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El presagio de lo inesperado

Summary

Una sola noche cambió el curso de sus vidas para siempre. One-Shot Ace x OC. Este relato, aunque se puede leer de forma individual, tiene relación directa con "Inesperado", otra obra que estoy en proceso de terminar.

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1
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n/a
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18+

Capítulo 1

—Ponme otra, por favor.

Era la séptima vez que el pecoso decía esa frase en todo lo que llevaba de noche y teniendo en cuenta el malestar que se alojaba en su pecho, no sería la última. Tras comprobar que el camarero lo había escuchado, se hundió de nuevo en la misma barra de bar en la que llevaba anclado dos horas.

Se preguntó cuánto tiempo tendría que pasar para que el dolor menguase, pero era una pregunta estúpida porque ya sabia la respuesta: jamás desaparecería.

Había discutido con uno de sus mejores amigos más que por enojo por frustración al no poder hacer nada.

Dejó escapar un suspiro desesperanzador.

Era inevitable. Su amigo se moría y ya no le quedaban fuerzas ni para luchar.

Entendía perfectamente las circunstancias de Thatch y el porqué no quería continuar con su tratamiento: había fallado todas y cada una de las veces anteriores. Era una condena y se había cansado de vivir así.

Vosotros no tenéis ni idea de lo que es vivir condenado. —les reprochó tanto a Marco como a él cuando durante ese viaje les confesó que iba a dejar incluso la medicación que paliaba sus dolores—Estoy hasta los cojones de medicarme y cuidarme sabiendo que no hay nada que hacer por mí.

Meses atrás les indicó que el cáncer regresó a su vida y que no tenía pensamiento de hacer quimioterapia ni de someterse a cirugías. Ace no supo como responder y no le habló durante tres días. Lo tachó de egoísta, de mal amigo y sobre todo de cobarde. Días después se dio cuenta de que él era quien se estaba comportando como un mal amigo egoísta y cobarde al no respetar la decisión de Thatch.

Newgate fue el encargado de hacerle ver que Thatch era dueño de su vida y que debía ser una agonía luchar constantemente por tratar de cambiar un final trágico inamovible. Porque así era. Su amigo tenía una cuenta atrás establecida desde hacía tiempo y lo único que quería era disfrutar al máximo de su vida.

Se replanteó cien veces durante las seis copas de Whisky que había tomado que tenía que levantarse e ir a buscar a su amigo para disculparse, pero no quería joderle de nuevo la noche a Thatch y acabar arrastrando a Marco, como había hecho al principio de la noche.

Sacaron el tema cuando lo vieron bebiendo alcohol sin pudor aprovechando que Sabo se ausentaba para un desfile, lo que empezó como una conversación acerca de la salud de su amigo terminó siendo una batalla campal entre Thatch y él, con Marco de por medio.

El camarero colocó frente a él su séptima copa de la noche a lo que él solo dio un asentimiento de cabeza a modo de agradecimiento, aunque con la gorra que llevaba era probable que el empleado ni siquiera lo hubiese notado.

Otro día le hubiese importado no quedar como un ricachón maleducado, ese día le daba exactamente igual.

Ensimismado en su copa y sus pensamientos, lo único que consiguió devolverlo a la insoportable realidad fue una chica tan embriagada como él que usó el taburete situado a su izquierda para alzarse y ver desde más altura todo el lugar.

Se encontraban en el bar de un lujoso hotel que tenía acceso directo a la playa. De hecho, la gorra que Ace usaba para no llamar la atención en demasía le impedía ver el rostro de la chica, pero llevaba un vestido que dejaba ver un bikini y unas chanclas. Todos los indicios apuntaban a que venía de la fiesta en la playa que el mismo hotel en el que se hospedaba organizó.

Se percató de que el vestido que llevaba era una excelente opción. Era de una tela brillante y transparente que dejaba a la vista el bikini negro que llevaba debajo.

Bikini que tuvo que admitir mentalmente que resaltaba de una forma increíble el cuerpo de esa desconocida. Observó su culo más de lo que le gustaría, pero acabó desviando la mirada.

—Mierda, ya las he perdido. —la oyó maldecir usando el hombro de Ace apoyo probablemente sin darse cuenta porque estaba perdiendo el equilibrio—Estas son capaces de haber ido a la playa sin mí. —refunfuñó sentándose sobre el taburete—Amable camarero, póngame una copa de ron cola cuando pueda, por fa.

Ace trató de reprimir una carcajada y se agachó aún más la gorra para pasar desapercibido, pero su risa ya había logrado captar la atención de aquella mujer.

—¿Se puede saber de qué mierda te ríes? —escuchó lo ofendida que se había sentido por una simple risa.

Se encogió de hombros tratando de no mirarla, pero ella se colocó de espaldas a la barra a la espera de que le pusiesen la copa escrutándolo a él.

—Cobardes hay en todos lados. —murmuró divertida cuando vio que no tenía intenciones de establecer una conversación con ella y se volvió a girar a observar como el camarero realizaba su pedido.

Ace la miró de arriba abajo de nuevo sin apartarse la gorra. No quería que nadie notase que aún tenía los ojos llorosos, pero tampoco quería ignorar que lo había insultado. Mucho menos cuando el alcohol que llevaba en la sangre le indicaba que era una ofensa terrible ser llamado cobarde por una desconocida que no le importaba nada.

—No soy ningún cobarde, —le indicó con un tono prepotente que a ella casi le provoca arcadas— simplemente no he querido faltarte el respeto.

—¿Y por qué ibas a faltarme el respeto? —se giró indignada de nuevo plantándole cara, pero apenas podía distinguir las facciones del chico más allá de sus pecas, que pudo avistarlas por unos míseros segundos.

—¿Tienes todas esas bebidas ahí...—señaló la gran estantería que había tras los camareros que trabajaban a prisa debido a la alta demanda esa noche—Y te vas a tomar un maldito ron cola? Eres bastante aburrida.

—¿Y qué se supone que estás tomando tú, estúpido? —preguntó tomando el vaso de entre las manos del pecoso irritante que ni siquiera la estaba mirando a la cara, era muy consciente de que le miraba como mucho los labios, pero no se centró en ese detalle—Qué asco, ¿qué cojones es esto?

Ace rompió a reír al escuchar el asco en su voz y ver cómo arrugaba los labios. Sin pedirle permiso había probado su bebida, así que se alegró de que no le hubiese agradado el sabor como castigo por su atrevimiento.

—Es whisky con agua.

—¿Estás bebiendo whisky con agua? —el hombre asintió dándole otro trago a su bebida—Esa bebida es de viejo ricachón, por favor. ¿Y yo soy la aburrida?

—¿No te gusta? Quizá no debas pedirte alcohol, no creo que puedas aguantar ni ese ron cola. —señaló el vaso que el camarero le entregó educadamente a la chica, quien agradeció con una amabilidad que desapareció en cuanto se giró de nuevo al azabache.

—Claro que puedo aguantarlo. —se defendió bebiendo de su pajita.

Estaba segura de que podía aguantar ese exactamente igual que los otras cinco que llevaba a las espaldas. Su yo del día siguiente no diría lo mismo, pero esa en realidad es otra historia.

—Claro, claro. Si te lo bebes en una hora será un mila...

De repente la copa apareció vacía ante sus ojos, que estaban puestos en la barra.

—¿Te lo has bebido de golpe? —preguntó sorprendido alzando un poco su gorra para verla, pero ella estaba girada de nuevo buscando al camarero para pedir otra.

—No, para nada. —respondió sarcástica sin mirarlo—Quizá eres tú el que bebe demasiado lento.

Ace sintió cierta emoción en su estómago por esa estúpida conversación de borrachos y tomó el vaso entero de un trago.

Le dedicó una sonrisa boba con el vaso vacío a la joven, quien rodó sus ojos ante su expresión arrogante.

—Qué idiota eres, chico de las pecas.

—¿No sabes quién soy?

Era cuanto mínimo extraño, porque no solía pasar desapercibido, aunque no le molestaba en absoluto. Quizá iba tan ebria que no se acordaba, él tampoco se acordaría de ella probablemente, así que decidió no callarse y seguir discutiendo con ella.

—¿El hombre más irritante y competitivo del mundo?

Señaló su gorra fastidiado.

—Soy empresario, y de los importantes. Trabajo en la marca Shirohige. Me llamo Portgas D. Ace.

Esperó lo que encontraba siempre que decía su nombre: emoción o algún tipo de interés en él, pero ella no respondió así.

—Oh... Yo soy Lara. Esa marca me suena, —inclinó su cabeza dudosa tratando de recordar por qué sentía familiar ese nombre—aunque ahora no caigo en por qué.

—Qué raro, con lo lista que eres me extraña que no lo sepas. —comentó irónico con diversión.

—Soy lo suficientemente lista para saber que eres un imbécil pijo que no sabe tomarse una copa calladito.

—¿Cómo puedes pensar tan rápido si te cuesta mantenerte en pie?

—¿Qué tiene que ver?

—Disculpe, señorita, ¿el mismo tipo de ron? —interrumpió el camarero anterior señalando una botella de ron Barceló Imperial o eso creyó leer, porque las letras se movían al igual que a veces le pasaba al suelo según ella.

Asintió sin darle más importancia.

—Por dios, no.—intervino Ace disgustado— es demasiado barato y asqueroso, póngale ese. —señaló otra botella—No es de los mejores, pero al menos no parecerá que estás bebiendo agua estancada con colonia.

El camarero no tenía ganas de quedarse a ver como discutían, así que simplemente accedió a cambiar el tipo de ron y se dispuso a servir la copa.

—¿Disculpa? ¿Quién cojones eres tú para decidir lo que bebo?

—Solo te hago un favor, no puedes seguir bebiendo alcohol barato tal y como estás.

La prepotencia y superioridad en su forma de hablarle consiguió enfadarla de nuevo entre otras muchas cosas porque para ella esa marca de ron no era barata precisamente. Ahí se dio cuenta de que de verdad hablaba con alguien adinerado.

—¿Cómo estoy?

—Borracha.

—Como si tú no lo estuvieses. —reprochó dando un trago a la copa.

Él tenía que reconocer que no iba mejor que ella en términos de sobriedad, pero le daba exactamente igual.

—¿Y? ¿Qué opinas? —le preguntó haciendo referencia a la bebida que acababa de probar, pero la chica respondió algo totalmente diferente.

—Opino que eres un ignorante del alcohol que solo se bebe lo más caro para fardar de que tiene dinero.

—Me estás diciendo con eso que tú sabes de alcohol. ¿Tienes una adicción?

—No, joder, te estoy diciendo que no hace falta que sea carísimo para que sea bueno. Mira el Jagger o la absenta, por ejemplo.

—¿Perdona? Tú no aguantas eso ni de coña. —se burló con descaro sin saber que así, empezarían una batalla que no les convenía a ninguno de los dos.

—Creo que puedo aguantar mejor que tú teniendo en cuenta que tu estómago de niño rico solo aguanta ron o whisky de más de cien pavos. De hecho, te reto.

—¿Eh?

—Quien se beba más rápido diez tragos de eso, —señaló una botella con un líquido verde de la gran estantería que regentaba el lugar— gana.

—Puedo perfectamente. —rio él aceptando su mano, pero cuando alzó la vista y se quitó la gorra, se quedó petrificado.

“Mierda, no solo su trasero es irresistible” Pensó perdido en su rostro.

Sacudió la cabeza tratando de centrarse en su futura batalla, pero acabó observando sus pechos por un instante en el que lamentablemente fue pillado.

—Tengo los ojos aquí, niño rico. —se burló la chica sin darle más importancia, haciendo que Ace riese y llamase al camarero a gritos junto a ella, empezando la batalla que no solo atraería a un gran público, también atraería la mayor borrachera de sus vidas.

—¿Dónde mierda se habrá metido?

Thatch llevaba un buen rato preocupado buscando a Ace y sin darse cuenta acabó siendo guiado por los gritos emocionados de un montón de gente en un bar. Quería encontrarlo para disculparse por haberle gritado como lo hizo. Ya se había disculpado con Marco y se encontraba más calmado, no quería acostarse esa noche con el malestar que le provocaba saber que Ace y él se encontraban enojados.

—¡Vamos, Lara, tú puedes!

Llegó como pudo a la barra hasta toparse con una pelirrosa que animaba a su amiga a más no poder.

—¡Vence a ese pecoso del infierno! —exclamó alzando el puño victoriosa con una jarra gigantesca de cerveza entre sus manos.

Al escuchar eso, sus ojos buscaron a los protagonistas de esa batalla. Observó que Ace era con quien competía aquella muchacha a la que se dirigía la chica de pelo rosa. Curiosamente, la contrincante llevaba la gorra que Ace había usado para pasar desapercibido a lo largo de ese día.

—Perdona... ¿Cuánto tiempo llevan así? —preguntó divertido al ver como su amigo bebía sin parar junto a esa mujer.

—Media hora por lo menos.

Thatch rompió a reír al ver cómo discutían a la par que bebían enfrentados ante los gritos de todos. Ace lo vio por un segundo y le gritó algo seguido de aquella mujer. Se percató de que iban lo suficientemente borrachos para que apenas se les entendiese lo que decían, pero al menos parecían comunicarse bien entre ellos.

Observó durante un buen rato la competición disfrutando como un crío de ese espectáculo.

—Esto es digno de recordar. —comentó riéndose mientras preparaba su móvil para echar una serie de fotos que, sin saberlo, condicionarían la vida de Ace para siempre. —Tendremos que hablar mañana, supongo.

Más calmado porque vio a Ace pasándoselo bien, Thatch se fue a dormir. Y no fue el único. La mayoría de quienes jaleaban a la extraña pareja lo imitaron conforme avanzó la noche.

Ya apenas quedaba nadie alrededor, ni siquiera la amiga de ella, que, casi tan borracha como ellos, se marchó a buscar algo que comer durante su cuarta competición.

—Vale, puede que ahora me dé vueltas todo más que antes. —confirmó entre risas y se tambaleó tanto que si no fuese porque Ace la sostuvo de la cintura casi se cae al suelo. —Suéltame, niñato.

—Mira, si lo llego a saber te dejo caer para que te abras la cabeza, desagradecida de mierda.

El insulto solo la hizo reír más, pero no se quedó callada. Ace sabía que cualquier comentario que le hiciese iba a obtener respuesta. Así había sido durante toda la noche, no consiguió dejarla sin palabras ni una sola vez y eso solo había provocado que se sintiese más atraído por ella.

—Hubiese preferido eso a que tus manitas cuidadas con cremas carísimas me toquen.

—Más quisieras que mis manos tocasen algo más que tu cintura.

Llevaban discutiendo el mismo tiempo que llevaban siendo compañeros de copas: toda la noche. Ace no pudo evitar quedar fascinado por la rápida capacidad de respuesta de esa chica y aunque se moría de sueño desde hacía un buen rato, quería seguir hablando con ella.

Ella quiso responderle indignada, pero se tambaleó de nuevo y casi se cae si no fuese porque de nuevo el pecoso la sostuvo sin esfuerzo colocándola sobre su propio regazo.

—Deja de moverte, que a mí también me cuesta mantenerme en pie.

—Venga, nos tomamos otra mientras esperamos a que se nos pase.

Ace rio y le hizo caso, pues la ayudó a sentarse de nuevo en el taburete y después con torpeza y una pesadez corporal que pocas veces sentía se sentó a su lado también.

—Puede que sea lo menos inteligente que has dicho esta noche.

—Y aun así ese comentario es más inteligente que todo tú.

—Dios, eres una repelente respondona.

—Solo con quien me cae mal.

—Tú también me caes mal.

Lara rio ante su simple respuesta y llamó al camarero decidida.

—¡Otra copa de lo que sea, por fi!

Portgas intentó aclarar su vista y vio cómo el camarero echaba una considerable cantidad de alcohol en la copa que le estaba preparando a la chica mientras le dedicaba una estupenda sonrisa que él odió. Y le olió mal. Le olió fatal.

Él estaba discutiendo con esa chica, pero estaba claro que algo pasaba entre ellos. ¿Ese camarero pretendía ligar con ella también?

—Toma, preciosa, invita la casa.

—No, yo pago su bebida.

La mujer miró con desagrado el extraño y evidente enfrentamiento entre ambos hombres.

—No necesito que nadie me pague nada, pero es que de todas formas ya he pagado. —enseñó su pulsera del todo incluido y le quitó de las manos el vaso al camarero.

—Vete. —le exigió Ace molesto por cómo notaba que ese tipo miraba a su acompañante.

El joven camarero asintió con seriedad marchándose sin que Ace apartase la mirada de él. No es que tuviese la opción o la valentía de decirle que no a Portgas D. Ace.

—No he entendido eso...—habló arrastrando la pronunciación de las “s” como llevaba haciendo toda la noche sin saberlo y apoyando su cabeza en el hombro de Ace—¿Qué acaba de pasar, niño rico? ¿Te has enfadado?

—¿Te gusta el camarero? —preguntó directamente mientras la veía tambalearse.

Quiso burlarse, pero al apoyar la cabeza en su mano se tropezó él, así que tampoco estaba en condiciones de reírse de ella.

—¿El chico ese? Mmmm... Tiene su punto. —bromeó, pero Ace no pilló la broma.

—¿Y yo?

—¿Tú qué?

—¿Tengo algún punto yo para ti?

Se apoyó en la barra para tratar de estabilizarse y lo miró de arriba abajo. Tomó su camisa amarilla abierta y lo acercó a sus labios.

—Creo que si no fueses tan irritantemente engreído los tendrías todos.

Y lo besó bruscamente.

Ace ya no sabía si estaba mareado de tanto alcoholizarse o del increíble beso que esa chica le estaba dando.

—¿Y yo, niño rico?

Ace llevó una mano a su culo haciéndola reír.

—Tú ya tienes todos, aunque seas una respondona irritante.

La tenía acorralada en la barra, como para evitar que se marchase, pero no tenía sentido, porque ella tenía ganas de todo menos de alejarse de él.

—No te soporto ni una hora más, niño rico. —se quejó con él pegado a su cuerpo sin dejar de manosear su trasero.

—Yo tampoco te soporto, sabelotodo, pero podemos hacer muchas cosas juntos antes de que pase una hora más.

—Mmmm... Convénceme.

Ace la observó incrédulo.

Hacía mucho que una mujer no le gustaba tanto y además no era ella la que se atrevía a acercarse a él. Solían ser las mujeres las que se acercaban a él, probablemente por su nombre. Pero ella no sabía quién era él. Y aunque se lo había dicho, le había dado exactamente igual. Y ahí estaba él, detrás de ella. Porque, aunque dijese que no la soportaba, se admitió mentalmente a sí mismo que se moría de ganas de llevarla con él a la habitación.

—¿No te convences solo con verme? —bromeó como llevaba haciendo toda la noche, porque le gustaba que ella pensase que era un engreído.

La chica se mordió el labio inferior y ese estúpido gesto le pareció increíblemente sexy.

—Que estés buenísimo y tengas esa cara no quiere decir que me merezca la pena pasar la noche contigo.

Ace rio sobre su boca, porque estaba claro que a sinceridad no le ganaba nadie.

—Pues llevas casi toda la noche malgastando tu tiempo conmigo, ya solo podría ir a mejor. Puedes incluso seguir insultándome si eso te pone.

Ella rompió a reír y de repente lo besó, jugueteando con la lengua del pecoso de modo que su erección se hizo más evidente.

—Joder, ¿eso es que sí?

La chica rio y tomó su bebida para dar un sorbo que a Ace le pareció lo más atractivo del mundo, aunque en sus circunstancias era poco probable que alguien pensase como él.

—¿Tan cachondo estás por dos besos?

Portgas soltó una risa ronca.

—Creo que estoy cachondo desde que te he visto.

—Entonces es a ti al que le pone que le insulten. ¿No?

Ace volvió a reírse, pero no lo negó.

—Creo que es la primera vez y definitivamente espero que sea la última. No me gustaría volver a encontrarme contigo, sabelotodo. Eres demasiado irritante.

—Pero quieres follarme, ¿no?

Ace sintió su garganta seca, era demasiado atrevida. Se alegró de estar borracho y poder actuar así sin preocupación de que lo viesen.

—¿Qué pasaría si digo que sí?

—Que te diría que nos fuésemos a otro lugar.

Y Ace no necesitó nada más.

—Nos vamos de aquí. —dijo firmemente tomándola de la cintura para alzarla y colocarla sin miramientos sobre su hombro.

—Oye, que no me he terminado la bebida. Tú tendrás mucho dinero y te dará igual, pero yo quiero invertir bien lo que pido. El todo incluido es carísimo. ¿Puedes esperarte diez minutos, imbécil? Yo me encargo de que no se te baje, no te preocupes.

Ace bufó irritado, pero regresó sobre sus pasos sin dejarla caer, tomó el vaso que el camarero que le parecía un idiota le sirvió y se lo entregó.

—Puedes terminártelo en mi habitación.

—Me parece bien. —opinó embobada en la espalda del chico.

—Deja de toquetear mi camisa. —le ordenó cuando notó que ella había levantado la tela.

—Tienes una espalda muy sensual para ser tan idiota.

Una sonrisa se dibujó en los labios del pecoso cuando la escuchó. Notaba como delineaba el tatuaje de su espalda con suavidad.

—Una cosa no tiene que ver con la otra.

—Y tienes buen culo.

—En eso estamos de acuerdo. —le respondió marchándose con ella en brazos sin perder la sonrisa de su rostro.

—¿A ti también te gusta tu culo?

—No, a mí me gusta el tuyo. —rio bajando un poco la mano con la que la sostenía para manosearlo de nuevo.

—¿Te estás tambaleando? —rio al notar movimiento—Puedes bajarme.

—No, puedo contigo, es el maldito suelo que se mueve.

Ella soltó una risita por como la agarró más fuerte cuando respondió eso molesto.

—Creo que voy a vomitar. —avisó mareada sintiendo toda la sangre acumularse en su cabeza a causa de la postura para nada natural en la que ese niño rico la llevaba.

Ace rápidamente la cambió de posición, sosteniéndola por las piernas y provocando que las colocase alrededor de su cintura sin dejar tampoco caer la bebida que ella se había obcecado en no perder.

Quizá en otras circunstancias se sorprendería por la agilidad del azabache sosteniéndola al completo, pero estaba tan ebria que le dio exactamente igual.

—Ni se te ocurra vomitar ahora, tenemos algo pendiente.

—Ya estamos en el ascensor. —murmuró sorprendida abrazando su cuello.

—No sé cómo narices he llegado aquí.

—Ni yo. —rio risueña y pegó la cabeza a su pecho.

—Ni se te ocurra dormirte tampoco. —la removió un poco y ella negó.

—No lo haré, pero deja de darme órdenes. —respondió fastidiada en sus labios y lo besó para no escucharlo más.

Entre tropiezos, Ace avanzó hacia su habitación sin dejar de besarla.

Una vez consiguieron traspasar la puerta, la chica observó la habitación mientras él los arrastraba a la cama llevándose por delante su maleta, que se encontraba medio deshecha en mitad del lugar.

—¿Qué miras? —curioseó investigando su propia habitación en busca de ese algo que pudiese tenerla tan distraída, pero se encontraba mínimamente iluminada por las luces exteriores del hotel por lo que dudaba que hubiese algo en especial que pudiese llamar su atención.

—Esto es una suite... Debes tener mucho dinero. —susurró incómoda removiéndose para bajarse de los brazos de Ace, pero no la dejó. Buscó sus labios de nuevo para que se concentrase en él de nuevo.

—Olvídate por un momento del dinero que tengo. —le pidió tras un beso que consiguió no solo volver a centrar su atención sobre Ace, también consiguió excitarla más.

Sin embargo, ese momento íntimo entre ambos sin insultos de por medio se vio eclipsado por el tropiezo con el que Ace cayó sobre la cama bruscamente.

—Tranquilo, puedo olvidarme de tu dinero sin problema, tu idiotez es lo que más destaca. —bromeó divertida recolocándose sobre él haciéndolo sonreír. —¿Te has hecho daño?

Ace negó embobado en su rostro, pero sentía sus párpados pesados.

—No, lo que tengo es sueño.

—Ni se te ocurra dormirte ahora que hemos conseguido llegar a la cama, maldito. —le advirtió antes de besarlo con impaciencia mientras le quitaba sin esfuerzo la camisa desabrochada—Tomo la píldora, pero aun así es necesario el preservativo.

—¿Por?

—Porque podemos contagiarnos ITS, pecosito. ¿Tanto dinero y no has invertido en educación sexual? No pienso follar contigo sin cuidarme. Y tú deberías hacer lo mismo.

Ace rodó sus ojos, pero en realidad sabía que llevaba razón. Incluso borracha, la chica era madura. Eso le gustaba.

—Vale, señorita sabelotodo, déjame que los busque.

Ace se levantó con esfuerzo de la cama y se tropezó con la maleta de nuevo, haciendo reír a carcajadas a su acompañante.

Entre reproches, burlas y algún que otro insulto, consiguió dar con la caja que tanto deseaba hallar en esos momentos.

Se sentó en la cama dejando a su lado esa cajita y la chica, que le esperaba impaciente, se situó a horcajadas sobre él para continuar lo que habían empezado.

Sin embargo, tras perderse mutuamente en una serie de besos y caricias, Lara se sintió desorientada por un momento.

—¿Te acuerdas de cómo hemos llegado a esta habitación? —preguntó confusa mientras él seguía con la boca hundida en su cuello disfrutando de los suaves jadeos que le provocaba.

Esa pregunta lo hizo separarse de ella y un hipo se le escapó.

—Pues la verdad es que no... —respondió concentrándose en arrebatarle el vestido que le impedía tocar su piel directamente—Solo recuerdo que me caes fatal. —regresó a su cuello para dejarle un suave mordisco que la hizo gemir.

Ansiosa, apartó las manos del pecoso de su cintura para ella misma desabrocharse la parte de superior de su bikini causando que Ace admirase su torso y se quedase mudo.

—¿Qué te pasa, niñato? ¿Te he asustado?

—Que me caes fatal, pero estás buenísima. —musitó seguido de otro hipo.

—Tú también me caes fatal, imbécil, —se restregó sobre su entrepierna excitada cuando él se llevó su pezón a la boca y empezó a succionarlo— pero me pones muchísimo.

—¿Vas a seguir igual de contestona que en el bar o vas a disfrutar follando conmigo? —reprochó abandonando su pecho y le mordió la oreja.

—¿Y tú vas a seguir igual de engreído?

Pero Ace no respondió, la empujó para que se levantase y se bajó el pantalón junto con la ropa interior a prisas. Ella le imitó y se desató las cuerdas de la parte inferior del bikini que cubría su intimidad.

—¿Cómo puedes ser tan irritante y estar tan buena?

Aquella pregunta logró hacerla reír mientras se colocaba de rodillas frente a él, haciendo que le faltase el aire al comprender lo que ella pretendía.

—Tampoco sé cómo puedes ser tan estúpido y excitarme tanto.

—Aunque nos caigamos fatal, podemos...

No lo dejó terminar porque introdujo su miembro en la boca de golpe haciéndolo gemir tan alto que la hizo sentir poderosa.

—Podemos divertirnos. —terminó la frase por él y volvió a meterse el pene en la boca sin darle ni un respiro.

Su lengua y sus labios se movían a un ritmo que Ace, con la razón perdida desde que empezaron ese encuentro, consideraba perfecto y los sonidos que se escapaban de su boca lo delataban.

—¿Qué tal? —preguntó ella alzando un poco la vista y Ace sintió que estaba a punto de acabar solo por esa perspectiva.

—Joder, lo estás haciendo fatal, no pares.

Ella le hizo caso y otro gemido se le escapó haciéndola reír levemente antes de seguir.

—¿Por qué te ríes? —sin esfuerzo la levantó indignado.

—Lo hago tan mal que te estoy haciendo gemir. —le respondió con una sonrisa orgullosa sentándose de nuevo sobre él, rozando con su intimidad la de Ace.

—Si tú estuvieses en mi lugar...

—No me oirías nada porque tú sí que lo harías fatal. —se burló y tomó el sobrecito que contenía el preservativo dispuesta abrirlo, pero Ace lo apartó de nuevo y la tomó de los piernas, se echó hacia atrás y literalmente la sentó sobre su cara.

—¡Ace! —exclamó riéndose de la sorpresa ante ese brusco movimiento—¿Qué haces?

El mencionado no respondió, directamente palpó con su lengua el punto sensible de la chica, haciéndole entender que pretendía.

Intentó contenerse para mantenerse firme y coherente con sus palabras, pero se encontraba tan desinhibida por el alcohol y descontrolada por el placer, que acabó gimiendo su nombre a cada movimiento de su lengua.

—Eso es lo que yo quería escuchar. —le susurró él sobre su clítoris azotando su culo—No pienso metértela hasta que te corras en mi cara.

Ante esa advertencia, ella empezó a cabalgar sobre su cara sin poder reprimir sus gemidos y de todas formas, ya le daba igual. No aguantó más y tal y como le había pedido, estalló sobre él.

Se apartó un poco de él sin quitarse de encima, pero acercó su rostro al del chico y comenzó a lamer el líquido que ella misma había desprendido sobre él. En otras circunstancias le habría parecido asqueroso, pero sin duda esa noche todo le daba igual.

—¿Cómo de patético es que me corra porque me lamas la cara? —le preguntó mientras ella seguía su tarea al mismo tiempo que acariciaba su miembro con la mano.

—Definitivamente sería patético. —opinó riéndose—Pero puedes hacerlo, a estas alturas no te voy a juzgar.

El pecoso quiso decir algo, pero estaba tan absorto en su mareo y en la belleza que veía sobre él, que simplemente la contempló en silencio mientras ella misma le colocaba el preservativo y se montaba sobre su miembro con impaciencia.

Un gemido se escapó al mismo tiempo de la boca de ambos cuando ella adoptó un ritmo apresurado que solo consiguió maravillar más a Ace.

—Si llego a saber... Que te mueves así... —habló con dificultad mientras apretaba con ambas manos el trasero de Lara incitándola a seguir moviéndose—Te hubiese traído antes aquí.

Por primera vez, la mujer, centrada en el vaivén que se encargaba de dar placer a ambos, no se molestó en responderle. Sin parar, se dejó caer sobre el pecoso para besarle.

—Enciende la luz. —le pidió desesperada entre jadeos sobre su boca buscando el interruptor con sus propias manos—Quiero verte bien la cara.

Ace se sentó agarrándola y haciéndola gemir por el cambio de postura. Buscó el interruptor con la mano mientras ella seguía montándolo porque no le parecía mala idea poder observar con más claridad a su acompañante.

—Joder, no me concentro si te mueves así. —se quejó moviéndose él también bajo ella para intensificarlo unos segundos.

El pecoso volvió a su tarea de buscar el interruptor cuando de repente escuchó algo que los alarmó.

—Mierda, eso ha sido la bebida. —masculló al notar que había tirado el peculiar vaso al suelo.

Lara se apartó de él para levantarse y recogerlo con bastante poca destreza.

—Te van a cobrar la fianza...—explicó divertida al comprobar que la alfombra estaba llena del líquido de la bebida.

Ace encontró el interruptor justo detrás de la mesa auxiliar mientras ella recogía el vaso. La contempló desnuda con mucho más detalle gracias a la luz y solo sintió ganas de hacer una cosa.

—Lara.

—Qué te pasa ahora, niño rico. —se giró molesta por la seriedad en su voz, pero cuando observó a Ace desnudo y de rodillas en la cama dedicándole una mirada que consideraba incluso oscura, supo que en ese momento haría cualquier cosa que él le pidiese.

—Ponte a cuatro. —le ordenó señalando la cama y ella, de forma obediente, se colocó deseosa de que la tomase en esa postura, cosa que Ace hizo al instante.

De esa forma, con Ace fascinado por lo que consideraba unas increíbles vistas y con ella enloquecida con esas embestidas que tanto placer les provocaban, dieron la bienvenida al amanecer.

El sonido acelerado del choque de sus cuerpos era lo único que se escuchaba por encima de sus gemidos. Ella había hundido la cabeza en la almohada para poder gritar mientras que Ace, deleitado por ese sonido ahogado, se dejó ir.

Salió de su interior con la respiración entrecortada y el cuerpo desnudo de esa mujer en primer plano. Se había dejado ir tanto y tan literalmente, que sintió que sus parpados se cerraban y perdía el control de su cuerpo.

Un pequeño grito se escapó de la boca de ella al notar el peso muerto sobre su cuerpo.

—¿Qué mierda? —cuestionó confusa cuando observó al pecoso prácticamente desmayado sobre ella—No, hombre, no... ¿Cómo vas a morirte aquí? —se apartó de debajo de él sintiendo que el pánico se apoderaba de ella. —Mierda, mierda. Niño rico, no puedes morirte ahora, joder. No te mueras, dios mío.

Le dio la vuelta con dificultad y se agachó colocando la oreja sobre su corazón, pero estaba tan confusa y desorientada que no conseguía distinguir nada.

—Vale, vale. Respira. Piensa con claridad. ¿Qué haría Koala? —se preguntó agobiada zarandeando a Ace, rezando porque con esa simple solución él abriese sus ojos.

Deseó que su amiga estuviese ahí. Koala era la más preparada para emergencias de su grupo, ella sabría qué hacer.

—Qué pregunta tan estúpida. Koala no follaría con el primero que pilla. —se rio de sí misma hasta que reconoció de nuevo el cuerpo de Ace inerte sobre la cama haciéndola gritar aterrada y recordándole que estaba envuelta en una emergencia.

—Una ambulancia, un médico. —se recordó nerviosa buscando el móvil del pecoso— Ay, no... ¿Y si se muere y me culpan? Solo hemos follado, agente, no soy culpable, lo juro.

Usó el rostro de Ace para desbloquear su teléfono una vez lo encontró y llamó al primer número que vio.

Estaba tan sumamente preocupada, borracha y aturdida que mientras hablaba y preparaba al chico, porque le daba pena que lo viesen desnudo, envolvió el preservativo en papel y lo tiró a la papelera del gigantesco baño del lugar sin ser consciente de que estaba roto.

—¿Diga?

Ella, al obtener al fin respuesta, trató de explicar todo entre llanto, pero no consiguió vocalizar nada.

—¿Ace?

Un sollozo demasiado femenino le hizo comprender al hombre al otro lado del teléfono que no era su amigo.

¿Quién eres? ¿Estás bien? Respira y dime qué ha pasado.

—Por favor, socorro. Ayuda. Auxilio. —comenzó a trabarse mientras lloraba desesperada observando a Ace—Estoy en un hotel y un chico desnudo se ha desmayado. O se ha muerto. No lo sé. ¡Socorro!

Marco no entendió nada, pero tardó dos minutos en correr hacia la habitación de Ace para comprobar que estaba allí, encontrándose con quien poco antes le había balbuceado al teléfono.

En cuanto la joven le abrió con solo la parte de abajo del bikini mal colocada y lloriqueando, el rubio se llevó ambas manos a los ojos en un intento sin sentido de no faltarle el respeto a esa desconocida viendo su desnudez.

—¡Al fin! —exclamó aliviada y lo tomó de la camiseta del pijama para hacerlo pasar—¡Está ahí! ¡En la cama! ¡No se mueve!

Marco trató de no mirarla ni un instante a pesar de que tenía muchas preguntas en mente, pero vio el desastre en la habitación y pudo hacerse una idea de lo que había pasado en ella.

La cama donde Ace descansaba estaba revuelta, había ropa por todos lados, la maleta en el suelo y la caja de preservativos descansaba en una esquina de la cama vacía, pues todos los envoltorios estaban esparcidos por el suelo.

Ace se encontraba tumbado boca arriba cruzando toda la cama. Dormía plácidamente como si no hubiese ninguna mujer sollozando a su alrededor mientras lo zarandeaba. Por suerte para Marco, su amigo al menos llevaba la ropa interior puesta.

—¡Por favor, ayúdalo! ¡Se va a morir! ¡Me he acostado con él y lo he matado!

—Deja de llorar, por favor, —le pidió de espaldas a ella acercándose a Ace prácticamente a ciegas— Y ponte algo de ropa. A mi amigo no le va a pasar nada.

—¡¿Cómo puedes estar tan tranquilo?! ¡Tu amigo ha muerto!

—Tiene narcolepsia. —explicó desganado observando las pupilas del pecoso.

Trataba de hacer tiempo mientras la chica se colocaba por encima la primera prenda que encontró: la camisa amarilla que Ace portaba esa noche.

Ella siguió despotricando en voz alta sin reparar en esa respuesta, maldiciéndose una y otra vez por haber tenido relaciones sexuales con alguien a quien acababa de conocer. No fue hasta que pasaron un par de minutos que recapacitó lo que ese tipo había dicho.

—¿Qué?

Marco no tuvo ni fuerzas para decirle que seguía sin llevar sujetador, por lo que optó por pedirle que se abrochase la camisa, cosa que trató de hacer erradamente un par de ocasiones sin dar un resultado decente. Seguía con la prenda cubriéndole los pechos a duras penas.

—Que tiene narcolepsia, le suele pasar si trasnocha. —continuó de espaldas a ella al ver que su intento de vestirse había fracasado. Señaló a su amigo, dudando si realmente en su estado de embriaguez iba a entender ese concepto médico implicaba.

Ambos apestaban demasiado a alcohol y si lo que Thatch le había contado horas antes era cierto, llevaban litros de alcohol en la sangre. Era un milagro que pudiese articular palabra con lo que habían bebido esa noche, pero que articulase palabra no quería decir que la entendiese al completo, porque arrastraba las letras y alargaba las sílabas demasiado.

Para su sorpresa, la mujer no solo lo entendió, si no que se cruzó de brazos fastidiada.

—¿Y no me ha avisado? Lo voy a matar yo misma cuando se despierte.

No obstante, cuando Ace despertó segundos más tarde, efectivamente se echó sobre él lloriqueando, mas no realizó ningún intento de homicidio para alivio de Marco.

El pecoso, con los ojos entrecerrados todavía, pronunció el nombre de la chica cuando esta lo rodeó con sus brazos.

—¡Casi me matas del susto, niño rico! ¡¿Por qué mierda no me contaste que tenías narcolepsia?!

—¿Estabas preocupada, sabelotodo? —preguntó adormilado llevando una mano al trasero de la chica, quien lo apartó molesta al ver que se lo tomaba a la ligera—No voy contándole a mis polvos de una noche lo que tengo. —bromeó hasta que se dio cuenta de que alguien a quien conocía muy bien estaba de espaldas a ellos—Oh, hola, Marco.

Su amigo, sin intenciones de girarse, alzó la mano a modo de respuesta.

—¡Pues a mí deberías! ¡Creí que habías muerto!

—Te pones bonita cuando lloras. —musitó embobado intentando limpiar las lágrimas que ella había derramado por él.

Marco puso los ojos en blanco porque era lo último que necesitaba escuchar.

Lara lo apartó enojada y se limpió las lágrimas bruscamente.

—Estaba llorando de felicidad pensando que habías muerto, imbécil.

—Ya, ya. Por eso me has abrazado.

—¿Os importaría tener esta conversación sin mí delante y un poco más vestidos?

—Sí, perdón, chico amable. —se disculpó Lara y Ace la miró confuso, porque hasta que no la escuchó dirigirse a su amigo directamente no se dio cuenta de que no entendía la presencia de Marco allí—Lo he llamado con tu teléfono, pensé que habías muerto.

—¿Y le has abierto así? —señaló molesto a la joven con su camisa abierta dejando todo a la vista.

—Peor, sin nada encima. —refunfuñó el rubio haciéndola reír.

—Había un cadáver en la cama... Estar desnuda era irrelevante. —se defendió quitándose la camisa de Ace y buscando la parte superior de su bikini.

Ace la observaba con cierto enfado, porque debido al alcohol le costaba pensar con claridad, pero había algo de lo que no tenía duda en esos momentos: le había molestado que su amigo hubiese visto así a esa chica.

De repente, fue consciente de que era la segunda vez esa noche que sentía celos por esa desconocida y algo dentro de sí mismo le dijo que no podía ser tan idiota. Con eso en mente, trató de ignorarla mientras ella recogía su ropa, pero cayó de bruces a la cama exhausta logrando preocuparlo.

—Yo te visto. —se ofreció firmemente pareciéndole a la mujer por un segundo que el pecoso sonaba confiable. No obstante, también se cayó cuando trató de ayudarla, provocando que Marco diese un pequeño brinco al escucharlo.

Había decidido marcharse cuando notó a Ace más repuesto, pero el sonido de su amigo cayendo al suelo sin cuidado, le hizo entender que, si los dejaba solos, alguno de ellos no saldría con vida esa noche.

—¿Estáis seguros de que os habéis podido acostar? No os mantenéis en pie.

Lara y Ace se dedicaron una sonrisa traviesa y rompieron a reír.

Una vez consiguieron parar de carcajearse se pusieron manos a la obra siguiendo las órdenes del agotado médico que llevaba un rato de espaldas para no violar la intimidad de Lara.

—¿Lista?

Ella asintió con su bikini y su vestido al fin colocados y sus chanclas puestas.

—Lista.

—Marco, ya puedes girarte. —avisó a su amigo riéndose con la joven—Ha sido una buena noche, chica irritante. —la atrajo hacia él para besarla, y si no hubiese estado tan ebria, ella no lo hubiese correspondido con otra persona delante, pero lo hizo. —Dios, vete antes de que quiera follarte otra vez.

Eso sí que era lo último que Marco necesitaba escuchar.

—¡Dios mío! —gritó asqueado y dio dos golpes secos en la pared para llamar la atención—¡Que estoy delante! ¡Se os escucha todo!

—¿Para qué te desmayes de lo buena que soy otra vez? No, gracias. —rio sobre su boca y repentinamente dejó un mordisco en su cuello.

—¡¿Qué haces?!

—Para que mañana te acuerdes de que has estado con alguien y pases vergüenza. —rio escapando de sus brazos con torpeza.

Ace sonrió embobado mientras la observaba alejarse con su amigo hacia la salida de la suite, pues el hombre se había ofrecido a llevarla a su habitación para asegurarse de que llegaba a salvo.

—Oye, sabelotodo, —ella se giró sosteniéndose de Marco para no caerse, que se dejó usar con expresión agotada—mañana no me busques.

—¡Tranquilo! —exclamó riéndose mientras Marco la tomaba como podía entre sus brazos para sacarla de allí, porque no iba a permitir que esos dos siguiesen alargando más su despedida—No lo haré, no soporto a los niñatos ricachones.

—Tampoco creo que os acordéis...—murmuró Marco exhausto saliendo de la habitación con ella sobre su espalda.

La joven parloteaba sin parar de reír cosas que él no entendía y que, de hecho, prefería no entender. Lo único que quería era que le dijese cuál era su habitación y por suerte, solo tuvo que preguntárselo tres veces para que ella respondiese.

—Mis amigas te buscarán si me haces algo.

—Lo único que quiero es dejarte en tu cama. —comenzó a explicar, pero ella no volvió a responder y su respiración calmada la delató. —Se ha dormido, esto es increíble...

Con cuidado y sintiéndose aliviado porque en la habitación no había nadie, la dejó acostada en su cama y regresó a la habitación de Ace para corroborar que seguía vivo y de una pieza.

Se topó con el pecoso boca arriba balbuceando cosas ininteligibles.

—Yo estaba dormido y he acabado haciendo de niñero... Menudas vacaciones. —se quejó con decepción recogiendo un vaso que había en el suelo y que dedujo que ellos trajeron del bar.

—Oye... Era muy guapa.

No comprendía si Ace hablaba en sueños o realmente se dirigía a él, pero aún así respondió.

—Sí, Ace, lo era.

Esa respuesta hizo que Ace abriese sus ojos y le dirigiese una mirada llena de desaprobación, aún sin ser capaz de moverse.

—¿Te ha gustado?

—¿Estás celoso de una chica a la que ni conoces, Ace?

—No.

Pero al cabo de unos minutos llamó de nuevo a su amigo.

—Marco... Quiero buscarla.

—Ace, duérmete de una vez. —le ordenó mientras le dejaba un vasito lleno de agua en la mesa auxiliar.

—Pero... Creo que la quiero.

—¿Por qué narices le has dicho entonces que no te busque si tanto te gusta?

El pecoso estaba medio dormido y ya no lo podía escuchar.

— Es la mejor chica que he conocido nunca, Marco, quiero casarme con ella. ¿Te he dicho ya que nos hemos acostado?

— Sí, Ace borracho, me lo has dicho como cuatro veces, ya duérmete.

— La mejor noche de mi vida, Marco. — balbuceó ilusionado— Recuérdamela mañana.

— Te aseguro que no querrás que te lo recuerde.

—Claro que sí... Me quiero casar con esa sabelotodo.

Marco, ignorando el balbuceo de su amigo, observó el paquete de preservativos hecho un desastre por el suelo y pensó que eso tendría que recogerlo el propio Ace a la mañana siguiente, porque si no, él acabaría aprendiendo fuego a la habitación.

—Bueno, al menos se han cuidado...—pensó en voz alta dirigiéndose a la salida de la habitación tras apagar la luz.

— Recuérdamelo todo mañana, eh. Quiero llevármela conmigo a casa, quiero a esa chica, Marco.

Pero su amigo al día siguiente no le recordó nada, porque el pecoso no le dejó ni explicarse de la vergüenza que sentía al no recordar nada de una noche que por como se sintió al despertar, había sido un desastre.

Quizá si le hubiese contado lo acontecido esa noche todos los sucesos venideros hubiesen sido completamente distintos. Quizá ella no se hubiese sentido tan sola y perdida cuando la prueba de embarazo dio positiva. Quizá Ace y ella hubiesen sido como el perro y el gato tal y como ocurrió esa noche. O quizá hubiesen sido los padres más felices desde el primer momento. Ya jamás podrían saber qué habría ocurrido si Ace y aquella desconocida hubiesen recordado lo que vivieron esa noche. Sin embargo, algo indudable era que esa desastrosa noche tan solo acabó siendo el presagio de un amor completamente inesperado.

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