1.
2015.
La existencia humana es caótica, dolorosa y cuanto menos, infeliz. Nosotros, seres vivos con conciencia, nos enfrentamos a desafíos, obstáculos y momentos tan difíciles, que nos dejan la mayor parte del tiempo exhaustos, sin fuerzas, ni motivos para seguir. Sin embargo, algunos logramos emerger de nuestras cenizas como un ave fénix, y nos volvemos más fuertes, más vivos, más felices. La diferencia entre vivir o existir, reside en algo tan vital como la resiliencia.
La resiliencia es más que una simple palabra. Es la capacidad para recuperarse, adaptarse y crecer ante la adversidad. Es esa vocecita interna que te susurra “sí puedes” cuando el mundo entero, tan jodido la mayor parte del tiempo, te grita “no puedes”. Es el empujón que hace que te limpies las lágrimas, acaricies tus rodillas magulladas, y te levantes una vez más del suelo para pelear de nuevo cuando, cansada, solo quieres tirar la toalla y rendirte hacia lo que sea que pase y que ya te da completamente igual.
Para John y para mí, la resiliencia era algo más que una elección, era una necesidad. A nuestros diecisiete años, ya habíamos experimentado demasiado dolor y pérdidas que bien podrían ser insignificantes para cualquier ser mortal, pero que a nosotros nos resultaron desgarradoras e irreparables. La herida que guardábamos tan dentro seguía supurando, y no parecía querer sanar, llevándose consigo todo lo bueno e inocente que quedaba de nosotros. En aquel entonces, me preguntaba si en algún momento dejaría de doler, o si siempre seríamos dos seres vivos fracturados y defectuosos. Quizá la única defectuosa era yo, quizá John había encontrado la paz interior que yo tanto anhelaba, pero como nunca fuimos dados a hablar de cosas tan personales como los sentimientos, nunca supe a ciencia cierta si él realmente halló la felicidad que a mí se me negó, o si simplemente era pura fachada, como la que yo cargaba desde hacía tanto tiempo.
El viento soplaba con fuerza aquella mañana de noviembre cuando bajamos de la furgoneta negra con cristales tintados, haciendo que tuviera que abrazarme con fuerza al abrigo de borrego tres tallas más grandes de mi hermana. Intenté aferrarme a la mano de John, que caminaba a mi lado, pero se apartó con brusquedad cuando mis dedos rozaron los suyos, como si el tacto de mi piel quemase. Tragué con fuerza conforme nos acercábamos a la puerta metálica de la residencia, sintiendo que cada paso me revolvía todavía más el estómago, y que como no consiguiera tomar un respiro o detener el mundo, al menos una milésima de segundo, acabaría vomitando el café con leche que había desayunado.
Los dos asistentes sociales que nos habían llevado tocaron al telefonillo, y nos observaron con una sonrisa ladina que bien podría ser de compasión como de preocupación, pero estaba tan inmersa en mis pensamientos, que no pude reparar en aquello y la sensación tan incómoda que me produjo. Respiré hondo, muy hondo, cuando el portón se abrió, y arrastrando los pies, me introduje en aquel lugar cercado por unos muros altos, beige y mal cuidados, que me recordaron a una cárcel. Me pareció cómica y cuanto menos poética aquella comparación, pero a pesar del miedo y la incertidumbre, quizá, y solo quizá, ese lugar podría ser un refugio para el caos que habíamos vivido durante los últimos años y la tranquilidad que tanto necesitábamos.
Atravesamos el camino hasta la entrada del edificio, pero no reparé en el interior, porque las lágrimas que se me agolpaban en los ojos, me lo impedían. Dos guardias de seguridad en la puerta me llamaron la atención. Sabía que eran guardias por el uniforme marrón claro que llevaban, pero no entendía que hacían ahí o si realmente eran importantes y necesarios. Nos saludaron con un gesto de cabeza y nos llevaron a una sala pequeña donde nos mandaron esperar.
Observé el pequeño cuarto mientras tomaba asiento en uno de los dos sofás viejos, justo al lado de John, pero sin permitirme tocarlo. Las paredes y techo blancos con gotelé, la pequeña mesa de madera puesta en el centro, y una ventana con verjas que apenas dejaba entrar los rayos del sol. Movía el pie de arriba abajo con nerviosismo cuando, una educadora que debería rondar los cuarenta años, con el pelo corto y rizado, entró, sentándose en el sofá vacío y dejando los papeles encima de la mesa. Su rostro redondo tenía una expresión severa y nos miraba como si fuésemos más un problema que una oportunidad. Greta, que así se llamaba, nos empezó a hablar de las reglas y de lo que podíamos esperar en los próximos días de nuestra estancia en la residencia. Se inclinó sobre los papeles, observándolos, para acto seguido soltar un largo suspiro y volver a centrar su atención en nosotros.
—No entiendo qué hacéis aquí —musitó con cara de pocos amigos y en un tono cortante, cruzando los dedos de sus manos—. En tres meses cumpliréis la mayoría de edad, y a la puta calle.
La miré perpleja, haciendo una mueca de desagrado con los labios que no pude ocultar. ¿De verdad acababa de decir aquello? Sus palabras aumentaron mi ansiedad, incapaz de detener mi pierna que se movía inconscientemente, concentrándome en mi respiración y en no mostrarme débil delante de aquella señora que parecía no tener ni una pizca de compasión ni empatía.
Inspirar. Un, dos, tres. Espirar. Inspirar. Un, dos, tres. Espirar...
—Después de esto no hay nada. No vamos a encontraros un centro en tan poco tiempo, así que debéis plantearos volver con vuestra hermana.
Negué con la cabeza, pero no me atreví a abrir la boca. Acabábamos de llegar y ya nos estaban echando. Tampoco me sorprendía, aunque no entendía muy bien cómo funcionaba aquello, que no nos quisieran en un lugar no era nada nuevo.
Durante toda mi vida había vivido como si sobrase en ella, como si fuese un personaje secundario de mi propia historia y como si nunca fuese a ser la protagonista, aquella que acaba recibiendo su final feliz y en la que todo el mundo encuentra una referencia o aspiración porque a pesar de las dificultades, consigue lo que se propone. ¿Volver con Ana? ¿Acaso tenía la más mínima idea de por qué estábamos ahí? Porque desde luego no era por gusto. Ana, adulta ya, no estaba preparada para asumir la responsabilidad de dos adolescentes. No cuando ya tenía tres hijas, una relación complicada y una familia que vivía la vida de una forma muy diferente a la nuestra, donde las faltas de respeto y agresiones eran el pan de cada día.
John y yo éramos demasiado blanditos para el mundo tan cruel en el que nos empezamos a meter aquel mes de mayo, sin comerlo ni beberlo, cuando una llamada telefónica, que avisaba de que nuestra madre estaba en la cárcel, nos demostró que la vida que conocíamos podía cambiar abruptamente y que no podíamos dar nada por sentado. Aquel si fue un día de la madre que nunca podría olvidar, por mucho tiempo que pasase.
—Los objetos de valor van aquí —Indicó Greta señalando una caja de plástico con una etiqueta grande y visible en la que se leían nuestros nombres—. Y con objetos de valor, también me refiero al teléfono móvil o cualquier aparato electrónico. Cuando salgáis de aquí os serán devueltos.
—¿Cómo? —Me atreví a preguntar.
Claramente había escuchado mal, ¿Cómo iba a estar tres meses sin teléfono cuando por fin me lo habían devuelto? Tenía que ser una broma. ¿Cómo avisaría a mis compañeros de que todo estaba bien cuando había salido del instituto con prisas como si estuviese huyendo? ¿Cómo hablaría con Elena?
—No pienso repetirlo —dijo cansada—. No están permitidos aquí dentro, y créeme. —Está vez posó sus ojos en mí—. Lo preferirás antes de que te lo roben.
Hice lo que me pidió a regañadientes, sintiendo la mirada juzgante de mi hermano en la coronilla, y para cuando me di cuenta, ya había anochecido.
Me senté en la cama, cansada y con un dolor de cuerpo que bien parecía producto de una paliza y no por el cansancio acumulado en las anteriores semanas, pero incapaz de dormir. En vez de eso, miré por la ventana que daba al jardín delantero y bien cuidado cercado por una valla de madera. A su lado, una pequeña pista de baloncesto en la que se reflejaba que tenía uso. Sollocé en silencio, agradeciendo tener una habitación para mí sola, y preguntándome si mi hermano, en el piso de abajo, habría conseguido dormir, o si por el contrario, se encontraría igual que yo, apoyando la cabeza contra el cristal y observando lo que en los siguientes meses pretendía ser llamado hogar. Quería verle, desearle las buenas noches y ver si estaba cómodo. Si los chicos podrían ser buenos con él y quizá pudieran ser amigos. Pero no nos permitieron vernos ni siquiera en la cena, la cual estaba dividida en dos turnos: el de chicos y el de chicas.
Un grito desgarrador, acompañado de ruidos y balbuceos incomprensibles, me hizo salir del trance que era mi caótica mente, prestando atención y mirando hacia abajo. Un chico, de apariencia desaliñada y cabello oscuro, largo y alborotado, saltó desde el primer piso al patio. Ahogué un grito, atónita, cuando el chico se levantó, se acercó al jardín y arrancó una valla, amenazando con esta a los guardias de seguridad que deberían encontrarse igual de sorprendidos que yo.
—¡Déjadme en paz! —gritó el chico con la voz grave y cargada de ira.
Los guardias intentaron calmarlo sin éxito. El chico continuaba haciendo ruidos extraños, con movimientos lentos y erráticos , golpeando el suelo con la madera de forma brusca y fuerte. Mientras tanto, otras cabezas comenzaron a asomarse por las ventanas de las habitaciones, murmurando entre ellos y observando la escena como si fuese lo más habitual del mundo. Entonces me di cuenta del error que era haber entrado ahí y me pregunté dónde coño nos habíamos metido.
Finalmente, después de varios minutos de tensión y cuando el chico se acercó a la puerta delantera, y la cual no se podía observar desde la perspectiva de las ventanas, los gritos cesaron, por lo que supuse que los de seguridad, junto a los educadores, habían logrado calmarlo. Me aparté de la ventana, con el corazón acelerado y deseando tener a mano mi cajetilla de tabaco, nunca en toda mi vida había necesitado tanto un cigarro. Tampoco podía quejarme, al menos una vez al día podría salir a fumarme uno y volver a entrar. Los guardias habían sido tan amables de poner mi nombre en un cajoncito de plástico donde habían metido mi tabaco y mi mechero. No me quedaban muchos, pero si ahorraba la paga de tres euros que me daban cada fin de semana, en dos semanas podría comprarme otro.
Me acurruqué nuevamente en la cama, muerta de frio. La manta sumada al uniforme de la residecia que consistía en un pantalón de chándal azul marino con dos rayas blancas a los lados y una chaqueta de un azul más claro, no protegían del frio. Porque con objetos personales también se referían a la ropa, incluso a las bragas y sujetadores, lo que suponía llevar pantalones que me tenía que atar con un cordón y camisetas que bien podrían servirme de vestido. Pero recordé que debía mantenerme fuerte, por mí, pero sobretodo por John. A pesar de estar a un piso de distancia, seguíamos juntos, y era lo único que importaba. Porque pasase lo que pasase, el vínculo de hermanos que compartíamos era algo indestructible. Era enfermar al mismo tiempo, cometer las locuras juntos, culparnos mutuamente de los problemas que ocasionábamos. Pero sobretodo, era esa compañía que te recordaba que no estabas solo, que siempre habría alguien que tirara de ti cuando el mundo se volviera tan gris y carente de colores que te impidiera ver un mañana. Porque nos teníamos, y no necesitábamos nada más. Mientras nos tuvieramos el uno al otro, fuese donde fuese, siempre encontraríamos un hogar.