PRÓLOGO
»1313 Verona, Italia«
El poeta se detuvo, su pluma flotando como un pájaro ansioso sobre el pergamino.
Las palabras que había puesto en la boca de su amada eran convincentes.
Incluso la tinta lo condenaba.
Al escribir Purgatorio, se vio obligado a reexaminar su vida después de su muerte.
Su tributo a Beatriz fue tanto un homenaje como una penitencia.
Pero este no fue el final.
No, la muerte de Beatriz no fue el final de su amor.
Él la amaba todavía y al amarla se transformaría.
El pájaro de su pluma regresó al pergamino, dando voz a su pérdida.
No había sido digno de ella en esta vida.
Pero quizás, en la siguiente...
"Vuelve, Beatriz, vuelve tus santos ojos", tal era su canción, "a tu fiel, que tiene que verte dar tantos pasos, en la gracia, haznos la gracia de descubrirle tu rostro, para que pueda discernir la segunda belleza que ocultas".
Aquí estaba su amada ahora, hermosa y resplandeciente.
Su amor permanecía, pero había cambiado.
Y al cambiar, se profundizó y se convirtió la materia de la eternidad.
El poeta miró a la ciudad de su exilio y lloró por su hogar.
Lloró por Beatriz y por lo que no había sido.
Esperaba lo que estaba por venir.
El amor de ella le había llevado más allá de ella misma, más allá de su amor terrenal, a algo trascendente, perfecto y eterno.
Prometió, al tiempo que purificaba su alma, que las palabras que escribiera serían proféticas y que todas las promesas que le hiciera se cumplirían...