Mestizo (Un Romance de Monstruos de Fantasía ~ Un Mundo Monstruoso #1)

Summary

Un mitad orco, mitad humano no pertenece a ninguna parte… Orek ha pasado su vida intentando demostrar su valía ante un clan que lo desprecia. Hijo de un jefe orco depuesto y una humana cautiva, debe esforzarse el doble para demostrar que es un macho digno, un cazador fuerte, una pareja potencial… Resignado a un lugar ingrato en las sombras, Orek se gana la vida a duras penas al margen del clan, esperando simplemente una oportunidad. Pero lo que encuentra, en cambio, una fría noche de otoño podría arruinar todo lo que ha conseguido con tanto esfuerzo: una mujer humana, capturada tal como lo fue su madre hace tantos años. La elección de protegerla del clan no es una elección en absoluto, pero ¿quién lo protegerá a él y a su corazón solitario de ella? Una vida a punto de comenzar, usurpada por el destino… Sorcha ha pasado su vida ayudando a criar a sus muchos hermanos, pero ahora finalmente tiene la oportunidad de buscar sus propias aventuras. Al menos así lo hizo, antes de que los esclavistas la arrebataran de su caballo y la vendieran. Llevada lejos de casa, la llevan al peor lugar imaginable: las escarpadas montañas occidentales infestadas de orcos brutos y brutales. Todos los humanos saben que deben temerles y mantenerse alejados, y ahora ella ha sido vendida al jefe de clan más cruel de todos. Pero el primer orco que conoce no se parece en nada a las historias. Él es genti

Status
Ongoing
Chapters
39
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

A todas las hijas mayores que llevan el mundo sobre sus hombros. Te mereces tu propio mestizo verde y guapo.


Un campamento de orcos podría ser un lugar muy peligroso, especialmente para un niño mestizo. Orek lo había sabido toda su vida, y en sus escasos nueve años, se había vuelto bueno para mezclarse con las sombras y arrastrarse por la parte trasera de las tiendas. Ahora podía moverse silenciosamente entre ellos, sin que los orcos se dieran cuenta de ello.

Era con esos pies silenciosos que podía pillar a su madre humana desprevenida.

Normalmente, Orla tenía los oídos más agudos que los de un Zorro, y su sentido del peligro inminente era casi asombroso.

Pero Orek no era un peligro para su madre. No, él la quería mucho. Ella era la única en el campamento qué realmente hablaba con él. Y la única otra que no era orco.

En un campamento lleno de orcos grandes y ruidosos, Orla había tenido que acostumbrarse a detectar el peligro que se avecinaba. Nunca estuvieron realmente a salvo, ni siquiera siendo la madre del hijo del jefe del clan.

Orek se deslizó dentro de la tienda que compartía con su madre, algo pequeña en comparación con las grandes habitaciones de la tienda de su padre justo al otro lado. Como jefe, su padre Ulrek contaba con la tienda más grande, aunque a Orek y a su madre rara vez se les permitía entrar.

De todos modos, Orla nunca quería entrar.

A Orek tampoco le gustaba cuando entraba. Siempre terminaba con ella llorando durante días, miserable y dolorida. En esos días, él hacía todo lo posible por traerle lo que necesitaba y permanecer fuera de su vista, porque ella no podía soportar mirarlo.

Odiaba a su padre por eso.

El ruido del campamento desapareció dentro de la oscura tienda. Su padre y los otros cazadores ya estaban metidos en sus tazones, pero Orek se las había arreglado para agarrar algunos trozos de carne y un pan plano antes de que nadie lo viera. Guardaba su botín en el maltrecho cuenco de hojalata que compartían él y su madre, esperando a que ella se fijara en él—no quería asustarla.

Curioso por lo que estaba haciendo, se arrodilló en el otro extremo de la tienda y miró por encima de su hombro.

Orla siseó, girándose hacia él para mirarlo, su cabello oscuro y sus ojos aún más oscuros en las sombras.

—¿Qué estás haciendo? —gruñó en su lenguaje humano.

—Traje la cena —Le mostró el cuenco, aunque no estaba seguro de cuánto podía ver en la penumbra.

La mirada de Orla se suavizó hasta convertirse en un leve ceño fruncido.

—Come, pues —Y volvió a su tarea.

Las preguntas burbujeaban dentro de él, pero se sentó obedientemente en su nido de mantas y comió su porción. Orla no dijo nada, y después de un rato, Orek se dio cuenta de lo que estaba haciendo su madre: estaba empacando un saco lleno de cosas.

Dentro fueron sus pocas mantas y ropa, así como el cuchillo que había encontrado y escondido hacía dos años. Todavía era verano, así que ignoró su único abrigo pesado y, en cambio, empacó lo que olía a carne cruda.

Lo extraño de todo aquello hizo que la comida de su vientre se agriara y revolviera.

A su madre se le daba bien esconder cosas, ocultando cualquier cosa que podía encontrar. Tenían que mantenerse alerta y tomar lo que pudieran para sobrevivir en el clan Stone-Skin.

Aunque el padre de Orek era el jefe, Orla no era su compañera. Era una esclava humana, comparada hace casi diez años para Ulrek y mantenida aquí desde entonces como su sirvienta y, a veces, compañera de cama. Los años habían sido largos y duros para Orla, con el rostro demacrado y surcado por las líneas de expresión. Pequeña en comparación con los orcos, a menudo era empujada y regañada por las orcas. Los machos… la pellizcaban y manoseaban cada vez que pensaban que el jefe no estaba mirando.

No era nada comparado con lo que su padre la hacía pasar.

Al ser más pequeño que los otros jóvenes de su edad, Orek había aprendido de su madre cómo sobrevivir en un mundo de orcos mucho más grandes. Había que ser rápido. Había que ser inteligente.

«No elijas peleas que no ganarás. Una estupidez como esa hace que te maten», le había dicho Orla sin rodeos una vez mientras limpiaba el labio partido que se había hecho peleando contra otros jóvenes.

Orek terminó su carne y pan rápidamente, comer despacio significaba que le arrebatarían la comida. Cuando le ofreció a su madre el resto, ella negó con la cabeza sin levantar la vista de su bolsa.

—Cómetelo.

Lo hizo, pero apenas lo probó, la inquietud le llenaba el estómago más que la comida.

—Mamá, ¿qué…?

—Shh —siseó ella.

Se ató la bolsa y metió los brazos por las correas. Cuando estuvo segura sobre su espalda, finalmente se volvió hacia él, su rostro era una red de líneas sombrías.

—Krul va a desafiar a tu padre pronto. Tal vez incluso esta noche.

El miedo de apoderó del pecho de Orek. Krul era el macho más grande y desagradable del clan. Hacía tiempo que había rumores de que estaba compitiendo por el liderazgo; era más joven y más astuto que el padre de Orek, que prefería sentarse junto al fuego y emborracharse que ir de caza y dirigir incursiones contra otros clanes.

Orek evitaba a Krul siempre que podía, había algo oscuro y… vacío alrededor de los ojos del macho.

—No me voy a quedar a ver qué pasa —Orla se puso de pie y marchó hacia la parte trasera de la tienda.

Los desafíos por el liderazgo en los clanes orcos no siempre eran mortales, pero a menudo lo eran. Si el retador salía victorioso, no solo era el jefe del clan, sino que todo lo que había sido de su rival ahora era suyo.

Orek se estremeció al pensar en lo que un macho como Krul podía hacerle a su pequeña madre.

Se apresuró a seguirla.

—¿A dónde nos…?

Se detuvo tan repentinamente que Orek se estampó directamente en su espalda.

Orla se volvió para mirarlo con severidad. Ahora era un poco más alto que ella, aunque la mirada que ella le dedicó le hizo sentirse de repente muy pequeño.

—Tú te quedas aquí.

Todo en él se enfrió.

—Mamá…

—Yo… Los humanos no te aceptarán. Te pareces demasiado a tu padre —Su boca se endureció en una línea, su mirada se desvió como si ya no pudiera mirarlo—. No hay otro lugar para ti que no sea este clan. Quédate y conviértete en un cazador. Sé más rápido e inteligente que el resto y sobrevivirás.

—Pero quiero ir contigo —Ella era la única que realmente le importaba en el clan.

—No puedo llevarte —Orla se ajustó las correas de su bolsa, sin mirarlo—. Es lo mejor, Orek. Algún día lo entenderás.

Los argumentos le obstruyeron la garganta, pero no salió nada más antes de que Orla saliera de la tienda. Sus ojos se llenaron de lágrimas, y después de un momento de desdicha que le hizo querer arrojar su cena, la siguió afuera.

Se quedó atrás, caminando aturdido mientras la veía arrastrarse por las afueras del campamento. Se mantuvo en las sombras más profundas, un truco que le había enseñado, y pronto desapareció en una grieta entre las altas rocas que rodeaban el campamento. Afuera había un laberinto de colinas escapadas y rocas estériles que descendían hacia un bosque oscuro y antiguo.

Ella no volvió a aparecer.

Orek miró fijamente el lugar donde había desparecido durante un largo rato, las lágrimas le recorrieron la cara hasta la boca. Su visión se nubló con ellas, y la sal le quemó la lengua.

Olfateó, llevándose la mano a la cara, sabiendo que no se le podía ver llorando.

Pero las lágrimas seguían brotando y sollozó:

—Mamá… Mamá… —Una y otra vez, como si eso la hiciera volver, como si pudiera hacerla cambiar de opinión y llevárselo a él también.

La idea de volver solo a la tienda, para encontrarla vacía, destrozó algo dentro de él. Su pecho se quebró por la mitad, una oleada de ira y desesperación inundó su interior. ¿Qué le diría a su padre? ¿Cómo podía dejarlo allí para que recibiera la paliza que recibiría por no poder decir dónde estaba?

¿Cómo puede dejarme?

—¿Dónde está tu madre, enano?

Orek se sobresaltó ante la voz orca y se echó hacia atrás mientras se le secaban las lágrimas. Alzó la vista, y la alzó un poco más, hacia el rostro salvaje de Krul. El macho era el más grande que Orek había visto jamás, con los hombros más anchos que una roca y las piernas como troncos de árbol. Sus manos eran enormes y estaban llenas de cicatrices, y se contaron muchas historias de cómo Krul podía aplastar la cabeza de un humano con el puño.

Lo peor eran los ojos, rojos carmesí y calculadores, clavados en lo más profundo de aquel rostro duramente tallado.

Orek tragó saliva y los dedos se le enfriaron.

No debería haber dejado que se acercara sigilosamente a mí. Estúpido, estúpido.

—En nuestra tienda —se obligó a decir.

Las fosas nasales de Krul se ensancharon.

—Los dos se quedan allí hasta que los llamen —Y su enorme mano presionó la cabeza de Orek para empujarlo en dirección a la tienda de su padre.

—S-sí, señor —Con el corazón martillando en su pecho, Orek se alejó apresuradamente, desapareciendo dentro del laberinto de tiendas. No se detuvo hasta que se agachó debajo de la solapa de la tienda y se enterró en sus mantas.

Solo, en la oscuridad, yacía temblando de miedo.

Abrazo el abrigo que Orla había dejado contra el pecho, oliendo su aroma familiar. A pesar de que el ruido fuera de la tienda se hicieron fuertes y violentos a medida que avanzaba la noche, no pudo evitar llorar en el abrigo de su madre. No escuchó la pelea afuera por sus lágrimas y tampoco le importó. No cuando sintió como si se hubiera abierto un agujero en la tierra, succionándolo hacia un pozo pegajoso de dolor.

Le dieron una noche por su dolor y desesperación. Cuando llegó la mañana y se enteró de lo que había sucedido, Orek solo pudo preocuparse por sí mismo.

Orla había estado en lo cierto.

Esa noche, Krul desafió a su padre por el liderazgo. Y ganó.