Capítulo 1
Los días de Gustavo estaban contados, pronto moriría. No sabía cómo, aunque eso no importaba; sólo creía que así encontraría paz y podría descansar. Tal vez fuera un accidente, quizá no, pero estaba seguro de que no le quedaba mucho tiempo por delante.
Ni en sus sueños se esfumaba ese pensamiento, era persistente y, en algunas ocasiones, brillaba con más fuerza. En especial cuando Ana estaba frente a él con esa enorme sonrisa y el campo interminable a sus espaldas. Conversaba con ella sobre todo lo que no podía hacer con nadie más. Ana lo escuchaba sin borrar la sonrisa, sujetaba su mano y lo invitaba a recostarse en su regazo.
Gustavo sólo tenía que extender las manos para sentir el césped bajo su piel. Cerraba los ojos, arrullado por la poesía de Ana y era feliz en ese mundo imaginario donde el dolor no podía alcanzarlo. Porque en sus sueños Ana estaba viva, el calor de su cuerpo lo envolvía y también podía disfrutar de sus besos tímidos. Ahí, en su cabeza, Ana no murió por su culpa.
Ella lo miró desde arriba. Gustavo sonrió al notar cómo el sol proyectaba sombras en el rostro moreno. Era tan hermosa que siempre recordaba todas las ocasiones que la chica capturó su atención cuando todavía no se conocían.
Él percibió una sacudida en su cuerpo, mas resistió.
—Debes despertar —dijo Ana y apartó los mechones castaños de la frente de Gustavo—. Despierta.
—No.
Su cuerpo volvió a sacudirse y la imagen de Ana se desdibujó por unos instantes.
—Despierta, Gus.
—No quiero.
Ana empujó el cuerpo del chico y éste se incorporó a regañadientes. Sin embargo, volvió a sentirse bien cuando las manos de la chica sujetaron su rostro y lo besaron.
Los labios de Ana eran los más dulces que había probado, los primeros que lo besaron con amor sincero. Disfrutaba de la forma suave en que su boca se movía sobre la suya y el rubor que continuaba en el rostro moreno cuando se apartaba.
—Despierta…
—Quiero quedarme aquí, contigo… —dijo él y tomó la mano de la chica—. Déjame quedarme aquí.
—Tienes trabajo.
Era verdad, pensó Gustavo. El peso de la realidad nubló el perfecto cielo azul y su cuerpo percibió otra sacudida.
—Te amo, Ana —susurró él bajo el cielo gris.
—Yo también te amo, Gustavo.
Él se acercó más a Ana. Analizó su delicado rostro, las pestañas largas y la sonrisa que ahora siempre la acompañaba. En los recuerdos de Gustavo, Ana sólo lloraba por algo que él hizo; en sus sueños siempre estaba feliz.
—Despierta… —susurró ella y su voz se esfumó en medio de la oscuridad que envolvió a Gustavo.
Los ojos del chico contemplaron el toldo que estaba por arriba de su cabeza. La música hacía vibrar los vasos sobre la mesa y hasta el sillón donde dormía. No se movió, continuó así por un momento para recordar la suavidad de la piel de Ana y sus besos cálidos que todavía saboreaba en sus labios.
—¡Pensé que te habías muerto! —gritó un chico a un costado.
Gustavo giró el rostro hacia éste.
—Por desgracia, no.
El chico se inquietó bajo la mirada molesta de Gustavo, pero éste odiaba que sus conocidos lo trataran con familiaridad; eso estaba reservado para sus amigos. Supuso que su expresión demostró la hostilidad que hervía en su sangre, porque el chico desvió la mirada y se sirvió un poco de ron en un vaso desechable que estaba sobre la mesita.
—Es que ya casi debes subir… —añadió el mismo chico a modo de disculpa—. Me pidieron que te despierte.
Gustavo suspiró. Ya no era el alma de las fiestas y odiaba ser sociable, prefería quedarse encerrado en su estudio improvisado donde había compuesto las canciones que estaban ayudándolo con su investigación. No obstante, sabía que también necesitaba de estas cosas si quería obtener resultados.
—¿Cómo puedes dormir con todo este ruido?
«Porque estaba solo, sin pendejos como tú», quiso responder Gus, mas hizo acopio de la poca amabilidad que todavía quedaba en su cuerpo.
—Mis sueños son mejores que mi realidad.
Percibió su voz ronca y cansada, menos mal que lo suyo no era cantar.
—Qué intenso —opinó el chico—. ¿Quieres tomar al…?
Y la pregunta murió, todos sabían que Gustavo estaba en rehabilitación.
—¿Tienes agua?
—Sí… Debe haber una botella de agua por algún sitio.
El chico se alejó en busca de la bebida, Gustavo supo que no encontraría; era más fácil tomarse una cerveza que encontrar agua en un rave. No importaba, fue una excusa para volver a quedarse sólo. Él solía llevar su propia agua en la mochila que descansaba a sus pies.
La música electrónica flotaba su alrededor. Reconoció las canciones, pues el chico era un DJ conocido en Cancún. Era bueno, mas la organización del evento consideró que Gustavo era mejor. Su nombre estaba en letras medianas, era el único de ese tamaño en todo el cartel, sólo superado por las letras gigantes del productor musical de Canadá que se presentaría después de él como acto principal del evento.
Gustavo pudo ser un DJ, no complicarse con la creación de música y todo lo que eso implica, mas su lado creativo se negó. Todo empezó como curiosidad porque quería crear algo similar a lo que tanto disfrutaba escuchar y las cosas tomaron su rumbo. Pronto comprendió que sería su pase directo para averiguar quiénes asesinaron a Ana.
Ya sospechaba, la misma investigación oficial arrojó su mayor pista, una que descartaron casi de inmediato. El caso se cerró con un chivo expiatorio que hasta la fecha estaba en prisión pagando por un crimen que no cometió. La familia del hombre había realizado manifestaciones, divulgado en las redes sociales la injusticia y todo lo que estaba a su alcance para liberarlo, pero nada había funcionado. Gustavo se mantuvo ajeno, tenía sus propios problemas y si encontraba a los verdaderos culpables también ayudaría a ese hombre.
Por eso Gustavo tenía que apartar su lado asocial para mezclarse en las fiestas que fueron su razón de vivir por un tiempo. Cada fin de semana pasaba las pruebas más duras mientras la cocaína desfilaba frente a él. Presenciaba cara a cara la euforia de otras personas al inhalarla, incluso podía sentir la incomodidad en la nariz como si en cualquier momento fuera a tener una hemorragia nasal. En muchas ocasiones sus manos temblaban y se sentía a punto de flaquear. Era cuando se alejaba en busca de aire fresco y sólo se intoxicaba con el vaporizador. Ya sabía que lo ideal era que estuviera lejos de cualquier adicción, pero no era tan fuerte. Además, sólo necesitaba sobrevivir lo suficiente para descubrir a los verdaderos asesinos de Ana.
Gustavo sacó su botellón de agua y bebió un trago. Era el único que se mantenía apartado mientras los demás celebraban en grupos. Al principio intentaba incluirlo, es decir, era Gustavo y una fiesta no era fiesta sin él. Sin embargo, pronto comprendieron que ese Gustavo ya no existía, en su lugar quedó un ser antipático y con mal carácter que prefería la soledad.
—¡Qué bueno que encontraste agua porque no queda ni una botella! —comentó el chico cuando regresó.
Gus suspiró, notó que su interlocutor no era muy brillante.
—Sí, un milagro —sonrió y señaló con la cabeza hacia el escenario—. ¿Falta mucho?
—Unos cinco minutos, ¿vamos?
Se encontraban a espaldas del escenario. Gustavo ya se había acostumbrado a que todos gritaban ahí para hacerse escuchar, mas él lo evitaba; si lo escuchaban bien y si no igual.
Él se incorporó, se colgó la mochila al hombro y subió la capucha de su sudadera negra. El chico que iba delante de él era parte del staff del evento, solía verlo seguido. Sabía que era el novato y que lo mandaban con él porque nadie soportaba la actitud mal humorada de Gustavo.
El novato no era muy alto. Gus calculaba que debía llegarle hasta la barbilla. Poseía la piel bronceada, pero de ese tono en el que parece que ya nunca recuperará su color natural. El cabello era rubio y rizado. Sus ojos marrones claros. Era uno de los chicos simpáticos del staff que conseguía chicas sin esforzarse mucho, aunque Gus sabía que en esos eventos las drogas facilitaban el sexo con cualquiera.
—¿Vas a tocar o fingirás que tocas? —preguntó el chico cerca del oído de Gustavo cuando se detuvieron a un costado del escenario—. Este cabrón sólo finge.
—Tocaré.
El chico asintió, parecía feliz con la respuesta.
—Me gusta mucho tu estilo… ¿Es cierto que te contactó una disquera?
¿Una? Gustavo ya había rechazado tres. Henrik, el guitarrista de MalaVentura y uno de sus mejores amigos, había iniciado su propia disquera en compañía de los miembros de su banda y otros amigos. En una plática casual el guitarrista insinuó que sería maravilloso tener a alguien como él en la disquera, Gustavo fingió demencia. No podía volverse tan famoso, debía tener un tope o los compromisos lo sacarían de Cancún y él no podía permitirse eso. Todo lo que necesitaba estaba ahí y después de obtenerlo ya no quedaban razones para vivir.
—No, ¿quién te dijo eso?
—Es de lo único que se habla hoy —respondió el chico y señaló hacia un grupo de personas que conversaban—. Ellos me contaron.
Gustavo los miró de soslayo. No eran sus amigos, aunque recordaba que se acostó con las tres chicas que estaban ahí y con los dos chicos también; con estos últimos al mismo tiempo. Su época dominaba por las drogas fue bastante desenfrenada y a veces sentía que ya había acumulado experiencias suficientes para cinco vidas.
—Te mintieron. —insistió Gustavo. El chico pareció indignado, Gus se sintió mal por él. Era el único pobre diablo que trataban como basura por ser novato.
—¿Cómo te llamas?
—Alexis.
—Alexis, mucho gusto. —Extendió la mano hacia él—. Soy Gustavo.
—Lo sé… —dijo y aceptó el apretón de manos—. Todos te conocen.
—Sí, pero no me había presentado contigo.
Gustavo rompió el agarre y echó un vistazo hacia el escenario. El DJ había terminado y estaba recogiendo sus cosas; mientras tanto se reproducía una canción de Chris Lake.
—Ya puedes subir —avisó Alexis y revisó su celular—. Tienes cuarenta y cinco minutos.
Gus recurrió a su lado amable para no decirle que ya sabía eso; se limitó a asentir y subir al escenario. Saludó con un asentimiento al DJ que salía y ocupó su lugar detrás de la mesa donde estaba todo el equipo.
Conectó sus audífonos, guardó su botella de agua de regreso en la mochila, y sacó la USB donde estaban las pistas que utilizaría para conectarla en la computadora. No le gustaba admitir que cuando estaba ahí se sentía bien y por esos minutos la vida no apestaba tanto; prefería repetirse que sus sueños eran un sitio mejor al cual volver cada noche.
La primera vez que se enfrentó a un controlador creyó que jamás aprendería para qué servía cada botón o perilla; con el tiempo empezó a resultarle tan sencillo como usar el control de la televisión. No fue un milagro, ni porque tuviera un talento escondido para la música, sino que practicaba días enteros. Gus sabía que no contaba con mucho tiempo, necesitaba encontrar a los asesinos de Ana. Así que volcó toda su voluntad en convertirse en un productor musical que mereciera ser invitado a eventos importantes. Por supuesto que ayudó su posición social y su popularidad, todos en Cancún lo conocían y, si no era así, era porque vivían bajo una piedra. Lo único que muchos ignoraban era que Ana fue su novia, eso sólo fue del conocimiento de algunos, y con los años hasta habían dejado de mencionar a la chica; Ana se convirtió en un número más en las estadísticas sin nombre ni identidad.
Ana no fue su novia porque nunca se lo pidió, pensó con amargura mientras conectaba sus audífonos, pero le gustaba referirse a ella de esa forma sin importar que ya no tuviera sentido hacerlo.
Gustavo se quitó la sudadera negra. Su piel blanca, los ojos grises, el cabello revuelto y el tatuaje de tres cruces en el cuello llamaron la atención de varios que bailaban frente al escenario. Un par gritó su nombre, él los saludó con una sonrisa fingida y continuó acondicionando sus cosas.
Todavía se rehusaba a usar playeras de manga corta, pues sus antebrazos quedaron con cicatrices después de inyectarse por mucho tiempo; sin embargo, esa no era la única razón para que continuara escondiendo sus brazos. Superar las adicciones no era sencillo, quedaban secuelas y, en muchas ocasiones, la mente era tan dañina que te obligaba a hacer cosas para controlar la ansiedad. Gustavo adquirió un mal hábito durante un tiempo, uno que lo dejó con más cicatrices en los brazos y sobre las que nunca hablaba, mucho menos enseñaba a alguien más. Él ya se había acostumbrado a esas líneas pálidas que decoraban la piel de sus brazos, pero sabía que las personas no comprenderían la extraña relación que tenía con su lado autodestructivo; por lo que consideraba que era mejor esconderlas de la sociedad. No importaba que su físico ya no fuera el de un chico flacucho y débil, como lo dejaron las adicciones, y que pudiera presumir de su cuerpo trabajado; era mejor la discreción.
Gustavo se había convertido en un chico activo, por algo tenía el cuerpo definido. Tomó un tiempo clases de defensa personal, entrenaba casi todos los días en el gimnasio o, si no estaba de ánimos para levantar pesas, salía a correr. Hacía cualquier cosa necesaria para terminar agotado y dormir por las noches; sólo en sus sueños regresaba con Ana. Además, sabía que necesitaba fuerza física para salir airoso de la única meta en su vida; después de eso ya nada importaba, sólo necesitaba sobrevivir el tiempo necesario.
Nunca pensó que lo poco o mucho que aprendió de teoría musical cuando tocaba el bajo eléctrico serviría para algo. Incluso incluía grabaciones propias con ese instrumento y algunas vocales suyas o de Luz, sólo que cuando la chica lo ayudaba tenía que pasar un rato editando el audio porque no nació para cantante.
Él no solía hacer una presentación ni nada cuando era su turno de tocar. Algunos apagaban las luces e iniciaban con su mayor éxito o hasta decían algo en el micrófono; Gustavo no tenía interés en nada de eso. Simplemente ajustaba el tempo de la canción predecesora y proseguía con una propia, eso sí, se iba directo a la más famosa; esa que lo catapultó al éxito y que hizo girar la atención de algunas disqueras hacia su paraíso en el caribe.
Gustavo no necesitaba más. El inicio de su canción consiguió una ola de gritos y aplausos, hasta los más despistados giraron hacia el escenario que se levantaba en medio de la gran explanada al aire libre. Las pantallas a los lados mostraron una serpiente, quizá era la única vanidad que se permitió, sólo porque en sus sueños a veces se veía como una serpiente rodeando el cuerpo inerte de Ana. El animal dibujado asomaba con colores psicodélicos mientras se arrastraba; él mismo hizo el video. Había empleado bien su tiempo bajo el radar, esos meses en que nadie supo de él.
La primera vez que se presentó en vivo le preguntaron por su nombre artístico, él no pensó en nada de esas cosas porque las consideraba ridículas; así que lo presentaron como Gustavo. Sin embargo, Henrik lo regañó y Gustavo tenía que admitir que si alguien sabía del medio era él. Así que el guitarrista lo bautizó como Gustaf.
Gustavo no era de bailar ni saltar o hacer cualquier expresión alegre mientras tocaba. Ya todos lo sabían, intentaban incitarlo con gritos o bailes provocativos, pero se mantenía impasible con la atención en lo que hacía. Podían juzgarlo de mal humorado, mas no de despistado porque sus sets eran perfectos.
Su fama abrupta fue por la canción que compartió Henrik, desde eso había logrado mantenerse. Apenas tenía un par de meses, podría decirse que fue un milagro o así lo consideraba él. Tenía un tiempo trabajando en esa canción, la compartió con el guitarrista y éste la usó de fondo en un video de Eric, su primo, haciendo parkour; los comentarios enteros, por primera vez, no fueron sobre lo buenísimos que estaban los primos, sino preguntando por el nombre de la canción. La oferta de la primera disquera llegó un mes después y la de la segunda apenas unas semanas atrás.
El género que más usaba en su música era el dance, pero no tenía miedo de experimentar. Nadie podía decir que su música no tenía identidad, Gustavo por sí solo era un personaje y, por lo tanto, todo lo que creaba nacía con su sello personal.
Las personas bailaban frente al escenario que estaba resguardado por una valla y varias personas de seguridad. Conocía a la mayoría de los que estaban ahí, en algún momento se drogó con ellos y rieron por cosas que sus cerebros imaginaban. Eran recuerdos muy vívidos que ahí, con la música a todo volumen, las máquinas de humo y la euforia flotando, lo hacían extrañar esa irrealidad a la que sólo se podía acceder con alucinógenos. En el fondo los envidaba por continuar con ese estilo de vida, era más sencillo vivir así.
En medio de la multitud percibió una mirada intensa sobre él. Paseó la vista sobre las personas que bailaban entre brincos o agitando las manos sin sentido. Las luces de colores, en medio de la noche, dificultaban distinguir con claridad los rostros de las personas que estaban a más de tres filas de la valla. Recorrió varias veces todas esas caras conocidas hasta que descubrió a la dueña de esa mirada, era Karenina.
«¿Qué hace la hermanita de Máximo aquí?», se preguntó contrariado.
Necesitó espabilarse para hacer el cambio a la siguiente canción y cuando levantó la vista ya no la encontró en el mismo lugar.