00: Prólogo
En el bajo mundo no existen los accidentes; solo existen las decisiones que alguien tomó antes.
Min Yoongi aprendió eso muy joven, la primera vez que entendió que la culpa no servía para sobrevivir... La culpa hacía dudar, y dudar era morir.
El hombre estaba arrodillado frente a él, temblando, no suplicaba, los que suplican lo hacen porque todavía creen que alguien va a escucharlos. Ese ya había entendido que no.
El lugar era un depósito abandonado, frío, húmedo, el tipo de lugar donde los sonidos se quedan atrapados en las paredes, donde la sangre no sorprende a nadie.
—Dime. —dijo Yoongi, con voz tranquila— ¿En qué momento pensaste que podías robarme?
El hombre levantó la vista apenas, tenía los labios partidos y las manos atadas.
—Yo… Yo solo...
El golpe fue seco, preciso. No por enojo, por corrección.
Yoongi no levantó la voz, nunca lo hacía, no necesitaba demostrar poder; el poder se demostraba cuando no hacía falta.
—Te hice una pregunta —continuó— Y me hiciste perder tiempo.
Se acomodó el saco oscuro, impecable incluso ahí. Debajo, la remera negra de cuello cerrado no tenía una sola arruga, y sus zapatos brillaban sobre el piso sucio, como si no pertenecieran al lugar.
Encendió un cigarrillo.
El humo subió lento, dibujando formas en el aire.
—La gente cree que el caos empieza con grandes errores. —dijo— Traiciones, asesinatos, guerras.— Se agachó frente al hombre, a su altura. —Pero no, el caos empieza con cosas pequeñas, un pensamiento, una duda, una decisión mínima.
Exhaló el humo cerca de su rostro, quitándose los lentes mientras lo miraba con una sonrisa ladina.
—Como creer que yo no me iba a dar cuenta.
El disparo resonó como un eco inevitable, dejándole un agujero en el medio de su frente.
Yoongi se puso de pie sin mirar el cuerpo, no hacía falta, la muerte, para él, no era un evento, era una consecuencia.
—Limpia esto. —ordenó a alguien detrás— Y avisa que mañana quiero resultados.
Caminó hacia la salida, sin apuro.
Antes de irse, miró una mariposa pintada en una de las paredes, vieja, descascarada. Algún grafiti sin importancia.
Se detuvo un segundo.
La observó.
No sabía —ni podía saber— que en algún lugar de la ciudad, un chico de ropa clara y manos cansadas estaba a punto de tomar un atajo.
Y que ese pequeño gesto, insignificante, iba a desatar algo que ni siquiera él podría controlar.
Porque incluso los hombres que gobiernan el caos olvidan una cosa...
Una mariposa no necesita fuerza para destruirlo todo.








