Impulsos Descontrolados by Valdemirt at Inkitt
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Impulsos descontrolados

Summary

Fukuzawa era consciente de las bajas pasiones que Ranpo comenzó a despertar en él con el paso de los años; siempre pudo controlarse a la perfección, hasta el día en que no pudo más.

Genre
Romance
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Impulsos descontrolados

Era raro que Fukuzawa experimentara deseos de mantener relaciones sexuales con Ranpo por iniciativa propia. A dos años de una relación formal, no era como si la atracción hubiese disminuido –todo lo contrario–, tampoco presentaba problemas de impotencia; simple y sencillamente, las necesidades de un hombre maduro de cuarenta y siete años no eran las mismas de un joven de veintiocho.

Lo usual para él era esperar a que Ranpo hiciera el primer movimiento para tomarlo como luz verde y dar rienda suelta a los instintos pasionales. Sin embargo, llevaban unas cuantas semanas sin hacerlo y el cuerpo de Fukuzawa recién experimentaba algo que podría describir como «síndrome de abstinencia».

No creyó que algo semejante pudiera ocurrirle, pero lo estaba viviendo.

Para empeorar el asunto, Ranpo llegaba sin energía a casa dada la cantidad de casos que debía resolver en la agencia. Presenciar cómo se duchaba e iba directo a la cama era todo un hito, y Fukuzawa no se atrevía a interrumpir su descanso; en su lugar, cuidaba no despertarlo cuando se unía a él en la cama.

Esa noche en particular, para mala suerte de Fukuzawa, tenía más de una cabeza caliente y se mantuvo de pie, al borde del futón, dudando sobre qué tan buena idea era estar con Ranpo bajo las cobijas. El chico era su mayor tentación, no sólo por la falta sexual que le hacía, sino porque en meses recientes, Ranpo había adquirido la costumbre de andar ligero de ropa en casa, sin mencionar que dormía con un par de bóxers que apenas lo separaban de la desnudez.

Imaginar cómo lucía Ranpo sin ese ajustado trozo de tela no ayudó en absoluto a Fukuzawa a calmar las bajas pasiones. Una parte de él, la parte retorcida que nunca lo abandonó desde su época como asesino, le susurró una idea atroz, porque sabía que Ranpo era de sueño pesado y podría saciarse fácilmente con ese cuerpo que tan bien conocía, total, en el cajón del buró había condones y lubricante.

«¡No!», se reprendió a sí mismo.

Era inaudito para él tocar así a su chico: sin importar cuántas veces hubieran tenido sexo, Fukuzawa siempre buscaba el consentimiento de Ranpo.

No obstante, a su mente voló un recuerdo de cuando comenzaron a salir: Ranpo tenía veintiséis y un fortuito desliz ocasionó que iniciaran con su vida sexual.


—¿Mis necesidades respecto al sexo? —preguntó Ranpo.

—Sí —dijo Fukuzawa, pues sabía que un hombre más joven tendría diferentes demandas y ansiaba ajustarse lo más posible a su pareja.

—Hmm. No tengo interés en eso. Nunca me ha llamado la atención.

Una arruga de desconcierto apareció en la frente de Fukuzawa, no por molestia, sino incredulidad. Pese a mantener la compostura, era innegable que había una gran brecha entre los hechos y las palabras que salieron de la boca de Ranpo. Mantuvo el silencio mientras intentaba comprender si existía algún significado intrínseco en lo que acababa de escuchar, pero Ranpo se adelantó a explicar la situación.

—Es cierto que desde la primera vez mi cuerpo se siente extraño, me produce sensaciones raras, pero son fáciles de ignorar. De vez en cuando les hago caso porque tú no te atreverías a ponerme una mano encima, incluso si tienes una urgencia fuerte por hacerlo, ¿me equivoco?

—En absoluto. —No le sorprendía que Ranpo lo comprendiera a ese nivel, y su rostro sereno era la prueba de ello.

Sin embargo, sí le impresionaba el hecho de que las veces que el chico se le había insinuado eran para satisfacerlo a él. Jamás esperó que Ranpo tuviera la capacidad de concebir esa clase de atenciones. No. Estaba seguro de que no lo hacía, entonces, ¿por qué?

Si Ranpo no experimentaba deseo sexual, ¿qué motivo tendría para ceder ante él?

No quería pensar en que el chico buscaba una manera de sustituir o rellenar la diferencia de edad y tampoco se trataba de un asunto de admiración por el estatus o la jerarquía, porque Ranpo lo tuteaba desde joven y también lo molestaba cuando la oportunidad se presentaba.

Había algo más. Algo que pasaba por alto.

A veces era demasiado complicado saber lo que Ranpo tenía en la cabeza.

—Así que hazlo. —Ranpo se acercó gateando a Fukuzawa y tomó una de sus manos entre las propias—. No tengo problema en estar contigo las veces que quieras. Está bien. Se trata de ti, así que estoy bien con eso.

A Fukuzawa le bastó una mirada para saber que no le decía aquello con miedo ni por el bien de la relación.

Exhaló despacio, permitiendo que la tranquilidad lo envolviera. Aunque las palabras y acciones de Ranpo eran completos caprichos la mayor parte del tiempo, no podía negar el profundo amor que sentía por él. En el fondo, sabía que no necesitaba entender ni desentrañar cada excentricidad del chico; le bastaba con tenerlo entre los brazos.

No le agradó mucho que el muchacho le hiciera saber con subtítulos que podía usarlo para satisfacerse, pero no quería entrar en detalles.

A partir de ese momento, se propuso no rechazar ningún acercamiento de Ranpo. En su lugar, se encargaría de brindar un significado más emocional a cada uno de los momentos en los que sus cuerpos se unieran; con cada rastro de su calor, Fukuzawa le imprimiría en la piel lo que en realidad significaba querer con pasión y no se detendría hasta que Ranpo se ahogara en el mar de goce al que planeaba llevarlo tantas veces como fueran necesarias.

Le haría entender que, mucho más que una necesidad, era un sentimiento y una forma de amar.


Fukuzawa siempre tenía presente que jamás usaría a Ranpo para obtener placer propio y no quería aceptarlo, pero la dolorosa erección apretada bajo su ropa interior le rogaba hacer una pequeña y rapidísima excepción.

Tragó saliva con dificultad y se apresuró por el lubricante. Siempre podía tocarse mientras respiraba la esencia de Ranpo o llenaba de besos la piel expuesta.

Sí, eso debería ser suficiente. Por desgracia, no lo fue.

Sin importar qué tan satisfactoria resultara la masturbación o cuán apresurado fuera el bombeo sobre la misma, era imposible eyacular.

Conocía el calor de Ranpo, el delicioso calor de hundirse entre los glúteos y la magnífica sensación de que su pene fuera presionado por contracciones regulares. Quería eso. Ansiaba eso. Necesitaba eso.

Su cuerpo se negaba a liberar la presión y el dolor incipiente mientras no le diera lo que quería. Parecía una mala jugada del destino por lo mucho que había escalado la situación.

Sin embargo, Fukuzawa no era ningún animal: haría que su erección acatara órdenes. Así pues, untó gel entre los muslos de Ranpo para usarlos como sustitutos efectivos; sería fiel a sus ideales y su palabra, y no lo tomaría sin consentimiento.


—Y eso fue lo que pasó —declaró Fukuzawa, aún en la habitación con un Ranpo recién despertado, quien bajó la mirada con curiosidad hacia la parte pegajosa de las piernas que, ahora sabía, debía ser una mezcla de lubricante y semen.

—Te dije que podías hacerlo cuando quisieras, incluso si estoy dormido —dijo Ranpo, en un tono insistente y más alto a lo habitual.

Parecía que los papeles se habían invertido. Era Fukuzawa quien evadía la mirada de Ranpo, cargando con la vergüenza y la culpa que lo carcomía desde antes de ir a dormir.

—Qué voy a hacer contigo —añadió Ranpo, acercándose a Fukuzawa con movimientos lentos y sugerentes. Puso algo de fuerza en las manos para acostarlo y acomodarse a horcajadas sobre su torso.

Fukuzawa no sabía qué demonios estaba pasando, pero su cuerpo comenzó a reaccionar igual o con mayor intensidad que la noche anterior.

—Hazme todo lo que no pudiste anoche, Presidente —le susurró Ranpo contra los labios—, sólo así te perdonaré que me hayas dejado sucio y pegajoso.

Fukuzawa no lo pensó dos veces. En menos de lo que dura un parpadeo dio la vuelta al muchacho, acomodándose entre sus piernas. Ahora que tenía permiso, sería completamente diferente y pretendía que ambos lo disfrutaran al máximo, por supuesto.

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