Comienzo
¿Has sentido alguna vez
un escalofrío helado recorriendo tu nuca,
como si alguien estuviera justo detrás de ti?
Esa sensación que te estremece,
pero intentas convencerte de que
es solo tu imaginación jugándote malas pasadas,
pero ¿Qué pasa si no lo es?
¿Y si realmente algo te observaba en las sombras?,
y quizás sí que había alguien o algo junto a ti…
El día se presentaba como cualquier otro, con las mismas responsabilidades y la rutina de siempre. Sin embargo, algo en el ambiente sugería que esa mañana no era ordinaria; la lluvia implacable de la noche anterior había dejado charcos profundos que paralizaban el tráfico en algunas zonas, y una neblina antinatural cubría la ciudad. A pesar de estos signos, nadie parecía prestar atención, sumidos en sus propias complicaciones y tragedias personales.
Alhely tampoco parecía preocuparse por el clima, ya estaba acostumbrada a lo despótico de su jefe, que no le permitiría descansar incluso si ocurriese el fin del mundo. Kevin sí que se sentía ultrajado de tener que asistir a trabajar con tan mal tiempo, y su cerebro trabajaba laboriosamente buscando encontrar una excusa creíble que inventarle a su supervisora para poder faltar ese día. Ambos colegas, amigos desde la universidad, esperaban pacientemente la llegada del transporte público, cada uno con sus propios dilemas.
El tiempo corría sin pausa y sin freno, y el bus no aparecía. Empezaba a agotársele a Alhely la paciencia, no se enorgullecía por un carácter apacible precisamente. El reloj le decía que ya se le hacía tarde, comprendiendo que no podían esperar más, a ella y a Kevin no les quedó más remedio que tomar un taxi. Alhely, enojada, soltaba de vez en cuando alguna palabrita “peculiar” para el pobre conductor que nunca llegó.
Para tomar un taxi tenían que cruzar al otro lado de la pista, y el tránsito estaba en su apogeo. A Alhely le costaba mucho atravesar con autos en movimiento, interiormente maldecía al gobierno por no colocar un jodido semáforo en ese lugar. Sujetando la manga de la camisa de Kevin para poder apoyarse, empezó a atravesar la calle, mientras soportaba que él se burlara... Y fue en ese preciso instante cuando algo pasó…
Primero un estruendo ensordecedor sacudió el aire, anticipando lo impensable que estaba por desatarse, un ruido atronador, que parecía venir de todas partes, tan fuerte que dejó a los dos amigos aturdidos y conmocionados. ¿Qué estaba pasando? Y de nuevo el mismo ruido, y luego otra vez y muchas más. A Alhely le dolían los tímpanos, las lágrimas caían a raudales sobre sus mejillas, asustada, temblorosa, no sabía, no comprendía qué estaba pasando. Todo se movía alrededor, Kevin no pudo mantener más el equilibrio, tropezó y cayó, con la cabeza rebotando sobre la acera perdió el conocimiento.
La neblina se volvió más y más fuerte con una velocidad vertiginosa; ya no parecía neblina, más bien un humo negro y malévolo, casi fantasmagórico. La gente gritaba y corría por doquier, los accidentes estallaban por todos lados. Y fue entonces cuando Alhely lo vio… Era, era, ella no sabía qué era esa cosa… No podía ni siquiera gritar o intentar escapar frente a esa criatura espeluznante, que parecía difuminarse con la neblina, tan grande como un edificio. Un monstruo salido de alguna tétrica pesadilla. ¿Cómo describirlo? Parecía tener la forma de algún animal prehistórico, pero no lo era, definitivamente no lo era. Alhely sintió que la miraba fijamente, una mirada demasiado inteligente, demasiado familiar. Se sintió indefensa, demasiado horrorizada siquiera para poder respirar.
A esa hora de la mañana, la luz del sol ya debería brillar airadamente, pero ahora solo había una terrible oscuridad, como si fuese medianoche; una oscuridad que parecía viva, como si quisiese tragarlo todo, una oscuridad que se ennegrecía cada vez más.
¿Cuánto tiempo pasó? Alhely no lo sabe. Cuando finalmente pudo calmarse un poco, su mente se sentía pesada, atrofiada, no podía procesar lo que estaba pasando. Escuchó un gemido dolorido a su lado. Ahora que volvía a prestar atención, se escuchaban muchos gritos sufriendo en todos lados. Desesperada en la penumbra, buscó a Kevin, lo encontró casi junto a ella. No aparentaba tener heridas graves; solo parecía anonadado, desconcertado, mirando el vacío con los ojos perdidos. No llegaba a comprender lo que ella le gritaba histéricamente.
La apacible ciudad de Chiclayo, ese día, desapareció del mapa, como si algún gigante con una pala monstruosa lo hubiera arrancado de Lambayeque y se lo hubiera llevado a algún lugar inhóspito y desconocido, a todo y a todos, dejando solo un campo desolado de tierra sin rastro de vida o civilización.