La decapitación
Mi espada apuntaba hacia el suelo, goteaba de sangre púrpura. Tras de mí yacía sin cabeza un cuerpo rojizo que poco a poco empezaba a tornarse gris. El mismo maldito color púrpura estaba esparcido por todo el suelo y parte de la pared de aquel callejón oscuro. No estaba seguro que alguien me hubiera visto, no había sido una lucha difícil pero todavía soy un novato decapitando demonios, dejo un reguero por todas partes. Demasiada evidencia. Ahora sí la guerra sería inevitable. ¿Cómo negar la sangre púrpura esparcida por el callejón, cómo retirar la que quedó incrustada en el metal? Imposible. No sé qué elixir podría limpiarla.
Guardé mi espada y me apresuré al punto de reunión de la Orden del Círculo Esmeralda para confesar mi atrocidad. Ellos entenderán, era mi vida o la de ese demonio de bajo rango. Lo más difícil de asumir será que los ángeles ahora no podrán intervenir. Los humanos tendremos que pelear esta guerra, pensé.
El transporte subterráneo estaba desierto. Desde ese momento debí sospechar algo, pero seguí mi camino como si nada. Entré por la puerta del bar donde se reunía el Círculo para encontrarme con un horrible silencio. Era demasiado tarde. El lugar había sido saqueado. Restos de sillas y mesas estaban por todas partes y los miembros del Círculo estabán sobre el suelo, inmóviles, con quemaduras en el rostro que los hacía irreconocibles. Escuché un murmullo. Era Argos que aún estaba vivo. Me acerqué para ver qué decía. Mátame, dijo. No supe qué decir, no supe qué hacer. Era evidente que mientras yo luchaba con aquel demonio, otros habían llegado al bar por montones, aniquilando todo lo que se movía. Busqué a Prateos, nuestro guía, entre los cuerpos moribundos del bar pero no tuve suerte. Un rastro de sangre en el suelo de madera conducía hasta su estudio privado. Lo encontré en una esquina. Agonizaba, tenía una daga clavada en un costado y respiraba con dificultad. Corrí a asistirlo.
—Fue mi culpa, mi Señor —le dije— maté un demonio, he violado la tregua.
—Nunca hubo tregua, nos engañaron.
—Alguien debe atenderlo Señor, curar esta herida.
—¿Herida? Pero si es esta daga lo que me mantiene con vida, y también la que me mata poco a poco. No tenemos mucho tiempo, hijo, la esperanza de la humanidad está en tus manos. Nuestra orden tenía la misión de evitar una guerra a toda costa, fracasamos. Ahora, tu misión será distinta.
—No siga señor, descanse. Trate de respirar. —La superficie de la piel alrededor de la herida mostraba ampollas que cada vez se hacían más grandes. Despedía un hedor insoportable. Prateos sufría un tremendo dolor. —Voy por Amir, señor, necesita tratamiento mágico.
—No hay tiempo. Presta atención. Para pelear esta guerra necesitarás una legión de siete personas. Elige sabiamente, tienes que volver a conformar la Orden del Círculo Esmeralda.
—¿Qué clase de personas?
—Un alquimista, un herrero, un chamán, una doncella, un arquero, un explorador, y tú. Todo está en este pergamino. Lleva contigo la Esmeralda Sagrada y cuando los encuentres pronuncia "Designio Consumare". Revisa con detenimiento el pergamino, deja que te hable, descubre sus secretos. Ya no hay tiempo para decirte más, ayúdame a retirar la daga, no aguanto el ardor.
Toqué la daga y aún estaba caliente. La tomé de la empuñadura y poco a poco la fui retirando. Pude ver cómo se esparcía un veneno púrpura por las venas de Prateos que comenzó a gritar. Cuando la retiré de su abdomen completamente, la daga se convirtió en cenizas en mi mano. Prateos lanzó un alarido y murió inmediatamente después. Su cuerpo se fue secando hasta quedar momificado. Salía un leve vapor de toda su piel. Fui a buscar la Esmeralda.
La Orden la ocultaba debajo del refrigerador de aquel bar, enterrada en el suelo. Sabía que no podría mover el refrigerador lleno de cervezas, pero no había tiempo de sacarlas para aligerarlo y desplazarlo, o para buscar ayuda, los demonios podían regresar. Lo empujé con fuerza y el refrigerador se ladeó un poco. Me apoye en la pared para seguir empujando hasta que logré tumbarlo por completo. Se escuchó un estruendo y después un montón de cristales que se rompían. El líquido de las bebidas que contenía el refrigerador chorreba desde dentro y se esparcía por todo por el suelo. El espacio que se liberó fue suficiente para buscar la esmeralda, pero tenía que romper la madera del piso. Busqué detrás de la barra algo para golpear, o perforar, pero no encontré nada. Tampoco tuve suerte en el compartimento donde guardaban los artículos de limpieza. Regresé a la oficina donde quedaron los restos de Prateos momificados y abrí los cajones, después los gabinetes, hasta que encontré una caja de herramientas. Saqué el martillo y regresé al piso. Estaba a punto de golpear el suelo cuando escuché un gruñido a lo lejos.
Me apresuré a la entrada del bar y me asomé con cautela por la orilla de la puerta. Al fondo había un perro en medio de la calle, con la cabeza gacha. Gruñía hacia la oscuridad. Después lanzó un ladrido, y luego otro. Se me acababa el tiempo. Regresé al refrigerador y me postré de rodillas sobre suelo y comenzé a golpear la madera. Luego de varios golpes me di cuenta que estaba haciendo mucho ruido y muy poco daño. Miré a mi alrededor y observé el extintor en la pared. Lo tomé y seguí golpeando el suelo con todas mis fuerzas hasta que la madera se rompió. Metí la mano y pude tocar un cofre pequeño. El extintor comenzó a hacer un ruido, tenía una fisura en la base que dejaba escapar el aire haciendo un sonido agudo. Abrí el cofre. La esmeralda brillaba dentro. Escuché a lo lejos al perro quejarse lastimosamente y luego silencio. Saqué la esmeralda y la guardé en mi bolsillo. En mi otro bolsillo palpé el pergamino y me precipité a la salida. Me asomé desde la puerta hacia todos lados, no se veía nada, excepto el perro que yacía sobre un charco de sangre. El extintor hacía un ruido cada vez más fuerte. Salí rápidamente, pegado a la pared de los edificios. Miraba por encima del hombro cuando escuché el estruendo del extintor y vi una nube de humo salir del bar. Di vuelta en la primera esquina que tuve a mi alcance y me detuve para mirar atrás. Alcancé a distinguir entre la neblina que salía del bar las patas de tres o cuatro demonios merodeaban en la entrada. Seguí mi camino, apresurando el paso y jamás volví a ese lugar.