Entre vicios y lamentos (crenny)

Summary

Dos chicos unidos por una cosa en común: sus trágicas y miserables vidas. Ambos viven de primera mano el abuso, la agresión, el maltrato y la indiferencia de sus familias.

Genre
Drama/Other
Author
Kay_ri
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Parte única

Ahí estaba yo discutiendo una vez más con mi padre, lo cual no era para nada raro, pues cualquier mínima cosa que yo hiciera le molestaba, incluso he llegado a pensar que simplemente me odia por haber nacido y por haberle arruinado la vida gracias a ello. En esta ocasión me había realizado una perforación en el labio inferior sin su autorización… Aunque tampoco es como si me importase haberla tenido en primer lugar.

—¡Ahora mismo te sacas esa mierda del rostro! —me gritó mi encolerizado progenitor, con la cara roja por la rabia.

—Oblígame —contesté, cruzándome de brazos y mirándole de manera desafiante.

—¡No me hagas repetirlo o si no-!

—¿O si no qué? ¿Vas a golpearme como lo haces con mamá? ¿Cómo el abusador de mierda que eres?

Entonces una mano se estampó violentamente contra mi mejilla. El ardor tardó pocos segundos en hacerse presente.

Dolía. Dolía como el infierno.

Miré a mi padre con odio—. ¿Qué? ¿Te duele que te digan la verdad? Golpear a una mujer no te hace más hombre, al contrario, te hace un completo hijo de puta —escupí con desprecio.

—¡Cállate!

Sentí que mis cabellos eran jalados y en pocos segundos caí de rodillas producto de la presión ejercida por mi padre.

—¡Eres solo un crío podrido! ¡Un pobre diablo que jamás debió nacer! Haberte tenido fue un completo error —espetó mientras cacheteaba mi rostro numerosas veces.

—Dime algo que no sepa —solté con una risa irónica.

Era algo que siempre supe, pues desde que era pequeño mi padre se encargó de hacerme saber que no me quería. Desde que tengo memoria se me hizo saber que yo en realidad no debía haber nacido, que solo se había hecho cargo de mí porque mis abuelos maternos lo amenazaron con denunciarlo si no me reconocía como su hijo. Pero todo fue distinto cuando nació mi hermana menor, Tricia. A ella sí que la quería. La quiso desde el día en el que se enteró que mamá esperaba una niña. Desde el día uno fue amada por mis padres. Se le brindó cariño, comprensión, respeto y apoyo; todo lo que a mí se me negó, simplemente por ser yo, simplemente por existir.

Me dejé golpear hasta el cansancio, y ¿qué iba a hacer de todos modos? Mi padre era un hombre que me doblaba en edad y en peso. Yo era alguien alto, pero de contextura delgada, si bien podía pelearme perfectamente con los tipos de mi edad o de unos pocos años mayores; sabía que no podía hacerle frente a alguien como mi padre.

Finalmente se marchó, maldiciendo y golpeando la puerta tras de sí. Me quedé unos minutos ahí, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sillón. Me dolían los costados y se me dificultaba respirar, seguramente el maldito idiota me había roto una costilla. Pasé mi mano por mi nariz ensangrentada, sintiéndome como un total debilucho que no se podía defender de un maldito gorila.

En eso la puerta fue abierta, era mi madre, la cual venía llegando tras largas horas de trabajo en la oficina. Después de que a mi padre lo despidieran por golpear al gerente mi madre se vio en la obligación de dejar su trabajo como ama de casa para salir a las calles y conseguir un oficio que nos pudiera sustentar como familia. Ella al verme soltó un chillido. Horrorizada, se acercó hasta donde yo estaba y se puso de cuclillas para quedar a mi altura.

—¡Dios, Craig! ¿Qué te sucedió? —preguntó con preocupación, cogiendo mi rostro entre sus manos.

—El bastardo de tu marido, otra vez —respondí tajante, apartando con brusquedad sus manos de mi cara, y poniéndome de pie.

—¿Thomas? ¿Dónde está él ahora?

—Salió —solté—. Aunque no me interesa saber a dónde. Por mí mejor si no regresa. —Y antes de que mi madre me pudiera responder, salí de casa en dirección a un solo lugar.

A ese lugar.

A ese lugar secreto.

A ese lugar en donde nos escabullíamos para olvidarnos de lo miserables que eran nuestras vidas.

A ese lugar al que acudíamos para olvidarnos de lo odiados que éramos por nuestros padres.

A ese lugar en el que nos reuníamos para compartir nuestras desgracias, y para hallar consuelo en el otro.

A ese lugar que solo nos pertenecía a nosotros.

Tras caminar no más de quince minutos llegué al bosque ubicado al noroeste del pueblo. Caminé entre los árboles, conociendo el sendero a la perfección. Ahí estaba frente a mí la pequeña cabaña abandonada en la que solíamos juntarnos.

Apenas ingresé por la puerta lo vi a él.

Al chico que me esperaba todas las tardes en la mugrosa cabaña que se caía a pedazos, a pesar de que yo no fuera todos los días.

Al rubio que me consolaba y me escuchaba sin interrumpirte ni juzgarme.

—Sabía que te encontraría aquí.

—Sabes que siempre me puedes encontrar aquí, cariño —dijo con tono seductor para luego dar una profunda calada al cigarrillo que se le escabullía entre los dedos—. ¿Qué te ocurrió? —preguntó cuándo me acerqué hasta él y me senté a su lado, quitándole el cigarrillo para darle una probada.

Me relajé en cuanto sentí cómo el humo inundaba mis pulmones, lo retuve un tiempo antes de dejarlo salir.

—¿Tu padre otra vez?

Puso sus ojos azules en mí. Su mirada era profunda. Era de esas miradas que, o te incomodaban, o te hacían estremecer y sentir un hormigueo recorriendo tu sistema. En mi caso se trataba de lo segundo.

—Sí —respondí soltado un suspiro—. El viejo se puso como loco cuando me vio con la perforación.

—Ese bastardo loco —Soltó Kenny al aire, con una sonrisa en el rostro.

Le había contado cada una de las cosas que hacía mi padre, desde golpearme a mí y a mi madre, hasta la vez que lo pillé engañando a mamá. Lo descubrí aquella vez en la que me escapé de la escuela, pues no me apetecía quedarme a la clase de inglés y escuchar al estúpido maestro hablar durante dos jodidas horas.

Ese martes hui durante la sesión del mediodía, saltando la pared trasera de la escuela. Una vez que llegué al vecindario pude percibir casi al instante que algo andaba mal, pues había un coche blanco aparcado en frente de casa, y mi familia no tenía auto, al menos no desde que el viejo perdió el trabajo y se vio en la obligación de venderlo para mantenernos durante un tiempo.

Cuando ingresé a la casa comprendí de qué se trataba todo esto:en la mesa, dos copas y dos platos vacíos; en el sofá, una cartera roja y un pañuelo del mismo color. Subí a la segunda planta, observando las prendas repartidas por el pasillo. Finalmente, llegué a la habitación matrimonial; la puerta estaba entreabierta. Me asomé, observando por el rabillo del ojo el interior del dormitorio: Ahí estaba el hijo de puta de mi padre en la cama, sin ropa, con una mujer de cabellera marrón encima de él, también desnuda cabía recalcar.

—¡Eres un imbécil de lo más asqueroso! —girté abriendo la puerta de un solo golpe, provocando que ambos brincaran del susto.

—¿Craig? ¿Qué haces aquí? —preguntó mi padre, atónito.

La mujer rápidamente se bajó de encima de mi padre y se cubrió con la manta que estaba a los pies de la cama.

—¿Es tu hijo? —La mujer lo miró con sorpresa.

—Por desgracia sí lo soy —contesté en su lugar, apretando la mandíbula producto de la rabia. No era especialmente cercano a mi madre, pero de eso a que el viejo le ponga los cuernos mientras ella se rompe el lomo trabajando, era otra historia completamente diferente.

—Te hice una pregunta Craig, ¿Qué mierda estás haciendo aquí? —inquirió, cambiando su sorprendido semblante a uno molesto y autoritario.

—Eso debería preguntarte yo —le respondí con tono desafiante—. ¿No se supone que deberías estar buscando trabajo? No esperas que sea mamá la que nos mantenga mientras tú te la das de vago y para colmo la engañas, ¿o sí?

—¿E-eres casado? —Le preguntó la mujer—. ¡Creí que habías dicho que estabas divorciado, Thomas!

Entonces la mujer pasó corriendo por mi lado, saliendo de la habitación. De seguro para recoger su ropa y pertenencias para marcharse de aquí.

—¡Serás un-! —Mi padre se levantó, caminando hacia mí.

—¿Un qué? Te pillo siéndole infiel a mamá, ¿y aun así tienes el descaro de molestarte por haberte arruinado tu follada del día?

Ese día me padre me golpeó hasta que quedé inconsciente. Desperté al día siguiente en mi habitación, con mi madre curando mis heridas mientras que yo estaba tumbado en la cama sin poder mover ni un solo dedo.

—Yo creo que te queda bastante bien —comentó, refiriéndose a mi perforación.

—Gracias —sonreí—. Aunque de seguro se me infecta por culpa del viejo.

—Espera aquí —Entonces se puso de pie y se fue hasta el otro extremo de la habitación.

No podía ver bien que hacía debido a la oscuridad del lugar.

Parecía estar buscando algo entre unas cajas que había traído de su casa, pues como decía él: “De todas maneras, paso más tiempo aquí que en mi propio hogar”.

Al poco rato regresó con un pequeño botiquín entre sus manos.

—Lo traje la última vez que mi padre intentó abusar de Karen y yo la defendí, recibiendo los golpes en su lugar.

A Karen se la había llevado la madre de ambos en cuanto se enteró de que su exmarido se aprovechaba de ella. En un principio, la fémina se había marchado sola, queriendo olvidarse de su anterior vida, de su esposo e incluso de sus hijos. Hasta que un día Kenny la localizó y fue hasta donde ella estaba residiendo. Se paró afuera de su puerta y no se marchó de allí hasta que habló con su progenitora, rogándole que por favor se llevara a Karen con ella, que él y Kevin no importaban, que podían sobrevivir en casa con su padre; pero que la niña no tenía por qué estar aguantando al asqueroso de su progenitor. La mujer aceptó, llevándose a la más pequeña de los McCormick a vivir con ella y con su nueva familia.

Pero lo que no sabía es que sus otros dos hijos eran los que iban a sufrir las consecuencias de aquello.

—Auch, eso duele —me quejé en cuanto pasó la gasa con desinfectante por mi labio malherido.

—Lo sé, cielo, pero tienes que ser valiente.

De esta manera Kenneth curó cada una de mis heridas con suma delicadeza.

—¿Fumamos otro? —preguntó, sacando una cajetilla del bolsillo de su parca.

—Vale.

Y tras mi respuesta, Kenny se colocó el cigarrillo entre los labios y yo se lo prendí con un encendedor.


Nuevamente me encontraba camino al escondite que compartía con el rubio. Esta vez había peleado con mi hermana a causa de nuestras diferencias. Lo cierto era que la detestaba; si bien no tenía la culpa de que no me quisieran en casa, su personalidad arrogante no ayudaba para nada. Siempre apoyaba a nuestro padre en todo. Incluso cuando le conté que lo había descubierto con otra mujer, no me creyó, pensó que solo le decía aquello para que odiara a papá tanto como yo lo hacía.

Cuando ingresé a la cabaña, un fuerte hedor llegó a mis fosas nasales. Una intensa mezcla a alcohol y tabaco. Caminé a través de la oscura habitación, tropezando más de una vez con botellas de cerveza esparcidas por el suelo.

No lo veía por ningún lado.

Al menos así fue hasta que me percaté de unos leves gimoteos que me llevaron en dirección al pequeño baño de la casucha. Abrí la puerta con delicadeza, procurando no hacer demasiado ruido.

Fue ahí cuando lo vi.

Ahí, dentro de la antigua y sucia bañera. El blondo se hallaba semidesnudo, únicamente cubierto por la ropa interior. A un costado de la tina tenía un balde de agua en el que sumergía un paño y luego se lo llevaba al cuerpo, restregándolo con fuerza en su piel todo eso mientras finas lágrimas caían por su rostro pálido.

—Kenny —llamé, acercándome hasta donde estaba—. ¿Qué estás haciendo?

—Limpiándome —respondió, sobándose frenéticamente la piel—. Mi padre… É-el… —me dijo entre sollozos, posando sus azules ojos sobre mí. Estos estaban rojos, seguramente a causa del llanto.

—¿Qué hizo? No, ¿Qué te hizo? —corregí, mirándolo con preocupación.

—Él… Intentó sobrepasarse conmigo —soltó en voz baja. Su voz pendiendo de un hilo.

—¡¿Qué él hizo qué?!

Yo no cabía en mi sorpresa.

—Dijo que como ya no estaba Karen yo iba a tener que hacerme responsable de sus deseos —contó, abrazando sus piernas con sus brazos y escondiendo la cara entre las rodillas—. Si no le hubiera pegado con el jarrón de la mesa de centro, quizás no habría podido escapar de él.

—Ese hijo de puta —escupí con rabia. Kenny solo gimoteaba despacio.

Con un suspiro me agaché y lo envolví en un abrazo, sin importarme en lo más mínimo que yo también me mojara en el acto.

—Te prometo que te sacaré de allí. Te prometo que te llevaré conmigo, lejos, a dónde tu padre no pueda encontrarte. En donde puedas vivir la vida que siempre mereciste vivir.

No sé cómo ni por qué sucedió, pero uno cosa llevó a la otra y terminamos en la vieja cama de dos plazas; en el sucio colchón, carente de sábanas y almohadas. Mi ropa poco a poco fue desapareciendo y la única prenda que él llevaba también lo hizo. Esa tarde nos entregamos el uno al otro, Kenny rogándome que no le dejara solo, mientras yo le consolaba, besando y acariciando cada una de las heridas ocasionadas por su padre.


Luego de aquel día comenzamos a reunirnos cada vez más seguido. A veces nos veíamos todos los días, otras veces día por medio; pero siempre que teníamos algún problema con nuestras familias nos veíamos ahí.

No sabía lo que teníamos, solo sabía que no quería que se terminara.

—Ey —dije en cuanto ingresé al dormitorio de la cabaña.

Me acosté a su lado, apoyándome en uno de mis codos para poder mirarle mejor.

—Hola —me respondió depositando un casto beso en mis labios—. Mira lo que tengo.

Entonces sacó una pequeña bolsa transparente de unos de sus bolsillos. En su interior pude observar diversos tipos de pastillas, de colores y diseños variados.

—¿Estas son…? —pregunté sin completar la frase. Kenny asintió con una sonrisa.

Drogas.

Hasta ahora solo había probado el alcohol y el tabaco, por lo que los alucinógenos y cualquier otro tipo de estimulante eran algo desconocido para mí.

—¿Probamos algunas?

—No lo sé, Kenny —comenté con un dejo de duda—. ¿Dónde las conseguiste?

—Papá —respondió, indiferente—. Vamos, Craig. Será divertido. Y nos harán sentir extremadamente bien.

Y yo caí ante él, ante su sonrisa traviesa y su cara de ángel.

—Está bien —suspiré para luego esbozar una pequeña sonrisa.

—¿Cuál probamos primero?

—Esas de ahí —dije y señalé lo que parecían ser pegatinas con un corazón dibujado en ellas.

Lo siguiente que recuerdo es que nos pusimos la droga en la punta de la lengua, y en aproximadamente veinte minutos me comencé a sentir extraño; liviano, casi como una pluma. Los objetos a mi alrededor empezaron a distorsionarse, algunos se veían borrosos y otros como si estuvieran en movimiento. Me encontraba feliz, pleno, y al mirar a mi costado pude observar a Kenny en un estado similar al mío. Nos besamos, experimentando fuegos artificiales en mi boca y estómago producto de la euforia del momento.

Al día siguiente probamos otro, y al siguiente, otra más. Hasta que finalmente las probamos todas: las que se consumían, las que se inhalaban y las que se inyectaban. Vine a caer en cuenta de la gravedad del asunto cuando Kenny comenzó a desarrollar cierta dependencia a aquellas sustancias, pues las cantidades y frecuencia con las que ingresaba dichas drogas a su organismo eran mucho mayores a las que yo hacía.

—Creo que deberías dejar de consumir en cantidades así. Es demasiado, Kenny. Así como vas te terminarás lastimando —le dije entonces, en un intento de arrebatarle la aguja que estaba por inyectarse en la vena del antebrazo izquierdo.

—Métete en tus asuntos, primor, y déjame ser feliz —respondió con ironía, deshaciéndose de mi agarre con brusquedad.

—No necesitas esto para ser feliz.

Estaba frustrado. Jamás pensé que Kenny se volvería un completo adicto.

—¿Y tú qué sabes, eh? —me respondió con un siseo, notoriamente enojado—. Tú no te tuviste que separar de tu hermana para que ella pudiera vivir una vida mejor de la que tú llevas, tu padre no te abusa todas las noches culpándote de que tu mamá y tu hermana no estén en casa. Tu vida es una mierda, sí, pero no creo que se compare al infierno que estoy viviendo.

Esas palabras bastaron para que la bomba dentro de mí explotara.

—¡Bien! Si eso es lo que quieres, te dejaré en paz —me separé de golpe apretando los puños, impotente—. Si te quieres drogar hasta quedar inconsciente o hasta provocarte la muerte, ¡Hazlo! —le grité, sintiendo lágrimas traicioneras caer de mis ojos—, pero no esperes a que vuelva por ti, Kenny. No después de que sobrepongas las drogas por sobre todo lo demás.

Y sin dejarle siquiera responder, me di la vuelta y me marché, azotando la puerta tras de mí.

Me sentía molesto, herido, traicionado. No solo había preferido las drogas, sino que, además, había minimizado mis problemas, que sí, puede que no sean tan terribles como los que él tenía, pero no por eso dolían menos.

Esa tarde no volví a ver Kenny.

Tampoco lo busqué.

Y ese fue el error más grande que cometí en mi vida.


—¡¿Pero qué mierda…?! —solté al ser despertado abruptamente por el sonido de mi teléfono.

Lo cogí y observé que estaba recibiendo una llamada de un número desconocido. Me percaté de la hora, ¿qué maldito demente te llama a las cuatro de la madrugada?

Con un resoplido cogí la llamada—: ¿Diga?

—¿Eres Craig? —preguntó una voz masculina al otro lado de la línea.

—Sí, soy yo. ¿Con quién hablo y por qué llama a estas horas de la noche?

—Soy Kevin, el hermano de Kenny.

—Oh, hola. —musité desconcertado—. ¿Cuál es la razón de tu llamada?

No entendía, ¿por qué me estaría llamando el hermano de Kenny? ¿Y cómo diablos había conseguido mi número? Siempre pensé que los McCormick eran pobres y no tenían celulares, aunque bueno, si el señor McCormick podía permitirse comprar drogas, debía tener uno que otro ingreso para comprárselas.

—Mira, seré breve: Kenny no ha regresado a casa y estoy preocupado por él.

—Pensé que no se llevaban bien…

—Quizás no seamos muy unidos, pero sigue siendo mi hermano menor —respondió, yo me quedé callado—. Te llamaba para peguntarte si sabías algo de él, sé que se ven seguido.

—¿Cómo lo…? —estuve por preguntar. Entonces recordé la discusión que tuve con el rubio y cómo seguramente se quedó drogándose en nuestro escondite.

—Creo que sé dónde está.

—Llévame hasta allá.

No quería hacerlo, no quería que alguien más supiera de ese lugar.

Pero también sabía que si Kenny no había llegado a casa, seguramente algo le había ocurrido.

—Está bien, Nos vemos en diez minutos en la avenida principal.

—Ahí estaré.

Colgué la llamada y me levanté de la cama, vistiéndome lo más rápido que podía.

Salí con sigilo de casa, lo que menos quería era que mis padres se despertaran y armaran un escándalo. Caminé a pasos agigantados hasta el punto de encuentro en dónde ya me esperaba el hermano de Kenny. Lo había visto un par de veces a lo lejos, por lo que conocía su aspecto: cabello castaño rapado a los costados, chaqueta de fútbol americano, pantalones rasgados, y lleno de piercings y tatuajes en el cuerpo.

—Ey —solté en cuánto estuve de pie frente a él—. Sígueme.

Kevin solamente asintió con la cabeza y comenzamos a caminar en silencio rumbo al frondoso bosque del pueblo.

—¿Sabías que Kenny robó las drogas de tu padre? —pregunté entonces, rompiendo el incómodo silencio del ambiente.

—¿Qué?

—Hace un tiempo me las enseñó. Probamos algunas, pero él comenzó a consumirlas cada vez más seguido. Traté de detenerlo, pero no me escuchó.

—Apurémonos en llegar adónde sea que estemos yendo —me interrumpió—. Tengo un mal presentimiento.

Y con esas palabras en mente apresuramos el paso. Al llegar a la cabaña abandonada abrí la puerta de golpe. Ingresamos, pero no veíamos a Kenny por ningún lado.

—Revisa el baño —le señalé la puerta de la derecha—. Yo iré a ver si está en el dormitorio.

Me dirigí a la habitación del fondo. A cada paso que daba, una gota de sudor frío bajaba por mis sienes. Tenía miedo; miedo de que las palabras que le dije esta tarde se hayan vuelto realidad.

Negué con la cabeza, queriendo alejar esos pensamientos de mi mente.

Con las manos temblorosas abrí la puerta del dormitorio.

Sentí que se me iba el alma ante la escena que tenía frente a mis ojos.

—¡Kenny! —grité en cuanto lo vi.

Estaba ahí, tendido en la cama, inmóvil. Con los ojos cerrados y con una aguja en su mano izquierda. Su piel estaba pálida, casi como la de un cadáver. A su alrededor estaban repartidas múltiples bolsas transparentes, lo que solo evidenciaba las grandes cantidades de droga que había ingresado a su sistema.

Corrí hacía su dirección, tomándolo entre mis brazos. Estaba frío.

No, no, no, no.

No podía ser cierto.

—¡Kenny! ¡Kenny! —llamé su nombre incontables veces, mientras golpeaba suavemente sus mejillas, en un intento de hacerlo reaccionar—. ¡Despierta, por favor!

A estas alturas las lágrimas ya eran incontrolables.

—¿¡Lo encontraste?!

Kevin se llegó a la habitación. Su semblante cambió y su rostro palideció al ver a su hermano menor en esa situación. Rápidamente se acercó y colocó su índice y medio en el cuello de Kenny.

—Su pulso es muy débil, hay que llevarlo al hospital —me dijo, pero yo estaba en estado de shock, sin poder asimilar lo que estaba ocurriendo—. Llamaré a emergencias.

—¿Q-qué hago yo?

—Acuéstalo boca arriba y eleva sus piernas, eso puede ayudar a mejorar el flujo sanguíneo —ordenó antes de salir de la habitación para realizar la llamada.

Obedecí a sus instrucciones y esperé, tratando de mantener la calma.

No puedes morir, Kenny.

No todavía.

No cuando aún no he podido darte la vida que te mereces.

No sé cuánto tiempo pasó, pero a lo lejos se comenzaron a escuchar el sonido de las sirenas de la ambulancia que se acercaba a una velocidad impresionante.

—Los paramédicos ya están aquí.

Tras las palabras de Kevin, dos hombres ingresaron a la habitación con una camilla de rescate en manos. Nos ordenaron salir de la cabaña y a los pocos minutos llegaron con Kenny recostado en la camilla.

—Necesitamos que alguien vaya al hospital con el paciente.

—Yo iré —dijo Kevin con firmeza—. Soy su hermano mayor.

—Está bien, por favor, síganos.

—Te veo allá, por si quieres ir —se volteó en mi dirección.

—S-sí.

Se subieron a la ambulancia y se marcharon. Yo me quedé unos segundos de pie, observando cómo desaparecía a lo lejos.


Llegué al hospital con la respiración agitada, pregunté por el rubio a la recepcionista y esta me indicó que estaba en urgencias, pero que podía dirigirme a la sala de espera en lo que los médicos daban alguna noticia. Cuando iba caminando por el pasillo unas alarmas comenzaron a sonar por todo el lugar. De pronto una cantidad considerable de doctores y enfermeros se encontraban corriendo en la dirección a la sala de urgencias.

—¡Tenemos una emergencia! ¡Paciente 311 con colapso cardiovascular! ¡Requerimos apoyo!

Me detuve en seco. Viendo pasar al personal médico hacia donde me dirigía.

No…

No.

No.

¡NO!

No podía estar pasando. Simplemente no podía.

Corría hasta el final del pasillo, viendo entonces a Kevin de espaldas a mí, con la mirada en el ventanal enfrente de él.

—¡KENNETH, POR FAVOR! ¡No mueras! ¡No te atrevas a morirte! —gritaba golpeando el cristal con los puños, mientras lágrimas descendían por su rostro.

Me acerqué hasta donde estaba y miré a través de la ventana. Ahí estaba el doctor encargado con un desfibrilador en manos, aplicando cada cierto tiempo descargas eléctricas sobre el pecho de Kenny en un intento de restablecer su ritmo cardíaco.

Desvíe la mirada, no siendo lo suficientemente fuerte como para mirar la escena que tenía frente a mis ojos.

Apreté la mandíbula en cuánto oí la tercera descarga y la alarma del monitor que se encargaba de regular la actividad cardíaca sonó, indicando la ausencia de los latidos de su corazón.

Las lágrimas se hicieron presentes.

Pude observar cómo el doctor negaba con la cabeza antes de mirar el reloj de la sala de procedimiento.

Hora de muerte: 5:42 a.m.

El médico salió de la sala y se dirigió hasta nosotros.

—Intentamos reanimar al paciente, pero me temo que no pudimos salvarlo. Lo sentimos mucho —nos dijo, mirándonos con pesar.

Nos permitió ingresar a la sala para ver a Kenneth y despedirnos de él. Kevin me dijo que entrara primero, ya que iba a llamar a su madre y hermana para contarles lo sucedido.

—Idiota… —murmuré tomando una de sus manos pálidas y frías—. ¿Por qué lo hiciste? —pregunté a la nada, sabía que no obtendría respuesta alguna—. ¿Tanto dolor albergabas en tu corazón? ¿De verdad no fuiste feliz en ningún momento de tu corta vida? Te prometí que te salvaría del desgraciado de tu padre, que te llevaría lejos, dónde nadie pudiera lastimarte, dónde pudieras ser al fin feliz.

Pero no pude cumplir la promesa que te hice.

No pude salvarte del infierno en el que te encontrabas.

Y sí, me arrepentiré hasta el final de mis días de no haberlo podido hacer.

Quizás fue mi culpa. Quizás por mi culpa te volviste un adicto. Quizás por mi culpa no pudimos huir a dónde nadie nos encontrara. Quizás por mi culpa ya no ibas a poder sonreír nunca más. Y quizás por mi culpa ya no estabas en este mundo.

Porque no te pude proteger.

Porque no pude salvarte y darte la vida que merecías.

Porque no pude hacerte feliz.

Y quizás así estaba destinada a ser nuestra historia: una efímera historia entre vicios y lamentos.

FIN