CAPÍTULO I: “EXTRAÑA SABIDURÍA”
Todo comenzó un miércoles por la mañana.
Poniéndome un calcetín para ir a trabajar, sin ningún evento que lo desencadenara, me llegó la respuesta que arropó a todas las preguntas con un velo de intrascendencia.
Tardé veinticinco años en darme cuenta de que no existo, pero llegó a mí la noción con una claridad abrumadora.
En verdad me esforcé por convencerme de mi propia locura, pero fue inútil; incluso la ciencia está de acuerdo: solamente somos energía y espacio vacío.
Decidí no compartir con nadie mi nueva comprensión de la realidad, principalmente porque no había nada que hacer al respecto: nunca he existido y he llevado una vida normal; seguiré viviendo como lo había hecho siempre, además, mi inexistencia es tan solo un atributo más de mi persona, igual que tener los ojos claros o el pelo castaño, así que no tiene sentido armar un escándalo por algo tan intrascendente como darse cuenta de que es como siempre ha sido.
Terminé de desayunar; salí de casa; respiré el aire frío, humedecido por el rocío de la mañana, y miré el cielo gris.
El mundo se veía más tranquilo. Todo va lento. Siento paz.
Llegando a la oficina, me detuve en la puerta de la entrada y la observé a consciencia por primera vez en mucho tiempo: más que una oficina, era una bodega, tapizada por decenas de cubículos idénticos y paralelos entre sí.
Al levantar la vista desde la entrada, parecían abarcar el horizonte completo; supongo que por eso la mayoría escogía no alzarla muy seguido.
Antes de darme cuenta de mi realidad, odiaba mi trabajo. Siempre me consideré alguien inteligente, atrapado en un puesto mediocre. Resulta sumamente frustrante trabajar para una compañía que no reconoce el esfuerzo; donde se tiene casi la seguridad de que es imposible escalar posiciones en la empresa sin algún contacto en la directiva; aún así, me presento día tras día. Es necesario poner pan en la mesa y la paga no es lo suficientemente mala como para irse.
Casi todos mis compañeros de trabajo piensan de forma similar, pero ahora todo se simplificó, ya no me tengo que preocupar.
Conecté los audífonos a mi celular y se me hizo ridículo recordar que antes me preocupaba por si tenían cable o no… la música es lo importante y la música hoy suena mejor que nunca.
Puse mi taza de café en el pequeño escritorio grabado con mi número de empleado y comencé a trabajar.
Mientras llenaba los cientos de formularios y formatos que antes había dejado para después, pensaba en la tristeza de quienes existan: estar bendecidos con un don tan grande y desperdiciarlo en llenar formularios y formatos; eso deberían dejárnoslo a nosotros y enfocarse en perseguir la plenitud, o lo que sea que las frases motivacionales de los empaques de galletas nos incitan a hacer.
Pasaron unas horas cuando había terminado el trabajo de toda la semana; estimé que podría hacer el trabajo de un mes en una semana si verdaderamente me lo propusiera, así que le pregunté al compañero del cubículo de la izquierda si podía ayudarle con lo suyo, no por ayudarle, sólo por saber si podía hacerlo.
No había terminado de formular la pregunta cuando fui interrumpido por las hojas que cayeron en mi escritorio. Una reacción esperada ante la oferta; todos en ese lugar aprovecharían cualquier oportunidad para trabajar lo menos posible.
Antes de entender mi inexistencia, hubiera hecho exactamente lo mismo, pero ahora me da igual trabajar que relajarme.
Terminé el trabajo de mi compañero y me vi tentado a continuar con el del cubículo de la derecha, pero el reloj marcaba las cinco cincuenta y ocho de la tarde.
Hora de salir de ahí.
El camino de regreso a casa fue mucho más ameno que de costumbre; el intenso tráfico que despertaba en mí sentimientos de ira y depresión, ya no me provoca sentimiento alguno.
No existir tiene sus ventajas: cuando tú mismo eres irrelevante, todo es irrelevante, claro que eso incluye al molesto tráfico; mi antiguo enemigo se vio reducido a una buena excusa para escuchar la radio.
Faltando pocas calles para llegar a casa, el vendedor de flores de siempre insistía en venderme un ramo; pensé en ignorarlo, pero tenía algo de dinero en el tablero y pensé que a él le serviría más. Compré el penúltimo ramo que tenía.
Entré a la casa y mi novia cantaba en la cocina mientras se preparaba una botana que pretendía hacer pasar por cena. Me alegré cuando noté cómo se iluminaba su cara al recibir las flores… raro sentir emociones sin siquiera existir, pero la mayoría de las cosas en el mundo carecen de sentido y no soy quién para cuestionarlas.
Traté de explicarle que realmente no las compré pensando en ella, pero no dio mayor relevancia a mis palabras; simplemente subió al cuarto y me invitó a acompañarla, sin encontrar resistencia de mi parte.
Es increíble lo lejos que un ramo de flores te puede llevar con una mujer que te quiere. Ojalá hubiera tenido esa clase de detalles más seguido, antes de darme cuenta de mi estatus.
Nos conocimos hace dos años; no fue una historia especialmente romántica, así que no tiene sentido extenderse mucho al respecto: comenzamos a hablar por casualidad en una fiesta de fin de semestre en la universidad y disfrutamos la mutua compañía; además, de la palpable tensión sexual que toda relación necesita para florecer.
Intercambiamos contactos y continuamos saliendo, hasta que eventualmente formalizamos y nos mudamos juntos.
Al escuchar la forma en que cuento la historia, normalmente la audiencia siente que nos faltó chispa, o que no tuvimos la indomable fase de amor juvenil con todo el drama que eso implica, pero si tuviera la posibilidad de revivirla, no le cambiaría ni un día: la sencillez con la que surgió nuestra relación, sin que fuera necesario un gran evento o situación digna de película para que supiéramos que queríamos pasar la vida juntos, siempre me había reconfortado; nunca estuvimos por el contexto, sino por el contenido.
Aún así, con la sutileza de la que sólo es capaz el tiempo, la distancia se acrecentó entre nosotros, hasta el punto en que peligramos convertirnos en simples compañeros de cuarto.
No es una distancia fácil de percibir; hemos compartido suficientes momentos importantes como para sostener la más pesada de las monotonías, pero cuando pasas tiempo caminando junto a alguien, llega el punto en que crees que no hay necesidad de hablar para comprender lo que sucede, así que dejas de preguntar; eso vuelve las relaciones superficiales. La gente importante en tu vida casi siempre sabe que es importante si usa la razón, pero aún así es necesario expresarlo… profundizar al hablar.
¡Cuánto me servirían estas cursilerías si existiese!
Me lamenté, hasta que fui interrumpido por la posibilidad de que mi novia existiera. A ella podía servirle tener un novio más atento, mientras que a mí no me suponía esfuerzo alguno; y así, como así, quedó decidido; comenzaré en la mañana.
Pasaron varias semanas en las que seguí la misma rutina: en la mañana, preparaba el desayuno con mi novia; después, a trabajar tan duro como podía y a dormir en casa.
Nada importa. Nada me perturba. Me encuentro en un nihilismo con propósito, un lugar muy cómodo para la mente.
La rutina variaba tan poco que casi podía predecir el futuro, hasta que un jueves fui llamado a la oficina del Supervisor. No había nadie dentro, así que me senté en una de las sillas frente a su escritorio para esperarlo.
A pesar de ser superior en jerarquía a todos nosotros, el Supervisor tiene muy claro que sólo es un engrane más en la gran maquinaria corporativa de la transnacional para la que trabajamos.
Es un hombre mayor, sencillo, canoso, y con una mirada profunda detrás de sus anteojos.
En sus años de servicio, el Supervisor había cumplido con su trabajo de forma correcta; jamás llegaba tarde; jamás hacía horas extras.
Siempre pensé que, si no fuera por su falta de ambición, y su gran devoción a la comodidad, hubiera podido llegar a lo más alto de la compañía, pero él nunca tuvo tal interés: se mantuvo en su puesto durante un largo tiempo, rechazando todos y cada uno de los ascensos que le ofrecieron.
Aunque lejos de llegar a tener una verdadera amistad, siempre tuvimos una relación bastante familiar.
Mientras me encontraba absorto en mi reflexión, el Supervisor regresó:
- Ismael, has trabajado mucho últimamente y el esfuerzo conlleva recompensa. En un mes me retiro y creo que puedes llenar mis zapatos. Ya hablé con el Gerente y dice que confía en mi buen juicio. Si lo quieres, el trabajo es tuyo. ¿Qué dices?
No respondí. Si era una buena oportunidad, fuera lo que fuera, resultaba completamente absurdo desperdiciarla en mí; era mejor dársela a alguien más, ¡alguien que por lo menos exista!, pero… ¿qué tal si el que tome el trabajo del supervisor resulta ser un existente egoísta? … ¿quién soy yo para tomar esa decisión?
Este es un problema ético que nadie que exista puede entender.
Mi tren de pensamiento fue interrumpido de nuevo por el Supervisor:
- Te veo algo confundido, hijo. Es viernes; tómate el resto de la tarde libre y regresa con tu respuesta después del fin de semana; seguro algo pasará.
Salí de su oficina y sin saberlo me dirigí a lo que sería el fin de semana más largo y extraño de mi vida.
De camino a casa, decidí dejar la decisión en manos de mi novia; ella seguro sabría qué hacer.
Cuando podía amar, la amé tanto como pude; dejaré que ella tome mis decisiones de ahora en delante; tal vez mi vida pueda servir para complementar la suya.
A pocos metros de la casa, noté un carro desconocido en la cochera.
Fue una verdadera sorpresa entrar a mi habitación y encontrarla en los brazos de otro.
Ella intentó justificarse, pero sus palabras no me alcanzaron; su voz se desvanecía en ecos, una sensación desconocida y casi sobrenatural.
En un momento tan tenso, lo que más llamó mi atención fue que el tipo sentado en mi cama había dejado su ropa perfectamente doblada sobre una silla y sus zapatos bien acomodados a un costado de la cama: alguien con ese nivel de cuidado con sus cosas no puede ser tan malo. De alguna forma, me dio la impresión de que era un verdadero caballero, especialmente porque en ningún momento intentó intervenir en la conversación; entendió que ese momento era entre ella y yo.
- Ismael, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas en el trabajo. -Dijo ella, sin perder la compostura; más por instinto que por decisión, mi voz se incorporó a la conversación:
- ¿Lo amas? -Pregunté
- Espera, estás confundiendo las cosas… yo… necesito tiempo para pensar… -No era confuso para mí. Él existe, yo no. Tal vez mi propósito sólo fue guardarle su lugar … por eso está confundida.
- Toma tanto tiempo como necesites. -Salí de la casa.
En realidad, no necesité mucha reflexión para entender lo que debía hacer.
La casa en la que vivíamos estaba a nombre de ambos, así que llamé a un viejo amigo notario y agendé una cita.
- Ismael, ¿cuántos años han pasado ya? -Estrechó mi mano.
- Bastantes, Fausto, bastantes. -Dije al tiempo que solté su mano y me senté en la silla de piel frente a su escritorio.
- Creo que no te veo desde que estábamos en la preparatoria. ¿Seguiste con tu sueño loco de ser escritor?
- No.
- Al grano, me encanta. ¿Qué puedo hacer por ti?- preguntó Fausto, mientras sacaba una pluma de su cajón.
- La casa en la que vivo… vivía, con mi novia, está a nombre de ambos; ¿hay alguna forma de hacer que esté solo a nombre de ella?
- Sí, claro, una donación. Preparo los papeles y haciendo los pagos es cuestión de unas horas, teniendo las firmas de ambos.
- ¿No es posible sin la firma de ella? -Pregunté.
- Claro, aquí todo es posible, si puedes pagarlo. ¿Tienes forma de conseguir una fotografía de su firma?
- No tengo mucho dinero. ¿Qué pasaría con mi parte de la casa si yo muriera hoy?
- ¿Tienes testamento?
- No.
- Entonces, tendría que revisar quiénes de tus familiares siguen vivos, para ver quién tiene derecho. Se nombra un albacea… a decir verdad es bastante tedioso y eso es mucho decir, viniendo de un notario. -Soltó una carcajada que me hizo ver cuán poco comprendió de la situación, o cuán poco le importaba.
Le pedí que redactara mi testamento a nombre de mi novia.
Darle una casa para vivir con un buen hombre a la mujer que pensé amar… es un logro; bastante impresionante para alguien que ni siquiera existió.
Además, el dinero del seguro de vida ayudará en algo. Me educaron para poner mi vida al servicio de la comunidad. Si existe un Dios, esto le agradará.
En menos de tres horas, había resuelto todos mis asuntos en la Tierra. Hora de irse.
Manejé por la carretera hacia la montaña donde acampaba con mis padres, en el tiempo donde yo era niño; mi padre me hablaba y mi madre vivía.
Irónico que para terminar con mi vida actual había escogido pasar por las mismas curvas de asfalto que me arrebataron la anterior.
Me estacioné sobre el acotamiento; apagué el coche; dejé las llaves en el parabrisas y fui a buscar un buen lugar para partir.
Caminé por el bosque que rodea la montaña durante tres cuartos de hora y encontré un joven encino.
Saqué de mi bolsillo las pastillas que había elegido y me reconfortó que no fueran muy difíciles de tragar. Siempre batallé para tomar pastillas.
También me tranquilizó que mi ropa estuviera hecha de algodón, así no contaminaría el ambiente más de lo necesario: cuando mi cuerpo se convierta en abono, la ropa no perdurará.
Me senté sobre el pasto; recargué mi espalda sobre el tronco del joven árbol; cerré mis ojos lentamente; respiré profundo y me dispuse a morir.
De alguna forma, me las había arreglado para vivir una vida que valió la pena y ahora me iría con paz.