Gran colapso global, algunas de las naciones más ricas de occidente sostenían misiones humanitarias en territorios vulnerables a la pobreza y las catástrofes climáticas; aun después del colapso se intentó mantener la ayuda, pero se fue extinguiendo progresivamente ante las dificultades derivadas de la nueva realidad. Cuando los miembros de las misiones se veían obligados a volver a casa, muchos abogaban por llevar consigo a los niños, en su mayoría huérfanos, que dependían de ellos; las naciones participantes aceptaron, y, en lo que podría juzgarse como el remanente de una actitud neocolonial, se repartieron a aquellos niños según sus necesidades demográficas.
Brishna llegó a nosotras cuando estaba por cumplir 3 años, era una niña seria y un tanto silenciosa; los más complejo al inicio era comunicarnos con ella, pues, nunca teníamos claro si lograba comprendernos. Bri se volvió la prioridad en nuestras vidas, a veces incluso tomábamos descansos del trabajo para poder pasar más tiempo con ella. Le construimos una rutina para ayudarla a acostumbrarse; jugábamos con ella todas las tardes, a veces íbamos de paseo al parque del vecindario, solíamos hacerla participar en la cocina, y, casi todas las noches, leíamos con ella holocuentos; Bri observaba las ilustraciones con fascinación, a la vez que escuchaba atenta las historias; su cuento favorito iba de una niña, que, estando perdida en un mundo fantástico habitado por anfibios, era adoptada por una familia de ranas, que en ultimas la ayudaba en su aventura para volver a casa.
Nuestra vida casi perfecta se vio interrumpida el verano que siguió al sexto cumpleaños de Bri. La tragedia comenzó con Shu sintiéndose inusualmente enferma, ya en el hospital fue diagnosticada con neumonía, su condición no dejó de empeorar y ningún tratamiento logró salvarla; los médicos concluyeron que la causa había sido una superbacteria. Debido a los protocolos de cuarentena, no pude verla después que la diagnosticaron, no pude despedirme.
El primer año sin Shu-yao fue el más duro, la pesadumbre del duelo y la exigencia de la crianza eran difíciles de concertar; no imagino que hubiese ocurrido de no haber contado con el apoyo de la madre de Shu; Li Hua era una mujer fuerte, aunque un tanto estricta e inflexible, durante ese tiempo, ella se aseguró de que Bri y yo nos mantuviéramos bien alimentadas, incluso hubo ocasiones en que me obligó a levantarme de la cama cuando me parecía imposible. Li Hua estuvo presente en nuestras vidas hasta el día en que falleció, no me cabe duda de que Bri, única heredera de su linaje, fue muy importante para ella.
Brishna siguió creciendo, y se transformó en una niña que rebosaba energía, era bastante parlanchina e infinitamente curiosa, a veces un tanto demasiado para su propio bien. Como aquella ocasión en que se dislocó el hombro, tenía 8 años y uno de sus amigos le dijo, que, en el bosque junto a la escuela, existían alces tan altos como árboles. Debido a que no obtuvo permiso para salir en búsqueda de alces gigantes, decidió que usaría el recreo para su aventura y volvería antes de que nadie se diese cuenta; había escalado un tercio de la cerca cuando su maestra la descubrió, y, al escuchar que la llamaban, perdió la concentración y cayó de costado contra el suelo.
Mentiría si minimizase la preocupación que sentía en aquel momento, me aterraba que Bri pudiese lastimarse enserio o que un día decidiese acercarse a algún animal salvaje; Tras hablarlo con su terapeuta, me sugirió buscar una forma segura de canalizar su curiosidad.
La biblioteca central de la ciudad ofertaba diferentes talleres para niños, Bri eligió el de ciencias naturales y el de introducción a la música. Pasamos incontables tardes al cobijo de ese precioso edificio; yo por mi parte, usaba el tiempo de espera para ponerme al día con los asuntos que se discutían en la asamblea de la provincia, obligación que había descuidado en los últimos años. También hubo una parte de mera diversión, la biblioteca conservaba dispositivos de entretenimiento de otro tiempo, así como contadas nuevas invenciones; en mi juventud había sido adepta a los videojuegos, así que disfrute compartir esa experiencia con mi hija.
Esa fue nuestra dinámica hasta que Bri empezó la educación secundaria, en su instituto, las actividades extraescolares eran obligatorias, volviendo su horario más largo; además de que ahora le interesaba pasar más tiempo con sus amigos y salir con ellos. Confieso que al principio me mostré bastante reacia a permitir que Bri saliese por su cuenta, me parecía riesgoso, a pesar de que la ciudad era supuestamente muy segura; fue su terapeuta el que termino por convencerme de que era momento de soltarla un poco y confiar en ella.
Me vi de pronto con tiempo de sobra, y para ocupar mi mente, decidí asumir más responsabilidades en el trabajo; primero se me encomendó la tarea de entrenar a los recién llegados al departamento, y pasado un tiempo, me integré a un comité de la asamblea encargado de determinar prioridades tecnológicas. Durante esos años, participe activamente en el desarrollo de generadores especializados en entornos nevados, mismos que han resultado vitales para la provincia frente a las tormentas invernales cada vez más intensas.
Este año Bri cumplió 17, en un año más acabará su formación básica, y más relevante aun, será considerada una adulta por la ley. Estaría emocionada por ese suceso, si no fuera por la noticia que recibí hace unas semanas; Bri se ha apuntado a los entrenamientos para formar parte de la Primera Misión de Reconexión.
Algunos meses atrás, un equipo de ingeniería consiguió poner en funcionamiento viejas aeronaves de transporte, no pretendo minimizar su esfuerzo, pero tan solo han adaptado motores de hidrogeno a viejas carcasas que llevaban años oxidándose; aun así, se habla de nuevas posibilidades de comunicación con el exterior. El comité encargado de reparar los daños ocasionados a los chicos extraídos con el fin de los esfuerzos humanitarios vio esto como una oportunidad para cumplir dos de sus objetivos: que quienes fueron separados de su familia puedan buscarla, y, restablecer el contacto con los territorios de los que son originarios; la iniciativa se ha bautizado como Primera Misión de Reconexión.
Comprendo que tienen buenas intenciones, pero el proyecto es un disparate, no hay forma de que esos aviones obsoletos resistan las condiciones climáticas de los territorios que se pretende alcanzar. Mi oposición a la iniciativa fue ferviente, incluso presenté argumentos en contra, sustentados en cálculos estructurales, ante la asamblea provincial; pero, al final mis esfuerzos fueron en vano, la asamblea nacional aprobó el proyecto y se comenzó con los preparativos.
Y luego esta Brishna, mi hija, la persona que más me importa en este mundo; viene un día a casa, y me dice que participar en una misión suicida es el sueño de su vida; sé que tiene todo que ver con sus amigos, no dudo que sean buenos chicos, pero son demasiado soñadores, su exceso de optimismo es peligroso para ellos mismos, y esta situación, no hace más que demostrarlo. Desearía que Shu estuviese aquí, o incluso Li Hua, quizá alguna podría hacerla entrar en razón.
Segunda entrada:
No puedo permitir que mi hija forme parte de esa misión, aunque legalmente tampoco puedo impedirlo; se estima que la misión se llevara a cabo dentro de aproximadamente un año, momento en que Bri será mayor de edad y dueña de sus decisiones.
Por eso, he hecho de todo para impedirlo. Intenté prohibirle a Brishna acudir al entrenamiento, pero lo único que conseguí, es la rabia de una adolescente cada vez menos dispuesta a escucharme; insté a los padres de sus amigos a intentar disuadirlos, pero ninguno tuvo éxito; traté de llevar el tema nuevamente a discusión de la asamblea, pero se decidió que revisarlo no es un asunto prioritario.
Ante tales fracasos, he recurrido a una opción éticamente cuestionable. Da la casualidad, de que uno de los encargados del proceso de entrenamiento y selección de la iniciativa, es un buen amigo mío, su nombre es Jean, y lo conocí durante los tiempos tumultuosos que siguieron al Gran colapso; servimos en la misma unidad de defensa fronteriza, nos entendimos bien desde el principio, y en adelante, nos cuidamos mutuamente; vivimos juntos situaciones muy complejas, y terroríficas noches de angustia. Una vez el conflicto cesó, nos establecimos en la misma ciudad, y hemos mantenido contacto desde entonces.
Hablé el asunto con Jean, y le hice prometer, que, bajo ninguna circunstancia, permitiría que Bri fuese seleccionada; convencerlo no fue difícil, pues comprendió de inmediato mi punto de vista, él concuerda en que jamás permitiría que sus hijos participasen de algo tan descabellado.
Tercera entrada:
Hace más de un año registré mis pensamientos aquí por ultima vez, escribo esta entrada con un nudo en el corazón y con la intención de afianzar un aprendizaje reciente.
Durante todo este tiempo esperé, no hable más del tema con Bri, y me hice a la idea de verla solo por la noche después de su entrenamiento. Ella mantuvo cierta distancia respecto a mí, aunque la fue relajando conforme pasó el tiempo.
Accedió a pasar conmigo buena parte del día de su cumpleaños número 18, cocinamos juntas su platillo favorito, por primera vez tome una cerveza con ella, y, la escuche hablar sobre lo interesante que era su entrenamiento, y sobre las valiosas habilidades que había adquirido; hace mucho que no la veía tan alegre. Esa misma noche salió de fiesta con sus amigos y no volvió hasta la madrugada, yo por mi parte, hice un gran esfuerzo por no estresarme de más.
Finalmente llegó el día de la selección final de miembros de misión, Bri no fue seleccionada, y por fortuna, una de sus amigas también fue rechazada. Bri estuvo malhumorada durante los días siguientes, dejó de comer bien y solo me dirigía la palabra para lo indispensable, quizá sospechaba de mi involucramiento en su rechazo.
Hace exactamente 28 días la misión de reconexión dio comienzo, primero partieron en barco rumbo a Europa, estuve con Bri cuando se despidió de sus amigos, les deseó suerte, entregó regalos y les prometió que iría con ellos en la próxima oportunidad; el avión despegó desde algún aeropuerto de Europa 17 días después, el contacto con los tripulantes se perdió de forma definitiva 8 horas tras el despegué.
Diwa y Akeem, así se llamaban los amigos Bri, sé que los apreciaba enormemente; quisiera poder aliviar la amargura que está sintiendo, se que no puedo, pero al menos puedo acompañarla. Aun sigo pensando en el momento en que tuve que dar el pésame a los padres de esos niños, no tuve nada más que decir, saber que la tragedia pudo evitarse es irrelevante.
Charlé un rato con Jean durante el funeral, supongo que en ese momento Brishna terminó de atar cabos; antier finalmente me confrontó respecto a la selección, le conté la verdad, ella lloró unos minutos y luego permaneció en silencio otro buen rato. “Queríamos demostrar que también podemos mejorar las cosas, en verdad queríamos ayudar a los que se quedaron atrás, la verdad ni siquiera tengo recuerdos de antes de venir aquí, pero no puedo dejar de pensar en cómo estarán, en si aún queda alguien de mi familia biológica.” Dijo finalmente Bri, “crecí escuchando la historia de como reconstruyeron después del Gran colapso, de cómo arreglaron las cosas, y yo, quería demostrar que también puedo”, la voz se le quebró nuevamente, “pero lo que me lastima ahora es que no confías en mí, no crees que sea capaz de lograr nada por mi cuenta, y sé que vas a decirme que tu tenías razón, y que por eso Diwa y Aki ya no están, pero quizá era mi destino…”, el llanto volvió apoderarse de ella. En ese momento le respondí lo que me pareció intuitivo, le asegure que la creo capaz de hacer cualquier cosa que se proponga, y le expliqué que lo único que quiero es protegerla.
El otro día en el funeral recordé el momento que perdí a Shu, en lo abrupto que fue, y pensé, que podría haber ocurrido nuevamente con Bri; que en realidad no estuve tan lejos de perderla; si Jean no hubiese estado en esa posición, o si lo hubiesen separado del cargo antes; Brishna pudo haber subido a ese avión por una infinidad de posibilidades. Una vez que el pensamiento tormentoso pasó, miré a mi izquierda, y allí estaba ella, muy afligida, pero viva; en ese momento experimenté una gratitud inconmensurable, mi hija estaba ahí, en ese momento, parada junto a mí.
Shu dejó de estar aquí un día, pero los días antes de eso, los años antes de eso, estuvimos juntas, vivimos la vida juntas y fue una experiencia maravillosa; aun sabiendo lo que se hoy, volvería a vivirlo todo sin dudarlo un segundo.
Entendí que no puedo proteger a Bri siempre, que hay cosas de las que no podría protegerla aunque lo intentase, por ejemplo, del dolor de su perdida. Y tiene razón, lo que sí puedo hacer es confiar en ella, saberla capaz de regir su vida como a ella le parezca, desear que la disfrute tanto como pueda; aunque también espero que esté dispuesta a escuchar mi consejo cuando algo me parece importante.