Lo que no sabía de ti
Fukuzawa estaba acostumbrado a las excentricidades de Ranpo, a sus extrañas muecas y aficiones, sin mencionar sus hábitos tanto desastrosos como perezosos. Se encargó de arreglar los más problemáticos mientras crecía, lo cual ya era un gran avance. Se sentía orgulloso de él.
No obstante, algo siempre le llamó la atención: la colección de canicas de Ranpo dentro de las botellas de Ramune.
Entendería si fueran todas y cada una de ellas, pero Ranpo guardaba únicamente las azules.
—Ranpo, hay algo que me causa curiosidad. —Dejó su té sobre la pequeña mesa de piso para hablar con Ranpo, quien se encontraba justo del otro lado de la misma, limpiando su nueva canica.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué juntas las canicas azules?
Ranpo no respondió de inmediato, algo raro para Fukuzawa, pues entre ellos no solía haber secretos y tras formalizar una relación hubo muchísimos menos.
—¿En verdad no lo sabes? —inquirió Ranpo.
Fukuzawa negó con un ligero movimiento de cabeza.
—Entonces, te diré con una condición. —Ranpo puso el dedo índice entre ambos.
—¿De qué se trata?
—De que me digas algo sobre ti que yo no sepa.
Fukuzawa mantuvo la mirada fija en el chico. Cumplir esa petición sería en extremo complicado, pues la deducción inhumana de Ranpo había descubierto todos y cada uno de sus secretos, sin mencionar que en años pasados él ya le había aclarado la mayor parte de las lagunas sobre su persona.
—Está bien. Acepto.
—Es porque me recuerdan a tus ojos —declaró Ranpo. No le avergonzaba la razón como tal, sino decirla frente a la persona que le aceleraba el corazón—. Tienen justo tu tono: azul cristalino, según la superficie donde las coloques, pueden verse grises. Antes de que comenzáramos a salir, tenerlas conmigo me hacía sentir cercano a ti de alguna manera.
Si Fukuzawa no tuviera el entrenamiento militar al que se sometió gran parte de su vida, el sonrojo de sus mejillas superaría con creces al que exhibía Ranpo en esos momentos.
Le parecía adorable que el chico tuviera un lado tan lindo a sus veintisiete años. Era irónico si lo comparaba a lo agobiante y molesto que éste le resultaba cuando tenía catorce.
—¡Ahora es tu turno! —exigió Ranpo, casi subiéndose a la mesa.
Fukuzawa se aclaró la garganta antes de hablar. Lo había prometido.
—Está bien, yo volví a empuñar la espada porque…
—Ya me lo sé —interrumpió Ranpo—. Por la agencia armada de detectives. Yo era el detective, entonces te autodenominaste mi arma. —El corazón le palpitó con fuerza al momento de soltar aquello en voz alta, contrario a sus palabras, que resonaron con un tono lánguido y desganado.
—Los lentes que te di eran…
—Un par de lentes baratos que te hicieron comprar en donde solías vivir antes. Viste conveniente dármelos para controlar mis supuestos poderes.
La expresión de Fukuzawa pasó de la serenidad a la sorpresa en un abrir y cerrar de ojos, con sus cejas arqueadas y sus párpados ampliamente abiertos. Por las declaraciones de Ranpo ante el público y dentro de la misma agencia, pensó que llevaba más de diez años creyendo esa mentira.
—¿Lo sabías? —La respuesta era evidente. Estaba hablando con Ranpo—. No, más bien: ¿desde cuándo?
—Desde siempre —aceptó Ranpo en un suspiro, poniendo el dedo sobre la canica en la mesa para rodarla por la superficie.
—¿Significa que…?
—Nunca me tragué el cuento de la Ultradeducción (tan sólo me pareció conveniente todos estos años).
Fukuzawa se limitó a entrelazar las manos dentro de las mangas de la yukata, como hacía de manera habitual, a la espera de una mejor explicación.
—Es sólo que me convencí a mí mismo de que debería tener una habilidad —aceptó Ranpo—. Sería bastante lamentable ser el único que no es usuario en un sitio donde todos lo son, ¿no crees?
—No necesariamente —respondió Fukuzawa, alejando la atención que el muchacho posaba sobre la pequeña esfera de vidrio—. Tú sabes cómo funciona mi habilidad. Yo no obtengo ningún beneficio y mis rivales tampoco se ven entorpecidos por ella. En términos prácticos, soy una persona normal.
—Una persona normal no puede partir una piedra con una simple espada —objetó Ranpo ante el evidente recuerdo de ese y más sucesos de combate extraordinarios por parte de su novio.
—Eso es pura disciplina y trabajo duro. Algo en lo que cierto señorito debería trabajar más.
—Sí, también estoy de acuerdo en que Dazai necesita mejorar eso.
«Anda, finge demencia ahora», pensó Fukuzawa, inmerso en la magnífica elocuencia de su chico. Al menos, eso lo obligaba a agilizar la mente para mejorar su elección de palabras.
—¡Ah! ¡Sigues sin decirme nada que no sepa! —exclamó Ranpo.
Fukuzawa dejó escapar un largo suspiro. Se le estaban agotando las opciones.
—Hmm. Entre el material de lectura de la agencia, el libro que lleva por título «Manual para criar a un niño de 5 años»… —hizo una pausa adrede, a la espera de que el muchacho refutara.
—¿Hah? ¿Lo compraste tú? ¿No me digas que…? ¡¿Tienes un hijo perdido?!
—Lo compré para saber cómo lidiar contigo.
¡Al fin, algo que Ranpo no sabía!
—Debes estar bromeando. —Bien sabía Ranpo que eso no era una mentira.
Aquello llamó al silencio. Un silencio triple, por Fukuzawa, por Ranpo y por la mesa que los separaba, atenta a la conversación.
—¿Y… funcionó? —Ranpo se atrevió a preguntar.
—De maravilla.
En el fondo, Fukuzawa rogaba que Ranpo no se lo fuese a tomar a pecho o adoptaría una actitud pesada y nefasta por el resto de la tarde. Eso era más funesto que soportar sus berrinches o caprichos.
Por su parte, Ranpo pensó seriamente que algunas verdades no debían ser reveladas por el bien de terceras personas.