1. Nerissa
Prólogo.
La playa estaba desierta, excepto la ambulancia, que, con sus luces intermitentes, señalaba que los sanitarios acudían a un momento de vida o muerte.
— ¡Rápido! — les gritó una joven en la playa, la misma que los había llamado.
Había estado dando un paseo por la playa con sus perros, cuando estos habían empezado a tironear hacia el rompeolas y roto a ladrar desesperadamente. Ella no había entendido muy bien que pasaba, hasta que uno de los canes aferró algo que parecía una cuerda y tiró hacia la orilla.
Luego vio el pequeño cuerpecito al final de la cuerda y lo entendió. ¡Alguna desnaturalizada había dado a luz en la playa y dejado a su bebé como pasto de los peces!
Corrió a atender a la criatura, rogando porque estuviera viva, quitándole al perro el bebé azul grisáceo. Con él en brazos, lo llevó más lejos del agua y trató de hacerle el boca a boca.
— Emergencias. ¿En que podemos ayudarle? — Dijo la voz al otro lado.
— He encontrado un bebé en la playa, está azul y frío, manden una ambulancia. — Gritó sobre los ladridos de los perros. Siguió con la reanimación cardiopulmonar como se la estaban describiendo en el teléfono, y la bebé, pues era una niña, vomitó por fin el agua inhalada y trató de llorar, pero ningún sonido se oía.
Luego empezó a toser y a amoratarse de nuevo. Los médicos le dijeron que era prematura y que sus pulmones no estaban bien formados, así como las cuerdas vocales. Tenía problemas respiratorios, por lo que deberían ingresarla en la unidad de neonatos. Luego le preguntaron si era la madre.
— ¿Me ven cara de recién parida? Estaba paseando con los perros, y ellos la encontraron. Pero si lo que quieren es un seguro médico para poder atenderla, está bien, me hago cargo. No sé como lo explicaré en casa, pero iré en cuanto deje a los perros en ella. Apunten mis datos...
Treinta años después...
Nerissa agregó otro tomo de una de las mesas donde trabajaba de auxiliar de bibliotecaria, abandonado por uno de los estudiantes del instituto próximo, y lo colocó en su carrito.
Unos toquecitos en su espalda la hicieron girarse, pero no alterarse. Era sordomuda, por lo que, si no la tocaban antes, no sabría si le hablaban.
— Nerissa, es tu cumpleaños. Vete a casa, hoy puedes terminar antes. — Le dijo su jefa, en lenguaje de signos.
"Coloco estos libros y me iré. No quiero dejarte con todo el trabajo." Respondió de la misma manera, mientras sacaba su inhalador y tomaba una dosis de salbutamol, ya que era, además, asmática.
— Está bien, pero aligera, que tus padres te estarán esperando. — Sonrió ante la mención de sus padres. Su 'hermana adoptiva' la había encontrado cuando paseaba a los perros por la playa, recién nacida y casi muerta. Cuando los padres de esta se enteraron de su triste nacimiento, siendo arrojada a las frías aguas del Pacífico poco después de nacer, no dudaron en responsabilizarse, ser familia de acogida primero y luego, adoptarla.
Nadie quería un bebé con tan graves problemas de salud como ella acarreaba. Sordomuda, asmática, y con psoriasis de un grado agudo, por lo que siempre se estaba rascando o no podía disfrutar de ropa corta, porque siempre tenía manchas rojas en su piel.
Por mucha hidratación que usase para evitar descamarse, nada parecía ser útil. Algunas cremas contenían sustancias que le causaban ampollas, otras, no le hacían efecto y solo se notaba completamente viscosa. Solo el agua parecía calmar su dolencia, pero tampoco podía estar siempre dentro de ella.
Además de eso, siempre tenía calor, un calor insoportable, que solo mejoraba algo en los meses de invierno, pero aun era mucho. Los médicos lo achacaban a que, debido a su frustrado intento de asesinato cuando era un bebé, su cuerpo se había regulado a si mismo a una temperatura baja, por lo que, al tacto, era fría.
Su madre biológica y seguramente causante de sus problemas de salud nunca había sido localizada, por lo que tampoco se podría descartar que fuera una condición médica heredada de ella o de su padre. E incluso, el que no apareciera, podría ser que ambas fueron arrojadas al mar, y mientras su madre no sobrevivió, ella si lo hizo.
Demasiadas preguntas para el día de su trigésimo cumpleaños, por supuesto, pero siempre que llegaba, no dejaba de preguntarse como sería su verdadera madre.
Nerissa medía un metro setenta, era rubia y de ojos grises, con tendencia a la obesidad si no cuidaba su dieta. Destacaba junto a su familia adoptiva, de origen latino, como un pulgar dolorido, dada su blanquecina piel cubierta de ronchas rojas. Todos ellos eran morenos, de ojos oscuros y complexiones robustas pero atléticas, y tan guapos, que ella siempre era el patito feo de las fotos familiares.
No podía conducir por sus problemas de audición, no podía socializar por su aspecto y por eso, a sus treinta años, se mantenía virgen, lo que también era un estigma social cuando alguien se enteraba.
Ella trataba de no pensar mucho en ello, pero era difícil, cuando todos en casa trataban de emparejarla con el 'nuevo' empleado de su empresa, el 'nuevo' profesor de su escuela o lo peor, los hijos de amigos y conocidos.
Adoraba a sus padres, pero estaban empeñados en verla casada, y ella sabía que iba a ser imposible. Enferma, fea y sordomuda. Daba igual que tuviera piernas de escandalo o un busto llamativo, los problemas de salud siempre serían un factor para que todo hombre sensato diera un paso atrás. ¿Y si era hereditario? ¿Sus hijos saldrían cómo ella? No, en cuanto salía el tema a colación, ellos se disculpaban y no volvían a verlos.
Papá Pedro la había llamado Nerissa por un personaje del Mercader de Venecia de William Shakespeare, diciendo que le recordaba a la palabra Nereida, que significa hija del mar o espíritu del agua. Que ella era la pequeña sirena perdida del dios Nereo, traída por las olas cuando los enemigos de este atacaron a su madre. Todo muy poético, la verdad, si creyera en fantasías.
Le encantaban los libros, eso si. En cuanto tuvo edad para leer, los devoraba como un pez devora el plancton que lo rodea, sin pensar si sería su último libro, pues hubo momentos en que se temió por su vida.
A los cinco años, aun permanecía más tiempo en las unidades pediátricas que en su casa. Con diez, todas las semanas debía ir uno o dos días a que le administraran inyecciones de corticoides, para mejorar sus pulmones malformados. Fue en la adolescencia cuando comenzó a estabilizarse y apareció la psoriasis, destruyendo su amor propio.
Salió de la biblioteca a buena hora, pero el sol daba de lleno, por lo que tendía a huir a las sombras para no pasar más calor de la cuenta. Esto hacía que muchos la mirasen mal o pensasen que era un bicho raro. El término 'vampiro' por su frialdad lo había leído muchas veces en los labios de los desconocidos. También el de 'freaky' o 'monstruo', cuando su psoriasis pasaba una época realmente aguda.
Trataba de rehuir de los lugares más concurridos, para evitar encontronazos con desaprensivos, pero para llegar a su casa, siempre tenía que pasar por la playa, llena de adolescentes que no tenían respeto ninguno.
Fue sacada de sus pensamientos por un golpe que la tiró al suelo. Mareada, miró al hombre que la había golpeado. Este era hermoso, de piel oscura, ojos grises como ella, y que no dejaba de hablar muy rápido, por lo que no podía seguirle el ritmo. Tampoco es que su vista ayudase, pues se había golpeado la cabeza y la oscuridad parecía reclamarla por segundos.
Kai maldijo por su torpeza. Había pitado para que la mujer se apartase cuando tomó la curva demasiado abierta y perdió por un momento el control. Joder, ahí iba su intento de pasar desapercibido mientras buscaba a la hija perdida del Rey, y la que, según la bruja, sería su mujer.
Le había costado conseguir una identidad humana, un vehículo e incluso la documentación necesaria para no levantar sospechas. Llevaba diez años tras su rastro, desde que anunciaron que estaba viva en algún lugar del continente, pero nadie sabía donde o como había logrado sobrevivir siendo una recién nacida.
Los humanos no sabían como eran en realidad los habitantes del profundo océano, por lo que era fácil que la hubieran tomado como una de los suyos, aunque tampoco es que tuviera ya muchas esperanzas de encontrarla. La superficie era grande, no tan grande como el mar, pero sí más habitada. Si ella había sido trasladada al interior del continente, difícilmente la encontraría.
Kai Lani era guapo, como todos los habitantes del fondo del mar. De piel oscura, gracias a una sustancia que se aplicaba para no secarse al aire libre, con ojos grises bastante llamativos por su naturaleza marina, de metro noventa de estatura, musculado y bien proporcionado, llamaba la atención allá donde fuera. Y llevaba diez años buscando a su princesa.
Ella había nacido durante una de las peores tormentas marinas que se recordaban. Su madre, la Reina, también conocida como la bruja, por sus habilidades y conocimientos médicos, se había puesto de parto cuando buscaba refugio, antes de tiempo. A duras penas pudo poner al Príncipe heredero a salvo, antes de que llegase la Princesa a nacer, y debilitada como estaba, no pudo retenerla cuando las corrientes se llevaron su pequeño cuerpo hacia la superficie.
Solo sabían, que de vez en cuando, la Princesa entraba al mar, pero poco más, y gracias a ello, la Reina pudo indicar aproximadamente la dirección. Pero esta era el Noroeste de la costa del continente, dentro de lo que los humanos llamaban Estados Unidos, y había cientos de poblaciones humanas, humanos que se metían al mar, sobre todo en la época más calurosa del año, o que simplemente remojaban sus pies en él.
Esto bastaría para que la Reina detectase a la Princesa, pero no que se comunicase con ella, por lo que había sido enviado a buscarla, prometiéndole su mano si lo lograba. Y estaba a punto de tirar la toalla. Diez años llevaba en la superficie y no tenía más pista que la costa. Diez años persiguiendo a todos los niños abandonados en las playas. Y hasta ahora, ninguno había sido la nereida que buscaba.
Tomando a la mujer en brazos, pues decidió que mejor trataba de llevarla al médico a seguir su camino, la observó lentamente. A parte de las ronchas rojas en su pálida piel, se le daba un aire al Príncipe y a la Reina. ¿Podría haber tenido suerte por fin? ¿Le iban a patear el trasero cuando supieran como la había localizado si era ella? Y lo que era peor, ¿le creería ella cuando le contase quien era realmente?








