Una Taza Medio Vacía
Año y medio frecuentando la misma cafetería, consumiendo el mismo café y el mismo postre.
Año y medio tomando asiento en la misma mesa, la tercera, del lado izquierdo, de la entrada al mostrador.
Año y medio en que ambos estaban sentados ahí, en una mesa alargada con dos sofás amplios donde cabían seis personas, a pesar de que solo parecían existir ellos dos, uno frente al otro, con su mismo café, su mismo postre, la misma mesa, sin faltas, cada lunes a las 4:45 de la tarde.
-Buenas tardes, ¿gustan ordenar?
-Lo de siempre.
Respondían los dos al mismo tiempo, sonrientes, y “lo de siempre”, siempre, era igual, porque tenían año y medio haciendo lo mismo.
Sanghyuk ordenaba un café Hawaiano junto a un muffin de zanahoria. Tomaba asiento en el lugar que tenía vista al ventanal, el exterior le era más interesante que la pantalla que quedaba a sus espaldas, aunque su total atención siempre se centraba en el chico sentado frente a él.
Wonsik ordenaba un café Capuchino junto a una tarta mini de manzana. Tomaba asiento en el lugar que tenía vista a la pantalla, le era más interesante que el exterior a través del ventanal que quedaba a sus espaldas, aunque su total atención siempre se centraba en el chico sentado frente a él.
Sanghyuk siempre tenía un brillo espectacular en sus ojos, los cuales estaban rasgados con una finura demasiado bella y coqueta, a lo que su mirada muchas veces podía camuflarse de divertida a traviesa. Sus labios, tan perfectos y bien formados, se curvaban felices hacia Wonsik, mostraba sus dientes en ratos, debido a la amplitud de sus sonrisas.
Wonsik veía con fascinación a Sanghyuk, a pesar de que sus párpados tuvieran una forma distinta, dando un aspecto entristecido a su mirada, ésta no lucía para nada triste cuando veía atento al otro. Le sonreía constantemente, y de vez en cuando dejaba soltar algún que otro suspiro dando a entender lo enamorado que estaba de él.
La sonrisa de Sanghyuk era amplia y llena de pena. La sonrisa de Wonsik era discreta y llena de dulzura.
Todos los lunes, sin falta a las 4:45 de la tarde, Sanghyuk y Wonsik se sentaban juntos en la misma mesa de la misma cafetería, ordenaban lo mismo para consumir mientras se veían a los ojos, mientras platicaban, mientras fingían ser discretos, pero no lo lograban. Fallaban con la discreción cuando comenzaban a tomarse las manos por sobre la mesa, cuando pasaban segundos enteros observándose a los ojos, cuando se hacían algún mimo sutil en el cabello del otro con el pretexto de acomodarlo, y luego, incorporándose silenciosos, acercándose apenas algunos centímetros, para darse besos pequeñitos en los labios.
Wonsik siempre sonreía antes de cerrar los ojos al momento de besarlo, porque Sanghyuk siempre cerraba los ojos primero antes de sonreír.
Sus bocas demostraban su felicidad todo el tiempo, y sus miradas decían más de lo que cualquier mesero u otro cliente pudiera escuchar y saber de ellos. Eran enamorados cómplices de sí mismos, eran enamorados sin remedio, envueltos entre tazas de café, risas, besos, abrazos, caricias y una rebanadita de postre para endulzarse la existencia.
-Buenas tardes… ¿Lo de siempre?
-Esperaré un poco, gracias.
Respondió Sanghyuk con una amable y tranquila sonrisa en su boca, atento en su móvil, el segundo lunes de agosto a las 4:50 de la tarde, Wonsik había tardado 15 minutos en llegar, al parecer, por un embotellamiento inesperado. Para el lunes siguiente, Wonsik había tardado 10 minutos, y para el siguiente, fueron 20. Los retrasos eran pequeños, y las anécdotas trágicas, como problemas en su trabajo, como mala suerte por encontrarse avenidas cerradas o ser detenido por un oficial de tránsito, cada lunes Wonsik comenzaba a tener una variable de retrasos que iban desde los 5 hasta los 30 minutos, pero a pesar de ello, Sanghyuk siempre se encontraba puntual, siempre sin falta a las 4:45 de la tarde, con un brillo esperanzado en sus ojos y una boca sonriente que besaba a su novio cuando al fin llegaba, escuchando atento sus problemas para llegar a la cafetería y dispuesto a brindarle el calor de su corazón para desentumirlo del invernal clima que atacaba la ciudad, tan de prisa, ese segundo lunes de diciembre.
-Hola, buenas tardes…
-Esperaré un poco. –Interrumpió antes de que le fuera dicho algo más. –Gracias. –Y sonrió.
-Claro, con permiso.
Era admirable cómo Sanghyuk daba alguna sonrisa en aquél momento. Vestía diferente el tercer lunes de diciembre, estaba peinado diferente, olía diferente, su apariencia, su expresión corporal, todo era en verdad diferente en él, llevaba en manos una cajita de regalo color avellana con un moño sutil en color azul cielo, jugaba con la cajita en ratos, cuando trataba de no enfocarse en su teléfono móvil, y varias veces tuvo el contacto de Wonsik en la pantalla dispuesto a llamarle pero por alguna razón no lo hacía… Ni pasados los veinte minutos, ni los cuarenta, ni una hora, ni una hora con quince, ni una hora con treinta, con cuarenta y siete, con cincuenta y ocho… Ni pasadas las dos horas con catorce, ni pasadas las tres horas con veintinueve minutos se atrevía a llamarle; tampoco sonreía al momento de decir “esperaré un poco más, gracias” cada que le era preguntado “¿lo de siempre?”. Pasadas exactas cuatro horas y veinticinco minutos de espera, siendo así las nueve con diez de la noche, Sanghyuk se había levantado al fin, dejando de estar empedernido sin moverse de su lugar en todo ese rato; lo hizo al notar la intención de que se le iba a preguntar una vez más si iba a pedir algo, lo hizo con el orgullo destrozado, con el corazón encogido, con la boca fruncida, mudo y con una mirada distinta. Ni su cabello, ni su ropa, ni el regalo, lo hicieron lucir especial, daba el aspecto de ser ese enamorado de corazón roto al quedarse abandonado en el lugar de siempre esperando por su persona especial. Daba el aspecto de que entendió que algunas veces quien daba más, era precisamente quien sufría más.
Esa noche se había retirado de la cafetería con la cabeza hueca y los ojos opacos.
Esa noche se empezó a esparcir la noticia de un accidente causado por un camión de carga que transportaba pintura, un efecto carambola a las afueras de la ciudad, cerca de la carretera, y efectos colaterales por tal inconveniente.
Al lunes siguiente tanto Sanghyuk como Wonsik estaban sentados en la mesa de siempre, puntualmente a las 4:45 de la tarde. Ambos no lucían como una pareja de enamorados que son cómplices y que se devoran a besos, ambos lucían culpables, temerosos, lastimados… Wonsik se sentía estúpido porque parecían excusas baratas todo lo que trataba de explicarle a Sanghyuk, el cómo terminó involucrado dentro de esa carambola aunque por fortuna, no había sufrido daño alguno salvo su auto, cosa que ahora tenía coherencia el por qué había llegado en taxi esa tarde; Sanghyuk se sentía estúpido por igual, entre que no sabía si creerle o qué rayos hacer. Ninguno se había tomado la molestia de comunicarse, tan fácil y sencillamente como lo era tomar el teléfono y realizar una llamada… E incluso si eran una grandiosa y fiel pareja de enamorados, era curioso que durante una semana no se hubieran contactado. O que tardaran una semana en aclarar, de frente por fin, cualquier malentendido que pudo pasar siete días atrás.
Parecía estar todo bien, habían pedido lo mismo de siempre, como cada lunes, y aunque los ojos de ambos querían plasmar al contrario aquél bellísimo amor, no lo lograban con facilidad. Para Wonsik era más fácil ponerle atención a la pantalla frente sí, para Sanghyuk era más fácil mirar hacia el ventanal. Así, hasta despedirse juntos en la entrada de la cafetería, sin tomarse las manos, apenas dándose un pequeño beso en la boca antes de que Wonsik subiera al taxi que había pedido.
-¿Lo de siempre?
-Gracias, esperaré un poco.
El entusiasmo había regresado a Sanghyuk una vez más, el quinto y último lunes de diciembre, por ende también de ese año. Había regresado a la ropa nueva, al peinado elaborado en su corto cabello negro, a traer en manos ese regalo que lucía todavía intacto. Eran solo cinco minutos de retraso, eran solo quince, solo treinta… Solo sesenta minutos de retraso, solo una hora con cuarenta, dos horas y treintaidós minutos tarde… Tres horas con diecisiete minutos tarde… Pasadas cuatro horas y veinte, había tomado el coraje de llamarle, pero no contestaba. Insistió ocho veces, cada una de ellas con mayor pena, quizás porque se daba cuenta que lucía como un estúpido al ser plantado dos veces por su amado novio.
Quiso seguir esperanzado a verlo llegar, por eso veía al ventanal con una desesperación ingrata en sus ojos, por eso tomó el teléfono y escuchó los audios que le eran enviados, secretamente, con el volumen bajo y pegando la bocina del teléfono a su oído derecho para ser el único en escuchar las palabras de Wonsik. Tenía miedo que algo le hubiera pasado, porque con la mala suerte que se cargaba el chico, seguramente ahora algo terrible sí le había ocurrido.
A las puntuales cinco horas de retraso, Sanghyuk estaba sentado en la mesa de siempre, en la cafetería de siempre. Su rostro estaba directo hacia el ventanal que ya tenía el borde inferior cubierto de nieve por la parte externa, sus irritados ojos no estaban enfocados del todo, su boca ya no sonreía, sus manos dejaron de tocar el teléfono y el regalo que llevaba estaba al centro de la mesa, siendo ignorado en todo sentido.
Nadie se atrevía a acercarse a preguntarle “¿gusta ordenar algo?”, y la persona que le atendía siempre cada lunes tampoco tomaba el coraje de acercarse a preguntar “¿lo de siempre?” porque le daba miedo que Sanghyuk reaccionara de una mala manera. Y era porque lo emanaba desde algún punto entre todos esos audios, era como si Sanghyuk se hubiera marchitado, quebrado y vuelto cenizas ahí frente a todos, con un adorno neón que dictaba “el imbécil más grande del mundo” y que lo señalaba.
Pasadas las seis horas y diez minutos eran ya las 10:55 de la noche, había 300 segundos en cuenta regresiva para que la cafetería cerrara, y todos los empleados realizaban su rutina de limpiar mesas, piso, apagar televisores, todo eso, para cerrar de una vez. Todos los empleados trabajaban su rutina como si Sanghyuk no estuviera ahí presente, sentado todavía como si estuviera esperando a Wonsik, aunque quizás, en verdad, en el fondo, en su corazón, ya no sucedía así.
-¿Le vas a hablar? –Secreteó Hakyeon, el jefe de los baristas, mientras alistaba su delantal y lo guardaba en su perchero de siempre, el primero de derecha a izquierda, en el área de personal. –Ya vamos a cerrar, faltan dos minutos.
-Sí, yo… Yo le digo.
-Oye, antes de irte, no olvides llevarte tu muffin de zanahoria y tu café hawaiano, los guardé para ti.
-Gracias, Hakyeon.
-Le escribí una notita, traté de imitar tu letra lo mejor posible. No vayas a quitarla, ¿bien?
-¿Qué?... P-pero…
-Hongbin, tu rostro se ha iluminado desde la primera vez que ese chico ha venido aquí, ¿acaso me crees idiota y que no me doy cuenta? Taekwoon, Jaehwan o yo te lo hemos podido quitar como cliente, pero sabemos que mueres a que sea lunes por la tarde para atenderlo, siempre dejamos que seas solo tú quien tome su pedido.
-Y-yo… Ah…
-Once en punto. –Señaló severo. Sin notarlo, él traía en mano mi delantal y acababa de acomodarme el cuello de la camisa. –Llévale un café y hazle plática al menos, no tuvo un buen día. Y recuerda no quitar la nota. Hasta mañana.
Y bueno… Ahí estaba yo, siendo empujado por mi jefe hacia Sanghyuk. Sí, él era el cliente que me tocaba atender cada lunes a las 4:45 de la tarde, como una maravilla y una tortura por igual, durante ya casi dos años y medio, todo el tiempo, sin poderle hablar más allá de un “¿lo de siempre?” y “hasta luego”. Por políticas no podíamos hacer muchas cosas, nada de noviazgos entre empleados, nada de interacciones con clientes incluso si acababa nuestro turno, o al menos no dentro de la cafetería. Entre eso y entre los besos que se daba con Wonsik, vaya… No tuve valor para hacer algo jamás.
-Buenas noches. –Traté de saludar, Sanghyuk había parpadeado repetidas veces antes de ignorarme, mirando la cajita de regalo y soltando un suspiro. –Eh… Disculpa, pero ya hemos cerrado.
-Sí. –Se levantó sin ganas, y su mano errática pensó en tomar el regalo, luego en abandonarlo, así repetidas veces sin saber qué hacer, hasta finalmente tomarlo consigo. –Con permiso.
Hakyeon me hizo una señal de que fuera tras él cuando Sanghyuk salió de la cafetería. Le hice caso, por impulso, o por temor de mi jefe. Sanghyuk apenas había dado algunos pasos hacia la izquierda, de diez a quince, a lo cual no se me complicó alcanzarlo, ahora, quizás con el valor suficiente solo para decirle “la casa invita” y entregarle el café con el postre que traía en mano, pero al llegar a su altura, y tratar de hablarle con un torpe “hola, disculpa…”, logré verlo un poco mejor, casi de frente por haberme adelantado dos pasos; los opacos e irritados ojos de Sanghyuk ahora estaban rojos y acuosos, bastándole un parpadeo para que le escurrieran cinco lágrimas al instante, dos en su ojo izquierdo, tres en su derecho, lágrimas gruesas y pesadas, lágrimas que terminaron de destruirlo, mirándome con la humillación encajonándolo en un hueco pequeño sin escapatoria frente a mí, trató de detenerse, de no llorar, de evitarme, de escapar, pero estaba tan perdido que solo pudo mirar a los lados, con su labio inferior temblando y el hipeo de su llanto reprimido haciendo estragos su cuello, sin tener noción del habla, desconociendo qué hacer o decir.
-… Perdón. –Pedí honesto, realmente pedía perdón por muchas cosas quizás, la principal, por no saber qué hacer para hacerlo sentir mejor y que recuperara una vez más una sonrisa en su boca. –Perdón, por ser entrometido… No has comido nada, y creí… Yo… Ah, creí que podría… Darte… Esto. –Sabía que no era ni siquiera un buen intento por hacerlo sentir mejor, pero Sanghyuk no me dejaba la cabeza estable y verlo de ese modo me puso en un estado de crisis similar.
Sanghyuk miró la cajita de plástico transparente que llevaba en la mano izquierda, como un contenedor con agarradera donde había dos espacios exactos para una bebida y el compartimiento para el postre, aunque el muffin estaba algo aplastado al estar tan esponjado. Luego miró a sus manos, la derecha apretó inconscientemente el regalo, y trató de secarse las lágrimas inútilmente antes de sollozar un poco más, con las manos temblorosas ahora, apretando con algo más de fuerza esa entristecida caja que jamás llegaría a su destino, luego el objeto cayó en la nieve, de medio lado, algunos copos empezando a cubrirlo con pereza impregnándose en la tela del moño celeste.
Mis ojos se volvieron rápidos, del regalo a él, se veía avergonzado hasta las entrañas, con sus cejas curvas en angustia, con su diestra cubriendo parte de su rostro, principalmente sus labios que estaban fruncidos, se sorbió la nariz, iba de un lado a otro en su mismo eje, queriendo desaparecer de mi vista, se le notaba en la colorada cara. Abrí la boca, quería decirle algo pero no sabía qué, pasé saliva al momento de acercarme un paso más a él… “Perdón” quería decirlo, quería disculparme y no entendía por qué, cuando la letra P apenas estaba asomándose en mi boca, Sanghyuk agachó la cabeza, apretó con fuerza sus ojos y boca en lo que su garganta volvía a convulsionar, su cabeza negaba débil, se estaba rompiendo ahí frente a mí, sin fuerza alguna, desquebrajado, agrietado, pedazos pequeños de él volviéndose polvo y cayendo a la nieve.
Cuando tomé el valor de acercarme más a él, teniéndolo solo a unos treinta centímetros de distancia, Sanghyuk cedió. Quizás ambos lo habíamos pensado al mismo tiempo, quizás lo notamos o lo necesitábamos… Como fuera, haberme acercado así a él me permitió abrazarlo y lo hice, con toda la natural y cálida fuerza que mis brazos lo permitieron, sus manos me estrujaron la chamarra por la espalda y su llanto, ahora libre sin pudor, me golpeaba el pecho, penetraba en mis oídos. Un berreo tras otro, un ahogamiento constante… Me rompía escucharlo así, verlo así, sentirlo así.