Paletas de hielo

Summary

No era raro ver a Edgar Allan Poe en la agencia de detectives; sin embargo, un fatídico día sacó tanto de quicio a Ranpo, que fue obligado a comprar paletas de hielo para todos a modo de castigo, desencadenando un evento sin precedentes entre Fukuzawa y Ranpo, que varios presenciaron.

Genre
Romance
Author
Valdemirt
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Paletas de hielo

No era raro ver a Edgar Allan Poe en la agencia de detectives. Por lo general iba a solicitar que Ranpo revisara su nuevo manuscrito para, acto seguido, desmoronarse en una esquina al ver que su «amigo» resolvía el misterio en cinco minutos o menos.

Un fatídico día sacó tanto de quicio a Ranpo, que fue obligado a comprar paletas de hielo para toda la agencia a modo de castigo; sin embargo, no eran paletas de hielo comunes y corrientes, se trataba de una marca en específico, famosa por fabricar una crema de cacao helada cubierta con una capa gruesa de chocolate amargo y, por exigencia de Ranpo, debía contener nueces y almendras como topping adicional.

A diferencia del resto de la agencia, Fukuzawa planeaba rechazar el obsequio con amabilidad, pues no era gran aficionado de las cosas en extremo dulces o congeladas; no obstante, no recordaba con exactitud cuándo fue la última vez que probó alguno de los gustos de Ranpo.

¿Había existido una primera vez siquiera? Después de tantos años, debía darle una oportunidad.

No reparó demasiado en el empaque. Extrajo la paleta congelada y mordió la cubierta de chocolate. Al ser amargo resultó de su agrado, aunque descartó con facilidad el volverlo uno de sus postres favoritos tras probar la empalagosa crema.

Se reprendió mentalmente porque sería una pena tirarla. Además, ¿Cómo no lo vió venir de Ranpo? Después de todo, se trataba del amante de los dulces en cantidades alarmantes para cualquier ser vivo.

Quizá debió replantearse el inventarle una habilidad sobrehumana y decirle que podía soportar cantidades inhumanas de azúcar.

—Es demasiado dulce para mí —dijo, más para sí mismo que para el resto de los presentes.

—¿Verdad? —inquirió Ranpo, acercándose a Fukuzawa para retirarle la paleta de la mano a sabiendas de que la descartaría—. Pero, bueno, más para mí.

Acto seguido, Ranpo lamió con una sensualidad lenta e inusitada la parte mordida, antes de pegarle otro buen bocado.

Por si fuera poco, todos en la agencia notaron su mirada verde, ardiente, que dejaba al descubierto sus deseos más profundos, así como el irresistible magnetismo que experimentaba por la persona delante de él.

Fukuzawa, por su parte, mantuvo los ojos fijos en Ranpo, en un vago intento por procesar los gestos de tinte erótico que se desarrollaban delante de sí.

Acto seguido, Ranpo retomó el rumbo hacia su escritorio designado. De uno de los cajones extrajo la consola portátil que solía mantenerlo ocupado en los días más fastidiosos y soporíferos, sin casos entretenidos para resolver.

«¿El Presidente habrá captado mi indirecta?», pensó, ignorando los rostros extrañados a su alrededor. «¿Habré sido demasiado aventado esta vez?».

Porque, sí, él tenía sentimientos encontrados por Fukuzawa y cada vez se impacientaba más de fingir que no era así; sin embargo, no sabía qué tan adecuado sería lanzarse con hambre hacia su presa.

Más tarde, ese mismo día, Fukuzawa reparó en el sentido implícito del gesto de Ranpo como resultado de mantener la misma posición durante casi una hora: los codos encima del escritorio, los dedos entrelazados y el mentón apoyado sobre estos últimos.

En sus cuarenta y cinco primaveras sobre la Tierra, aquel había sido, por lejos, su primer beso indirecto.