Capítulo 1
Escabullirse durante la noche al reino conjunto se había vuelto cotidiano para Katsuki, y bastante riesgoso al ir al lado oeste del castillo, lugar donde se encontraban los aposentos de los Midoriya, médicos personales del rey Todoroki. Lugar en donde se encontraba su hermoso destino.
Un lindo chico de cabellera verdosa y revoltosa, con miles de pecas manchando su rostro, descubriendo al mismo tiempo que su cuerpo era cubierto con las mismas, amando la suavidad de su piel tan pálida; amando de inmediato su hermosa y radiante sonrisa que hacía juego con su divino y encantador timbre de voz.
Era perfecto, era lo que necesitaba y el destino se lo había dado, razón por la cual odiaba estar tan lejos de él, separados por un reino que siempre entraba en conflictos con su tribu al otro lado del río.
Lugar donde se conocieron por primera vez, lugar donde ambos fueron testigos de la aparición de sus propias marcas, lugar donde sin pensarlo mucho se entregaron el uno al otro.
—K-Kacchan, vamos, detente— gimoteo suplicante, apretando sus hombros con sus delgados dedos, suspirando al sentir los labios de su amado recorrer la curvatura de su cuello, aferrando sus piernas alrededor de las caderas del rubio.
—Eres patético cuando te niegas en situaciones como estas, ¿lo sabías? — cuestionó con voz ronca, levantando su cabeza para mirarle bajo la luz de la luna.
Sintiéndose cohibido, Izuku se encogió de hombros, ignorando el sonrojo de sus mejillas que la oscuridad de su habitación ocultaba, pues Katsuki tenía razón, él era débil a sus caricias, a sus labios, y a esos deslumbrantes ojos rojos que lo hipnotizaba, y ni hablar de su exquisito aroma. Tan embriagante, tan acogedor.
Estar en sus brazos era su mayor debilidad, sentirse suyo se sentía tan correcto, que se sentía agradecido con el destino por poner a alguien como él rubio en su camino.
—Solo digo, que este no es un buen momento— murmuró, tratando de alejar al hombre frente a él—. Desde que la reina cayó enferma, mis padres tienen su vida entre sus manos, y sus hijos no hacen nada más que presionarlos.
Chasqueando sus labios, Katsuki se despojó de su capa, lanzándola al suelo; ambos escuchando el eco que provocó su pesar.
—Me importa una mierda si uno de ellos muere, lo sabes, ¿verdad? Ni siquiera me siento cómodo viniendo, pero tú estás aquí, y eso me deja sin opciones.
—Lo sé — llevo su mano hasta su mejilla, acariciando la misma con sutileza—. Sé lo difícil que es esto para ti.
Bajando su cabeza, Katsuki terminó apoyando su cabeza sobre el pecho del peliverde, suspirando al sentir aquel pesar sobre su corazón. E Izuku sintió su dolor a través del amargor de sus feromonas.
La disputa entre el reino y los bárbaros los han llevado a pelear por años, y desde que el gran Enji Todoroki tomó el trono, el deseo por conseguir sus tierras y acabar con ellos, no ha hecho nada más que causar un río de sangre, sacrificando a los suyos para imponer su poder, tomando la vida del gobernante de los bárbaros entre sus manos por mera hombría.
En el momento en que el padre de Katsuki murió, su madre no tardó en caer enferma, causando que su pequeño pueblo se viera vulnerable ante la falta de un líder fuerte, y aunque Katsuki era el futuro heredero, el hecho de tener solo catorce años en ese entonces, no provocaba nada más que pavor entre sus pobladores.
Ante la situación, Toshinori Yagi, antiguo gobernante, tuvo que retomar su lugar como soberano para defender a los suyos, al menos hasta que el joven Bakugo tuviera la edad y fortaleza suficiente para tomar el título.
Actualmente, se encontraban sólo a unos meses para cumplir la mayoría de edad, y eso significaba mucho para él: recuperar el trono que le corresponde por linaje, y reclamar a su destinado para llevarlo al fin a sus tierras. A su futuro hogar, dónde formarían su propia manada.
Pero para Izuku:
—Si la reina muere, la vida de mis padres corre peligro, y si se enteran que mi destinado es el futuro gobernante de la tierra enemiga…, todo será un caos. Solo te pido ser más precavidos.
—Y lo hago— respondió, levantando su cabeza para mirarle, tomando su mano y besando sus blanquecinos nudillos—. Soy precavido por ti, me abstengo de robarte en este momento por el bien de tus padres, porque jamás haría algo que te dañará.
Ante sus palabras, Izuku sintió un hormigueo en su estómago, mismo que subió hasta su pecho; tomando el impulso de lanzarse hacia el rubio, besando sus labios con deseo y anhelo. Con amor. Por qué sí, amar a Katsuki fue tan sencillo para él, y viceversa.
La noche parecía larga para ellos, cada roce de sus cuerpos se sentía como la brisa de la primavera, y cada sonido gutural que emiten sus labios es como música para sus oídos.
El complemento que ambos formaban al estar juntos era simplemente magnífico.
Katsuki, se encontraba acariciando la pierna derecha del peliverde, haciendo círculos con la yema de su dedo sobre aquel tatuaje que llevaba su inicial. La marca que lo proclamaba como suyo.
Suspirando con una gran sonrisa, Izuku se acurrucó más entre los brazos del rubio, riendo suavemente ante el cosquilleo que sus suaves caricias provocan.
Todo era calma, todo era paz en aquella habitación, pero no lo fue por mucho, pues las campañas de la capilla se encargaron de despertar a todos en cada rincón de aquella ciudad, alarmando a Izuku en el momento en que entendió el porqué.
—No puede ser— murmuró con el temblor en su voz, sentándose sobre su pequeña cama y llevando su mano hasta su boca.
—¿Qué ocurre?
—Las campanas… Las campanas están anunciando la muerte de la reina.
Katsuki frunció su entrecejo, tomando asiento sobre la cama al igual que su Omega, chasqueando sus labios con fastidio al entender el desorden que se volverán las calles de la ciudad en ese momento.
—¿Justo ahora? Maldita.
—¡Kacchan!
—¡No me reprendas!
—Alguien ha muerto…
—Si, pero eso a mí no me interesa, no cuando su jodido esposo le quitó la vida a mi padre— argumentó, dejando a Izuku en completo silencio, llevándolo a colocarse de pie para poder vestirse.
Izuku por su parte, contempló cada movimiento de su compañero, apretando sus labios con fuerza al sentirse entre la espada y la pared, después de todo, su reino había perdido a su soberana, y al mismo tiempo, esto podría traer muchos beneficios para el pueblo de Katsuki ante un rey herido.
¿A quién se supone que debía mostrarle su lealtad en ese momento?
Era confuso. Era doloroso.
Katsuki al notarlo, solo suspiro y se acercó a él al terminar de colocar su capa, tomando su mentón para obligarlo a mirarle.
—Nosotros no somos unos monstruos, jamás atacaremos a alguien que esté en estado de vulnerabilidad. Tranquilo— dijo, dejando un casto beso sobre los labios rosados de su amado.
Pero justo en el momento en que estaba por huir por la ventana, fuertes pisadas lo pusieron alerta al igual que ese fuerte olor que no tardó en debilitar a su Omega. Y en cuestión de segundos, la puerta fue abierta, dejando ver al gran soberano de aquel reino.
Enji, miro a Katsuki que desenvainó su espada frente a él, resguardando al pequeño Izuku a sus espaldas, mismo que intentaba cubrir su cuerpo desnudo con las sábanas.
Frunciendo su ceño ante la ira, gruñó con fuerza mostrando sus caninos.
¿Quién osaba tomar al Omega que había elegido como suyo en el momento en que su esposa enfermó?
Definitivamente era algo que no podía perdonar, ni mucho menos permitir.