Prólogo
En los oscuros abismos del terror se encontraba mi corazón.
Allí, descalza, mi vestido había sido rasgado por la gente del pueblo a tal punto que me avergonzaba ser vista, los rasguños habían dejado de ser mi primer dolor cuando vi a aquel monstruo sonreír de placer al ver cómo era desterrada. No sentí ira, ni tristeza si no miedo, no solo por mí, miedo de que mi pequeña hermana presenciara algo tan horrible como lo que estaban a punto de hacerme, no lo merecía, aun no era lo suficientemente madura como para verme así y salir impune mentalmente, no era justo.
—No —murmuré a una gota de romperme a llorar—. ¡Ella no tiene por qué estar aquí!, ¡No permitan que vea esto!
Eran mis palabras las que imploraban piedad por mi hermana, la tenían a ella y a mi madre en primera fila, siendo forzadas por hombres desagradables a la vista, forzadas a mirar en mi dirección.
—Si no ven las consecuencias de romper nuestra ley, jamás aprenderán, tus pecados serán pagados en presencia de todo el pueblo —Escuché decir al Príncipe Logan.
Grité de frustración cuando vi a la masa de personas gritar con todas sus fuerzas que me lanzaran a ese lugar, mis pies ardían por el raspe con las piedras, sentí el ardor en mi nariz debido a un corte que me hicieron las personas en medio de los gritos, las maldiciones y los piedrazos. No importaba cuánto luchara, cuánto me sacudiera, estas personas simplemente me apretarían las extremidades más fuerte. Al cabo de unos minutos terminé rindiéndome a soltarme, cabizbaja escuché las súplicas de mi hermana que deseaban con desespero que me soltaran de una vez, pero claro, si a mí no me escucharon, dudo mucho que la escuchen a ella. Levanté mi rostro, lentamente lo dirigí hacia ella, mi cuerpo temblaba como nunca, entonces la vi, tenía su frágil rostro cubierto de lágrimas, ese corte en su ceja, mataría a quién fuera capaz de lastimarla, percibí el miedo en sus ojos, eso me rompió el corazón.
—Cierra los ojos Juliette —fueron las últimas palabras que le dije a mi hermana, sus ojos se abrieron como platos, dejándome claro que logró escucharme a pesar del ruido que había.
No estaba lista para morir, nadie lo estaba y aunque existan personas que digan lo contrario, nunca nadie estaría preparado para ser arrojado al Bosque Muerto.