El Delivery
Elli Strickler es una chica de veinticuatro años que vive junto con su novio, Marín Baez, en la ciudad de Posadas; en la provincia de Misiones, Argentina. Ella trabaja como repartidora de delivery para una empresa llamada Coopy. La cual brinda un servicio de entrega de comidas y bebidas de diferentes restaurantes, bares o panaderías de la ciudad, a través de una app.
Una noche calurosa de octubre, le llega una notificación para hacer una entrega de unos cupcakes. Como ya eran pasadas las once, Elli acepta la entrega como última encomienda de la jornada, pues el trayecto a recorrer era largo y pagaría más. A ella le gusta trabajar en el turno de noche, pues hay más pedidos y menos calor, pues el clima subtropical de Misiones no da tregua últimamente.
Entonces, sube a su auto, un Volkswagen Gol plateado, y conduce hasta la panadería para recoger el producto: dos docenas de cupcakes, decorados con crema chantilly de varios colores. «Parece que alguien tiene un cumpleaños» Piensa, mientras coloca las cajas en el asiento trasero del Gol. Luego, sube nuevamente al vehículo e ingresa la dirección del destinatario al GPS de su celular. Arranca el auto y comienza el trayecto.
El GPS la estaba llevando fuera de la ciudad, por la Ruta Nacional 12. Entonces, Elli acelera hasta la velocidad máxima permitida, bueno, quizás excediéndose un poco, porque quería terminar rápido para descansar en su casa. Cuando llega a la rotonda de Garupá, el GPS le indica que tome la Ruta Provincial 105 en dirección sur. «Qué raro que alguien pida comida de tan lejos. Esos cupcakes deben estar buenísimos. Sino no entiendo porque alguien gastaría tanta plata» Piensa mientras gira el volante del auto en la rotonda. «Bueno, mejor para mí».
Pronto deja toda la zona urbanizada e ingresa a la inmensa oscuridad de la ruta, ya que el camino no está iluminado. Lo único que ella ve es la luz de su propio auto que va alumbrando el camino, todo lo demás era penumbra. No había problema en ello, porque Elli recorrió esa ruta mil veces, debido a que la 105 llega hasta la ciudad de Apóstoles, donde vive su abuela materna. Así, mientras viaja, le llegan muchos recuerdos de su infancia: la comida de la abuela, la plaza, las tardes con los primos…
Sin embargo, el viaje se está volviendo extrañamente largo, pues se suponía que duraría una hora en ir y volver a la ciudad, según las indicaciones del GPS. Pero, ese momento ya lleva una hora y media, y ni siquiera se encontraba a la mitad del trayecto. «Debe ser un error del GPS al calcular el tiempo del recorrido. Qué lástima, de saber que iba a ser tan largo, hubiese traído algo para picotear. Y bueno… ya estoy en baile, no me echaré para atrás».
—A bailar— dijo, mientras ponía la radio. —Si no, seré yo la que pague los cupcakes—. En la radio sonaba música de los 80s.«Bien, al menos hay buena música».
El golcito de Elli es un auto viejo y sólo tiene radio FM. Lo compró su papá como regalo por haberse recibido de profesora de psicología, hace tres meses. Sin embargo, el mercado laboral está saturado de docentes. Y a Elli no le quedó de otra que buscarse otro trabajo, al menos uno temporal haciendo deliverys
En ese momento, el clima cambiante de Misiones hizo lo suyo y repentinamente comenzó a llover. Y más pronto que tarde, la lluvia se convirtió en una tormenta eléctrica. Grandes gotas de agua caen y chocan estrepitosamente por su parabrisas. Y el viento hace silbar las ventanillas. En consecuencia, Elli debe bajar la velocidad para no accidentarse. La tormenta está causando interferencia con la señal de la radio, haciendo que la situación sea más tensa para ella. «Nunca conduzco de noche con lluvia en la ruta, espero al menos estar cerca. Quizás, el cliente me deje estacionar un rato en su propiedad, hasta que se calme la tormenta».
Entonces, el aire comenzó a sentirse como si se cargara de energía. Y de repente, un rayo cae en un árbol justo cuando Eli pasa por su lado. Su luz ilumina todo el cielo hasta casi convertirse en el día. El sonido, fue tan estridente que Elli no pudo evitar dar un grito que rasgó su garganta, mientras que el auto se tambaleó. Por un instante casi pierde el control. Pero, rápidamente retoma el camino, dominio del auto.
—¡Mierda, eso estuvo cerca! Casi termino en la banquina— dijo sobresaltada.
Elli ya está muy nerviosa y, para empeorar todo, las luces y los indicadores electrónicos de su auto comenzaron a parpadear misteriosamente. Después, se apagaron por unos instantes y luego se encendieron otra vez. «Eso fue extraño».
Unos segundos después, el GPS le indica que doble a la derecha. Ella se sobresalta nuevamente al oír repentinamente la voz electrónica. Entonces, baja la velocidad y entra por un camino de tierra colorada con baches y barro. «Qué raro que me lleve por este lugar». Elli empieza a recordar que en esta zona hay algunas quintas y estancias de gente de mucho poder adquisitivo que, normalmente, viven en la ciudad de Posadas. «Seguramente alguno de ellos está dando una fiesta. Tiene que estar cerca». Afortunadamente ya no llueve. Aunque la tierra mojada dificulta el avance, haciendo que en varias ocasiones el auto patine y zigzaguee. «Odio conducir por caminos de tierra».
Por lo tanto, tuvo que reducir aún más la velocidad, dándole tiempo para pensar en cuál de las quintas estaría yendo. Sin embargo, Elli no reconoce a donde exactamente se está. Un par de kilómetros más adelante, escucha que el GPS le indica que doble a la izquierda. Y al hacerlo las luces del auto iluminan a un antiguo y enorme arco de piedra, el cual indica la entrada a la propiedad.
—Finalmente, la entrada— suspira aliviada.
Elli ingresa y mientras, observa que camino que lleva hasta la estancia se encuentra en mejores condiciones que el anterior, parece estar cubierto por baldosas hexagonales y a los costados hay algunas plantas ornamentales recientemente podadas que lo enmarcan. «Qué estancia será, no hay cartel. Estas propiedades suelen tener carteles con su nombre». A lo lejos logra ver luces detrás de unos frondosos árboles que parecían tener, al menos, cien años.
Entonces, ella ve la casa. La fachada tiene un aspecto colonial y daba la sensación que fue reconstruida hace muy poco. Las paredes son de color hueso y el techo es dejas rojas. Las luces, que vió desde lo lejos, resultan ser unas seis lámparas de hierro, pero, en vez de ser de las modernas que funcionan con electricidad, estas tienen unas grandes velas. Dichas lámparas están colocadas en las paredes, tres de cada lado, iluminando el espacio con una luz tenue y cálida. Extrañamente no había otras fuentes de luz. Hay cuatro ventanas grandes, pero todas las cortinas están cerradas. En la entrada hay una gran puerta de roble rojizo, la cual también se encuentra cerrada. El hermoso jardín delantero, tiene el pasto recién cortado, y además, unos hermosos cipreses alimonados que llenan con un dulce aroma el aire.
—No hay nadie esperando, debe ser porque tardé demasiado con la tormenta. Chau propina.— dijo mientras estacionaba a unos cinco metros de la puerta.
Elli decide bajar del auto y caminar unos metros. Luego saca su celular para indicar en la aplicación que el producto llegó a su destino, pero no hay señal. «Carajo, tendré que llamar a la puerta». Ella espera unos minutos, pero nadie contesta. Lo intenta otra y nada.
—¡Hola, pedidos Coopy!— exclama. Sin embargo, nadie contesta.
«Parece que no hay nadie». Frustrada, da media vuelta y se sube a su auto.
Entonces, emprende el viaje de vuelta, muy enojada porque ahora tendrá que pagar por los cupcakes. De nuevo comienza a llover. Ella sale del camino de tierra y entra a la ruta 105 en dirección a la ciudad. Cuando pasa otra vez por el mismo lugar en donde cayó el rayó, siente como nuevamente el aire se carga de energía. Y entonces, otro igual cae cerca de ella, asustándola una vez más. De nuevo las luces de su auto parpadearon, se apagaron y volvieron a encender, poniéndola nerviosa. «Parece que tendré que mandar a revisar el sistema eléctrico del golcito».
En ese momento, su celular comienza a sonar. Es una llamada de su novio Martín. Elli manotea su teléfono y lo pone en alta voz.
—Hola amor.
—Elli, ¿dónde estás? Me tienes muy preocupado. Te estuve llamando varias veces.
—Está todo bien. Estoy en la 105. El encargo fue mucho más lejos de lo que pensé.
—¿La 105? Qué raro.
—Si, fui hasta una estancia. Y… bueno, no había nadie allí. Y quedé sin señal.
—Bueno, me alegro. Qué estés bien. Me preocupé cuando pasó la hora y no llegabas.
—Gracias por preocuparte, amor, en un rato llego a casa, osito.
—Amor, oye y… ¿A qué estancia fuiste?
—La verdad no lo sé. No ví ningún cartel con el nombre. Pero, había un enorme arco de piedra en la entrada…
—Espera— dijo interrumpiéndola. —¿Un arco? ¿Y no viste nada raro o fuera de lugar?
—No, salvo que no había nadie que reciba el encargo. ¿Por qué?
Martín quedó callado. A Elli le extraña que se quede así por tanto tiempo.
—Amor, ¿pasa algo?
—Elli, ¿no te recuerdas?
—Amor, adivinanzas a esta hora— dijo en tono cansado.
—Elli, hace unos 40 años una estancia se había incendiado.Allí fallecieron varias personas. Los dueños intentaron reconstruirla, pero no pudieron concluir pues ocurrían cosas extrañas y la estancia quedó a medio construir. Ese lugar quedó abandonado durante muchos años. Era fácil de reconocer el lugar pues había un enorme arco de piedra en la entrada.
—Pero, yo ví que estaba en perfectas condiciones, seguro la restauraron hace poco.
—Elli, yo vi una foto en las noticias ayer, y la casa de estilo colonial estaba llena de grafitis y maleza. En el reporte decían que había desaparecido un grupo de diez chicos de 18 años que quisieron hacer una fiesta clandestina. Pero la policía no encontró nada, solo estaba el vehículo de los adolescentes, y ningún rastro de ellos en la propiedad. Según los vecinos, no es la primera vez que esto pasa, ya han desaparecido otras personas antes. Ellos dicen que una vez que cruzas la puerta ya no volvés.
Entonces, la mente de Elli empieza a atar cabos. Y entonces, se da cuenta y siente como la piel se le eriza, mientras un escalofrío recorre su espalda. Al darse cuenta que casi había caído en la trampa de algo perverso y maligno.
—Amor, ¿sigues ahí?
—Sí, aquí estoy. ¿puedes hacerme un favor?
—Si, amor.
—Quédate en el teléfono hasta que llegue a casa.
—Sí, aquí estoy. No me iré a ningún lado.
—Amor, creo que ya no quiero volver a hacer deliverys.
Y mientras hablaba, Elli ve que está llegando a Posadas y empieza el camino a casa.
Fin.