Capítulo 1: Reencuentro
Capítulo 1: Reencuentro
«…si presto atención, puedo sentir a las almas; es decir, a las personas en sus casas, sobre todo a las que se encuentran en calma. Unos despiertos, pero serenos, y otros: durmiendo. Todo esto es posible gracias a la energía que me brinda la naturaleza, los árboles cercanos a mí. Es como si me alimentara de su energía». No soy una bruja, ni nada de eso, solo una persona que disfruta mucho de los detalles de la vida, de este hermoso mundo y sin necesidad de pensar tanto, disfruta de las energías positivas.
Pensaba que no volvería a enamorarme de nuevo y no tan rápido. Cuando pasan cuatro años, para muchas personas, puede que parezca mucho tiempo, pero depende de muchas cosas; para mí, no parece tanto tiempo. Realmente no estoy enfocada en el tiempo, estaba enfocada en dejar de sentir, dejar de tener sentimientos por esa persona y lo logré. Me dicen que hay cosas que no son correctas con este nuevo amor, pero es que no lo puedo evitar. Sería ridículo mentirme a mí misma. Es sencillo mentirle al mundo y negar que me volví a enamorar, pero yo no puedo mentirme, y además, no quiero, porque ya superé al que me rompió el corazón y eso es una victoria.
No lo sabía, yo solo pensaba que era un coqueteo que no iba a llevar a ningún lado. Estamos en el siglo 21, ahora las mujeres pedimos el número de teléfono, yo de manera ingeniosa y sin mucho esfuerzo, lo hice. No lo digo por creerme la última Coca - Cola del desierto, ni nada por el estilo, porque como mencioné, fue un coqueteo mutuo. Imagínense, literalmente, como en las películas, esa atracción entre dos personas tan grande, que cuando están en la misma habitación, en el mismo ambiente, los ojos de ambos se encuentran y alrededor, las personas, los demás, se mueven lento o rápido; es como estar en cámara lenta, y tan solo, somos él y yo, porque los demás no se sienten.
La primera vez que Amir me tocó, que nuestras manos se tocaron, me sentí en casa, cómoda y hasta se nos fue el tiempo así, hablando con las manos agarradas.
—Indiana, ¿en qué tanto piensas? —me preguntan y me devuelven a la realidad.
—¿Eh? —respondo confundida.
—Te pregunté, ¿si se acabó la teca?
—No, no se acabó, todavía queda medio pote. Disculpa —le respondo a mi supervisora, quien viene cada 15 días a la tienda.
Me sonríe con gracia.
—Pareces enamorada.
Me sorprendo, pero no respondo, tanto solo le sonrío con amabilidad. No sabía que se me notaba.
***
Hace 4 meses que él y yo, no compartimos, pero hemos estado en constante comunicación, por mensajes de textos. «Llegaste a mi vida en un momento en que todo ha cambiado». Lo más irónico de eso que dijo Amir, es que, yo formé parte de ese cambio, como él para mí, quien cambió mi vida. Él estaba abrumado por más de una situación por la que estaba transitando.
Y como si lo hubiese llamado telepáticamente, cuando me encuentro recogiendo mis cosas para irme, porque ya son las 6:00 de la tarde, me llega un mensaje de texto al WhatsApp, de él.
—Hola, hola, mi bella, ¿cómo estás?
Una sonrisa enorme se dibuja en mi rostro.
—Hola, mi bello. Bien, excelente, ¿tú, qué tal?
—Me encanta eso. Chévere, cierro a las 8, y estaba pensando en pasarte a buscar. ¿Qué te parece?
Me sorprendo, porque, como dije anteriormente, él estuvo transitando cambios en su vida, a nivel familiar y personal, y casi no teníamos tiempo para estar juntos. Y normalmente cierra a las 9 y más que hoy es viernes. Para ser más específica es 31 de mayo del 2024.
—Pues, me encanta la idea. Podrías pasar buscándome a mi casa, tengo que darle de cenar a mi abuela.
—Sí, claro. Perfecto, mi bella. Nos vemos.
Le mando un emoticón de beso y mi sonrisa no se esfuma. Amir tiene 35 años de edad y yo, 28. Es hijo de un barman jubilado, y desde hace 5 años, Amir se ha hecho cargo de una pequeña licorería que su papá compró hace 10 años. La misma está ubicada en La Trinidad, muy cerca de mi trabajo, tengo que agarrar un autobús para ir a visitarlo, nada más.
Llego a casa de mi abuela. Todos tenemos secretos y el de mi abuela es muy grande. Vivimos en El Alto Hatillo, en la urbanización Alto Hatillo. La casa es grande, tiene 3000 m², 4 habitaciones y 4 baños, jardín, terraza y cuenta con un gimnasio; es impresionante y lujosa. Ni mis padres, ni mi hermana saben de la casa, ni de la fortuna que tiene mi abuela. Lo sé, se supone que papá tendría que saberlo, porque él es su hijo, pero papá tiene años sin mantener comunicación con mi abuela, y ella toda su vida ha sido una mujer reservada, pero no siempre fue millonaria. Al morir mi abuelo, este le dejó una importante fortuna. Mi abuelo murió cuando yo tenía 16 años; mi abuela tenía 73 años cuando se quedó viuda. Mi abuelo, quien se llamaba Ernesto, murió a los 75 años de edad, por cáncer, un cáncer que ignoró. Mis abuelos vivián bien, en Altamira, aquí en Caracas. Vivían en un edificio; uno bonito, modesto. Vivián bien, se podían dar sus gustos, pero nada que ver como ahora, o ya desde hace 12 años. Para mí, es algo complejo de entender, porque soy mala con las matemáticas y temas de negocios, de dinero. Es irónico que al morirse, es que se haya descubierto esa cantidad de dinero, pero no es raro, no es una situación única en el mundo. En fin, cosas de la vida. Tengo un trabajo ordinario, digno y que paga 200 $ mensuales, para andar perfil bajo. Estoy reuniendo dinero para abrir mi propio negocio, quiero vender comida, entre otras cosas. Mi abuela podría proporcionarme el dinero, pero ella y yo, llegamos a un acuerdo. Tengo que aprender a valerme por mi cuenta, sin embargo, dentro del acuerdo, todo lo que gano, lo ahorro. No necesito comprar mi propia comida, ni maquillaje, ni cosas para la higiene personal, sin embargo, si quiero un celular nuevo, un perfume caro, o incluso ir al cine, eso si debo pagármelo yo, aunque mi abuela me hace regalos, por ejemplo, los fines de semana, me deja ordenar comida, alguna comida que me guste.