Festival date
Fukuzawa nunca había sido inaccesible ante las peticiones de sus subordinados. La agencia no solía tener muchos días libres para el personal completo, lo que dificultaba la asistencia a eventos en conjunto. Por fortuna, los horarios de cada uno se liberaron para coincidir con cierto festival de Yokohama.
Sin embargo, pese a la insistencia de que todos fueran partícipes del momento, más temprano que tarde se escabulleron cuales perros entre las calles, dejando a Fukuzawa a solas con Ranpo.
Poco sabía el presidente de que su relación era un secreto a voces entre los miembros de la agencia y que Yosano –amenazó– convenció a cada uno por separado para dejar que la parejita aprovechara el momento y tuviera una cita apropiada.
El único al tanto de lo que Yosano hacía –como era de esperarse– fue Ranpo, quien hizo oídos sordos y mirada ciega ante esas acciones. Una parte de él se hallaba emocionada, pues nunca había tenido una cita con Fukuzawa. Prácticamente, comenzaron a salir de la noche a la mañana y, anterior a eso, no tuvieron un coqueteo apropiado.
Se saltaron demasiados pasos en la relación por culpa de las dudas morales de Fukuzawa y ahora que eran una pareja formal, parecían más una de casados, aunque no de recién casados, sino de los que ya llevan unos diez o veinte años juntos.
En realidad, a Ranpo no le molestaba la situación, tan sólo contaba con extraños momentos de lucidez pseudo-romántica donde su cerebro le arrojaba decenas de situaciones cliché protagonizados por él y su novio. La mayoría le producían escalofríos incómodos.
Fukuzawa le restó importancia al repentino abandono de sus subordinados. Asumió que se habían ido a divertir por su cuenta. En su lugar, centró la mirada en la esbelta figura de Ranpo, ataviada en una yukata ligera de color oscuro con patrones irregulares de líneas blancas que él mismo le colocó por la tarde. Caminó hacia él, que recibía su quinto algodón de azúcar de un puesto.
—Presidente, ¿no quieres recordar viejos tiempos? —preguntó Ranpo, advirtiendo la presencia a su espalda.
—Prefiero vivir el presente —respondió, con el presentimiento de que esos viejos tiempos no eran algo que en verdad deseara rememorar. Es más, seguro los había puesto con candado dentro del baúl de los recuerdos para que no salieran jamás.
—¡Vamos, vamos, será divertido! —insistió.
—Hmmm.
Ranpo le tomó la manga de la yukata y señaló un local cercano.
—Cómprame una chocobanana.
«¡Lo sabía!» dijo para sus adentros. Cuando Ranpo era adolescente solía pedir que lo cargara o le comprara comida y veía venir alguna de esas exigencias. Una comprometía su espalda; la otra, su billetera.
No obstante, Fukuzawa accedió, uno tras otro, a los caprichos de Ranpo. En el pasado le habría reñido acerca de que los dulces le provocarían dolor de estómago, pero ese día decidió hacer una excepción y consentirlo.
Tener una cita no era algo para lo que estuviera mentalizado. No porque no quisiera o le desagradara la idea, sino que Ranpo no era muy afecto a salir y él, por su parte, se consideraba demasiado grande para andar en sitios frecuentados por quinceañeros. Era evidente que desentonaría y aquello podría colocar a su chico en un predicamento. Por suerte, en un festival de la ciudad nadie los juzgaría, pasarían desapercibidos y sería más fácil disfrutar del tiempo juntos.
A primera vista, Ranpo era el único que se divertía, aquello no parecía una cita en lo absoluto y Fukuzawa lo sabía. Era de esperarse. ¿Cómo se supone que debía hacer que se sintiera como una, si en más de cuarenta años nunca lo experimentó en carne propia ni se le ocurrió investigar al respecto? Sin contar con que los planes improvisados no eran su punto fuerte.
Dejó de pensar por unos instantes cuando Ranpo le mostró la bolsa con pescaditos que ganó en un juego de pesca, antes de verterlos de regreso al estanque del local mientras le decía al encargado que no tenía la intención, el tiempo o las ganas de cuidar de otros seres vivos.
«Al menos se la está pasando bien» se dijo, aliviado de que el chico no se aburriera a su lado, porque sí, le preocupaba que su relación se tambaleara al no contar con actividades en pareja adecuadas para ambos.
Por su parte, Ranpo no podía estar más feliz con los eventos del festival. Casi rozaba la euforia. Fukuzawa lo llevaba a todas partes y le pagaba lo que quería. ¡Justo como cuando lo conoció! ¿Qué podía ser mejor que eso?
Si hubieran comenzado a salir una década atrás, lo más probable era que hubieran tenido más momentos como ese, por lo que la experiencia le resultaba grata.
Ahora debían moverse de sitio. En poco tiempo comenzaría el espectáculo de fuegos artificiales que Ranpo no deseaba ver apretado entre la multitud, por lo que arrastró a su pareja consigo hacia otro sitio.
El lugar al que llegaron se encontraba oculto entre una tupida vegetación de árboles que parecían haber reclamado ese espacio para sí mismos. Al centro se revelaba un escenario desolado y derruido por el paso del tiempo, conformado por columpios y toboganes cubiertos por una capa de polvo y óxido. Las bancas de madera, en las que alguna vez Ranpo descansó, se hallaban carcomidas por la humedad y el abandono.
—Es impresionante que este sitio siga en pie. —Fukuzawa fue el primero en hablar.
—O lo que queda de él.
El pequeño parque infantil había visto innumerables amaneceres, aunque con la creación de uno nuevo, más cerca del camino central, sus días de gloria pasaron al olvido.
Sin embargo, pese al deterioro, un sentimiento de melancolía y belleza abrazó a la pareja que se detuvo en el centro, donde los árboles desaliñados se abrían para dejar a la vista un magnífico claro.
—Se ven bien los fuegos artificiales en este lugar —dijo Ranpo.
—Lo recuerdo —respondió Fukuzawa, trayendo a la memoria la cantidad de veces que terminaron en ese sitio.
—Y no suenan de forma tan escandalosa como estando cerca del río.
—¿No preferirías que los demás vinieran a este lugar también?
—No. Este lugar sigue siendo bueno justo porque nadie más lo conoce. Además…
Fukuzawa enarcó una ceja, inquieto por las palabras suspendidas.
—Hay veces en las que es bueno estar a solas contigo —agregó Ranpo—. Y no quiero compartir eso con nadie más.
Si bien, Fukuzawa no se sorprendió por la sinceridad de Ranpo, sí que lo hizo por las palabras que escogió. Lo conocía lo suficiente para saber que diría algo más seco y golpeado, como que no le gustaba que los demás irrumpieran su paz, por lo que aquello sólo podía significar una cosa: Ranpo pretendía ser romántico.
Se preguntó si el chico habría notado sus intentos por hacer de ese día algo memorable.
—Intenté que fuera como una cita —dijo, refiriéndose a las actividades previas a llegar allí.
—No funcionó.
Fukuzawa fingió con éxito no sentir un golpe en el pecho al escuchar eso. Tal vez debía resignarse y no intentar hacer esa clase de cosas cuando su juventud ya había pasado.
Seguro que alguien de su edad luciría ridículo –o trastornado– queriendo andar de la mano con una persona mucho más joven o buscando hacerse fotos en lugares públicos como las parejas adolescentes. Sin mencionar que anhelaba experimentar esa clase de eventos para que Ranpo disfrutara de sus mejores años como era debido.
Interrumpió la cadena de pensamientos pesimistas cuando su brazo se movió porque alguien tiró de la manga de su yukata para, acto seguido, tomarle la mano con suavidad.
—Pero así eres tú —dijo Ranpo—. Fue divertido.
Lejos de la conmoción inicial, Fukuzawa se mantuvo atento al modo en que Ranpo escondía el rostro sonrojado en su costado.
«Fue divertido, eh» repitió para sus adentros.
—Mírame a los ojos y asegura que no dices eso sólo porque yo pagué todo.
Ranpo elevó el rostro, evidenciando la vergüenza de ser descubierto. Si ya tenía las mejillas rojas por las acciones previas, escuchar la declaración de Fukuzawa no hizo más que intensificar la tonalidad rojiza sobre la piel.
—Lo sabía —afirmó Fukuzawa.
—¡¿C-c-cómo lo…?! —suprimió la pregunta hasta controlar el tartamudeo—. ¡¿Acaso también tienes Ultradeducción?! —Se aclaró la garganta, dispuesto a aceptar sus crímenes—. Ok, ok. Tal vez sí me aproveché un poquito.
—¿Poquito? —Enarcó una ceja. Su billetera era menos de la mitad de gruesa de lo que fue originalmente.
—¡Claro! ¡Un poquito por todas las citas que no hemos tenido! —De manera involuntaria, apretó la mano que sostenía. Lo ayudó a calmarse—. Había que aprovechar la oportunidad. Si dejas que se junten tantas citas, es obvio que terminarás desfalcado cuando salgamos.
Una sutil curva alegró los labios de Fukuzawa. Las preocupaciones y los problemas de esa tarde se desvanecieron al saber que Ranpo, muy a su modo, también esperaba hacer más cosas en su compañía. Lástima que por diversos motivos –principalmente el trabajo y la diferencia de edad– no era sencillo tener momentos como ese.
Con la mano que tenía libre sostuvo el mentón de Ranpo, levantándolo un poco y, sin mayor dilación, agachó el rostro para alcanzar, con los labios, los del chico que alguna vez le sacó canas verdes –aún lo hacía–, y que ahora le arrebataba suspiros fugaces, aunque constantes, en varios momentos del día.
Sabía que Ranpo se sorprendería –lo corroboró con el respingo que dio–, no por la iniciativa de un beso lento y cariñoso, sino por encontrarse al aire libre. Su relación tenía algunas reglas establecidas por el propio Fukuzawa, como mantener el contacto físico limitado en público, nada de muestras de afecto verbal si no se hallaban en privado, reservar la intimidad sólo cuando se encontraban en casa, entre otras.
Ranpo hizo un berrinche. «¡¿Cómo voy a presumir mi relación si no puedo tratarte como mi novio?!» había dicho, pero Fukuzawa lo hacía por el bien de ambos. Por la serie de atentados contra la agencia, debía evitar que lo suyo saliera a flote; esperaba disminuir que alguno de los dos fuera el objetivo preferencial de cualquier enemigo que buscara apelar al sentimentalismo del otro.
Claro que Fukuzawa se preocupaba por todos aquellos bajo su mando, pero Ranpo era diferente. Demasiado especial para él a esas alturas. En una situación crítica, le gustaría fingir que Ranpo era como cualquier otro de sus empleados, endurecer su corazón y actuar con la cabeza fría, pero llegados al año de relación que llevaban, sabía que le resultaría imposible.
Frente a él, herir o siquiera tocar a Ranpo estaba fuera de jurisdicción. A veces consideraba haberse convertido en un hombre celoso. Atento, detallista y cauto, pero celoso.
Le fascinó que, pese a todo, Ranpo accediera a sus estrictas peticiones y que ambos pusieran de su parte para que lo suyo continuara a flote y funcionara. Esperaba que fuera así durante muchos años más.
Mientras sus labios se sumergían en un cálido beso, el cielo nocturno comenzó a iluminarse con una explosión de colores. El primer estallido se mezcló con el susurro de los respiros compartidos y, más por la fuerza que por ganas, Fukuzawa cortó el contacto de manera delicada.
—Ya comenzaron —dijo tras alzar la mirada, al tiempo en que acariciaba con el pulgar la mano que jamás soltó.
Ranpo imitó sus acciones, sin embargo, él no fijo la vista en las luces del cielo, sino en el resplandor que brindaban al rostro del hombre del que se enamoró hacía varios años. Nada le parecía más brillante, más llamativo y más imponente que el Presidente.
Para Ranpo, el fuego más ardiente que había conocido era Fukuzawa y no lo cambiaría por nada artificial.