Bella Price y el Legado Maldito ©

Summary

DIECINUEVE AÑOS DESPÚES... Ser Bella Price nunca ha sido tarea fácil, menos aún desde que se ha convertido en una ocupadísima empleada del Ministerio de Magia, una mujer casada con un ocupadísimo Harry Potter, y madre de tres hijos. Mientras Bella planta cara a un pasado que se resiste a quedar atrás, su hijo menor, Albus, ha de luchar contra el peso de una herencia familiar de la que él nunca ha querido saber nada. Cuando el destino conecte el pasado con el presente, madre e hijo deberán afrontar una verdad muy incómoda: a veces, la oscuridad surge de los lugares más insospechados. Esta adaptación es gracias a Harry Potter y el legado maldito, que es una obra de teatro de Jack Thorne basada en una historia original de J. K. Rowling, John Tiffany y Jack Thorne. Es la octava historia de la saga de Bella Price.

Status
Complete
Chapters
25
Rating
n/a
Age Rating
18+

Diecinueve Años Después...

Aquel año, el otoño se adelantó. El primer día de septiembre trajo una mañana tersa y dorada como una manzana, y mientras la pequeña familia cruzaba corriendo la ruidosa calle hacia la enorme y tiznada estación, los gases de los tubos de escape y el aliento de los peatones relucían como telarañas en la fría atmósfera. En lo alto de los dos cargados carritos que empujaban los padres se tambaleaban dos grandes jaulas con sendas lechuzas que ululaban indignadas. Una llorosa niña que iba detrás de sus hermanos, aferrada al brazo de su padre.

—Dentro de poco tú también irás —la consoló Harry.

Harry Potter era un hombre de treinta y siete años, alto, con anteojos de forma circular y unos ojos de color verde esmeralda.

—Faltan dos años —gimoteó Flors Lily Potter—. ¡Yo quiero ir ahora!

La gente que había en la estación lanzaba miradas de curiosidad a las lechuzas mientras la familia zigzagueaba hacia la barrera que separaba los andenes nueve y diez. La voz de Albus Severus Potter alcanzó a Bella por encima del bullicio que los rodeaba; sus dos hijos varones reanudaban la discusión que habían iniciado en el coche.

Albus Severus era el segundo hijo de Bella y Harry. Era delgado y pequeño, de cabello negro azabache y ojos rojos, como los de su madre.

James Vergil era el primogénito de los Potter, el cual era un poco mal alto que su hermano menor, su cabello también era negro azabache, como el de su padre, pero sus ojos eran un tanto especiales, pues tenía una anomalía genética lo cual causaba que su ojo derecho fuese verde esmeralda, mientras que su ojo izquierdo fuese de color rojo como la sangre.

Flors Lily era la tercera y última descendiente del matrimonio Potter, ella era un pequeña de nueve años quien heredó el cabello rubio claro de su madre, pero los ojos de su padre.

—¡No, señor! ¡No van a ponerme en Slytherin!

Una risita se escuchó por parte del hijo mayor.

—¿Quieres parar ya, James? —dijo Bella, mirando directamente a los ojos rojos de su hijo, los cuales había heredado del abuelo Vergil Price.

Bella Potter, de soltera Price, era una mujer de treinta y siete años, como su esposo, alta, de cabello rubio claro y con ojos completamente rojos.

—Sólo he dicho que podrían ponerlo en Slytherin —se defendió James Vergil Potter, sonriendo con burla a su hermano pequeño—. ¿Qué tiene eso de malo? Es verdad que a lo mejor lo ponen...

Pero James detectó la severa mirada de Bella y se calló. Los cinco Potter habían llegado frente a la barrera. James miró a su hermano pequeño por encima del hombro, con cierta chulería; luego cogió el carrito que conducía su madre y echó a correr. Un instante más tarde se había esfumado.

—Me escribirán, ¿verdad? —preguntó Albus a sus padres, aprovechando la momentánea ausencia de su hermano.

—Claro que sí. Todos los días, si quieres —respondió Bella.

—No, todos los días no —se apresuró a decir Albus—. James dice que la mayoría de los alumnos sólo reciben cartas una vez al mes, más o menos.

—Pues el año pasado le escribíamos tres veces por semana —afirmó Bella.

—Y no te creas todo lo que tu hermano te cuente sobre Hogwarts —intervino Harry—. Ya sabes que es muy bromista.

Juntos, empujaron el otro carrito en dirección a la barrera. Albus hizo una mueca de dolor, pero no se produjo ninguna colisión. La familia apareció en el andén nueve y tres cuartos, desdibujado por el denso y blanco vapor que salía de la escarlata locomotora del expreso de Hogwarts. Unas figuras indistintas pululaban por la neblina en que James ya se había perdido.

—¿Dónde están? —preguntó Albus con inquietud, escudriñando las borrosas siluetas junto a las que pasaban mientras recorrían el andén.

—Ya los encontraremos —lo tranquilizó Bella.

Pero el vapor era muy denso y no resultaba fácil distinguir las caras de la gente.

Separadas de sus dueños, las voces sonaban con una potencia exagerada. A Bella le pareció oír a Percy Weasley disertando en voz alta sobre la normativa que regulaba el uso de escobas, y se alegró de tener una excusa para no detenerse y saludarlo...

—Creo que están ahí, Al —comentó Bella. Un grupo de cuatro personas surgió entre la niebla, junto al último vagón. Bella, Harry, Flors y Albus no lograron distinguir sus caras hasta que estuvieron a su lado.

—¡Hola! —dijo Albus con patente alivio.

Rose, que ya llevaba puesta su túnica nueva de Hogwarts, lo miró sonriente.

—¿Has podido aparcar bien? —le preguntó Ron Weasley a Harry, el cual era su mejor amigo—. Yo sí. Hermione no confiaba en que aprobara el examen de conducir como muggles, ¿verdad que no? Creía que tendría que confundir al examinador.

Ronald Weasley era un hombre alto con muchas pecas en el rostro y de cabello rojo.

Hermione Granger, mejor amiga de Bella, era un mujer morena y castaña.

—Eso no es cierto —replicó Hermione—. Confiaba plenamente en ti.

—La verdad es que lo confundí —le confesó Ron a Harry al oído cuando, entre los dos, subieron el baúl y la lechuza de Albus al tren—. Sólo se me olvidó mirar por el retrovisor lateral y... qué quieres que te diga, para eso puedo utilizar un encantamiento supersensorial.

—¡Tío Ron! —exclamó Flors, contentísima de verlos.

Los Potter no tenían algún parentesco con los Weasley, no, pero los pequeños siempre lo vieron como familia desde su nacimiento. Ya que el lazo que los unía a los cuatro era sumamente fuerte.

Ron se da la vuelta y ve a Flors, que va disparada hacia él. La levanta y la coge en brazos.

—Pero ¡si es mi Potter favorita! —dijo Ron sonriendo.

—¿Me has traído un truco? —preguntó la pequeña entusiasmada.

—¿Conoces el aliento robanarices, garantizado por Sortilegios Weasley? —preguntó en modo juguetón.

—¡Mamá! Papá está haciendo ese truco tan malo otra vez —dijo alarmada Rose, la hija mayor de Hermione y Ron.

—Tú lo llamas malo y él lo llama espectacular —dijo calmadamente Hermione, mirándola—. Yo diría que ni tanto ni tan poco.

—Espera un momento —dijo Ron—. Déjame masticar un poco de aire. Y ahora es tan sencillo como... Perdona si huelo a ajo...

Le echa el aliento en la cara. Flors rió.

—Hueles a gachas de avena —dijo Flors.

—Bing. Bang. Boing. Jovencita, prepárate para no poder oler absolutamente nada.

Hizo como si le arrancara la nariz a la pequeña.

—¿Dónde está mi nariz? ¡Ta-chán!

Le muestra la mano vacía. Es un truco muy malo. A todos les hace gracia de lo malo que es.

—Qué tontito eres —dijo la niña entre risas.

—¿Han visto a Luna y a Nehyban? —le preguntó Bella a Hermione, alzando la mirada por el andén, cambiando la conversación.

—No, pero no creo que tarden —dijo Hermione, mirando la hora en su reloj—, hoy es el primer viaje de Lorcan y Lysander en el expreso a Hogwarts. ¿Tú te imaginaste alguna vez que tendrían cuatro hijos? —Cambió el tema de pronto Hermione—. Yo la verdad no.

—Para nada, siendo honesta —contestó Bella—. Tampoco me imaginé que Samantha y Bella fuesen a quedar en Slytherin. Pensé que ella quedaría en Hufflepuff, como Cedric y Lara... pero bueno, supongo que no siempre los hijos siguen los caminos de los padres.

Cuando Harry y Ron estuvieron de nuevo en el andén, encontraron a Flors y Hugo, el hermano pequeño de Rose, charlando animadamente. Trataban de adivinar en qué casa los pondrían cuando fueran a Hogwarts.

—No quiero que te sientas presionado —dijo Ron—, pero si no te ponen en Gryffindor, te desheredo.

—¡Ron!

Flors y Hugo rieron, pero Albus y Rose se mostraron circunspectos.

—No lo dice en serio —dijeron Hermione y Bella, pero Ron ya no les prestaba atención. Con mucho disimulo, señaló a unos cincuenta metros de distancia. El vapor se había aclarado momentáneamente, y tres personas resaltaban entre la neblina que se arremolinaba en el andén.

—¡Miren quiénes han venido!

Draco Malfoy también se hallaba en la estación con su esposa y su hijo; llevaba un abrigo oscuro abotonado hasta el cuello, y las pronunciadas entradas resaltaban sus angulosas facciones. Su hijo se parecía a Draco tanto como Albus a Harry.

Malfoy se dio cuenta de que Bella, Harry, Ron y Hermione lo miraban; los saludó con una seca cabezada y se dio la vuelta.

—Así que ése es el pequeño Scorpius —murmuró Ron—. Asegúrate de superarlo en todos los exámenes, Rosie. Suerte que has heredado la inteligencia de tu madre.

—Haz el favor, Ron —protestó Hermione, entre severa y divertida—. ¡No intentes enemistarlos antes incluso de que haya empezado el curso!

—Tienes razón; perdóname —se disculpó Ron, aunque no pudo evitar añadir—: Pero no te hagas demasiado amiga suya, Rosie. El abuelo Weasley jamás te perdonaría si te casaras con un sangre limpia.

—¡Oigan, ahí vienen! —exclamó Flors, entusiasmada.

Bella, Harry, Ron y Hermione miraron hacia donde señalaba la pequeña y dieron con una familia de seis miembros: Nehyban McCool, que iba con una barba perfilada y sonrisa de niño travieso; Luna McCool, de soltera Lovegood, con la expresión de haberse equivocado de andén; Nehythan Maxquel, que se le veía encantador llevando a cuesta su escoba; Afrodyziha Nytchelle, que se le notaba coqueta e intelectualmente interesante con sus gafas nuevas; y a los gemelos Lorcan Skybel y Lysander Benait McCool, que correteaban alrededor de sus padres mientras sus cabellos cambiaban de colores, cortes y tamaños en cada parpadeo.

—¡Tío! —gritó Flors antes de ir disparada hacia Nehyban.

—¡Mi muñequita! —exclamó alegre, cargándola y dándole vueltas en el aire a la pequeña.

Todos se saludaron tan agradablemente que, incluso, olvidaron, por cierto, instante, dónde se hallaban. No fue hasta que llegó James Vergil que lo recordaron.

—¡Eh! —exclamó el mayor de los hermanos Potter.

James había reaparecido; se había librado del baúl, la lechuza y el carrito, y era evidente que tenía un montón de noticias que contarles.

—Teddy está ahí —dijo casi sin aliento, señalando hacia atrás—. ¡Acabo de verlo! ¿Y saben qué estaba haciendo? ¡Darse un beso con Victoire! —Miró a los adultos y se sintió decepcionado por su desinteresada reacción—. ¡Nuestro Teddy! ¡Teddy Lupin! ¡Estaba dándose un beso con nuestra Victoire! ¡Victoire, la hija del tío Bill! Le pregunté a Teddy qué estaba haciendo...

—¿Los has interrumpido? —preguntó Bella—. ¡Eres igual que Ron!

—No, James es agradable —bromeó Nehyban, haciéndolos reír a todos.

—... ¡y me contestó que había venido a despedirse de ella! Y luego me dijo que me largara. ¡Se estaban besando! —añadió James, como si temiera no haberse explicado bien.

—¿Qué tiene de malo? —preguntó Luna, como si preguntase sobre clima.

—Olvídalo, cariño —dijo Nehyban, rápidamente—. Luego te explico.

—¡Ay! ¡Sería maravilloso que se casaran! —susurró Flors, extasiada—. ¡Entonces Teddy sí que formaría parte de su familia, tío Ron!

—Ya viene a cenar unas cuatro veces por semana —terció Harry—. ¿Por qué no le proponemos que se quede a vivir con nosotros, y asunto liquidado?

—¡Eso! —saltó James Vergil con entusiasmo—. ¡A mí no me importaría compartir la habitación con Al! ¡Teddy puede instalarse en mi dormitorio!


—¡Ni hablar! —repuso Harry con firmeza—. Al y tú compartirán habitación cuando quiera demoler la casa. —Miró la hora en el abollado y viejo reloj que había pertenecido a Fabian Prewett—. Son casi las once. Será mejor que suban al tren.

—¡No te olvides de darle un abrazo de mi parte a Neville! —le dijo Bella a James al abrazarlo.

—¡Mamá! —respondió horrorizado—. ¡No puedo darle un abrazo a un profesor!

—Pero si tú lo conoces, bebé...

James puso los ojos en blanco.

—Fuera del colegio, ¿sí?, pero él es el profesor Longbottom, ¿no? No puedo entrar en la clase de Herbología y darle un beso de tu parte.

James sacudió la cabeza ante la ingenuidad de su madre y se desahogó lanzándole otra pulla a Albus:

—Hasta luego, Al. Ya me dirás si has visto a los thestrals.

—Pero ¿no eran invisibles? ¡Me dijiste que eran invisibles!

James se limitó a reír; dejó que su madre lo besara, le dio un somero abrazo a su padre y subió de un salto al tren, que se estaba llenando rápidamente. Lo vieron despedirse con la mano y echar a correr por el pasillo en busca de sus amigos.

—No tienes por qué temer a los thestrals —le dijo Harry a Albus—. Son unas criaturas muy tranquilas y no dan ningún miedo. Además, ustedes no van a ir al colegio en los carruajes, sino en los botes.

Bella se despidió de Albus con un beso.

—Nos veremos en Navidad.

—Adiós, Al —dijo Harry al abrazar a su hijo—. No olvides que Hagrid te ha invitado a tomar el té el próximo viernes; no te metas con Peeves, y no retes a nadie en duelo hasta que hayas adquirido un poco de experiencia. Ah, y no dejes que James te provoque.

—¿Y si me ponen en la casa de Slytherin? —susurró en voz baja para que sólo lo oyera su padre, y éste comprendió que sólo la tensión de la partida podría haber obligado a Albus a revelar lo enorme y sincero que era ese temor.

Harry se puso en cuclillas y su cara quedó a la altura de la de Albus.

—Albus Severus —susurró Harry para que no los oyera nadie más que Bella, y ella fue lo bastante discreta para fingir que estaba diciéndole adiós con la mano a Rose, que ya había subido al tren—, te pusimos los nombres de dos directores de Hogwarts. Uno de ellos era de Slytherin, y seguramente era el hombre más valiente que jamás he conocido.

—Pero sólo dime...

—En ese caso, la casa de Slytherin ganaría un excelente alumno, ¿no? A nosotros no nos importa, Al. Pero si a ti te preocupa, podrás elegir entre Gryffindor y Slytherin. El Sombrero Seleccionador tiene en cuenta tus preferencias.

—¿En serio?

—Conmigo lo hizo —afirmó Harry y se acercó al oído de su hijo, susurrando—: con tu madre también.

Ese detalle nunca se lo habían contado a sus hijos, y Albus puso cara de asombro.

Pero las puertas del tren escarlata se estaban cerrando, y las borrosas siluetas de los padres se acercaban a los vagones para darles los últimos besos y las últimas recomendaciones a sus hijos. Albus subió al fin, y Bella cerró la puerta tras él. Los alumnos asomaban la cabeza por la ventanilla que tenían más cerca. Muchas caras, tanto en el tren como en el andén, se habían vuelto hacia Bella y Harry.

—¿Por qué los miran todos así? —preguntó Albus, y Rose y él estiraron el cuello para observar a los otros alumnos.

—No le des importancia —dijo Nehyban—. Es a mí a quien miran, porque soy muy famoso.

Albus, Rose, Hugo y Flors rieron. El tren se puso en marcha y Harry y Bella caminaron unos metros a su lado por el andén, contemplando el delgado rostro de su hijo, encendido ya de emoción. Bella siguió sonriendo y diciendo adiós con la mano, al igual que Harry, aunque les producía cierto pesar ver alejarse a su hijo...

El último rastro de vapor se esfumó en el cielo otoñal cuando el tren tomó una curva. Harry todavía tenía la mano levantada.

—Todo irá bien, ¿verdad? —dijo en Voz alta Bella, aunque creía haberlo pensado solamente.

—Hogwarts es un sitio muy grande —dijo Luna, mirando aun el camino donde fue el expreso.

—Sí, y grande —siguió Ron—. Maravilloso. Lleno de comida. Daría cualquier cosa por volver allí.

—Qué raro que a Al le preocupe que lo pongan en Slytherin —comentó Harry hacia su esposa.

—Eso no es nada —dijo Hermione—. A Rose le preocupa si batirá el récord de quidditch el primer o el segundo año. Y sacarse el TIMO cuanto antes.

—No me explico de dónde sale tanta ambición —dijo Ron, viendo con diversión a Hermione.

—Afrodyziha quiere crear el primer grupo de animadora de Quidditch en Hogwarts —comentó Luna, distraídamente—. Todo se lo metió en la cabeza Nehyban.

—Solo le comenté que creara su propio grupo, eso le daría ciertos veneficios: poder entrar al baño de prefectos, quizá... o que la exoneren de ciertas clases...

—Nehyban... —dijo Bella con voz de advertencia.

—¿Qué? —dijo Nehyban como quien no hace nada malo—. Al menos debo mantenerla ocupada en algo mientras está en Hogwarts, ya que lo único que quiere es estar en casa con sus mascotas.

—¿Qué te parecería, Harry? —preguntó Bella, olvidándose de Nehyban, cambiando el tema—. Si a Al lo pusieran... allí, en Slytherin.

Harry miró a su esposa con la intensión de responder, pero Ron interrumpió diciendo:

—No sé si lo sabes, Bella, pero siempre creímos que había posibilidades de que le tocara Slytherin.

—¿Qué? —dijo Bella, abriendo los ojos como platos—. ¿Por qué?

—En serio —dijo Hermione con resignación—. Fred y George llevaban las apuestas.

—¿Podemos irnos ya? —dijo Luna, distraídamente mirando el techo—. La gente nos mira.

—La gente siempre mira cuando están los cuatro juntos —comentó Nehyban—. Y cuando no están juntos. La gente siempre los mira.

—Ya verás como todo le irá bien —murmuró Harry hacia su esposa, aunque sabía que, en el fondo, lo decía más para sí mismo.

Bella lo miró y subió su mano y, distraídamente, le tocó la cicatriz en forma de rayo de la frente a su esposo.

—Sí, ya sé que todo le irá bien.

La cicatriz llevaba diecinueve años sin dolerles a ambos. No había nada de qué preocuparse.

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