Don Roque
Decían mis abuelos que hay gente que nace con el don de escuchar y ver a los muertos; normalmente esa gente les ayuda a terminar con los pendientes que dejaron en vida, les piden que les hagan misas o cualquier otra cosa que les ayude a descansar en paz. Yo creí que yo era una de esas personas... esta es mi historia.
Mi nombre es Ximena, tengo catorce años y soy originaria de México, esto último es importante, ya que la relación de los mexicanos con la muerte no es como en otros países. Quiero decir, claro que nos duele la pérdida de nuestros seres queridos y no dejamos de sentir cierto temor por saber qué es lo que hay después de ella, pero también mantenemos la firme creencia de que, una vez al año, nuestras familias cruzan el umbral que separa el mundo de los muertos del de los vivos, para convivir con nosotros en un ambiente festivo.
Con esta idea en mente, cada año sin falta, elaboramos altares, tan grandes como la cantidad de familiares que nos hayan dejado; en ellos le ofrendamos comida, bebidas, golosinas, flores y veladoras a nuestros seres queridos. Colocamos sus fotografías, a modo de recuerdo de cómo eran en vida.
Aunque la muerte es un tema muy serio para algunas personas, los colores predominan en nuestros altares; el papel picado, con distintas figuras, adorna los tres niveles que, tradicionalmente, debe tener la ofrenda. Los pétalos de flor de cempasúchil conducen el alma de los difuntos a su hogar, siempre debe haber un camino de ellos que vaya de la puerta que da a la calle, hacia el interior de la casa.
Durante los dos días que duran nuestras celebraciones, todos los sentidos se saturan; tus ojos jamás han visto tantos colores brillantes juntos, el clima otoñal se ve interrumpido por cierta calidez inexplicable que flota en el ambiente, las calles huelen a flores de cempasúchil, a pan de muerto y a suave copal. Hay comida en abundancia, por todas partes, platillos dulces o salados se ofrecen al paladar en los mercados y romerías, algunos de ellos sólo pueden conseguirse en esta época del año. También puedes escuchar la música de los mariachis animando los cementerios o las casas, tenemos una canción para cada ocasión.
Justamente, el 30 de octubre de ese año, me encontraba en casa. Serían cerca de las seis de la tarde; mi mamá y mi papá aún no habían vuelto del trabajo, mis hermanos menores estaban en la sala haciendo la tarea y mi abuelita estaba frente a la estufa preparando la comida que sería para la ofrenda; yo estaba con mis hermanos, recostada en uno de los sillones, viendo la televisión.
Escuché a mi abuela sobresaltarse por algo, pero no le di importancia hasta que se me acercó, sosteniendo una gran cuchara de madera.
- ¡Ay, hija, qué bruta soy! Se me olvidó comprar tantito chicharrón para hacerlo en salsa verde como le gustaba a tu abuelo. ¿Te doy el dinero y me lo puedes traer, por favor?
Tenía infinitas ganas de decirle que no, pero sería peor si luego le iba con el chisme a mi mamá de que no había querido hacerle el favor; ya podía escuchar a mi mamá sermoneándome, que cómo era posible que ni un favor se me pudiera pedir, que algo se me iba a ofrecer y me lo iba a negar, que en sus tiempos ni siquiera le tenían que decir a uno que hiciera las cosas...
Anticipando el regaño, me levanté del sillón sin refunfuñar y le extendí la mano a mi abuela para que me diera el dinero. Sacó de su monedero un billete de cien pesos, me pidió que le trajera cincuenta de chicharrón y a ver qué se me ofrecía, me dijo guiñándome un ojo. Tomé el suéter de la escuela antes de irme, iba a empezar a hacer fresco a esa hora de la tarde.
Normalmente poco antes de las cinco, ya no habría muchos lugares donde comprar nada, pero en estas fechas, todos los comerciantes cerraban mucho más tarde; precisamente porque nunca faltaba un despistado como yo, que tuviera que salir de último momento a conseguir algo para la ofrenda.
Todo el viaje no debía tomarme más de veinticinco minutos, mucho antes de las siete estaría de regreso en casa; no nos dejaban salir a la calle luego de que oscureciera, por razones de seguridad. Supongo que es uno de los principales problemas de vivir en zonas populares, los asaltos o, peor aún, los secuestros siempre son un riesgo.
A paso acelerado llegué hasta el mercado, cruzando los pasillos para llegar al puesto donde mi abuela solía comprar el chicharrón; la vendedora me reconoció enseguida, me hizo un poco la plática mientras me despachaba y en menos de cinco minutos, ya tenía el encargo hecho. Obviamente, por tratarse de un mandado imprevisto, me tomé la libertad de sacar un crujiente trozo de chicharrón para irlo masticando de regreso a mi casa; con el cambio, compré algunas calaveritas de chocolate para mis hermanos y para mí, todavía me sobraron algunas monedas.
En principio, la idea era irme directamente a casa, pero no pude.
Los carniceros ya habían desmontado varios de sus puestos, dejando esa parte casi solitaria; digo casi, porque por ahí deambulaba un señor muy viejecito. Parecía sacado de una de esas películas del siglo de oro, por cómo iba vestido, daba la impresión de ser una persona de pueblo; ropa de manta, de un color pálido amarillento, huaraches de cuero, sombrero de paja, un morral tejido de patrones coloridos, un bastón de madera tallada en bruto.
El hombre quizá rondaba los ochenta años; su rostro moreno estaba lleno de arrugas, rematado por un enorme bigote. Se encorvaba hacia delante apoyado en su bastón, muy despacio sus pies se movían uno frente al otro, aunque por la forma en que miraba hacia todas partes, era obvio que se encontraba perdido.
Unos muchachos de la colonia andaban por ahí también, no eran lo que llamaríamos “buenas personas”, ninguno tenía ni siquiera dieciocho años, pero ya habían tenido problemas con la autoridad por robo o vandalismo. Cuatro de ellos se acercaron desde distintas direcciones hacia el anciano. Yo no podía hacer mucho por él, aun así, podía sacarlo del mercado para que afuera pidiera un taxi o tomara el transporte que lo llevara a donde fuera que necesitara ir.
Uno de los adolescentes ya estaba peligrosamente cerca del señor, a sus espaldas; sacudí una mano en lo alto, saludando al hombre con familiaridad, le dije a mi “tío” que ya tenía lo que necesitábamos y que mi abuela nos estaba esperando en la casa.
Al principio, el anciano se veía muy confundido; sin embargo, en cuanto notó que los muchachos nos rodeaban, se acercó apresuradamente hacia mí para responderme el saludo. Lo tomé del brazo, mientras que los delincuentes nos miraban sin atreverse a acercarse; no porque me tuvieran miedo a mí, sino porque nos conocíamos y, en caso de cualquier problema, yo podía señalarlos e incluso dar sus direcciones, de ser necesario.
A paso veloz llegamos a la calle, el señor me agradeció por mi ayuda y se presentó conmigo, me dijo que se llamaba Roque, que necesitaba llegar a un lugar que le habían dicho que estaba por aquí, pero no lo encontraba y ya se estaba haciendo tarde.
Me preguntó si yo podía ayudarle a encontrar ese lugar; en general, cuando un extraño te pide que lo acompañes es una pésima idea, aunque don Roque no me daba la impresión de ser una mala persona, era un abuelito como cualquier otro.
También me pidió que, por favor, llevara yo el poco dinero que él traía encima, debido a lo que acababa de pasarnos. Puse cerca de cincuenta pesos en monedas dentro del bolsillo de mi pantalón, le pregunté a dónde se dirigía. Su respuesta me desconcertó bastante, me dijo que buscaba “la casa de la lumbre encendida”; yo no entendía de qué estaba hablando, no había un lugar así en la colonia, ninguna de las calles llevaba ese nombre, tampoco era un templo de algún tipo, que yo pudiera recordar.
Me ofrecí a llevarlo por entre las calles, las más seguras, para ver si se ubicaba. Iba a llegar terriblemente tarde a casa, además de recibir algún regaño por exponerme al peligro de esta manera, aun así, sentía la necesidad de ayudar don Roque, me causaba mucha compasión verlo caminando solo por ahí en la noche.
Durante cerca de veinte minutos anduvimos de un lado para otro, ya nada más quedaba algo de luz rojiza en el horizonte; me preocupaba mucho tener que regresar a mi casa de noche. En ese mismo instante, don Roque me sacó de mis pensamientos, diciéndome que habíamos llegado.
Frente a nosotros había una casa blanca de un solo piso, no parecía tener ventanas, la puerta era una sencilla tabla de madera amarrada con varios mecates; esto no tenía sentido, yo conocía muy bien las calles de mi colonia, esa casa nunca había estado ahí. Además, se sentía el ambiente “pesado”, como solemos decir de un sitio que nos causa sensaciones desagradables de sólo estar ahí, sin motivo aparente.
Don Roque me sonrió, agradeciéndome que lo hubiera acompañado; esperé unos segundos más, para asegurarme de que estaba en el lugar correcto. Él abrió la puerta sin mayor dificultad y dentro de la casa, tal como indicaba su nombre, no había más luz que la de una pequeña hoguera al centro de la única estancia que tenía la casa; como había supuesto, no había ventanas, tampoco muebles o más puertas por dentro, que indicaran que había más cuartos.
Un fuerte escalofrío me recorrió desde la parte baja de la espalda hasta la nuca, por algún motivo ver la casita desolada, tanto por dentro como por fuera, me hizo sentir incómoda, no se trataba de algo normal aunque tampoco podía explicar exactamente qué estaba mal con esa casa. Por lo que me despedí de don Roque tan rápido como pude, el anciano no dio señales de advertir el cambio en mi actitud, me deseó que llegara con bien a mi casa e incluso me bendijo, cerrando la puerta cuando me vio alejarme.
Corrí todo lo que pude hasta llegar a mi casa, abrí con estrépito el zaguán para anunciar mi llegada; seguramente ya todos estaban vueltos locos buscándome. Antes de cruzar sentí que algo golpeaba mi pierna derecha, tenía mi bolsillo lleno de monedas, las monedas de don Roque.
Me detuve en seco, con la prisa de querer regresar a mi casa, se me había olvidado devolverle su dinero a don Roque. Tenía que devolvérselo, aunque seguramente tendría que esperar hasta el día siguiente para hacerlo, al menos sabía dónde podía ir a buscarlo.
Entré gritando que había regresado, pero no recibí respuesta, no había nadie en casa, ni siquiera había luz. Avancé, buscando a tientas el interruptor de la luz sin éxito, traté de llegar hasta el comedor esperando no tropezarme con nada, lo curioso fue que no había nada con qué tropezarse; el espacio que antes me había resultado tan familiar, ahora me era totalmente ajeno, todo estaba vacío.
Me encontraba privada de todos mis sentidos, nada se escuchaba, el aroma de la comida o de las flores ya no era perceptible, nada podía distinguirse en la obscuridad; de no ser por el suelo bajo mis pies, hubiera podido jurar que así debía sentirse la nada. Me quedé quieta unos cuantos segundos, hasta que sentí un intenso frío calándome los huesos, lo que me obligó a adentrarme más en lo que había sido mi hogar, buscando con qué protegerme del repentino descenso de temperatura. Finalmente, pude ver algo, un poco de luz anaranjada brillando en el piso, apenas unas brasas encendidas.
Una parte de mí, aterrada, entendió lo que estaba ocurriendo, no tenía mucho sentido, pero ahí estaba “la casa de la lumbre encendida”. Sentado junto a lo que quedaba de la fogata, estaba don Roque, me senté junto a él para devolverle el dinero que me había dado a guardar, con lágrimas resbalando por mis mejillas. Mi bolsillo ahora estaba vacío. Tenía muchas preguntas que hacerle, pero me quedé en silencio, algo me decía que tendría una cantidad ingratamente larga de tiempo para hablar con él; después de todo, yo no había sido su guía en el mundo de los vivos...
Como si me hubiera leído el pensamiento, don Roque me dijo que no me preocupara por el dinero, que, a final de cuentas, cuando uno se muere se va sin nada.









me encantó❤️
Me recomendaron mucho esta serie de relatos y aquí estoy leyendo. Este primer relato me atrapó y me dejó con ganas de leer las próximas historias
buena historia para empezar y sentar el tono del libro