1. Hogwarts, 1993
Capítulo 1: Hogwarts, 1993.
Rosalind Lupin podía asegurar que amaba su vida tal y como estaba en ese momento. Su amado padre, Remus Lupin, al fin tenía un trabajo digno, como siempre se lo había merecido. Además contaba con el amor de su padre y sus abuelos paternos, y se sentía dichosa al decir que los Weasley eran una familia más para ella.
Tenía buenas notas en casi todas las materias (porque con Snape como profesor de Pociones, no podría conseguir más que un Supera las Expectativas) y era cazadora del equipo de Quidditch, y una realmente buena.
Y no nos olvidemos que Cedric Diggory, probablemente el chico más guapo de toda la escuela, la había invitado a salir.
Rosie debería sentirse en las nubes, y en verdad lo estaba. Si no fuera por una sola cuestión que la tenía inquieta desde que inició el año escolar, la cual la tenía atrapada entre un mar de estudiantes durmiendo en el Gran Comedor.
Sirius Black había atacado el cuadro de la Dama Gorda (y maldición, Rosalind no podía culparlo por eso, si que era molesta). Según los rumores, estaba intentando matar a Harry Potter en nombre de su Señor Oscuro. Esa era la razón por la que había escapado de Azkaban.
Giró el rostro hacia su derecha, donde a un metro de distancia pudo ver a Harry durmiendo en su saco de dormir, junto con Ron y Hermione. Decir que Rose estaba preocupada por él era poco, lo consideraba su hermanito menor desde el momento en que lo conoció y le dijo que sus padres habían sido mejores amigos en Hogwarts. Desde que se conocieron, Rosie llevaba a Harry a su casa en vacaciones, una semana antes de que ambos se fueran a pasar el resto de las vacaciones con los Weasley.
Si fuera por ella y por su padre, Harry viviría con ellos, pero no tenían suficiente dinero para mantener a una persona más, y tampoco podían desobedecer las órdenes de Dumbledore. Así que Rosie se conformaba con arrebatarlo de las crueles garras de sus tíos una semana aunque sea.
— No le pasará nada, Rosie, duerme de una vez.
El susurro vino de parte de George, su mejor amigo, acostado a su izquierda.
— Si, pulga, hasta extraño tus ronquidos —objetó Fred, su otro mejor amigo, desde su derecha.
Rosie estiró la mano, golpeando con fuerza su saco de dormir. Casi se ríe ante el quejido que soltó.
— Yo no ronco. Y basta de decirme pulga.
Los tres amigos se quedaron en silencio, ya que tampoco querían molestar a los demás. Sobre todo a Lee, al lado de George, que era de sueño ligero.
Rosalind sonrió, pensando en su apodo. Fred, George y Lee solían decirle pulga porque era pequeña y siempre tenía energía de más. Energía que descargaba en el quidditch.
Quería culpar de eso a la licantropía de su padre, pero como no tenía ningún otro signo heredado de la licantropía, dudaba mucho que su hiperactividad se debiera a eso.
Mientras divagaba en lo interesante que sería tener algunos rasgos lobunos de su padre, Rose se quedó dormida. Solo que como todas las noches, no durmió sin sueños.
Algo que deberían saber sobre ella, es que Rose es vidente. De los de verdad, como los videntes africanos, no como la fanfarria que hacía la profesora Trelawney.
Y no es que quisiera hablar mal de su profesora, quien quizás era la única que podía entenderla en cierto punto, pero Trelawney tenía una fijación con las tragedias que a Rose le parecía teatral. Quizá se debía al hecho de que notaba en ella que su tercer ojo menguaba, y no estaba abierto como el de Rose día y noche sin detenerse.
Rose era de los pocos magos en Gran Bretaña con el don (y la maldición) de la videncia. Y usa la palabra "maldición" por que ya no recuerda noche en la que duerma donde una visión no le interrumpa el sueño. A veces de manera momentánea y banal, como la forma en la que se moverán las escaleras a la hora del almuerzo o si Filch atrapará a una pareja en un aula divirtiéndose.
Pero otras veces tiene visiones más concretas, como cuando vivió como si le hubiera pasado a sí misma, el momento en que Hermione fue petrificada por el basilisco el año anterior. O todas las veces que se despertó agitada con el sentimiento de que Harry estaba en peligro, como aquella noche en su primer año que se encontró con Voldemort en el Bosque Prohibido.
Había otro tercer tipo de visión, el más raro de todos y el menos frecuente (podía contar con los dedos de una mano las veces que le había ocurrido), que eran sus visiones estando despierta.
Esta vez era el segundo tipo de visión, podía sentirlo. Como si el aire a su alrededor se espesara y se cargara de magia. En esos momentos, se sentía como si fuera un hombre lobo como su padre, por que sus sentidos se agudizaban hasta límites impensados, notando hasta el mínimo cambio en el ambiente.
Se encontraba en Hogwarts, reconocería los pasillos hasta con los ojos cerrados. Pero era de día, y el pasillo estaba desierto excepto por un chico de su edad parado frente a ella.
Tuvo que levantar la cabeza para observarlo bien, ya que era por lo menos una cabeza y media más alto que ella. Cuando al fin vio su rostro, se fijó primero en la sonrisa más encantadora que había visto nunca. Luego en el cabello oscuro que le caía hasta la altura de su mandíbula definida, enmarcando unos preciosos y magnéticos ojos grises. Tan parecidos al color de los Malfoy, pero por alguna razón, estos transmitían una calidez que los fríos Malfoy jamás podrían replicar.
Tardó un poco en darse cuenta, por que est atractivo chico frente a ella no podría parecerse menos al Sirius Black maltrecho de su realidad que aparecía en los carteles de búsqueda. Pero recordó haber visto su rostro en la fotografía mágica que su padre tenía guardada de sus amigos, escondida en el cajón de su mesa de noche.
El chico abrió la boca para decirle algo, acercándose un paso. Sin poder evitarlo, como si un imán los uniera, Rose se acercó hacia él. Su voz era masculina y armoniosa, como todo él.
— Ayúdame Rose, descubre la verdad.
Rose se sintió confusa, pero antes de que pudiera preguntar algo, detrás de él aparecieron tres chicos más. Le impresionó más ver a su padre de joven que a James Potter y Peter Pettigrew, la verdad.
— Descubre la verdad, Rosalind —comenzaron a repetir los otros tres sin cesar.
James Potter se acercó hacia ella y le mostró el collar que tenía puesto. Lo miró bien, notando que no era un collar, sino un giratiempos.
Jamás había visto un giratiempos en persona, solo dibujos en sus libros de texto al respecto, y se detuvo a observar que tenía grabado un número. 1976.
Cuando se quiso dar cuenta, los Merodeadores restantes se habían acercado hasta rodearla. Sirius Black se encargo de quitarle el giratiempos a James y se le coloco a Rosalind con suma delicadeza, logrando que un escalofrío la recorriera donde las yemas de sus dedos tocaron su cuello.
El cabello de Black le hizo cosquillas en la mejilla cuando se inclinó para murmurarle al oído.
— Tú eres la única capaz de salvarme —y le señaló de vuelta el número en el giratiempos.
Lo último que vió antes de despertarse agitada fueron los ojos expectantes de los cuatro chicos frente a ella.
El pecho le subía y bajaba con fuerza, más no emitió sonido alguno, consciente que no debía despertar a nadie. Se apoyó sobre sus antebrazos, dándole un vistazo a la habitación.
Debía ser muy tarde, ya que no se escuchaban las típicas risitas de conversaciones dispersas, solo algunos ronquidos a la distancia. Todos parecían estar profundamente dormidos, y no vió a ningún prefecto ni profesor por el salón.
Se detuvo un momento a pensar en lo que estaba por hacer. ¿Realmente iba a hacerle caso a la tonta visión sobre un asesino psicópata? Era una completa locura.
Pero alto en su interior tiraba de ella, como diciéndole que se pusiera en marcha, que no había tiempo que perder. Jamás le había fallado una de sus visiones, pero no entendía por qué tenía que ayudar a Black.
¿Habría algo más en esta historia que su magia quería mostrarle? Su instinto le decía que si, y este nunca la había guiado mal antes.
Sin atreverse a pensarlo más, salió silenciosamente de su bolsa de dormir y caminó de puntillas hacia la puerta. Le rezó a todas las divinidades que conociera, mágicas y muggles, no cruzarse con ninguna autoridad.
Por suerte así ocurrió, y tan silenciosamente como había caminado hasta allí, susurró ante la gárgola:
— Tarta de Melaza.
Esperó a que la gárgola se moviera formando la escalera en caracol que la llevaría al despacho del director Dumbledore. Se sabía la contraseña por que usualmente compartía sus visiones con el profesor Dumbledore, algunas veces incluso lo había hecho antes de entrar a Hogwarts según le había contado su padre. Rose no lo recordaba, tiene visiones desde que aprendió a hablar, pero eso no significa que recuerde las visiones que tenía a los tres o cuatro años.
Ser vidente, aunque cueste creerlo, no significa tener una mente con infinita memoria o conocimiento. Ya le gustaría a Rose poder aprobar sus exámenes sin haber estudiado más que leyendo una sola vez los libros.
En cuanto la escalera terminó de formarse, subió de dos en dos los peldaños. Cayó en cuenta al notar el despacho a oscuras, a excepción de unas pocas velas y las plumas llameantes de Fawkes, el fénix de Dumbledore, que Dumbledore probablemente estaría buscando a Sirius Black.
Los profesores habían salido en la búsqueda del prófugo, por si seguía merodeando el castillo.
Un escalofríos le recorrió la espalda de pronto, y dirigió una mirada nerviosa a su alrededor. ¿Y si Black se había escondido en el despacho de Dumbledore y ahora estaba encerrada con un asesino? Para subir necesitaba una contraseña, pero no sabía de que sería capaz.
Aunque sería muy tonto esconderse en el despacho del mago más poderoso de su época, cosa que comprobó al revisar la oficina con cautela. Black no era tan tonto.
Como al parecer ni Dumbledore ni Black se encontraban en el lugar, se sentó en el sillón al lado de Fawkes, a esperar que el director volviera. Le acarició vagamente la cabeza al precioso fénix que se acurrucó sobre su mano y luego se acomodó mejor en el asiento. Sería una larga noche...
Y fue tan larga que se despertó horas después por una leve sacudida en su braz. Se incorporó con rapidez, con las mejillas rojas de vergüenza. El director de Hogwarts estaba frente a ella, con ojos cansados pero amables hacia su persona.
— Siento molestarlo profesor, buenos días.
Dumbledore le sonrió con amabilidad, sentándose a su lado. Le indicó con la mano hacia la mesita frente a ella, donde había dos tazas humeantes de té. Dumbledore la conocía tan bien que sabía que a Rose le gustaba su té con miel y dos cucharadas y media de azúcar.
— Buenos días para ti también. ¿Gustas tomar té, Rosaline?
Rose asintió, aún con vergüenza, y tomó un trago de su té. Había dormido tanto que ya era de día, aunque parecía ser, a juzgar por la tenue luz que entraba por las ventanas, aún bastante temprano. Quizá las cinco o seis de la mañana.
— Se que conoces el peligro que pasaste recorriendo los pasillos con Black suelto por ahí, pero los dos ya sabíamos que esto tenía que ocurrir así.
Volteó a ver a Dumbledore con sorpresa.
¿Es que había algo que Dumbledore no supiera?
— ¿Sabe por qué estoy aquí, señor?
Dumbledore asintió, palmeándole con afecto el dorso de la mano.
— Seré anciano, pero aún recuerdo a esa chiquilla que entró en mi despacho hace diecisiete años y me explicó que era una viajera en el tiempo con una misión. Pero admito ya no recordar los detalles de nuestra primer conversación, así que si serías tan amable de contarme al detalle tu visión...
Rose procuró contarle su visión tal cual la recordaba, exceptuando el detalle de que pasó un cuarto de la visión fijándose en lo atractivo que Sirius Black era.
Dumbledore se acariciaba la larga barba, con gesto pensativo.
— Que interesante... Me preguntó que cambiará en el futuro lo que descubras en el pasado.
— Dude en venir, la verdad, parece una locura. Pero ninguna visión me ha fallado nunca, ni cuando era niña.
— Ciertamente es así. Eres una vidente extraordinaria —le aseguró Dumbledore, apoyándose en sus huesudas rodillas para poder levantarse.
Dumbledore se acercó hacia su escritorio y comenzó a rebuscar en sus cajones, al tiempo que soltaba un largo bostezo. Ni él, ni los prefectos o profesores había dormido esa noche.
Se sintió mal de que el pobre Dumbledore no pudiera irse a dormir por encontrarse a una alumna en su oficina.
— ¿Atraparon a Black?
Dumbledore negó, tomando al fin una pequeña caja entre sus manos y volviendo a tomar asiento al lado de Rose. De cerca se dió cuenta que era una bella caja de madera ornamental, con intrincados y bellos diseños de flores en la tapa.
— Black es alguien muy astuto e inteligente, pero creo que eso es algo que descubrirás por ti misma pronto —comentó, mientras abría la caja y se la extendía.
Rose se quedó sin aliento al observar sobre una fina tela de satén el giratiempo de su visión. El exacto mismo giratiempo, solo que esta vez vio más números aparte del año que vio en su visión y un botón en la parte trasera.
— Es el mismo de mi visión —confesó, aventurandose a tomarlo con miedo de que la enviara de inmediato a una época distinta. Por suerte, eso no ocurrió.
En el sueño no lo había notado, pero ahora mientras observaba la fina cadena de oro y el bellísimo reloj que hacía juego, recordó que en los libros de texto se veía distinto. No tenía números como este, sino que solo debías darle vueltas al reloj por cada hora que quisieras volver en el tiempo.
También se dio cuenta que era imposible y rompía todas las leyes de la magia viajar en el tiempo más de un día, no quería pensar lo que ocasionaría viajar diecisiete años en el pasado.
Aunque, si Dumbledore la había conocido en el pasado, significa que lo había logrado. De alguna manera había sobrevivido lo suficiente como para volver a su tiempo después sin alterar la línea de tiempo, o bueno, eso creía. No tenía forma de saberlo.
— Se lo que estas pensando. Y es curioso como funciona el tiempo, el hecho de que tu aparecieras hace diecisiete años me llevó a crear este giratiempos que permite a su portador viajar no horas, sino años en el tiempo. Y vivir para contarlo, claro —Dumbledore se rió, pero se detuvo ante la cara de terror de Rose—. Te permite también quedarte en el año que elijas el tiempo que desees, por que se destruye en cuanto llegas al año elegido.
Rose abrió grande los ojos.
— ¡¿QUÉ?! ¿Voy a quedarme atrapada ahí para siempre?
— No para siempre. Yo mismo me encargue de reparar el giratiempo cuando llegaste en 1976, tarde un año en repararlo pero lo conseguí por que hoy estas aquí teniendo esta conversación conmigo —Dumbledore volvió a acariciarse la barba, recordando algo—. Lo malo que cuando te fuiste el giratiempo se fue contigo, así que tuve que crear uno nuevo de cero. Lo bueno es que tuve varios años para perfeccionarlo.
Volvió a observar el giratiempos con atención, permitiéndose sentir miedo por primera vez desde que la idea de viajar en el tiempo pasó por su cabeza.
¿Era realmente necesario hacerle caso a su visión? ¿Era tan importante?
Si, lo era. Algo se lo decía en su interior, instandola a hacerlo como nunca antes le había ocurrido. Por lejos esta había sido su visión más intensa hasta la fecha.
Rose suspiró largamente y luego le dirigió una mirada llena de decisión a Dumbledore.
— ¿Qué tengo que hacer?
— Solo tienes que girar la manecilla hasta el año indicado y apretar el botón —le explicó—. Debo decirte antes, que nadie puede saber, ni en este tiempo ni en el pasado, de la existencia de este giratiempos. Es único en su clase y planeó que siga siendo un secreto entre nosotros dos, ¿Está bien?
Rosalind asintió.
— Será nuestro secreto, profesor. Confío en usted.
Dumbledore sonrió, haciendo un ademán hacia la puerta.
— Ya es hora entonces, pero preferiría que uses el giratiempo en algún aula o baño —sugirió—. Sería bastante extraño que te aparecieras en mi despacho de la nada, y me da un poco de miedo lo que pueda cambiar conocerte de una manera distinta a la que te conocí.
Rose le sonrió de vuelta, sintiéndose nerviosa. Un año en el pasado, lejos de su familia y sus amigos, quienes no podían saber lo que haría, aunque ellos no se darían cuenta de su falta.
Pero ella lo sabría, notaría la falta de cada uno de sus amigos. Incluso extrañaría al pesado de Oliver Wood, su capitán de equipo, con sus locuras e ideas disparatadas por el quidditch.
Se levantó del asiento con la lentitud de quien sabe que su destino ya no pende de sus propias manos, o de quien sabe que cualquier dirección que elija lo llevará a la horca. Esperemos al menos no equivocarse de tiempo y terminar en una verdadera horca por bruja.
Se acercó hacia la puerta donde Dumbledore la esperaba, y sin poder evitarlo lo abrazó con fuerza. El profesor se quedó quieto un momento y luego la abrazó de vuelta.
— Estarás bien, Rose —le aseguró con voz tranquilizadora.
Cuando Rosie habló, su voz le salió temblorosa y entrecortada, al borde de un ataque de lágrimas que retuvo dentro de ella quien sabe cómo.
— No quiero estar sola —le confesó.
Dumbledore se separó, limpiando con la mano una lágrima rebelde que le cayó por la mejilla.
— Yo estaré ahí contigo, varios de tus profesores también. Tu padre también estará ahí contigo.
A Rose le tembló el labio y se forzó a fruncir el ceño para controlarse.
— Pero no será lo mismo, no puedo decirles quien soy o me tratarán de loca. Y usted ya no sabrá como me gusta el té —lloriqueó.
Dumbledore se rió, en una mezcla de alegría y tristeza.
— Entonces enséñame a prepararlo. No te será difícil, eras una niña muy entrañable.
Consiguió sonreír de nuevo ante las dulces palabras de su director, a quien consideraba parte de su familia de alguna manera. Lo conocía desde niña, y era su mayor compañía cuando las visiones la atormentaban.
Aceptando su destino, camino hacia la puerta, dándole una última mirada al mundo que conocía y saliendo por la puerta.
— Buena suerte, Rose. Te veo en un minuto —escuchó a Dumbledore decir antes de cerrar la puerta.
Una vez en el pasillo de nuevo, camino casi de manera autómata por él. Era un poco tonto lo que sentía, esa tristeza, cuando estaría viviendo en el mismo lugar que conocía y varios de sus seres queridos estarían con ella.
Pero se sentía como una despedida, y se permitió el momento de debilidad de observar todo con nostalgia y añoranza. Por más palabras tranquilizadoras que Dumbledore le dijera, nada podía asegurarle que no quedaría atrapada para siempre en el pasado.
Incluso podría morir allí, si se basaba en el hecho de que en esa época estaba comenzando la primer guerra mágica, esa que se cobró tantas vidas inocentes.
¿Pero no era precisamente eso el por qué lo hacía? Quería ayudar en la guerra que se avecinaba, por que lo haría, no tenía dudas. Y más importante que eso, quería salvar a todos los inocentes que pudiera y mantener a salvo a sus seres queridos si podía hacerlo.
Así que con esa predisposición en mente se adentró en el primer salón que encontró, que resultó ser el de Transformaciones. Se colocó en el cuello el giratiempos que aún sujetaba en su mano, y se concentró en colocar correctamente el año al que quería viajar. Misma hora, mismo día, mismo lugar, pero diferente año.
En cuanto pulsó el botón en el año elegido, el salón de clases frente a ella desapareció.
Rose sintió que su cuerpo caía en caída libre, como en ese libro muggle qu su padre le había leído de niña, cuando Alicia cae en la madriguera del conejo. En el momento le había parecido absurdo, pero ahora se sentía Alicia cayendo por una madriguera sin fondo hacia quién sabe dónde.
Colores, formas y manchas pasaban volando ante sus ojos de manera rápida y borrosa. Sentía sus oídos palpitarle, privándola de todo ruido. Abrió la boca para gritar pero en cuanto lo hizo sintió su garganta cerrarse.
Comenzaba a entrar en pánico cuando al fin volvió a sentir el suelo bajo sus pies, desplomándose en el suelo.
Volvió a respirar, oír y ver a la perfección. Y si estaba hiperventilando, era más por el susto que por un desgaste físico real.
Se levantó del suelo, notando que algo le molestaba en el cuello. Efectivamente como le había dicho Dumbledore, el giratiempos estaba roto. Se lo sacó del cuello con rapidez y lo guardó en el bolsillo de su capa de Gryffindor.
Rose hizo una mueca al caer en el detalle de que sería extraño para los demás estudiantes ver a una chica desconocida con el uniforme de Gryffindor, así que que con cierto pesar sacó la varita del doblez de su falda y dijo mientras apuntaba su túnica:
— Colovaria.
Al instante su túnica roja y dorada cambió por la básica negra con la que llegabas a Hogwarts. Era hasta poético comenzar su aventura en este nuevo Hogwarts de la misma manera que como había entrado a Hogwarts la primera vez.
Aunque... ¿Había llegado a 1976 como quería? La única forma de saberlo era salir del salón donde estaba e ir a la oficina de Dumbledore. Con suerte el Dumbledore de esta época si habría dormido toda la noche.
Dio un paso en dirección hacia la puerta cuando escuchó a alguien hablar desde el fondo del salón. Se quedó congelada en su sitio.
— Muchachos, ¿Fue el Whiskey de fuego que tomé o esa chica acaba de aparecer de la nada?
— El Whiskey. Eso es imposible James, no es posible aparecerse en Hogwarts —otra voz mucho más razonable habló, pero Rose sólo podía pensar en el nombre.
James. ¿Cuántos James podía haber en Hogwarts en 1976? Esperaba que muchos. No podía arruinar su misión tan pronto.
— ¡Yo también lo vi, Lunático! —exclamó una voz que la hizo estremecerse. Sirius Black.
Por...
— ¿Y si es una bruja malvada? —el intento de murmullo le salió como un chillido asustado a la cuarta voz que apareció en escena.
¡Godric!
Contó hasta tres y volteó a ver hacia donde provenían las voces, mordiéndose el labio con preocupación.
Se soltó el labio de la impresión que le dio ver a esos cuatro chicos. Y se preguntó a sí misma qué tan mala había sido en otra vida como aparecer frente a los Merodeadores. Los malditos Merodeadores.
N.A:
Lily Collins como Rosalind Lupin.
Hola amores! Acá estoy en una nueva historia que me apasiona y la vengo pensando hace bastante, Sirius compite el primer lugar junto a Fred Weasley en mi corazón, así que no podía esperar más para hacer una historia sobre él.
Espero que les guste, y si lo hace, por favor no se olviden de darle me gusta y comentar. Eso me motiva mucho :)
Sí tienen alguna duda siempre me pueden escribir, me gusta interactuar con los lectores <3
—
Xoxo
,
Gia
.