Capítulo 1
Despertar en la Academia Altair no es como despertar en cualquier otro lugar. Para empezar, la luz del sol apenas se cuela por las pesadas cortinas negras que cubren las ventanas de nuestro dormitorio. A pesar de la penumbra, mi reloj biológico ha aprendido a reconocer la tenue luz del amanecer. Me estiro perezosamente en mi cama, tratando de aferrarme a los últimos vestigios de sueño. Pero sé que tengo una misión importante esta mañana: despertar a Will.
Will, mi compañero prefecto de primer año, tiene una habilidad especial para dormir profundamente, ignorando cualquier intento sutil de despertarlo. Su cama está situada al otro lado de la habitación, cerca de la ventana. El contraste entre nuestras áreas es notable: mi lado está ordenado y minimalista, mientras que el de Will está decorado con libros apilados al azar, pergaminos desordenados y, por supuesto, su amado gato negro, Azrael, enroscado a los pies de la cama.
Me levanto, tirando de la pesada colcha, y camino hacia la cama de Will. Azrael me mira con sus ojos amarillos y refulgentes, como si supiera lo que está a punto de suceder. Le doy unas palmaditas en la cabeza antes de concentrarme en mi objetivo.
“¡Will! ¡Despierta! Es hora de levantarse,” le digo, sacudiendo su hombro.
Nada.
Suspiro y aumento la intensidad de mis esfuerzos. “¡Will, vamos! ¡No podemos llegar tarde al desayuno otra vez!”
Finalmente, con un gruñido, Will abre un ojo. “¿Leo? ¿Qué hora es?”
“Es hora de levantarse,” respondo con una sonrisa victoriosa.
Después de un breve pero efectivo debate sobre la necesidad de madrugar, logramos vestirnos y dirigirnos al Gran Comedor. La Academia Altair es una mezcla de estilos arquitectónicos góticos y renacentistas, con largos pasillos y techos altos que parecen murmurar secretos antiguos mientras caminamos.
El Gran Comedor es un salón amplio y oscuro, con largas mesas de madera maciza y candelabros colgantes que iluminan tenuemente el lugar. Nos dirigimos a nuestra mesa habitual, cerca de una ventana que da a los jardines embrujados.
Mientras nos servimos, noto a Circe y Octavio, los prefectos de tercer año, sentados juntos en una mesa no muy lejos de la nuestra. Circe es alta y esbelta, con cabello negro azabache que cae en cascada hasta su cintura. Sus ojos son de un azul profundo y su presencia siempre parece rodeada de un aire misterioso. Octavio, por otro lado, tiene una apariencia más ruda. Es alto y musculoso, con cabello castaño claro y una mandíbula cuadrada. Sus ojos verdes destellan con una inteligencia aguda y una pizca de malicia.
Ambos tienen una relación que ha sido objeto de muchas especulaciones entre los estudiantes. A menudo se les ve juntos, y aunque su cercanía podría interpretarse como romántica, hay algo en su dinámica que me hace desconfiar.
Mientras saboreo mi tostada, veo que Octavio nos hace una seña. “Will, Leo, venid aquí,” llama.
Will se detiene con un tenedor a medio camino de su boca y me lanza una mirada interrogativa. Asiento y juntos nos dirigimos a la mesa de los prefectos de tercer año.
“Buenos días, chicos,” dice Circe con una sonrisa que no alcanza sus ojos. “Will, ¿por qué no te sientas con nosotros hoy?”
Will, visiblemente intrigado, acepta la invitación. “Claro, ¿por qué no?”
Me siento incómodo con la situación, pero intento disimular. “Me quedaré aquí, gracias. Disfruten del desayuno,” digo, tratando de mantener la cordialidad.
Mientras me alejo, no puedo evitar pensar en la extraña relación entre Will, Circe y Octavio. No me fío de ellos, especialmente de Circe. Su aura misteriosa siempre me ha puesto nervioso, y Octavio, aunque aparentemente más abierto, tiene una mirada que sugiere que sabe más de lo que deja ver.
Después del desayuno, me dirijo a la clase de Latín. El aula está ubicada en una de las torres más antiguas del castillo. El Profesor Virgil, un hombre delgado con gafas redondas y una expresión perpetuamente aburrida, ya está en su escritorio cuando llego.
“Buenos días, clase,” dice sin levantar la vista de sus pergaminos. “Hoy continuaremos con las declinaciones de los sustantivos de tercera declinación.”
Trato de concentrarme, pero el ritmo monótono de su voz me arrulla inevitablemente. Después de unos minutos, mis párpados empiezan a pesar y, antes de darme cuenta, me encuentro cabeceando.
“Leo,” la voz del profesor corta mis sueños. “¿Puedes repetir lo que acabo de decir?”
Parpadeo, tratando de despejar la niebla del sueño. “Ehm, las... declinaciones de tercera declinación,” tartamudeo.
El profesor suspira profundamente. “Parece que necesitas prestar más atención, Leo. Si quieres progresar en las artes oscuras, no puedes permitirte dormir en clase.”
Asiento, sintiéndome avergonzado. Mis compañeros de clase contienen la risa mientras yo me enderezo en mi silla, decidido a no volver a quedarme dormido. Sin embargo, no puedo evitar pensar en lo irónico que es que una clase tan crucial para nuestra educación mágica sea tan insoportablemente aburrida.
Después de sobrevivir la clase de Latín, me dirijo a Botánica, que afortunadamente es un poco más interesante. Hoy, los alumnos de tercer año se unirán a nosotros para una lección práctica en los invernaderos.
El invernadero es un edificio grande y antiguo, lleno de plantas mágicas de todo tipo. El aire está impregnado con el aroma de hierbas y flores exóticas, y los sonidos de criaturas pequeñas moviéndose entre las hojas crean una atmósfera viva y vibrante.
“Hoy, trabajarán en parejas,” anuncia la profesora Belladonna, una mujer alta y severa con cabello gris recogido en un moño apretado. “Leo, tú trabajarás con Octavio.”
Genial. Intento ocultar mi descontento mientras me acerco a Octavio. Él me saluda con una sonrisa tranquila, pero hay algo en su mirada que me pone en guardia.
Comenzamos a trabajar en una planta carnívora llamada Venatus Arbor, que requiere una atención cuidadosa para no terminar siendo su almuerzo. Mientras Octavio y yo manipulamos cuidadosamente las ramas de la planta, decido aprovechar la oportunidad para sacarle información.
“Así que, Octavio,” comienzo casualmente, “he notado que tú y Circe pasan mucho tiempo con Will. ¿Qué hay entre ustedes tres?”
Octavio me lanza una mirada de advertencia, pero su expresión se suaviza rápidamente. “Nos llevamos bien,” dice evasivamente. “Will es un buen chico.”
“Sí, pero... parece que hay algo más,” insisto, sin querer dejar el tema.
Octavio se detiene por un momento, como si estuviera considerando sus palabras. “Es complicado,” dice finalmente. “Pero no te preocupes, Leo. Will está en buenas manos.”
No es exactamente la respuesta que buscaba, y deja más preguntas que respuestas en mi mente. Decido no presionar más, consciente de que no voy a obtener más información por ahora.
Mientras manejamos con cuidado las ramas espinosas de la Venatus Arbor, una planta conocida tanto por su belleza como por su peligrosidad, decido seguir indagando. La planta tiene hojas gruesas, de un verde oscuro, con venas que parecen brillar con un matiz carmesí bajo la luz del invernadero. Sus flores, aunque raramente vistas, son rumoradas por ser de un color violeta intenso y poseen un aroma embriagador, que es tanto alucinógeno como letal para quienes no toman las precauciones adecuadas.
“Octavio, tengo que preguntarte... Tú y Circe parecen muy unidos. ¿Qué tipo de relación tienen exactamente?” pregunto, manteniendo mi voz lo más neutral posible.
Octavio me mira fijamente durante un momento antes de responder, su atención todavía dividida entre nuestra conversación y la delicada tarea de podar una de las ramas más rebeldes de la planta. “Circe y yo... somos complicados, Leo. Más que amigos, menos que amantes,” dice con una sonrisa torcida. “Somos compañeros en el verdadero sentido de la palabra, enlazados por nuestro interés común en las artes más profundas y oscuras.”
Su explicación me deja más confundido que antes. No es la respuesta clara que esperaba, pero es típico de Octavio mantener cierto aire de misterio sobre sus asuntos personales.
“Entiendo,” respondo, aunque en realidad no lo hago. “Y Will, ¿cómo encaja en todo esto?”
Octavio deja la tijera de podar a un lado y se toma un momento antes de responder. “Will es... un proyecto para nosotros,” empieza con cautela, eligiendo sus palabras con cuidado. “Tiene un potencial enorme, Leo. Un potencial que tal vez él mismo no comprende completamente. Circe y yo... lo estamos guiando, ayudándolo a encontrar su camino en este mundo.”
Esa declaración hace que me sienta aún más inquieto. “¿Pero él está de acuerdo con eso? Quiero decir, ¿es algo que Will quiere?”
“Por supuesto,” asegura Octavio, volviendo a su tarea con la planta. “No haríamos nada sin su consentimiento. Will es parte de esto tanto como nosotros. Es un trío de confianza y exploración mutua.”
Al observar cómo Octavio maneja con habilidad la Venatus Arbor, cortando las ramas excedentes para que no sofocaran el crecimiento del resto de la planta, no puedo evitar admirar su destreza. Sin embargo, su explicación sobre la dinámica con Will y Circe no hace sino aumentar mi preocupación. La forma en que habla de “guiar” y “potencial” me hace temer que Will podría estar siendo manipulado, aunque sutilmente.
Decido que debo mantener un ojo más atento sobre la situación. Will es mi amigo y mi compañero prefecto, y no puedo permitir que nada ni nadie lo perjudique.
“Gracias, Octavio. Solo quiero asegurarme de que Will esté bien,” digo finalmente, con un tono que espero suene más firme de lo que me siento.
“Por supuesto, Leo. Will está en buenas manos, te lo aseguro,” responde Octavio, y hay una sinceridad en su voz que casi me convence. Pero aún así, decido que seguiré vigilante.
Mientras Octavio se dedicaba con meticulosa atención a la Venatus Arbor, yo no podía dejar de lanzar miradas furtivas hacia Will y Circe. A pesar de las explicaciones de Octavio, algo en la dinámica entre ellos me hacía sentir inquieto, y mi curiosidad, junto con una buena dosis de preocupación, me empujaba a buscar respuestas directamente de la fuente: Will.
Circe se levantó, excusándose para ir al baño, y dejó una oportunidad de oro. Me deslicé rápidamente hacia el lugar donde Will estaba sentado, dejando a Octavio hablando solo con las plantas, lo cual, sinceramente, parecía algo que disfrutaría sin compañía.
Will, quien estaba absorto en sus notas, saltó un poco cuando me senté a su lado. “¡Leo! Me has dado un susto,” exclamó, una sonrisa apareciendo en su rostro a pesar del sobresalto.
“Lo siento, no era mi intención asustarte... bueno, tal vez un poco,” admití con una sonrisa cómplice. “Pero, hey, necesito preguntarte algo importante.”
Will arqueó una ceja, claramente intrigado. “¿Qué sucede?”
Mire a mi alrededor asegurándome de que Circe seguía fuera de vista, luego me incliné un poco más cerca y susurré, “Entre tú y yo, ¿te gusta Octavio o Circe? ¿O ambos?”
Will soltó una risa nerviosa, claramente sorprendido por la directez de mi pregunta. “¿Qué? No, Leo, eso no es...”
Interrumpí su tartamudeo con una mano levantada y una sonrisa pícara. “No te preocupes, hombre. Lo que pase, te querré igual. Además, recuerda, para los griegos y romanos era totalmente normal ser gay.”
“Eso es... un punto interesante, pero no es el caso aquí,” contestó Will, aún riendo ante la ligereza con que abordaba el tema.
Aprovechando el momento, decidí profundizar un poco más. “Mira, tengo que decirte que Circe me parece un poco rara y manipuladora. He escuchado rumores en las duchas sobre ella y Octavio, sabes, cosas extrañas. Además, ¿has notado que Octavio siempre aparece con una nueva cicatriz?”
Will me miró, un poco desconcertado por la dirección de la conversación. “¿Te fijas en Octavio en las duchas?”
“Eso no es lo importante ahora,” contesté rápidamente, desviando la atención de esa inoportuna observación. “Lo que importa es que hay cosas raras pasando. Estaba a punto de decirte sobre un rumor que escuché acerca de un incidente con unos estudiantes de primer año cuando Circe y Octavio estaban en segundo año, pero—”
En ese instante, una voz helada cortó el aire justo detrás de mí. “¿Un incidente, dices?”
Me giré lentamente, sintiendo cómo el color se drenaba de mi cara. Circe estaba justo detrás de mí, su presencia como una ola de frío glacial. Su expresión era tranquila, pero sus ojos azules profundos parecían perforarme con una intensidad que me hizo tragar saliva.
“Leo, me encantaría saber más sobre ese ‘incidente’ que mencionas,” dijo Circe, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos y que, francamente, no prometía nada bueno.
Will me miró, sus ojos abiertos en señal de alarma, y por un momento, me sentí como uno de esos pobres insectos atrapados en las fauces de la Venatus Arbor. Respiré hondo, tratando de recuperar mi compostura, y me preparé para navegar por las peligrosas aguas de la conversación con Circe, sabiendo que cada palabra contaría.
Circe se cruzó de brazos, esperando mi respuesta, mientras yo trataba de recomponerme de manera tan digna como pudiese, lo cual, por supuesto, no era mucho dado el contexto. Will me lanzó una mirada que combinaba una disculpa con el puro terror de un novato enfrentando a su primer fantasma.
“Ah, ese incidente... Bueno, ¿sabes cómo son los rumores en Altair?” comencé, intentando sonar despreocupado, como si simplemente discutiéramos sobre el tiempo en lugar de acusaciones potencialmente escandalosas. “Probablemente fue algo sacado de contexto, quizás solo era alguien practicando hechizos de levitación y... erróneamente levitando más de lo debido.”
Circe levantó una ceja, claramente no convencida por mi explicación improvisada. “Interesante,” dijo ella, su voz tan fría como el viento del norte. “Y aquí estaba pensando que tal vez estabas propagando rumores malintencionados. Sabes, eso podría ser visto como un ataque a la integridad de un prefecto.”
La sangre me heló un poco. “Oh, no, por supuesto que no,” tartamudeé, dando un paso atrás instintivamente. “Solo estaba comentando lo rápido que se esparcen los chismes aquí, nada serio.”
Will intervino, su voz un poco más firme de lo que esperaba. “Sí, Circe, Leo no quiso decir nada malo. Todos sabemos cómo pueden ser de locos los rumores.”
Circe los observó a ambos, su mirada evaluadora enviando un escalofrío por mi espina dorsal. Luego, su expresión se suavizó, y su sonrisa se volvió genuinamente divertida. “Está bien, chicos. Solo asegúrense de mantener los pies en la tierra. No queremos que los rumores se salgan de control, ¿verdad?”
Will y yo asentimos fervientemente, más aliviados de lo que me gustaría admitir.
Después de que Circe se marchó, dejé escapar un suspiro de alivio tan grande que probablemente las plantas a nuestro alrededor se beneficiaron del dióxido de carbono adicional.
“Vaya, eso estuvo cerca, ¿eh?” dije, intentando bromear para aligerar el ambiente.
Will soltó una risita nerviosa. “Demasiado cerca. Leo, ¿podrías intentar no meternos en problemas mortales antes del almuerzo?”
“Lo intentaré, pero no prometo nada,” respondí con una sonrisa torcida. “Después de todo, mantener las cosas interesantes es parte de mi encanto.”
“Más bien parte de tu ficha en la enfermería,” replicó Will, sacudiendo la cabeza pero con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
Reanudamos nuestras actividades en el invernadero, pero la conversación con Circe me dejó pensando. Había algo más en todo esto, algo que no podía descifrar del todo. Mientras cortábamos y podábamos las plantas, mi mente trabajaba tanto como mis manos, tejiendo y destejando teorías sobre lo que realmente estaba pasando entre Circe, Octavio y Will.
De una cosa estaba seguro: Altair nunca dejaba de ser un lugar de misterios y maravillas, y yo, Leo, parecía tener un talento especial para encontrarme en el centro de ambos. Por ahora, seguiría jugando al detective aficionado, aunque eso significara enfrentar más miradas gélidas y sonrisas misteriosas.
Por lo menos, no podría decir que la vida en la academia era aburrida.
Después de sobrevivir a nuestra sesión de botánica con solo unos cuantos rasguños (literal y figuradamente, gracias a la Venatus Arbor), Will y yo nos dirigimos hacia el Gran Comedor para el almuerzo. El peso de las palabras no dichas y los secretos apenas escondidos entre las líneas de nuestras conversaciones recientes parecía más pesado que los libros de texto de Encantamientos Avanzados.
Al entrar al Comedor, el bullicio de las conversaciones llenaba el aire, una mezcla de risas, chismes y el ocasional estallido de una pequeña maldición accidental (algo normal en Altair, donde incluso un bostezo podía ser peligrosamente contagioso si estabas estudiando maldiciones de sueño). Nos dirigimos a la mesa habitual de primer año, un poco aliviados de estar lejos de la intensidad del invernadero.
Mientras me servía una generosa porción de pastel de carne misterioso —el menú nunca especificaba de qué tipo de carne se trataba y había aprendido a no preguntar—, noté que Circe y Octavio ya estaban sentados en su mesa, involucrados en una conversación que parecía tan densa y enigmática como un caldo de cultivo para pociones.
“¿Crees que deberíamos intentar unirnos a ellos?” preguntó Will, siguiendo mi mirada.
Levanté las cejas en sorpresa. “¿Y arriesgarnos a más ‘incidentes’ antes de que siquiera digeramos el almuerzo? Creo que mejor nos quedamos aquí donde el peligro más grande es indigestión.”
Will soltó una carcajada, asintiendo mientras comenzaba a comer. “Buena idea. Además, tengo algo que decirte que podría ser importante.”
Ahora tenía toda mi atención. “¿Oh? ¿Es sobre Circe y Octavio? ¿O hay otro rumor flotando por ahí que debería conocer?”
“No, nada de eso,” dijo Will, bajando la voz. “Es sobre el profesor de Alquimia, el señor Darmoth. Escuché que va a realizar un experimento esta noche, algo grande, y está buscando voluntarios.”
Eso me intrigó. “¿Voluntarios? ¿En Altair eso no es sinónimo de ‘conejillos de indias’?”
“Posiblemente,” Will asintió con seriedad, pero sus ojos brillaban con excitación. “Pero imagina lo que podríamos aprender. Darmoth siempre está en el límite con sus experimentos. Podría ser nuestra oportunidad de ver algo... espectacular.”
Contemplé la idea mientras masticaba un bocado particularmente sospechoso del pastel. La oportunidad de participar en uno de los experimentos del señor Darmoth era tentadora. Era conocido tanto por su genialidad como por su imprudencia, una combinación que en Altair solía resultar en descubrimientos impresionantes o desastres espectaculares. A veces, ambos.
“Vale, pero si terminamos convertidos en algo no-humano, te toca explicarle a la directora por qué sus prefectos de primer año necesitan un nuevo encantamiento de habitación,” dije, no totalmente en broma.
“Trato hecho,” Will contestó con una sonrisa, sellando nuestro acuerdo con un choque de copas de agua.
El resto del almuerzo transcurrió con planes y especulaciones sobre lo que esa noche podría depararnos. Entre risas y teorías cada vez más absurdas sobre lo que podríamos esperar del experimento de Darmoth, el peso de mis preocupaciones con Circe y Octavio se aligeró un poco. Aunque seguían en el fondo de mi mente, por ahora, eran solo sombras leves en el borde de una tarde llena de posibilidades.
Cuando terminamos de comer, Will y yo nos levantamos, listos para enfrentar el resto del día con estómagos llenos y corazones curiosos, cada uno ponderando en silencio las sorpresas que Altair, con su eterna capacidad para el misterio y la maravilla, aún tenía reservadas para nosotros.
Con el almuerzo concluido y nuestros estómagos (sorprendentemente) intactos tras el misterioso pastel de carne, Will y yo nos despedimos temporalmente. Teníamos clases por la tarde, y aunque la promesa de un experimento nocturno con el señor Darmoth revoloteaba en nuestras mentes, aún teníamos que sobrevivir a las rigurosas demandas académicas de Altair.
Mi siguiente clase era Defensas Contra las Artes Oscuras—irónico, dado que pasábamos el resto del día estudiándolas. El profesor Grimsbane era un hombre tan dramático que cada clase parecía un ensayo para una obra de Shakespeare... si Shakespeare hubiera escrito exclusivamente sobre explosiones de pociones y maldiciones que podrían dejarte con el cabello permanentemente púrpura.
“Recuerden, jóvenes brujos y brujas,” declamó Grimsbane con un barrido de su túnica que casi tumbó el caldero más cercano, “la mejor defensa contra las artes oscuras es, por supuesto, ¡una buena ofensiva!”
Sus palabras fueron seguidas por una demostración de un contrahechizo tan vigoroso que por poco convierte su sombrero en un murciélago, lo cual habría sido más divertido y menos peligroso de lo planeado.
Saliendo de clase con algunos consejos nuevos (y unas cuantas notas sobre lo que no hacer si quería evitar un accidente de transfiguración), me reuní con Will. Nos dirigimos a la biblioteca, donde el ambiente era típicamente silencioso, salvo por el ocasional murmullo de un estudiante descubriendo que su libro estaba encantado para morder dedos curiosos.
“¿Has pensado más sobre esta noche?” pregunté a Will mientras buscábamos referencias para nuestro próximo ensayo sobre encantamientos de defensa.
Will, con un libro titulado “Cómo Sobrevivir a Tu Propia Magia: Guía del Hechicero Prudente” en mano, asintió solemnemente. “He estado pensando... y ¿sabes qué? Creo que deberíamos establecer algunas reglas de seguridad. Regla número uno: no toques nada que burbujee, brille o grite sin razón aparente.”
“Excelente regla,” concordé, seleccionando un voluminoso tomo que prometía explicar las cien mejores formas de bloquear un hechizo. “Añadiría una regla número dos: siempre ten a mano una salida de emergencia. Nunca se sabe cuándo tendrás que hacer una retirada estratégica.”
“Retirada heroica, querrás decir,” corrigió Will con una sonrisa torcida. “Y la regla número tres: si el profesor Darmoth se pone un par de gafas de seguridad... nosotros también.”
“Si él corre, seguimos su ejemplo y preguntamos después,” añadí, cerrando el libro con un golpe sordo. El polvo que levanté me hizo estornudar, lo cual pareció alarmar a un libro cercano que chilló y se escondió detrás de una estantería.
Con nuestras reglas establecidas y una sensación de anticipación (más bien un nerviosismo agradablemente disfrazado), Will y yo nos preparamos para lo que esperábamos fuera una noche de alquimia inolvidable, llena de descubrimientos y, con suerte, sin ningún efecto secundario permanente. De cualquier manera, estábamos a punto de aprender si el genio de Darmoth era tan legendario como sus desastres.
Así, con libros bajo el brazo y un plan semi-coherente en la cabeza, nos dispusimos a enfrentar lo desconocido, demostrando una vez más que la vida en Altair nunca era aburrida y rara vez segura, pero siempre, absolutamente siempre, una aventura digna de ser vivida.
(...)
A medida que la tarde cedía paso a la noche, Will y yo nos dirigimos al oscuro y retorcido edificio que albergaba el laboratorio de alquimia. La torre de alquimia, una estructura que parecía diseñada por alguien que adoraba los laberintos tanto como las pociones, brillaba con una luz verdosa y siniestra, cortesía de las linternas mágicas que colgaban de sus muros.
“Este lugar siempre me recuerda a un caldero a punto de rebosar,” murmuré a Will mientras nos acercábamos.
“Esperemos que solo sea una metáfora esta vez,” dijo Will, pero ambos sabíamos que con el profesor Darmoth, lo literal y lo figurativo a menudo se encontraban en una mezcla explosiva.
Al entrar al laboratorio, nos encontramos con una sorpresa: no éramos los únicos aventureros nocturnos. Dimitri, el prefecto de segundo año conocido por ser un prodigio en alquimia, ya estaba allí, rodeado de un par de estudiantes de primer y tercer año.
“Dimitri, ¿planeando convertirte en asistente de laboratorio esta noche?” pregunté con una sonrisa mientras nos acercábamos.
Dimitri, un joven alto y de aspecto serio con gafas que le daban un aire de sabio joven, nos sonrió. “Más bien en superviviente, Leo. Espero que todos hayamos leído el manual de seguridad alquímica.”
“¿Había un manual?” bromeó Will, provocando una risa suave de los demás.
Un estudiante de tercer año, que reconocí como Helena, una hechicera con un talento especial para la magia elemental, se unió a nuestra conversación. “Si sobrevivimos a esta noche, propongo que hagamos camisetas que digan ‘Sobreviví al laboratorio de Darmoth y todo lo que obtuve fue esta linda camiseta y quizás algunas cejas quemadas’.”
“Y no olvidemos los parches de ojo de moda por las explosiones de pociones,” agregó un primer año, un joven llamado Toby que ya mostraba signos de ser un bromista natural.
Risas y chistes llenaron el aire mientras esperábamos al profesor Darmoth. Cuando finalmente apareció, su entrada fue tan teatral como esperábamos: con una explosión menor que dejó un ligero olor a azufre en el aire y su túnica ligeramente chamuscada.
“Buenas noches, jóvenes alquimistas,” comenzó, con su voz resonando dramáticamente en las paredes del laboratorio. “Esta noche, vamos a intentar algo que nunca antes se ha hecho en los confines seguros de Altair.”
“¿Seguros?” murmuró Toby, lo suficientemente bajo para que solo nosotros lo escucháramos.
Darmoth desplegó un conjunto de pergaminos, mostrando diagramas que parecían más adecuados para un tratado de paz que para un experimento de alquimia. “Vamos a intentar sintetizar la esencia de luna llena en un líquido. Si tenemos éxito, podríamos capturar algunos de los aspectos más elusivos de la magia lunar.”
Dimitri se adelantó, evidentemente emocionado por la perspectiva científica. “He leído sobre esto. Los riesgos son considerables, pero las recompensas... Bueno, podríamos estar mirando a un nuevo horizonte en la alquimia mágica.”
Helena intervino, su entusiasmo igualando su precaución. “Solo una pregunta, profesor: ¿Cómo exactamente vamos a manejar la esencia? La última vez que alguien intentó algo así, terminaron convirtiendo su laboratorio en un cráter lunar.”
Darmoth sonrió, claramente complacido por el interés. “Ah, por eso tenemos precauciones,” dijo, señalando un conjunto de extrañas gafas de seguridad y guantes que parecían más adecuados para manipular artefactos malditos que para la alquimia.
Con nuestras ‘precauciones’ puestas, nos preparamos para lo que prometía ser una noche de educación, aventura, y, si teníamos suerte , una cantidad mínima de explosiones no planeadas.
Darmoth comenzó distribuyendo roles a cada uno de nosotros en función de nuestras fortalezas y experiencias. Dimitri fue designado como el principal alquimista, supervisando la mezcla de ingredientes exóticos y estabilizando la esencia de luna. Helena y yo fuimos asignados a la preparación de los encantamientos de contención, asegurándonos de que cualquier desbordamiento mágico no convirtiera el laboratorio en el mencionado cráter lunar. Will y Toby fueron encargados de monitorizar las variables ambientales, ajustando la temperatura y la humedad del laboratorio para mantener las condiciones ideales.
“Recuerden,” instruyó Darmoth, su voz severa subrayando la gravedad de nuestra tarea, “la esencia de luna llena es volátil. Un paso en falso, y no solo perderemos nuestra muestra, sino que también podríamos enfrentarnos a efectos secundarios... indeseables.”
“¿Indeseables como en convertirnos en lobos?” bromeó Toby, causando una ola de risitas nerviosas.
Darmoth lo miró fijamente, no totalmente desprovisto de humor. “Más como en perder tus cejas, pero la transformación en lobo es una buena motivación para ser precisos, ¿no creen?”
Con todo preparado, Dimitri comenzó a añadir cuidadosamente los ingredientes al caldero central, un recipiente antiguo forjado con metales imbuidos de magia que supuestamente eran a prueba de desastres (un término que en Altair siempre se usaba con cierto escepticismo). Mientras tanto, Helena y yo comenzamos a entonar los encantamientos en latín y con un gesto de nuestras manos creamos una barrera mágica que brillaba con una luz suave y constante alrededor del caldero.
Will y Toby, con sus instrumentos mágicos, vigilaban las lecturas de temperatura y humedad, ajustándolas con pequeños gestos y murmullos concentrados. Todo el tiempo, los ojos de Darmoth nos observaban como un águila, listo para intervenir en cualquier signo de problema.
A medida que el proceso avanzaba, una luz azulada comenzó a emanar del caldero, proyectando sombras danzantes en las paredes del laboratorio. La esencia de luna estaba formándose, su poder condensándose lentamente en un líquido brillante que destilaba la pureza y el misterio del cielo nocturno.
“Está funcionando,” susurró Dimitri, casi con reverencia. “Solo un poco más, y...”
Justo cuando la tensión parecía alcanzar su punto máximo, una explosión menor estalló, no del caldero, sino de uno de los instrumentos de Will y Toby. Saltamos todos, preparados para lo peor, pero resultó ser solo una pequeña válvula que había cedido bajo la presión.
Toby, con una ojeada culpable a Will, murmuró, “Bueno, supongo que es mejor la válvula que uno de nosotros.”
Finalmente, tras ajustar la válvula y asegurarnos de que no hubiera más sorpresas, el proceso completó su curso. El caldero se calmó, y en su centro, dentro de un pequeño frasco de cristal que Darmoth extrajo con manos temblorosas pero seguras, brillaba una pequeña cantidad de esencia de luna llena.
“Hemos hecho historia esta noche,” anunció Darmoth, su voz llena de orgullo y un poco de asombro. “Y lo más importante, aún tenemos todas nuestras cejas.”
Con la esencia de luna asegurada y nuestras cejas intactas, el grupo se relajó, dejando escapar risas y suspiros de alivio. La noche no solo había sido un éxito en términos de alquimia, sino que también había fortalecido nuestros lazos como compañeros y, en algunos casos, como amigos improbables.
Mientras limpiábamos el laboratorio, no pude evitar sentir que, a pesar de los peligros y la constante amenaza de catástrofe, Altair realmente era el lugar donde lo imposible simplemente tomaba un poco más de esfuerzo. Y con amigos como Will, Dimitri, Helena, y hasta el bromista Toby a mi lado, cada desafío parecía un poco menos intimidante y mucho más emocionante.
Con el laboratorio finalmente limpio y el frasco de esencia de luna llena cuidadosamente almacenado en un lugar seguro bajo la supervisión de Darmoth, nos dispusimos a salir del edificio. La noche aún era joven, y el éxito del experimento había inyectado una dosis extra de energía en el grupo.
“Deberíamos celebrar,” sugirió Helena, su rostro iluminado por la emoción del logro. “Una noche de éxito en alquimia merece al menos un par de dulces de la cocina, ¿o qué opinan?”
La propuesta fue recibida con entusiasmo unánime. Después de todo, pocas cosas unían más a los estudiantes de Altair que la promesa de dulces clandestinos, especialmente aquellos robados—o, como preferíamos decir, ‘liberados’—de la cocina bajo la cobertura de la noche.
Nos dirigimos hacia la cocina con la complicidad de quien ha compartido no solo una aventura, sino también el alivio de haberla sobrevivido sin incidentes desastrosos. Al llegar, nos encontramos con que no éramos los únicos con la idea de un festín nocturno. Un grupo de estudiantes de cuarto año también estaba allí, claramente después de sus propias celebraciones o quizás solo motivados por el mismo hambre nocturna que nos había llevado a nosotros.
Entre risas y historias compartidas, la cocina pronto se llenó de la calidez de camaradería que solo la comida y las buenas compañías podían ofrecer. Will y yo nos aseguramos de llenar nuestros platos con una variedad de golosinas, desde pastelitos mágicos que cambiaban de sabor con cada bocado hasta galletas encantadas que calentaban las manos con su calidez.
Mientras comíamos, Dimitri se acercó a nosotros, una sonrisa de satisfacción en su rostro. “Saben, nunca pensé que vería el día en que capturáramos la esencia de luna llena. Darmoth realmente nos llevó al límite esta vez.”
“Y nosotros lo seguimos justo hasta ese límite,” agregué, no sin un poco de orgullo. “Creo que hemos ganado un par de puntos extra de valentía... o de locura, dependiendo de cómo lo mires.”
“En Altair, a menudo son lo mismo,” comentó Will, guiñando un ojo.
La noche continuó con anécdotas sobre nuestras experiencias en el laboratorio y otras aventuras en Altair, cada historia más increíble que la anterior. Sin embargo, a pesar de la exageración y la comedia de nuestras narrativas, una verdad permanecía clara: en una escuela como Altair, donde lo ordinario era raro y lo extraordinario era la norma, cada día era una oportunidad para explorar lo desconocido, experimentar con lo inimaginable y, sobre todo, vivir historias que algún día serían legendarias.
Finalmente, cansados pero contentos, nos despedimos y regresamos a nuestros respectivos dormitorios. Mientras me acostaba, pensando en todo lo que habíamos logrado y las lecciones aprendidas, no pude evitar sentir una profunda gratitud por estar en Altair. Aquí, rodeado de magia, misterio y amigos increíbles, cada día era una aventura y cada noche una promesa de nuevas maravillas.
Y así, con un último pensamiento de lo que el mañana podría traer, cerré los ojos, el sueño me llevó rápidamente, llevándome a un mundo donde la magia no tenía límites y la alquimia era solo el principio de lo que podríamos descubrir.
(...)
Los primeros rayos del sol aún no habían iluminado completamente el cielo cuando sentí un sacudón vigoroso que me arrancó de los brazos del sueño. Parpadeé confundido, tratando de orientarme, mientras una voz urgentemente familiar me asaltaba.
“¡Leo, levántate! Vamos a llegar tarde a clase de historia con la señora Murray,” exclamó Will, su tono mezclando pánico y exasperación.
Abrí los ojos completamente, encontrando a Will vestido y listo, su mochila ya colgada sobre un hombro. Miré el reloj junto a mi cama y maldije en voz baja; el tiempo había pasado de una manera inexplicablemente rápida.
“¿Cómo es que siempre nos pasa esto después de una noche de alquimia?” murmuré, deslizándome fuera de las sábanas y buscando a tientas mi uniforme. “Dame dos minutos.”
Will resopló, claramente impaciente. “Uno y medio, y estoy contando, Leo.”
En un frenesí de movimiento, me vestí apresuradamente, saltando sobre una pierna mientras intentaba meterme en los pantalones y no morir en el intento. Después de una lucha titánica con mi camisa y corbata, que parecían tener vida propia esta mañana, finalmente estuve listo, aunque mi aspecto era todo menos pulcro.
“Vamos, antes de que la dulce pero terriblemente aterradora señora Murray decida que somos material de ejemplo para su próxima lección sobre tardanzas y sus consecuencias históricas,” dije, ajustándome la corbata mientras corríamos hacia la puerta.
Will asintió, dirigiendo el camino a un ritmo que habría hecho que incluso un corredor de maratones reconsiderara su condición física. Corrimos por los pasillos de Altair, el sonido de nuestros pasos resonando contra las piedras antiguas, y llegamos al aula justo cuando la señora Laura Murray estaba a punto de cerrar la puerta.
“Ah, los señores Leo y Will, qué alegría ver que han decidido unirse a nosotros esta mañana,” dijo la señora Murray con un tono que era demasiado dulce para ser sincero. A pesar de su apariencia encantadora, con su cabello rubio perfectamente peinado y sus ojos brillantes, todos en Altair sabían que su paciencia era tan corta como la historia de un golpe fallido.
Nos deslizamos en nuestros asientos justo cuando comenzaba la clase, intercambiando miradas que mezclaban alivio con la adrenalina residual de nuestra carrera matutina.
“Hoy,” comenzó la señora Murray, “discutiremos las consecuencias de las decisiones apresuradas en la historia, un tema que estoy segura resonará con ciertos individuos en esta sala.”
Will y yo intercambiamos una mirada culpable, sabiendo que el comentario había sido dirigido a nosotros.
La clase transcurrió con la señora Murray narrando diversas catástrofes históricas causadas por la falta de preparación y la precipitación, cada historia salpicada con miradas significativas en nuestra dirección. A pesar del tono amenazador de la lección, no pude evitar sentirme fascinado por la forma en que tejía los eventos, conectando errores del pasado con lecciones para el futuro.
Al final de la clase, mientras recogíamos nuestros libros, Will me dio un codazo suavemente. “Quizás deberíamos considerar esto como un signo para no dejar nuestra preparación para el último minuto, ¿eh?”
“O podríamos simplemente asegurarnos de no tener noches de alquimia antes de la clase de historia,” respondí con una sonrisa, sintiendo que, a pesar de la advertencia de la señora Murray, probablemente terminaríamos corriendo por los pasillos nuevamente en algún momento. Después de todo, esa era parte de la aventura de ser estudiante en Altair.
Mientras la señora Murray continuaba desgranando los fracasos históricos que habían definido imperios, mi atención comenzó a vagar. No era por falta de interés—los desastres tienen su propio encanto morboso, después de todo—sino más bien por un creciente deseo de explorar un poco por mi cuenta. Tomé mi libro de historia, un tomo grueso y polvoriento que parecía haber visto más años que la propia academia, y comencé a hojearlo al azar, en parte para parecer ocupado y en parte por curiosidad.
Mis dedos se detuvieron en una página al azar, y mis ojos se posaron en un título que inmediatamente captó mi interés: “Las Brujas Exiliadas de Grecia”. El capítulo prometía secretos y escándalos, dos de mis temas favoritos después de los postres prohibidos de la cocina de Altair.
Levanté la mano, interrumpiendo un relato particularmente sombrío sobre malas decisiones y sus consecuencias en el contexto de alguna antigua batalla. “Señora Murray, tengo una pregunta,” dije, intentando que mi tono transmitiera una mezcla de curiosidad académica y la inocencia de un estudiante ejemplar.
La señora Murray me miró sobre sus gafas, una expresión de leve sorpresa cruzando su rostro. “Sí, señor Leo, ¿cuál es su pregunta?”
“Bueno, estaba explorando nuestro fascinante libro de texto,” comencé, dando a entender que mi devoción por el estudio había sido el catalizador de mi descubrimiento, “y me encontré con un capítulo sobre las brujas exiliadas de Grecia. Me preguntaba, ¿podría darnos más detalles sobre eso? ¿Fueron realmente exiliadas por prácticas mágicas demasiado... innovadoras para su tiempo, o había algo más en juego?”
Un murmullo de interés se levantó de mis compañeros de clase. Después de todo, ¿quién no quería escuchar sobre brujas exiliadas y los escándalos que las acompañaban?
La señora Murray, claramente complacida por el interés en un tema históricamente jugoso, asintió con aprobación. “Una excelente pregunta, señor Leo. Sí, las brujas de la antigua Grecia a menudo encontraban exilio no solo por sus prácticas mágicas, que desafiaban las normas sociales y religiosas de la época, sino también por la amenaza que representaban para el poder establecido. Estas mujeres eran a menudo vistas tanto como sabias curanderas como potenciales sediciosas.”
“¿Sediciosas? ¿Estamos hablando de revoluciones mágicas aquí?” pregunté, inclinándome hacia adelante con un brillo travieso en mis ojos. La idea de revoluciones dirigidas por poderosas brujas tenía un atractivo innegable.
La señora Murray sonrió, un destello de diversión cruzando su rostro normalmente serio. “En cierto modo, sí. Estas brujas desafiaban las estructuras de poder al ofrecer alternativas a las normativas dominantes, tanto mágicas como políticas. Sus exilios no eran solo una cuestión de silenciarlas, sino también una manera de controlar el flujo de conocimiento y poder.”
“Vaya, hablar de tener problemas con la autoridad,” comenté, ganándome unas cuantas risas de mis compañeros. “Parece que la historia no es solo sobre viejos hombres con barbas haciendo cosas aburridas.”
La señora Murray asintió, aparentemente satisfecha con la dirección de nuestra discusión. “Exactamente, señor Leo. La historia está llena de figuras complejas y fascinantes, y muchas veces son las personas que operan en los márgenes de la sociedad las que tienen las historias más interesantes.”
Con eso, la clase tomó un giro hacia lo no convencional, explorando los aspectos más oscuros y emocionantes de la historia mágica. Y mientras discutíamos, no pude evitar sentir que, de alguna manera, cada uno de nosotros en Altair compartía un poco de ese espíritu rebelde.
La clase se había transformado completamente; ya no éramos solo un grupo de estudiantes somnolientos sobreviviendo a una lección de historia. Ahora, estábamos al borde de nuestros asientos, cautivados por las historias de poderes antiguos y secretos mágicos que la señora Murray desvelaba con cada palabra.
“Aunque los brujos han tenido siempre un papel prominente en nuestra historia,” continuó la señora Murray, ajustándose las gafas con un gesto teatral, “las brujas han demostrado poseer capacidades que, en muchos casos, superan las de sus contrapartes masculinas. Particularmente en la dinámica de poder dentro de los aquelarres.”
Sonreí, imaginándome a los brujos de la época intentando competir con las brujas y no quedando muy bien parados. “¿Y estas brujas podían realmente ver el futuro sin ser oráculos de Apolo? Eso suena como una habilidad bastante útil para evitar filas en la cafetería,” comenté, ganándome algunas risas ahogadas de mis compañeros y una mirada divertida de la señora Murray.
“Exactamente, señor Leo. Un aquelarre en particular, el Aquelarre de Hecate, se distinguió por esta habilidad. Las brujas de este aquelarre no necesitaban la autoridad de ningún oráculo para prever el futuro. Su poder provenía de un vínculo especial conocido como el Vínculo de las Tres, representando las fases de Hecate: la Anciana, la Madre y la Doncella.”
Mis ojos se abrieron de par en par al escuchar sobre este intrigante vínculo. “¿Y cómo funciona exactamente este vínculo especial? ¿Es como un club secreto donde solo las mujeres están invitadas?”
“En cierto modo,” respondió con una sonrisa. “El vínculo se forma cuando una línea femenina en particular se compone de una abuela, una madre y una hija. Este trío crea una poderosa sinergia que amplifica sus habilidades para ver el futuro, cada una representando una fase diferente de la vida de Hecate.”
“Entonces, ¿esto significa que en algún lugar de Europa hay tres brujas corriendo alrededor, echando un vistazo al futuro como quien revisa el pronóstico del tiempo?” pregunté, mi curiosidad aumentando por momentos.
“En efecto, y no necesitas buscar muy lejos,” dijo la señora Murray, con un tono de voz que inmediatamente captó la atención de toda la clase. “La actual Doncella de ese trío poderoso es alguien a quien todos conocemos. Se trata de la señorita Circe Tethanus.”
Un murmullo de sorpresa recorrió la sala. Circe, nuestra compañera de clase y tema de numerosos rumores y especulaciones, era una figura de un linaje mágico tan prestigioso. No pude evitar sentir una mezcla de asombro y un pizca de preocupación—después de todo, ¿cuánto sabíamos realmente sobre Circe?
“Entonces, ¿esto hace de Circe algo así como una celebridad mágica?” dije, tratando de aligerar el ambiente con un toque de humor. “¿Deberíamos pedirle autógrafos o predicciones del futuro, quizás?”
La señora Murray rió suavemente. “Podrías intentarlo, pero te aconsejo precaución, señor Leo. Las visiones del futuro pueden ser tanto una bendición como una maldición, y no siempre es prudente conocer demasiado del porvenir.”
Asintiendo con comprensión, me recliné en mi silla, mi mente girando con las posibilidades. La revelación sobre Circe añadió una nueva capa de misterio y profundidad a la ya compleja dinámica de nuestra escuela. A medida que la clase concluía, me quedé reflexionando sobre las conexiones ocultas que tejían la historia de nuestro mundo mágico, y cómo, en Altair, cada día era una lección en descubrir lo inesperado.
Mientras los últimos minutos de la clase de historia transcurrían, me recosté en mi asiento, reflexionando sobre las recientes revelaciones con un toque de humor característico. “Bueno, si Circe puede ver el futuro, tal vez debería haber previsto que hablaríamos de ella hoy,” murmuré lo suficientemente alto para que Will, que estaba sentado a mi lado, me escuchara.
Will me lanzó una mirada de advertencia, susurrando, “Leo, baja la voz. No es bueno meterse con las brujas, especialmente con las que pueden ver cómo te vas a caer por las escaleras la próxima semana.”
“No te preocupes, solo estoy diciendo que tal vez deberían reconsiderar su puesto como prefecta. Imagínate, es un poco arriesgado tener a alguien tan... conectado con el cosmos, ¿no? Podría empezar a aplicar políticas basadas en visiones en lugar de las reglas escolares,” continué, disfrutando del juego de palabras mientras observaba a mis compañeros de clase empacar sus cosas.
Justo cuando Will estaba a punto de responderme, la puerta del aula se abrió con un clic suave y por ella entró Circe Tethanus. Su presencia era como la llegada de un viento fresco que de repente llenaba el espacio, y su mirada tenía ese brillo enigmático de alguien acostumbrado a saber más de lo que decía.
“Buenos días,” dijo Circe con su voz tranquila, mientras se dirigía directamente hacia la señora Murray para entregarle unos documentos. “La profesora de Necromancia envió estos informes que solicitó.”
La señora Murray asintió, tomando los documentos con un agradecimiento formal. Mientras esto sucedía, me incliné hacia Will y susurré, “Mira, si puede entregar documentos sin predecir que hablaríamos de su linaje hoy, quizás aún hay esperanza para una prefectura basada en la realidad.”
Will, sin embargo, no parecía divertido. “Leo, deberías tener más cuidado. Con tu suerte, Circe podría predecir tu próximo chiste y dejarte sin material para el resto del año.”
“Eso sería impresionante, en realidad. Haría las reuniones de prefectos mucho más interesantes,” respondí con una sonrisa.
Antes de que Will pudiera continuar reprendiéndome, Circe terminó su breve interacción con la señora Murray y, como si sintiera la energía de nuestra conversación, nos lanzó una mirada rápida antes de salir del aula. Su expresión era indescifrable, pero juraría que había una sombra de sonrisa en sus labios.
“Ves, quizás ya sabía que haría ese comentario y decidió perdonarme esta vez,” dije, siguiendo su salida con la mirada.
Will negó con la cabeza, su expresión mezclando exasperación y diversión. “O tal vez está planeando cómo hacerte pagar por tus comentarios. Con Circe, nunca se sabe.”
“Bueno, eso definitivamente mantendría las cosas interesantes,” admití, mientras nos levantábamos para salir del aula. “Y quién sabe, tal vez un poco de misterio es justo lo que necesito para sobrevivir al resto del semestre.”
Con un último vistazo hacia la puerta por donde había desaparecido Circe, salimos del aula, dejando atrás los ecos de la historia antigua y las bromas contemporáneas, listos para enfrentar otro día en Altair con la mezcla usual de curiosidad, cautela y un buen sentido del humor.
Después de la clase de historia, nos dirigimos hacia el almuerzo, aprovechando el breve descanso entre clases para recargar energías y compartir las últimas noticias y rumores que circulaban por Altair.
Mientras nos dirigíamos hacia el comedor, Will y yo nos encontramos con algunos amigos de diferentes años que se unieron a nosotros en nuestro camino hacia la comida. Dimitri, el prefecto de segundo año conocido por su destreza en alquimia, se unió a nuestra pequeña pandilla con un saludo jovial.
“¿Qué tal va el día, chicos?” preguntó Dimitri, su rostro iluminado por una sonrisa amistosa.
“Como siempre, lleno de sorpresas y bromas de mal gusto,” respondí con una sonrisa, recibiendo un codazo juguetón de Will como respuesta.
Dimitri rió, sacudiendo la cabeza. “Nunca hay un momento aburrido en Altair, ¿verdad? Aunque a veces me pregunto si eso es una bendición o una maldición.”
“Probablemente un poco de ambos,” intervino Will, asintiendo en acuerdo. “Pero al menos nunca nos aburrimos.”
Con risas y bromas, llegamos al comedor y nos unimos a la multitud de estudiantes que ya estaban disfrutando de sus almuerzos. Mientras nos acomodábamos en nuestra mesa habitual, continuamos intercambiando chismes y anécdotas del día.
“¿Han oído hablar del nuevo rumor sobre el laboratorio de pociones?” preguntó uno de los estudiantes de tercer año, con una expresión intrigada en su rostro.
“¿El rumor sobre la poción de amor que salió mal y terminó convirtiendo a alguien en un sapo?” pregunté, recordando la última versión de ese rumor que había escuchado.
“No, este es aún más salvaje. Al parecer, alguien encontró un libro antiguo escondido en una de las estanterías y ahora todos creen que es un grimorio perdido lleno de hechizos prohibidos,” dijo el estudiante, sus ojos brillando con emoción.
“Ah, la emoción de los rumores de Altair. Nunca hay un día aburrido,” comentó Dimitri, sirviéndose un plato de comida con una sonrisa.
Mientras disfrutábamos de nuestro almuerzo y las risas continuaban, no pude evitar pensar en la peculiar dinámica de Altair. Entre los secretos antiguos y las bromas contemporáneas, cada día era una aventura en sí misma, llena de misterio, magia y, por supuesto, un buen sentido del humor. Y mientras nos sumergíamos en la animada conversación y los chismes del día, me sentí agradecido por formar parte de esta comunidad única, donde la curiosidad siempre estaba presente y las risas nunca faltaban.
Con el almuerzo casi terminado y la conversación desviándose hacia temas menos trascendentales, mi mente seguía dando vueltas alrededor de la revelación de la señora Murray sobre Circe y su enigmática familia. El interés era demasiado fuerte para resistir, así que decidí aprovechar la oportunidad para saciar mi curiosidad.
“A propósito,” comencé, bajando la voz un poco para dar un aire de confidencialidad a la conversación. “¿Alguno de ustedes sabe algo más sobre la familia Tethanus? Circe nunca habla mucho de su familia, pero después de lo que descubrimos hoy en clase, no puedo dejar de pensar en ello.”
Dimitri, siempre el conocedor de triviales secretos y hechos oscuros de Altair, frunció el ceño ligeramente. “Los Tethanus son bastante reservados, pero es bien sabido que son uno de los linajes más antiguos y poderosos en lo que respecta a la magia oscura. Su reputación es... intrigante, por decir lo menos.”
“Escuché que tienen una mansión en alguna parte del norte de Grecia, rodeada de bosques que se supone que están encantados para mantener alejados a los curiosos,” añadió uno de los estudiantes de tercer año, sus ojos llenos de un brillo de fascinación.
Will, quien había estado escuchando en silencio, intervino. “Y no olvidemos que, según la leyenda, son directos descendientes de alguna deidad menor asociada con Hecate. Eso explicaría la predisposición natural de Circe para las artes místicas.”
“Es interesante y un poco aterrador pensar que alguien tan cercano a nosotros podría tener ese tipo de poder,” dije, no sin una mezcla de admiración y cautela. “Imaginen, una familia que ha mantenido su herencia mágica tan pura y poderosa a través de los siglos.”
Dimitri asintió, limpiándose la boca con una servilleta antes de continuar. “Es más que eso, Leo. Los Tethanus no solo son conocidos por su poder, sino también por su influencia en los círculos mágicos. Dicen que han estado involucrados en algunos de los eventos más críticos en la historia mágica moderna, aunque siempre detrás de las cortinas, por supuesto.”
“Eso suena como el material de las grandes historias épicas,” comenté, mi mente ya tejiendo historias de intrigas y poderes ocultos. “¿Te imaginas los secretos que Circe debe conocer? Con razón siempre parece que está pensando en algo mucho más grande que nuestro próximo examen.”
Todos alrededor de la mesa asintieron, compartiendo una mezcla de respeto y una pizca de miedo saludable hacia nuestra compañera y su misteriosa familia. La conversación se desvió luego hacia especulaciones más ligeras y teorías extravagantes sobre lo que otros estudiantes de linajes igualmente impresionantes podrían estar ocultando.
Después de la clase de historia, nos dirigimos hacia el almuerzo, aprovechando el breve descanso entre clases para recargar energías y compartir las últimas noticias y rumores que circulaban por Altair.
Mientras nos dirigíamos hacia el comedor, Will y yo nos encontramos con algunos amigos de diferentes años que se unieron a nosotros en nuestro camino hacia la comida. Dimitri, el prefecto de segundo año conocido por su destreza en alquimia, se unió a nuestra pequeña pandilla con un saludo jovial.
“¿Qué tal va el día, chicos?” preguntó Dimitri, su rostro iluminado por una sonrisa amistosa.
“Como siempre, lleno de sorpresas y bromas de mal gusto,” respondí con una sonrisa, recibiendo un codazo juguetón de Will como respuesta.
Dimitri rió, sacudiendo la cabeza. “Nunca hay un momento aburrido en Altair, ¿verdad? Aunque a veces me pregunto si eso es una bendición o una maldición.”
“Probablemente un poco de ambos,” intervino Will, asintiendo en acuerdo. “Pero al menos nunca nos aburrimos.”
Con risas y bromas, llegamos al comedor y nos unimos a la multitud de estudiantes que ya estaban disfrutando de sus almuerzos. Mientras nos acomodábamos en nuestra mesa habitual, continuamos intercambiando chismes y anécdotas del día.
“¿Han oído hablar del nuevo rumor sobre el laboratorio de pociones?” preguntó uno de los estudiantes de tercer año, con una expresión intrigada en su rostro.
“¿El rumor sobre la poción de amor que salió mal y terminó convirtiendo a alguien en un sapo?” pregunté, recordando la última versión de ese rumor que había escuchado.
“No, este es aún más salvaje. Al parecer, alguien encontró un libro antiguo escondido en una de las estanterías y ahora todos creen que es un grimorio perdido lleno de hechizos prohibidos,” dijo el estudiante, sus ojos brillando con emoción.
“Ah, la emoción de los rumores de Altair. Nunca hay un día aburrido,” comentó Dimitri, sirviéndose un plato de comida con una sonrisa.
Mientras disfrutábamos de nuestro almuerzo y las risas continuaban, no pude evitar pensar en la peculiar dinámica de Altair. Entre los secretos antiguos y las bromas contemporáneas, cada día era una aventura en sí misma, llena de misterio, magia y, por supuesto, un buen sentido del humor. Y mientras nos sumergíamos en la animada conversación y los chismes del día, me sentí agradecido por formar parte de esta comunidad única, donde la curiosidad siempre estaba presente y las risas nunca faltaban.
Con el almuerzo casi terminado y la conversación desviándose hacia temas menos trascendentales, mi mente seguía dando vueltas alrededor de la revelación de la señora Murray sobre Circe y su enigmática familia. El interés era demasiado fuerte para resistir, así que decidí aprovechar la oportunidad para saciar mi curiosidad.
“A propósito,” comencé, bajando la voz un poco para dar un aire de confidencialidad a la conversación. “¿Alguno de ustedes sabe algo más sobre la familia Tethanus? Circe nunca habla mucho de su familia, pero después de lo que descubrimos hoy en clase, no puedo dejar de pensar en ello.”
Dimitri, siempre el conocedor de triviales secretos y hechos oscuros de Altair, frunció el ceño ligeramente. “Los Tethanus son bastante reservados, pero es bien sabido que son uno de los linajes más antiguos y poderosos en lo que respecta a la magia oscura. Su reputación es... intrigante, por decir lo menos.”
“Escuché que tienen una mansión en alguna parte del norte de Grecia, rodeada de bosques que se supone que están encantados para mantener alejados a los curiosos,” añadió uno de los estudiantes de tercer año, sus ojos llenos de un brillo de fascinación.
Will, quien había estado escuchando en silencio, intervino. “Y no olvidemos que, según la leyenda, son directos descendientes de alguna deidad menor asociada con Hecate. Eso explicaría la predisposición natural de Circe para las artes místicas.”
“Es interesante y un poco aterrador pensar que alguien tan cercano a nosotros podría tener ese tipo de poder,” dije, no sin una mezcla de admiración y cautela. “Imaginen, una familia que ha mantenido su herencia mágica tan pura y poderosa a través de los siglos.”
Dimitri asintió, limpiándose la boca con una servilleta antes de continuar. “Es más que eso, Leo. Los Tethanus no solo son conocidos por su poder, sino también por su influencia en los círculos mágicos. Dicen que han estado involucrados en algunos de los eventos más críticos en la historia mágica moderna, aunque siempre detrás de las cortinas, por supuesto.”
“Eso suena como el material de las grandes historias épicas,” comenté, mi mente ya tejiendo historias de intrigas y poderes ocultos. “¿Te imaginas los secretos que Circe debe conocer? Con razón siempre parece que está pensando en algo mucho más grande que nuestro próximo examen.”
Todos alrededor de la mesa asintieron, compartiendo una mezcla de respeto y una pizca de miedo saludable hacia nuestra compañera y su misteriosa familia. La conversación se desvió luego hacia especulaciones más ligeras y teorías extravagantes sobre lo que otros estudiantes de linajes igualmente impresionantes podrían estar ocultando.
Al final de la comida, mientras nos levantábamos para volver a nuestras clases de la tarde, no pude evitar sentir que Altair era realmente un caldero burbujeante de historias y secretos, cada estudiante un ingrediente con su propio sabor y misterio. Con una sonrisa, prometí seguir explorando estos enigmas.
Mientras caminábamos hacia nuestra siguiente clase, la curiosidad seguía mordiéndome. Sabía algo sobre la familia Tethanus ahora, pero había otro misterio que había estado rondando en mi mente, especialmente después de la conexión cercana que Will había mencionado entre Circe y Octavio.
“Por cierto, Dimitri, ¿sabes algo sobre el aquelarre de Octavio? Si los Tethanus son tan intrigantes, me pregunto qué historias se esconden detrás de otros como él,” pregunté, tratando de mantener el tono casual mientras que internamente, mi curiosidad estaba lejos de serlo.
Dimitri, quien parecía tener un archivo enciclopédico de todos los asuntos misteriosos en Altair, asintió, ajustando sus gafas en un gesto pensativo. “Ah, los aquelarres. Bueno, en Altair, y en el mundo de las brujas y brujos en general, los aquelarres no son solo grupos de hechiceros trabajando juntos; son más bien como clanes poderosos, cada uno con sus propias tradiciones, secretos y, por supuesto, rivalidades.”
“¿Y cómo se forman estos aquelarres? ¿Es por familia, por poder, o hay algo más?” pregunté, recordando todos los murmullos y susurros que se escuchaban en los pasillos sobre alianzas y pactos entre familias.
“Es una mezcla de todo eso,” explicó Dimitri mientras doblábamos en un corredor hacia la clase de Encantamientos. “Muchos aquelarres se basan en líneas familiares antiguas, manteniendo el poder y los secretos dentro de la familia. Pero también hay aquelarres que se forman por afinidades mágicas o por objetivos comunes. Por ejemplo, el Aquelarre de Octavio, el Aquelarre de Asclepios, es conocido por sus habilidades en curación y venenos. Su familia ha sido parte de ese aquelarre durante generaciones.”
“¿Entonces es como tener una gran familia mágica con la que no solo compartes tu sangre sino también tus hechizos?” bromeé, imaginando reuniones familiares donde en lugar de discutir sobre política o deportes, se debatían los méritos de diferentes tipos de pociones curativas o maldiciones.
“Exactamente,” Dimitri sonrió ante la descripción. “Y como puedes imaginar, las reuniones de aquelarre pueden ser tanto útiles como explosivas. Con tantos poderes y personalidades fuertes en un lugar, las chispas están garantizadas.”
“¿Y hay intercambios entre aquelarres? ¿Como estudiantes de intercambio pero con más conjuros y menos cultura general?” continué, realmente interesado en cómo estas dinámicas influían en la vida en Altair.
Dimitri se rió. “Algo así. Los aquelarres a veces forman alianzas o incluso fusiones, dependiendo de los intereses en juego. Es como una política pero mucho más mística y peligrosa.”
Mientras nos acercábamos al aula, reflexioné sobre todo lo que había aprendido. Altair no era solo una escuela; era un microcosmos de la sociedad mágica, con todas sus complejidades y maravillas. Y cada estudiante, cada profesor, cada miembro del personal, llevaba consigo una pieza del vasto y enredado tapiz de magia que tejía nuestra comunidad.
“Suena complicado pero fascinante,” comenté mientras abríamos la puerta del aula. “Creo que necesitaré un mapa solo para navegar por las políticas de los aquelarres, sin mencionar los pasillos de Altair.”
“O podrías simplemente seguir haciendo preguntas y aprendiendo,” sugirió Will, dándome una palmada amistosa en la espalda. “Después de todo, eso es lo que hacemos mejor aquí.”
Con eso, entramos en el aula, listos para enfrentar otro hechizo, otra lección, otro día en Altair, donde cada momento era una oportunidad para descubrir algo nuevo, tanto sobre la magia como sobre nosotros mismos.
Una vez dentro del aula, mientras esperábamos que comenzara la clase de Encantamientos, la curiosidad me picó nuevamente, impulsada por nuestra conversación anterior. Me volví hacia Will y Dimitri, con una mezcla de interés y un toque de diversión.
“Entonces, hablando de aquelarres, ¿a cuál pertenecen sus familias?” pregunté, levantando una ceja con curiosidad. “Dimitri, mencionaste que los Aquelarres a menudo son una cuestión de familia, así que, ¿qué hay del tuyo?”
Dimitri sonrió, como si esperara la pregunta. “Mi familia es parte del Aquelarre de Chernobog. Es un grupo principalmente ruso, conocido por su enfoque en la magia oscura y la invocación. Somos, cómo decirlo, un poco intensos según los estándares de algunos.”
“¿Chernobog, el dios eslavo de la maldad? Vaya, eso suena bastante intenso,” comenté, impresionado y un poco intimidado por el sonido de ello.
“Sí, exactamente,” rió Dimitri. “No es tan siniestro como suena. Bueno, la mayoría de las veces no lo es. Pero definitivamente es interesante en las reuniones familiares.”
Mi atención se desvió hacia Will, cuya familia sabía que no tenía las raíces místicas de los Tethanus o la conexión divina de otros linajes en Altair. “¿Y tú, Will? ¿Tu familia pertenece a algún aquelarre?”
Will, que había estado escuchando con una sonrisa, se encogió de hombros con modestia. “Oh, nada tan emocionante como lo de Dimitri, me temo. Los Brookstone no estamos alineados con ningún aquelarre en particular. Mi familia ha sido bastante independiente a lo largo de los años, más centrados en la academia y menos en la política mágica. Supongo que somos un poco aburridos en comparación.”
“Aburrido o no, es un cambio refrescante no tener que lidiar con las complejidades de los aquelarres y las expectativas familiares,” dije, dando a Will un golpecito amistoso en el hombro. “Debe ser agradable tener un poco de normalidad, en la medida en que cualquier cosa en Altair puede ser considerada normal.”
“Creo que tienes razón,” admitió Will, sonriendo. “A veces, menos es más, especialmente aquí en Altair, donde cada día ya es suficientemente lleno de sorpresas.”
“Definitivamente, una vida sin tantos enredos mágicos suena menos complicada,” añadí, pensando en las intrincadas redes de poder y secretos que parecían envolver a muchos de los estudiantes aquí.
La conversación fluyó suavemente hacia otros temas mientras esperábamos que el profesor llegara, pero mi mente seguía trabajando. La idea de los aquelarres, con sus profundas raíces y poderosos secretos, añadía otra capa a la complejidad de la vida en Altair. Cada estudiante no solo llevaba consigo un maletín lleno de libros y pergaminos, sino también un invisible tejido de historias, magia y legados que influían en quiénes eran y quiénes podrían llegar a ser.
A medida que la clase comenzaba, me asenté en mi asiento, preparado para aprender sobre encantamientos. Pero en el fondo, sabía que la verdadera magia de Altair no solo residía en los hechizos que estudiamos, sino en las historias entrelazadas de todos los que llamaban a esta academia su hogar.
La campana sonó, marcando el inicio de la clase de Alquimia, un curso que siempre prometía ser igual de volátil que los compuestos con los que trabajábamos. Nuestra aula se llenó rápidamente, con estudiantes de varios años mezclándose; los de segundo año como Dimitri a menudo se unían a nosotros para proyectos especiales, dada su ya conocida habilidad en el campo.
El profesor Darmoth entró en el aula con su habitual aura de misterio y una pizca de peligro. Hoy no era la excepción, y su entrada fue anunciada no solo por la puerta que chirriaba a su paso sino también por el ligero olor a azufre que parecía seguirlo como una sombra persistente.
“Buenos días, jóvenes alquimistas,” comenzó, sus ojos brillando con entusiasmo mientras se frotaba las manos. “Hoy, vamos a embarcarnos en un experimento que requiere precisión, entendimiento y, por supuesto, un poco de audacia.”
Dimitri se adelantó, listo para asumir su papel no oficial como asistente del profesor. Su presencia era tranquilizadora, dada su reputación de manejar con éxito incluso los calderos más inestables.
“Para nuestro proyecto de hoy,” continuó Darmoth, desplegando un conjunto de hojas que contenían diagramas y fórmulas complicadas, “vamos a intentar sintetizar una poción de visibilidad. No solo nos hará invisibles, sino que también revelará las auras invisibles alrededor de objetos encantados.”
El murmullo emocionado de mis compañeros llenó la sala; la idea de una poción que ofreciera una doble función de invisibilidad y revelación era intrigante, por decir lo menos.
Darmoth asignó tareas, dividiendo la clase en grupos pequeños. “Dimitri, por favor, lidera el equipo de mezcla. Leo y Will, quiero que trabajen en el control de la temperatura del caldero. Es esencial mantener un calor constante para que la reacción química sea estable.”
Will y yo asentimos, acercándonos al caldero principal. Equipados con termómetros mágicos y varitas listas, nos preparamos para nuestro papel crucial.
“Mantén un ojo en la temperatura. Si sube demasiado rápido, nos arriesgamos a una evaporación prematura,” me advirtió Will, claramente tomando nuestro trabajo con la seriedad que el profesor Darmoth esperaba.
Mientras trabajábamos, observé a Dimitri mezclando ingredientes con precisión quirúrgica. Su habilidad para medir y verter sin derramar una sola gota era casi hipnótica.
La clase avanzó sin incidentes durante los primeros minutos, todos absortos en sus tareas, hasta que un pequeño chisporroteo proveniente de un caldero en el fondo de la sala captó nuestra atención. Darmoth se movió rápidamente hacia el lugar, sus instrucciones volando sobre su hombro como hechizos en una batalla.
“¡Controlen la temperatura! No dejen que el pánico desvíe su enfoque,” gritó por encima del ruido creciente.
Con los ojos fijos en el termómetro, ajusté la temperatura, utilizando pequeños hechizos de enfriamiento. A mi lado, Will murmuraba encantamientos de estabilidad, su concentración intensa.
Finalmente, la clase concluyó con un éxito moderado. No todos logramos una poción perfecta, pero tampoco hubo desastres, lo cual, en Alquimia, ya era una victoria.
“Buena trabajo hoy, chicos,” dijo Darmoth, mientras limpiábamos nuestros equipos. “Recuerden, la alquimia es tanto arte como ciencia. Cada error es un paso hacia el dominio.”
Caminando fuera del aula con Will y Dimitri, no pude evitar sentir una mezcla de alivio y orgullo. “Bueno, eso no fue tan malo, ¿verdad? Tal vez deberíamos formar nuestro propio aquelarre. Podríamos llamarlo ‘Los Alquimistas Accidentales’.”
Will rió, dándome un empujón amistoso. “Solo asegúrate de que ‘accidental’ no signifique hacer explotar el laboratorio, Leo.”
Dimitri se unió a la risa, añadiendo, “Con tus habilidades, Leo, creo que estaríamos más en el negocio de crear fuegos artificiales que alquimia seria.”
“Nada mal para un espectáculo final de año, ¿verdad?” comenté, mientras nos alejábamos del aula de Alquimia. La idea de cerrar el año con una explosión (metafórica, por supuesto) parecía más atractiva de lo que debería.
Caminamos hacia la biblioteca, un lugar que se había convertido en nuestro habitual punto de reunión después de las clases. El ambiente tranquilo y los montones de libros antiguos eran el contrapunto perfecto a la tensión de las clases prácticas.
“Deberíamos investigar más sobre aquellos aquelarres,” sugirió Will, mientras se desplomaba en una de las sillas de la biblioteca. “Particularmente, me interesaría saber cómo distintos aquelarres manejan el conocimiento y las tradiciones alquímicas. Podría ser útil para nuestro proyecto final de año.”
“Buena idea,” dijo Dimitri, sacando su propia libreta y una pluma. “Podríamos hacer un estudio comparativo. No solo nos ayudaría académicamente, sino que también nos daría una ventaja si alguna vez necesitamos colaborar con ellos en el futuro.”
Mientras los chicos discutían potenciales ángulos de investigación, saqué mi propio cuaderno, pero mi mente seguía divagando hacia la familia Tethanus y el misterioso aquelarre de Circe. La idea de que uno de nuestros compañeros tuviera conexiones tan profundas y poderosas con la magia antigua era tanto fascinante como inquietante.
“Y, ¿qué piensan si también exploramos cómo los linajes como los Tethanus han influido en las prácticas modernas?” sugerí, intrigado por entrelazar la historia personal con la alquimia. “Podría ser interesante ver cómo sus tradiciones han permeado o divergido de los métodos contemporáneos.”
Will asintió, su interés picado. “Eso definitivamente añadiría profundidad a nuestro proyecto. Y quizás nos dé una mejor comprensión de cómo interactúan los poderes antiguos con la modernidad.”
Pasamos el resto de la tarde en la biblioteca, rodeados de libros y pergaminos, cada uno sumergido en sus pensamientos y notas. Entre el murmullo de otros estudiantes y el crujido ocasional de las páginas antiguas, sentí una especie de paz académica, un recordatorio de por qué me encantaba Altair. Aquí, entre el polvo y los hechizos, cada día aprendíamos algo nuevo, no solo sobre magia, sino también sobre cómo conectarnos con nuestro pasado—y cómo podría dar forma a nuestro futuro.
Con un plan en mente y una montaña de material de lectura por delante, nos dispusimos a desentrañar los secretos de los aquelarres, sin saber que cada página que volvíamos no solo era un paso hacia nuestro proyecto final, sino también hacia entender los hilos ocultos que tejían la rica tela de nuestra comunidad mágica.
La tarde transcurría tranquilamente en la biblioteca cuando el señor Grimsbane, el profesor de Defensas Contra las Artes Oscuras, se me acercó con una pila de documentos en la mano. Con su típica seriedad, casi solemne, me entregó los papeles.
“Leo, necesito que lleves esto al profesor Mellark en Alquimia Avanzada. Es urgente, así que por favor, hazlo de inmediato,” instruyó, empujando los documentos en mis brazos.
“Por supuesto, señor Grimsbane. ¿Algo más que deba saber antes de ir?” pregunté, curioso por la naturaleza de la urgencia, pero recibí solo un ademán despectivo en respuesta.
Con los documentos asegurados bajo el brazo, me dirigí al ala donde se encontraba el despacho del profesor Mellark. Mientras caminaba, repasé mentalmente la lista de hechizos de defensa que el profesor Grimsbane nos había enseñado esa mañana, preguntándome si alguna vez tendría la oportunidad de usarlos en una situación real.
Llegando al despacho, toqué suavemente la puerta y esperé una respuesta. Sin escuchar nada desde dentro, asumí que el profesor Mellark estaría ocupado en algún experimento complejo. Sin embargo, al abrir la puerta lentamente, me encontré con una escena que nada tenía que ver con alquimia, al menos no del tipo académico.
El profesor Mellark y Lilith, la prefecta de segundo año y conocida en toda la academia por ser la novia de Dimitri, estaban... considerablemente cerca el uno del otro, en un abrazo que definitivamente no estaba incluido en el currículo escolar.
Al oír la puerta abrirse, ambos se separaron bruscamente, sus rostros pasando de la sorpresa al horror en cuestión de segundos. Lilith parecía a punto de evaporarse allí mismo, mientras que el profesor Mellark se recomponía rápidamente, su expresión endureciéndose.
“¡Sr. Mellark! Solo estaba... traía unos documentos de...” balbuceé, sorprendido y tratando de no mirar directamente a ninguno de los dos.
El profesor Mellark avanzó hacia mí, su rostro enrojecido por la ira o la vergüenza, tal vez ambas. Comenzó a murmurar algo en latín, claramente un hechizo que no sonaba para nada amigable.
Antes de que pudiera terminar, interrumpí, recordando rápidamente un fragmento del reglamento escolar que había leído durante una especialmente aburrida tarde de detención. “¡Sección cinco, párrafo tres del Reglamento Escolar! ‘Ningún miembro del personal docente puede realizar actos de agresión mágica o física hacia los estudiantes bajo ninguna circunstancia’,” recité, con la esperanza de que mi memoria no me estuviera fallando.
El profesor Mellark se detuvo, claramente frustrado, pero consciente de que cualquier acción en ese momento solo empeoraría las cosas. “Muy bien, Sr. Leo, gracias por recordarme las reglas. Ahora, si fueras tan amable de dejar esos documentos y cerrar la puerta al salir.”
Apenas pude ocultar mi alivio. “Claro, profesor, aquí están los documentos. Tendré... uh... mucho cuidado al cerrar la puerta,” dije, dejando los papeles en el escritorio más cercano y saliendo tan rápidamente como mis pies me lo permitían.
Una vez fuera, respiré hondo, tratando de procesar lo que había visto. “Bueno, eso fue... educativo,” murmuré para mí mismo, preguntándome cómo iba a mirar a Dimitri a los ojos después de esto. Con un suspiro resignado, decidí que, por el momento, guardaría el secreto. Después de todo, en Altair, algunos misterios eran mejor dejarlos sin resolver, al menos por un rato.
Al regresar a la biblioteca, donde Will y Dimitri continuaban absortos en sus investigaciones sobre los aquelarres, la escena que acababa de presenciar me pesaba como una mochila llena de libros de hechizos avanzados. Mis pasos eran lentos, cada uno resonando con el eco de mi dilema interno.
Cuando llegué a la mesa, Dimitri levantó la vista, su rostro iluminado por la típica curiosidad académica que lo caracterizaba. “¿Todo bien, Leo? Pareces como si hubieras visto un fantasma. O peor, ¿un examen sorpresa de pociones?”
Intenté sonreír, forzando un tono de normalidad. “Oh, nada de eso, solo el habitual papeleo burocrático entregado. Nada emocionante.” Mi mirada se desvió, evitando el contacto visual directo, especialmente con Dimitri. La imagen de Lilith y el profesor Mellark todavía danzaba incómodamente en mi mente.
Will, siempre perceptivo, frunció el ceño ligeramente. “Estás seguro que eso es todo? No pareces tú mismo.”
Respiré hondo, decidiendo en ese momento mantener el incidente para mí. Revelar la verdad a Dimitri no solo destruiría su relación, sino que también podría desencadenar un escándalo que afectaría a toda la academia. “Sí, estoy bien, solo un poco cansado, supongo. Ya saben, la emoción de llevar documentos realmente me agota,” dije, intentando inyectar un poco de humor en mi voz.
Dimitri pareció comprar la explicación, al menos superficialmente, y asintió antes de volver a sumergirse en sus notas. “Bueno, si estás cansado, tal vez debas tomar un descanso. O mejor aún, ayúdanos con esto. Estábamos debatiendo si los aquelarres más antiguos tienen una influencia estructural en las técnicas mágicas modernas.”
Agradecido por el cambio de tema, me uní a la conversación, encontrando refugio en la familiaridad del debate académico. Sin embargo, mi mente seguía divagando de vez en cuando hacia la escena que había presenciado. El peso de guardar un secreto de esa magnitud era nuevo para mí, y no estaba seguro de cómo manejarlo sin afectar mi amistad con Dimitri.
Mientras discutíamos, analizaba en silencio mis opciones. Podría hablar con Lilith directamente, sugerirle que ella misma le contara a Dimitri la verdad. O quizás debería mantenerme completamente al margen, permitiendo que las cosas siguieran su curso natural, por complicado que fuera.
La tarde avanzó, y con cada hora que pasaba, mi decisión de mantener el secreto se solidificaba. A pesar de mi deseo de ser transparente con Dimitri, temía que la verdad pudiera hacer más daño que bien. Después de todo, en Altair, algunos secretos eran tan potentes como los hechizos que estudiábamos, capaces de cambiar vidas o destruirlas.
Al final de la jornada, guardé mis libros y preparé mi salida, echando una última mirada a Dimitri, quien estaba riendo por algo que Will había dicho. “Ojalá pudiera protegerte de todo, amigo,” pensé, sintiendo una punzada de culpa por mi silencio.
Con un suspiro pesado, salí de la biblioteca, decidido a mantener mi conocimiento del incidente bajo llave, al menos por ahora. En el mundo de la magia, como en la vida, a veces la ignorancia es una bendición. Y en este caso, esperaba fervientemente que fuera la decisión correcta.
(...)
La noche en Altair nunca era realmente silenciosa. Entre el eco lejano de algún conjuro nocturno y el ocasional crujir de las armaduras antiguas en los pasillos, el castillo tenía vida propia. Pero esa noche, la paz inusual se vio interrumpida por algo más que los misterios habituales de una escuela de brujos y brujas.
“Leo, ¡despierta!” El susurro urgente de Will cortó a través de la oscuridad de nuestra habitación, acompañado por un ligero zarandeo. Abrí los ojos, desorientado, encontrando la cara de Will extremadamente cerca de la mía, sus ojos grandes y alerta.
“¿Qué pasa?” murmuré, sintiendo cómo el sueño se disipaba rápidamente.
“Escuché algo en el pasillo. Sonaba como... no sé, algo grande moviéndose,” susurró Will, con un tono que intentaba ser tranquilo pero fallaba por un margen considerable.
Con la curiosidad superando cualquier vestigio de sueño, me arrastré fuera de la cama, tropezando con mis propias mantas. “¿Algo grande? ¿Como un libro de texto de alquimia avanzada o más bien como el profesor Mellark persiguiendo a otro alumno?” bromeé, intentando inyectar un poco de humor a la situación.
Will no pareció apreciar el chiste. “No es momento para bromas. Vamos a investigar.”
Equipados solo con nuestras batas y unas gruesas pantuflas, salimos cautelosamente al pasillo. Las antorchas a lo largo de las paredes arrojaban sombras danzantes que hacían que incluso los retratos más benignos parecieran sospechosos. Cada sonido nos hacía saltar; un crujido aquí, un susurro allá.
“Esto es una mala idea,” susurré, mientras una coraza cerca giraba su cabeza hacia nosotros con un chirrido ominoso.
“Shh, ¿escuchaste eso?” Will se detuvo, levantando una mano en señal de silencio.
Aguce el oído, captando un sonido suave, casi como el roce de telas pesadas contra el suelo. “Sí, lo oí. ¿Crees que sea el fantasma de la profesora de Historia Antigua que aún no puede creer que suspendieron su curso?”
“Leo, en serio, si es un intruso...” comenzó Will, pero no pudo terminar su advertencia.
De repente, una figura oscura emergió de una puerta lateral, y ambos saltamos hacia atrás, preparados para el peor de los casos. Pero en lugar de un invasor o un espectro, era simplemente el señor Piddles, el viejo gato de la bibliotecaria, que miraba con indiferencia nuestra alarmante falta de compostura.
“Es solo el señor Piddles,” anuncié, mi alivio tan palpable que casi podía tocarse. Will suspiró, pasando una mano por su cabello despeinado.
“Claro, porque lo que necesitábamos era una persecución gatuna a medianoche para completar nuestro peculiar viernes por la noche en Altair,” dijo Will, comenzando a caminar de regreso a nuestro dormitorio.
Riendo bajo, seguimos al señor Piddles quien, con la dignidad que solo un gato de su edad podría tener, nos guió de regreso a nuestra habitación como si él hubiera orquestado toda la aventura.
“¿Sabes? Si no encontramos una carrera en la magia, siempre podríamos considerar la vida de detectives nocturnos,” bromeé, mientras nos metíamos de nuevo en la cama.
Will murmuró algo que sonaba sospechosamente como “necesitas dormir más”, pero yo ya estaba demasiado ocupado riendo en silencio como para prestar atención. En medio de secretos y escándalos, era bueno tener estos momentos de ridícula normalidad. Quizás, después de todo, Altair no era tan diferente del resto del mundo; aquí también, la vida consistía en encontrar luz, incluso en medio de la oscuridad.
Justo cuando comenzaba a sentir el abrazo reconfortante del sueño, otro sonido nos sacudió nuevamente hacia la vigilia. Esta vez, era imposible negar que algo o alguien estaba deambulando por los pasillos a estas horas intempestivas.
“¿Lo escuchaste?” susurró Will, sus ojos grandes como platos en la penumbra.
“Sí,” respondí, sintiendo un cosquilleo de adrenalina mezclada con una buena dosis de nerviosismo. “Definitivamente no era el señor Piddles esta vez.”
Nos sentamos en la cama, escuchando atentamente. El sonido parecía como el arrastrar de pies pesados, acompañado de un ocasional golpeteo metálico. Definitivamente, no era el tipo de ruido que uno esperaría escuchar en una escuela de magia, incluso en una tan peculiar como Altair.
“Vale, ¿quién va a investigar esta vez?” pregunté, aunque la idea de caminar hacia un posible encuentro desconocido me hacía desear poder desaparecer bajo las sábanas.
Will me miró, y ambos sabíamos que ninguno de los dos estaba emocionado por la idea de enfrentar lo desconocido. Después de un breve pero intenso debate interno, propuse: “¿Piedra, papel o tijera?”
“Trato hecho,” dijo Will, y nos preparamos para el duelo decisivo.
“Piedra, papel, o tijera, dice...” cantamos juntos. Mi papel fue derrotado por las tijeras de Will.
“¡Ja! Suerte con eso,” dijo Will, aunque su tono era más de alivio que de victoria.
Equipado con nada más que mi bata y mis pantuflas, me asomé cautelosamente fuera de nuestra habitación. El pasillo estaba bañado en sombras, iluminado solo por la luz intermitente de las antorchas mágicas que colgaban de las paredes. El sonido ahora era más claro, y decididamente venía del final del pasillo, cerca de la antigua sala de trofeos.
Avancé lentamente, cada paso amplificando mi ansiedad. “Solo será otro gato, o quizás un libro caído,” me convencía a mí mismo, aunque la lógica no hacía mucho para calmar mis nervios.
Al llegar a la sala de trofeos, tomé una profunda respiración antes de asomarme. Lo que vi no fue ni remotamente lo que esperaba: el profesor Mellark estaba allí, pero no estaba solo. Junto a él estaba, para mi sorpresa, el viejo conserje, el señor Hobbs, ambos mirando un viejo cuadro que había caído al suelo.
“¡Ah, señor Leo! ¿Qué lo trae por aquí a estas horas?” preguntó el profesor Mellark, claramente sorprendido pero no alterado.
“Escuché ruidos y... pensé que debería investigar,” dije, mi voz mostrando más coraje del que realmente sentía.
“Buena iniciativa, pero como puede ver, solo estamos tratando de resolver el misterio de este cuadro caído. Parece que uno de los ganchos cedió,” explicó el profesor, señalando el marco dañado en el suelo.
Aliviado pero aún un poco avergonzado por mi temor anterior, asentí. “Claro, eso tiene sentido. Bueno, si necesitan ayuda...”
“Todo bajo control, pero gracias,” interrumpió el señor Hobbs, dando por terminada mi aventura nocturna.
Regresé a nuestro dormitorio, donde Will esperaba ansiosamente. “¿Entonces? ¿Qué era?”
“Nada terrorífico, solo el profesor Mellark y el señor Hobbs lidiando con problemas de mantenimiento. Nada de fantasmas ni monstruos esta vez,” dije, dejándome caer en la cama.
Will rió. “Bueno, eso es un alivio. Quizás podamos intentar dormir un poco más.”
“Sí, pero la próxima vez, jugaré piedra,” murmuré, cerrando los ojos y deseando un resto de noche sin interrupciones. Quizás en Altair, esa era la mayor aventura de todas: encontrar una noche de sueño completa y sin sobresaltos.
Apenas habíamos logrado cerrar los ojos cuando el sonido resurgió, esta vez más fuerte y más urgente. Un sonido raspante, como algo arrastrándose desesperadamente por el suelo de piedra del pasillo. Will y yo intercambiamos miradas fatigadas, ambos sabiendo que esta noche el sueño sería una lucha perdida.
“Ya basta,” murmuré, más para mí mismo que para Will. Me deslicé fuera de la cama, decidido a enfrentar lo que fuera que perturbaba nuestra paz. “Voy a averiguar qué es de una vez por todas.”
Will asintió, pero se quedó en la cama esta vez, claramente demasiado cansado para participar en otra ronda de investigaciones nocturnas.
Abrí la puerta de nuestra habitación con un suspiro resignado y me adentré en el pasillo, siguiendo el origen del sonido. A medida que avanzaba, el sonido se hacía más claro y más definido. No era un fantasma ni una criatura mítica; era algo real y tangible.
Encontré la fuente del ruido en un tramo oscuro del pasillo, cerca de una ventana. Allí, en el suelo, yacía un cuervo grande, sus alas extendidas de manera anormal y una de sus patas visiblemente torcida. El pobre animal emitía débiles graznidos de dolor, intentando inútilmente levantarse.
Sin pensarlo, me agaché junto a él, murmurando palabras de consuelo. “Tranquilo, amigo, vamos a arreglar esto.” Con cuidado, envolví al cuervo en mi bata para evitar lastimarlo más y me apresuré hacia el despacho del profesor Mellark, quien sabía tanto de criaturas como de alquimia.
Llegué a su despacho y toqué enérgicamente la puerta, cuervo herido en brazos. El profesor Mellark abrió la puerta, y su expresión pasó de la sorpresa al reconocimiento al ver al cuervo.
“¡Ah, es uno de los nuestros! ¿Qué le ha pasado?” preguntó, su voz llena de preocupación mientras me hacía señas de entrar.
“Lo encontré en el pasillo, parece que está herido. No estoy seguro de qué hacer, pero pensé que usted podría ayudar,” expliqué rápidamente, depositando al cuervo con cuidado en la mesa del profesor.
El profesor Mellark examinó al cuervo, sus manos moviéndose con habilidad y delicadeza. “Parece que se ha roto una pata y posiblemente tenga algunas plumas dañadas. Nada que no podamos manejar.”
Mientras el profesor aplicaba un ungüento curativo y vendaba la pata del cuervo, me quedé impresionado por su destreza. “Es uno de nuestros familiares de vigilancia. Debe haber tenido un accidente durante su vuelo nocturno.”
“¿Vigilancia?” pregunté, intrigado.
“Sí, utilizamos cuervos como parte de nuestro sistema de seguridad. Son excelentes para mantener un ojo en los terrenos, especialmente de noche. Pero, como cualquier criatura, no son inmunes a los accidentes,” explicó el profesor Mellark, terminando su vendaje.
Agradecí al profesor y prometí ser más atento en el futuro, por si veía algo fuera de lo común. Con el cuervo ahora seguro y recibiendo el cuidado adecuado, regresé a mi habitación, sintiendo una mezcla de alivio y satisfacción.
“Todo resuelto,” anuncié al entrar, viendo a Will que apenas mantenía los ojos abiertos. “Era un cuervo de vigilancia. El profesor Mellark está cuidando de él ahora.”
Will asintió, visiblemente aliviado. “Bueno, al menos no fue nada sobrenatural esta vez,” dijo, antes de sumirse en un sueño profundo casi inmediatamente.
Me deslicé bajo las cobijas, reflexionando sobre la extraña noche. Altair nunca dejaba de sorprenderme; cada esquina, cada sombra, podría ser una historia esperando ser descubierta. Y aunque esta noche había sido más agitada de lo usual, no cambiaría ni un momento de mi tiempo en esta academia.
Apenas había logrado conciliar el sueño cuando sentí una mano en mi hombro, sacudiéndome suavemente. Abrí los ojos y me encontré con el rostro serio del profesor Mellark inclinándose sobre mí.
“Señor Leo, necesito que venga conmigo. Es urgente,” susurró, con un tono que no admitía réplica.
Confundido y todavía medio adormilado, asentí y me levanté, siguiéndolo por los pasillos en silencio hasta llegar al despacho de los profesores. Para mi sorpresa, la habitación estaba llena de gente, a pesar de la hora avanzada. Todos los prefectos, incluidos Circe y Octavio, junto con varios profesores, estaban allí, luciendo variados grados de preocupación y ansiedad.
Medea, la prefecta de cuarto año cuyo aquelarre se especializaba en el control de animales, parecía particularmente afectada, paseándose inquieta de un lado a otro. Su rostro reflejaba una tensión palpable, y su mirada estaba perdida en el vacío, como si pudiera ver algo que los demás no podíamos.
Circe, notando mi llegada, asintió hacia mí antes de hablar. “Creemos saber qué pudo haberle pasado al cuervo,” dijo, su voz clara y calmada, pero con un subyacente tono de preocupación.
“Los síntomas que el profesor Mellark describió son consistentes con envenenamiento. Algo que alguien deliberadamente puso en su camino,” añadió Octavio, apoyando la teoría de Circe.
Dimitri, por su parte, frunció el ceño, claramente escéptico. “¿Envenenamiento? ¿Estás sugiriendo que alguien dentro de la academia podría estar detrás de esto? Me parece un poco precipitado.”
Antes de que la discusión pudiera escalar, el señor Darmoth, el profesor de Alquimia de primer año, intervino. “He examinado al cuervo más a fondo,” anunció. “Los signos definitivamente apuntan a un veneno, uno muy específico y potente. Algo que no es común ni fácil de obtener.”
El silencio que siguió fue tenso, cada persona en la habitación procesando la implicación de que alguien había introducido un veneno tan peligroso en Altair.
Fue la señora Murray quien finalmente rompió el silencio. “Esto podría ser obra de cazadores de brujas,” dijo en voz baja, pero con una firmeza que hizo que todos prestaran atención. “No es la primera vez que intentan infiltrarse en espacios protegidos para atacar a los de nuestra especie. Debemos considerar la posibilidad de que Altair haya sido comprometida.”
La mención de cazadores de brujas provocó un murmullo de inquietud entre los presentes. La amenaza de esos grupos no era desconocida para ninguno de nosotros; eran enemigos antiguos de todas las comunidades mágicas.
“¿Qué debemos hacer?” preguntó Medea, claramente agitada, su conexión con los cuervos y otros animales haciéndola particularmente sensible a tales amenazas.
El profesor Mellark miró a todos en la sala, su expresión grave. “Primero, debemos aumentar la seguridad. Ningún estudiante o personal debe andar solo por la academia hasta que esto se resuelva. En segundo lugar, iniciaremos una investigación interna para ver cómo y por qué este veneno llegó a nuestras puertas.”
Asentí, comprendiendo la gravedad de la situación. Aunque solo había sido el portador de malas noticias, ahora me veía envuelto en un misterio mucho mayor que cualquier cosa que hubiera imaginado. La academia no solo era un hogar y un lugar de aprendizaje, sino ahora, posiblemente, un campo de batalla en una guerra antigua y oculta.
Mientras la reunión continuaba, con planes y estrategias siendo discutidos, sentí el peso de la responsabilidad asentándose sobre mis hombros.
Mientras escuchaba las discusiones sobre los posibles cazadores de brujas infiltrándose en Altair, me sentí como si hubiera perdido una pieza importante del rompecabezas. ¿Cazadores de brujas en una academia de magia? ¿Cómo es que me había perdido esa lección en clase?
Cuando el profesor Mellark mencionó la posibilidad de que los cazadores de brujas estuvieran detrás del envenenamiento del cuervo, no pude evitar levantar una ceja, aún confundido. “Espera, ¿cazadores de brujas? ¿En serio? Creí que eso era más una historia de terror para asustar a los niños en Halloween,” comenté, con mi característico tono sarcástico.
Circe, con un suspiro de exasperación, se volvió hacia mí, sus ojos transmitiendo un leve rastro de cansancio. “Leo, los cazadores de brujas son muy reales. Surgieron durante la Edad Media en Europa, durante los periodos de caza de brujas. Eran grupos de personas que creían que la magia era una herejía y buscaban eliminar a los practicantes de la brujería.”
“¿En serio?” pregunté, genuinamente sorprendido. “¿Y qué, simplemente van por ahí con antorchas y horcas, cazando brujas y quemando libros de hechizos?”
Octavio, que había estado escuchando con una expresión impasible, intervino. “Bueno, no exactamente. Aunque hubo casos de persecución violenta, muchas veces los cazadores de brujas operaban de manera más sutil, infiltrándose en comunidades mágicas y recopilando información para exponer a los practicantes de la magia.”
“Así que, básicamente, son como espías antimagia. Interesante,” comenté, intentando asimilar esta nueva información.
La conversación continuó con explicaciones sobre la historia de los cazadores de brujas y su persistencia a lo largo de los siglos. Mientras tanto, mi mente se desviaba a la última vez que había tenido la clase de la señora Murray sobre la historia de la magia europea. ¡No me sorprende que me haya quedado dormido!
A medida que la reunión avanzaba y se establecían planes para fortalecer la seguridad de la academia, me di cuenta de que, una vez más, Altair no era solo un lugar de aprendizaje mágico, sino un mundo completo, con sus propios peligros y misterios.
Mientras reflexionaba sobre la extraña noche que había tenido y la inquietante revelación sobre los cazadores de brujas, me di cuenta de que la vida en Altair nunca sería aburrida, incluso si a veces significaba enfrentarse a amenazas más allá de nuestra imaginación.
El ambiente en el despacho de los profesores se volvió cada vez más tenso a medida que discutíamos los próximos pasos para proteger Altair de la amenaza de los cazadores de brujas. La sugerencia de la profesora de Necromancia de hablar con la directora resonó en la habitación, y parecía que todos estábamos a punto de tomar esa decisión crucial cuando la tragedia golpeó de nuevo, esta vez con una intensidad aún mayor.
Medea, la prefecta de cuarto año con habilidades de control animal, se desplomó en el suelo, temblando y agitada, con los ojos desorbitados de horror. La visión de su angustia nos dejó a todos sin aliento, y una oleada de preocupación y confusión se apoderó de la habitación.
“¡Medea, Medea! ¡¿Qué te sucede?!” exclamó Lilith, corriendo hacia ella y arrodillándose a su lado.
Medea luchaba por respirar, su cuerpo sacudido por temblores incontrolables.
“Han… han matado a dos cuervos!” logró balbucear entre sollozos, su voz llena de angustia y desesperación.
El impacto de sus palabras se extendió rápidamente por la habitación, dejándonos a todos atónitos y horrorizados. Los cuervos, nuestros leales aliados y guardianes, habían sido asesinados por la mano cruel de aquellos que buscaban hacernos daño.
Un silencio pesado y sombrío se cernió sobre nosotros mientras procesábamos la magnitud de lo que acabábamos de escuchar. Los cazadores de brujas habían cruzado una línea aún más allá de lo imaginable, y ahora la seguridad de Altair estaba en juego más que nunca.
“¡Debemos actuar de inmediato!” exclamó Octavio, su voz llena de determinación. “No podemos permitir que esto continúe. Debemos encontrar a esos cazadores de brujas y detenerlos antes de que causen más daño.”
Los otros asintieron, compartiendo su sentimiento de urgencia y resolución. La tragedia había fortalecido nuestra determinación de proteger nuestra academia y a todos los que vivíamos dentro de ella.
Definitivamente… Yo no podía tener una noche normal aquí.