primer paso: Conocer
Era una fresca mañana de abril cuando Yusha Nishimura, de quince años, se encontraba de pie frente al enorme portón del colegio "Tenkuu no Oe Gakuen". El aire fresco y limpio de la mañana le llenaba los pulmones, y el cielo, de un azul cristalino, auguraba un día perfecto para comenzar una nueva etapa. Con una altura de 1,78 metros y un cabello castaño corto que brillaba bajo el sol matutino, Yusha se veía preparado para enfrentar el primer día de esta nueva fase escolar. Su piel, blanca como la leche, contrastaba con sus ojos cafés que irradiaban determinación y una leve curiosidad. Al ajustar la mochila en su hombro, pensó en su meta a largo plazo: convertirse en ingeniero mecánico. Esta ambición lo había acompañado desde pequeño, y ahora, en la preparatoria, sentía que estaba un paso más cerca de realizarla.
Mientras tanto, a unos metros de distancia, Yuko Shinome se preparaba para otro día lleno de energía en su segundo año de secundaria. Con 1,55 metros de estatura y un peso de 60 kg, Yuko se veía delgada pero fuerte. Su cabello corto y castaño enmarcaba su rostro con grandes ojos cafés, siempre llenos de vida y emoción. Para Yuko, la música no solo era un pasatiempo; era su refugio y su razón de ser. Desde que tenía cuatro años, la música había sido su escape de los momentos difíciles, como el bullying que había soportado. Hoy, su hiperactividad se reflejaba en su rutina matutina, llena de risas y movimientos rápidos mientras se preparaba para la escuela.
Yuko vivía con su madre, Mia Gushi, una mujer enérgica nacida el 21 de enero de 1985, y su padre, Josha Shinome, un hombre mayor y sabio, nacido el 29 de abril de 1963. Además, su familia se componía de varios hermanos y hermanastros. De parte de su padre, estaban Mina Shinome y Agus Shinome, nacidos en 1986 y 1988 respectivamente. De parte de su madre, Tekushi Ross, nacido en 2001. Su hermano menor, Kaito Shinome, nacido en 2016, era la alegría de su vida. Con esta familia tan diversa, Yuko había aprendido a adaptarse y a encontrar su propio espacio, especialmente en su amor por la música.
Sin embargo, Yuko enfrentaba varios desafíos de salud que complicaban su día a día. Sufría de arritmia, cefaleas frecuentes, dolor en el pecho y dolores de espalda intensos. Estos problemas no solo afectaban su bienestar físico, sino también su rendimiento académico y social. A pesar de todo, Yuko mantenía su entusiasmo y determinación, algo que sus amigos y familiares admiraban profundamente.
El colegio "Tenkuu no Oe Gakuen" era conocido por su ambiente acogedor y su enfoque en el desarrollo integral de los estudiantes. Desde jardín hasta preparatoria, los estudiantes aquí eran testigos de un entorno que promovía tanto el rendimiento académico como el crecimiento personal. Durante el recreo, el patio del colegio era un hervidero de actividad. Los niños corrían por todas partes, y las risas resonaban en el aire. Yuko y sus amigos jugaban un animado partido de fútbol, riendo y gritando con entusiasmo. Yuko, con su energía inagotable, corría de un lado a otro del campo, disfrutando del momento.
Fue en medio de este bullicio cuando Yusha, curioso y buscando integrarse en su nueva escuela, se acercó al grupo. Con una sonrisa amigable que dejaba ver ligeramente sus colmillos, Yusha preguntó: "¿Puedo unirme?"
Yuko, siempre dispuesta a hacer nuevos amigos, le lanzó el balón. "¡Claro! Solo asegúrate de mantener el ritmo, grandullón", bromeó, provocando risas entre sus amigos.
Yusha se unió al juego con facilidad, demostrando su habilidad y adaptándose rápidamente a la dinámica del grupo. Mientras jugaban, Yuko no podía evitar fijarse en lo grande que era Yusha en comparación con ella y sus amigos. "Es lindo, pero es muy grande, no me gustan las tumbas de 1000 años", pensó para sí misma, sonriendo ante su propio pensamiento.
Después del partido, Yusha y Yuko se sentaron a descansar en una esquina del patio. Yuko, todavía llena de energía, hablaba sin parar sobre su amor por la música y sus clases en el colegio.
"Entonces, ¿por qué decidiste unirte a nuestro juego?", preguntó Yuko, curiosa.
Yusha se encogió de hombros. "Vi que se estaban divirtiendo y pensé que sería una buena manera de conocer gente nueva. Además, me gusta el deporte. ¿Y tú? ¿Siempre eres tan energética?"
Yuko se rió. "Sí, así soy yo. Me encanta estar en movimiento, y la música me ayuda a canalizar toda esta energía."
Yusha sonrió. "Me gusta tu entusiasmo. Es refrescante."
Mientras conversaban, Yusha observó a Yuko con atención. Su hiperactividad era evidente, pero también notó algo más profundo en ella, una especie de determinación que no era común en personas tan jóvenes. Esto lo intrigó y lo hizo sentir una conexión inmediata con ella.
Más tarde, en sus respectivas clases, ambos jóvenes demostraron su dedicación a sus pasiones. En la clase de música, Yuko se perdió en las notas, sintiendo cómo cada melodía le permitía expresarse de una manera que las palabras no podían. La música era su refugio, un lugar donde podía ser completamente ella misma. Sin embargo, durante una pausa, Yuko sintió un fuerte dolor en el pecho, recordándole sus problemas de salud. Tomó un momento para respirar profundamente, ocultando su malestar de sus compañeros. Era un recordatorio constante de que, a pesar de su energía y entusiasmo, su cuerpo tenía límites que no podía ignorar.
Mientras tanto, en su clase de ciencias, Yusha se concentraba intensamente en los conceptos de física que su profesor explicaba. Su mente lógica y su amor por la ingeniería se reflejaban en la facilidad con la que comprendía los temas. Para Yusha, la ciencia era una forma de entender y mejorar el mundo a su alrededor. Recordaba las palabras de su abuelo, un ingeniero mecánico retirado, que siempre le decía: "Conocimiento es poder, y con el poder viene la responsabilidad de hacer el bien". Esas palabras lo habían inspirado a seguir esta carrera.
Al final del día, los pasillos del colegio estaban llenos de estudiantes que se dirigían a casa. Yuko, con su cuaderno de música bajo el brazo, y Yusha, con un libro de física en la mano, se encontraron de nuevo en el pasillo principal del colegio.
"Hey, Yuko", llamó Yusha. "Gracias por dejarme unirme al juego hoy. Fue divertido."
Yuko sonrió ampliamente. "¡De nada! Siempre es bueno tener más gente para jugar. ¿Te gustaría unirte mañana también?"
Yusha asintió. "Claro, me encantaría."
Mientras se despedían, ambos sintieron que este era el comienzo de una nueva amistad. A pesar de sus diferencias, había algo en la energía de Yuko que intrigaba a Yusha, y algo en la calma de Yusha que atraía a Yuko. Así, con el sol poniéndose sobre "Tenkuu no Oe Gakuen", comenzaba una historia de amistad, crecimiento y descubrimiento.
Esa noche, en casa, Yuko se encontró reflexionando sobre el día. Mientras ayudaba a su hermano menor, Kaito, con sus tareas, pensaba en su encuentro con Yusha. Había algo en él que le hacía sentir curiosidad. Quizás era su tranquilidad o la manera en que parecía escuchar atentamente cuando hablaba.
Después de la cena, Yuko se retiró a su habitación, donde pasó el resto de la noche practicando su violín. La música llenaba la pequeña habitación, y cada nota la transportaba a un lugar donde sus preocupaciones y dolores parecían desaparecer. Sin embargo, mientras tocaba, sintió nuevamente el dolor en su pecho, obligándola a detenerse y respirar profundamente. Cerró los ojos y se concentró en las respiraciones lentas y profundas hasta que el dolor disminuyó. Sabía que no podía ignorar su salud, pero la música siempre sería una parte esencial de su vida.
Por su parte, Yusha se sumergió en sus estudios de física en su habitación. Las ecuaciones y teorías que estudiaba eran un alivio de la complejidad del mundo real. Le gustaba cómo todo encajaba perfectamente en la ciencia, una lógica que a veces faltaba en la vida diaria. Pensó en Yuko y en la energía vibrante que irradiaba. Su entusiasmo era contagioso y le hacía pensar en la importancia de equilibrar sus propios estudios con momentos de diversión y relajación.
La rutina de Yuko no era fácil, especialmente con sus condiciones médicas. Sus días estaban llenos de actividades que iban más allá de las clases regulares. Los lunes, tenía lectura musical de 12:00 a 13:00, seguida por clases en el colegio de 13:45 a 19:15. Los martes, pasaba todo el día en el colegio, desde las 13:45 hasta las 19:15, sumergiéndose en una variedad de materias y actividades extracurriculares.
Los miércoles eran particularmente agitados para Yuko. Después de la mañana en la escuela, tenía otra sesión de clases por la tarde, seguida de una reunión con la banda de guerra de 15:00 a 18:30. Aunque la agenda era agotadora, Yuko encontraba energía en su amor por la música y su pasión por las actividades escolares.
Los jueves, su día comenzaba con una sesión de violín de 11:15 a 12:00, seguida de clases en el colegio hasta la tarde. Los viernes, tenía una clase de fotografía por la mañana, seguida de ensayos con la banda musical hasta la 13:00, y luego más clases en la tarde hasta las 18:30. Los sábados, participaba en la banda de guerra por la mañana, completando una semana llena de actividades escolares y extracurriculares.
Los domingos eran el único día de la semana que tenía libre, un breve respiro antes de comenzar otra semana llena de responsabilidades y compromisos. Aunque Yuko disfrutaba de su vida activa y ocupada, a veces anhelaba un descanso, un momento para relajarse y recargar energías.