Los Misterios de Garit Libro 1

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Summary

Una ciudad ha desaparecido junto con su gente, dejando solo un rastro de neblinas y bosques muertos. Dick, un obispo de alto renombre, junto con su aprendiz Dun y su fiel perro Mos; son enviados por los Jerarcas, a investigar sobre lo sucedido. La única pista que tienen, es una joven chica, traumada sobre lo acontecido. Dick deberá investigar sobre lo ocurrido con la ciudad, mientras también va averiguando el pasado de aquella única sobreviviente.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Camino hacia Leten

Neblinas, justo en un día cálido. ¿Qué extraño? Nunca en su vida había visto algo así, a pesar de vivir tantos años, de conocer muy bien el bosque y las montañas; de conocer sus estaciones climáticas para las cosechas. Jamás en su vida pensó que esto ocurriera. Le daba mala espina.

-¡Por el Sabio! -expreso Rieden, irritado-, el aire huelo a podrido.

Cardón; su hijo de diecisiete años, también lo noto. Se tapó nariz, no soportaba el olor. Rieden chasqueo lengua, noto un sabor horrible en la boca: un sabor como a, metal.

-¿Usted que cree, apa? -pregunto su hijo- ¿De dónde proviene este olor?

-De cadáveres, hijo, ¡de donde más iba a venir olores, así! -aseguro Rieden.

-¿Está seguro, apa?

-¡Claro que sí! -le respondió-, mis huesos me lo dicen.

Rieden tenía cincuenta años; de nariz larga y ojos grises. Llevaba colgado en su cuello una reliquia del Sabio: el dios de los caminantes, de la sabiduría y de la protección, al que el viejo Rieden, se aferraba con creces.

Tenía miedo de toparse en el camino con bandidos, o con algún ejército que le quitara su mercancía. Iba de camino a Leten, con su hijo y dos caballos viejos que jalaban de la careta; para vender de su licor, algo de queso y verduras cosechadas en su propio huerto: así era como se ganaba la vida.

-Habrá que tomar otra ruta, el camino no es seguro -concluyo Rieden.

-Mejor regresar a casa, ¿no le parece, apa? -recomendaba su hijo, demostrando ante su viejo padre; su falta de valor. Rieden le dio un golpe en la cabeza.

-¡Deja de ser tan asustadizo, compórtate como un hombre por alguna vez!

Su hijo asintió, ruborizando la cabeza en señal de vergüenza. Poco le faltaba para echarse a llorar como nena.

Rieden dio media vuelta a los caballos, para abrirse paso a otra ruta. Tenía experiencia lidiando con bandidos; lo habían robado muchas veces cuando tenía la edad de su hijo. Se las tuvo que ingeniar para que eso, no le volviera a pasar. Para días como estos, en las que sus viejos huesos siempre le alertaban del peligro: tenía un segundo camino. Era más largo, sí, pero que importaba, era necesario proteger su mercancía hasta Leten.

***

El olor a podrido seguía en el aire. A pesar de encontrarse lejos del camino principal; aquel olor desagradable le hacía retorcer el estómago. Lanzaba maldiciones, quejidos, ¡incluso suplico al Sabio de que se llevara aquel mal olor, y el sabor a metal que crecía en su boca! Pero el Sabio no escucho sus plegarias. Siguió avanzando.

Las neblinas engullían el bosque, tapando el sol y poniéndolo aún más nervioso.

-Por todos hijos del Sabio, parece que va a llover -aún más extraño todavía.

No era época de lluvias.

Reconoció un árbol marcado; con cuerdas viejas. Ya estaba cerca de Leten; aquellas marcas las había puesto, para no volver a perderse. En todo el camino tuvo suerte de no encontrar con bandidos, todavía.

***

Cuando estuvo ya a solo dos millas de la entrada de Leten, lo primero que vio; fue una cantidad adsorba de neblina saliendo de la ciudad. Por extraño que parezca, sintió escalofríos.

-No me da buena espina apa -dijo de nuevo Cardón, miedoso como su madre.

Rieden hizo caso omiso de su hijo; siguió avanzando. Mirando lado a lado que no haya bandidos. Nunca se sabía, siempre había uno que otro pillo que se las ingeniaba para robar cuando estaba cerca de la ciudad. Eso, por no contar que tendría que pasar por esos ladrones con uniforme y espadas, llamados guardias. Rogaba al Sabio que Adal, o Cort, no estuvieran ahí hoy. Esos eran los peores; no perdonaban ni un peaje aún cura ¡Malditos sean por su falta y avariciosos! Garin era el peor, ese gordo pecoso; que se gastaba el peaje en prostitutas y tragos, en vez de comida para su familia. De alcohol, debía de tener lleno el estómago, esa bola de grasa. Pero el peor, sin duda, era el jefe de todos ellos. Ese tal Haines, siempre vociferando orden, cuando el mismo era un blasfemo y pecador, timador, corrupto, del cual se decía que mataba por dinero; no entendía como un hombre así pueda presentarse en la iglesia los domingos.

Y su hijo quería ser uno de ellos. Por suerte no tenía madera para ser un soldado; ni en el valor, ni el cuerpo.

Los caballos se detuvieron.

-¡Adelante! -ordeno, pero no caminaron- ¡Caminen! -les dio un latigazo.

Chillaron, pero no obedecieron.

Se negaron a caminar. Rieden los golpeo otra vez para que avanzaran de una buena vez, los caballos se negaban:

-¡Malditos animales! -grito al no lograr que le hicieran caso- ¡Caminen de una buena vez!-, siguió dándoles de latigazos, hasta que reaccionaran.

Los caballos empezaron a chillar, a asustarse, y finalmente; empezaron a retroceder. Salieron disparados girando en dirección contraria. Rieden se agarró, los caballos corrían mientras lanzaban chillidos. Rieden les gritaba que se detuvieran, los caballos no obedecían, tiro de sus cuerdas para detenerlos, pero de los caballos siguieron corriendo.

La mercancía de su carreta empezó a caer al suelo; los barriles de licor caían y se rompían en pedazos, derramando el licor en el suelo.

-¡Deténganse! ¡Estúpidos animales deténganse de una buena vez! -gritaba Rieden, los caballos siguieron corriendo.

Su hijo Cardón, cobarde de nacimiento; fue el primero en saltar de la carreta, lo vio saltar a la hierba verde y perderlo de vista. Rieden trato de nuevo de controlar a sus caballos, no era de los que se rendía tan fácil frente a un animal. Pero cuando vio que al final del camino había una cuerva, en el que estaba un monto de árboles; con ramas puntiagudas. No lo dudo ni un instante y salto de la carreta.

Cayó sobre el suelo, áspero y sin hierba que aligerara su caída. Cuando levanto la vista, vio como sus caballos se perdían entre la curva, aun chillando como potrillos.

-¡Malditos animales! -les grito Rieden, golpeando el piso con el puño cerrado.

Volvió a ponerse en pie, pese al dolor de espalda que sintió. Camino de regreso a la ciudad, a ver lo que quedo de su mercancía; y de paso, a ver como estaba su hijo.

Lo vio corriendo en su dirección, llamándolo con la mano levantada.

-¿Estás bien...? -le pregunto Cardón.

-Sí... lo estoy -dijo con voz amargada, mirando el desastre que estaba regado por el suelo-. Por todo lo sagrado, animales de mierda...

Escupió de rencor.

-¿Qué cree que les haya pasado?

-Que sé yo, ¡Ayúdame a recoger todo esto -ordeno embravecido, con la paciencia de un toro-, hay que salvar lo que podamos!

Cardón obedeció enseguida a su mal humorado padre.

Siguió maldiciendo, mientras recogía lo que le quedaba de mercancía. Aun oliendo ese apesto olor, y ese extraño sabor en la boca. Ya ni rezarle al Sabio por un poco de tranquilidad lo ayudaba. Había perdido la mercancía; el dinero para un mes de supervivencia, la carreta y por si fuera poco, los caballos. Lo único que había quedado, no le servía para nada.

-Apa -llamaba su hijo, no le hizo caso- ¡Apa!

-¡Que! -dijo, de mal humor.

-Mira -señalo su hijo, hacia el bosque.

Rieden miro con indiferencia, seguro de que su hijo solo había encontrado una estúpida ardilla; o algún apestoso animal. Su mirada cambió de la sorpresa a la curiosidad. Había alguien tirado en medio del desfiladero; recostado sobre un tronco. Ajusto la vista para ver mejor: Vio que se trataba de una chica; de vestido rojo, sucio y desgarrado. No parecía moverse.

-Quédate aquí -le dijo a su hijo, mientras bajaba a investigar. Cardón asintió enseguida.

Varias preguntas se hizo el viejo Rieden, ¿Qué es lo que hacía una mujer en mitad del bosque? Por el vestido que llevaba; bien podía ser una noble o... prostituta. Solo el Sabio sabía, las cosas que le habrían pasado.

Cuando se hubo acercado lo suficiente; tomo una rama larga y empezó a tocar a la chica, para cerciorarse de que siguiera convida. No se movía, la toco con la rama una y otra vez; no hacía ningún movimiento. Ni siquiera cuando le picoteo la cara, cubierta por su pelo negro. Uso la rama para quitar quitarle el pelo de la cara, así saber de quien era.

Se trata de una joven, de la misma edad que su hijo; tal vez un poquito menos, era bonita. A pesar de tener la cara pálida y sucia, seguía teniendo algo de belleza.

-Pobrecita -sitio lástima por el destino tan cruel que tuvo, dio un breve rezo al Sabio, para que se apiadara de su alma.

De pronto, noto algo en el rostro de la joven; una cicatriz que salía de la mejilla. Con la rama, retiro aún más el pelo de la cara para verlo mejor: Lo que vio lo dejo perplejo. Algún pecador diabólico había grabado con un cuchillo, sobre la mejilla de aquella pobre chica, palabras:

Bendito todo aquel que renuncia al pecado.

Aquel escrito lo reconocía con claridad; era uno de los muchos pasajes que estaban escritas en el libro sagrado del Sabio, y el que decían los curas después de finalizar un sermón.

-Por todo los Sabios... -exclamo sosegado, al ver aquel escrito- ¡Cardón -llamo; con desesperación, a su hijo-, ve a la ciudad y busca ayuda...!

Unos ojos verdes lo miraron. Rieden pego un grito antes de caer para atrás al ver que la mujer lo miraba. Extendió la figura del sabio, como una forma de protección.

La joven empezó a llorar.

Rieden, se quedó perplejo, mirándola; con el susto y la duda.

Rieden volvió a llamar a Cardón, con aún más desesperación. Su hijo, tan cobarde como siempre, dudaba en acercarse siquiera.

-¡Ven aquí de una vez maldita sea y trae una manta! -ordeno.

Cardón obedeció temblando.

-Tranquila señorita, no le haremos daño -intento confortarla.

La chica se llevaba las manos a la cabeza, temblaba de miedo. Rieden la miro bien, tenía la ropa sucia y desgarrada, iba descalza, con los pies sangrantes, lleno de callos. ¿Qué es lo que le había pasado?

Su hijo Cardón llegó con la manta. Rieden se la quito de las manos de inmediato, haciendo caso omiso a sus estúpidas preguntas. Se acercó con cuidado hasta la chica, seguía llorando desconsolada; cubriéndose los hombros, mirando lado a lado, alerta ante un peligro inexistente.

-¿Qué es lo que le sucede, apa?

-Yo qué sé -le dijo en voz baja-, necesita un médico, ve a buscar ayuda en la ciudad, mientras yo me quedo a cuidarla...

-¡No! -grito la chica- ¡No! ¡A la ciudad no!, ¡a la ciudad no...!

La joven empezó a repetir de nuevo entre susurros, que no quería volver a la ciudad. La venía retorcerse aún más. Su hijo Cardón empezaba a sentir el mismo pánico.

Rieden, se acercó con cuidado hasta la chica.

-¿Por qué, lo dice, señorita? ¿Qué es lo que ocurrió en la ciudad?

La chica negó con la cabeza; susurro, chillo y tembló aún más, se agarro de los pelos como si fuera a sacárselos de un tirón. Rieden alzo la vista, en dirección a la ciudad cubierta de neblinas. Aquel escalofrío volvió a engullirle.

-Cardón, quédate aquí con la señorita -ordeno.

-¿Qué?

-Ya me oíste -comenzó a caminar-. Iré a ver que es lo que pasó en la ciudad.

Su hijo asustado negó con la cabeza.

-No vaya apa, algo malo paso ahí. Hasta los caballos lo sabían...

Le acertó otro golpe a su hijo.

-¡Cállate y haz lo que te digo! -Sin más remedio, su hijo asintió con la cabeza-. Verás lo que te sucede, si al regresar veo que dejaste a esta joven atrás -amenazo.

Cardón asintió de miedo.

Rieden, dejando a su hijo al cuidado de la joven. Avanzo en dirección hacia las neblinas.

A medida que se acercaba, el aire se sentía extraño, ya no solo era el olor a putrefacción, que se intensificaba cada vez más, sino también por otro olor característico: Olía a quemado. Al mirar alrededor, no parecía haber rastros de incendio. El bosque estaba intacto, la hierva y el suelo también. Todo parecía estar normal

Pero al avanzar un poco más; los árboles no tenían hojas, la hierba está reseca o ya no crecía nada en el suelo. Encontró un venado muerto, lo miro bien, no parecía que tuviera alguna herida, o algo en el que las larvas de las moscas entraran.

Más adelante encontró cada vez más animales; lo extraño es que no solo encontró animales domésticos, sino también salvajes: había manada de lobos junto a la de ovejas, no había rastro de que los lobos las mataran. Gallinas pisoteadas y otros tipos de aves como canarios y gavilanes, vacas y caballos muertos, junto con sus crías; de ellos salía un olor a putrefacción tan intenso, que le costó quedarse a observar.

La neblina se intensificaba cada vez más y más. Con cada paso que daba sentía que el corazón se la aceleraba, cada vez que se acercaba, sentía que toda su fe en el Sabio se acrecentaba; y rogaba que lo que fuera que haya matado a esos animales, no estuviera aún por el bosque.

A Rieden le dio la sensación de que algo lo observaba. No sabía porque, simplemente lo intuía.

Avanzó y avanzó; rezando, suplicando para llegar a la ciudad y poder encontrar ayuda para la joven, y de paso saber lo que estaba pasando en el bosque ¿Por qué había tantos animales muertos? ¿Qué clase de catástrofe había ocurrido esta vez? ¿De nuevo sucedió un incendio? Debía de ser eso, eso explicaría el olor a quemado. Más no el olor a metal. Tantas preguntas se hacía el viejo Rieden, y cada no lo satisfacía.

Se decía que todas sus preocupaciones desaparecerían una vez que llegará a la ciudad.

Finalmente llego a los muros de la ciudad... o donde debería de estar la ciudad.

Cuando llego, lo único que encontró, fue neblina, y un silencio absoluto.

No había rastro de ninguna casa, de ningún castillo, de ningún mercado; ni de la iglesia al que asistía desde que era pequeño, ni de los muros altos de la ciudad. Ni siquiera de las personas.

-Por todo lo sagrado... -fue lo único que pudo decir, aferrándose aún más a su colgante del Sabio.