Uno
Una maraña de cabellos color zanahoria se escabullía por los callejones. La respiración agitada, el corazón en el puño. Y dos pares de alas del color del atardecer se batieron contra un niño haciendo que las manos lo empujaran hacia el río.
—¡Ja, a ver si aprendes a poner más atención!
—¡Tramposa! —El niño se escurrió el agua de la cara.
—Como dije, eso fue por no poner atención. —Le sacó la lengua.
—Eso es trampa, Shayirāh.
—Por supuesto que no, Ainra. Ninguno de ustedes me vio venir y por lo tanto, yo gano.
Un silbato de vapor sonó en ese instante.
—Bueno, fue divertido jugar con ustedes pero me tengo que ir. Los veo mañana chicos.
—Espera, quédate otro rato más. —Ainra intentó detenerla.
—Perdón, sabes que tengo que llegar antes del atardecer. Y ya es tarde, de hecho.
Ainra hundió los hombros y sus alas como el carbón.
—Oh, bueno. Pero, ¿nos vemos mañana?
—Claro, amiga. Chau.
Tras colocarse sus goggles, batió sus alas elevándose por encima de las nubes de vapor y las tuberías, observando cómo los colonos llenaban con sus colores vibrantes de negro, turquesa o rojo siempre la acera derecha, con acceso a los restaurantes y cafés más exclusivos de todo Eldorf, mientras que el resto de los eldorfianos, llenaba de cuero desgastado marrón la acera izquierda, cargando pesados maletines o solo caminando sin espacio para siquiera tropezar. Shayirāh había visto más de una noticia sobre gente que tropezaba. A veces, sin volver a levantarse.
Shayirāh siempre se preguntaba por qué la gente con dinero tenía que caminar por el lado derecho. Y no solo eso, también lo hacían solo los policías y soldados del Imperio Athanor. Algunas veces había visto cómo algunas personas que rompían esta regla, eran arrestados. Pero a esas alturas ya era común para ella, así que pensaba que solo era una regla que todos debían obedecer y ya. Como si ella tuviera que obedecer las reglas en su casa.
Al día siguiente, el sol se elevó envolviendo su habitación con un abrazo de sus rayos. Ese cálido día de julio, Shayirāh se levantó de su cama como cualquier otro día. Bajó rápidamente las escaleras desde su cuarto hacia la sala y luego hacia la cocina, donde se encontraba su madre cubierta de harina hasta el rostro quien ya comenzaba a preparar un pastel para ella.
—¡Feliz cumpleaños, cariño! No puedo creer que mi dulce niña ya sea mayor— la felicitó mientras preparaba la masa.
—Hola, ma, gracias, creo que yo tampoco me lo creo.
—Anda, ven aquí, te mereces un gran beso y un abrazo— dijo su madre extendiendo sus brazos con sus manos cubiertas de masa de pastel.
—¡No, no, por favor, espera— Shayirāh intentó escapar del pegajoso abrazo pero no lo logró. Miró su atuendo con una mueca—. Agh, genial, ya me ensuciaste mi ropa. Iba a salir a jugar con mis amigos —se sacudió—. Eh… por cierto, te quería preguntar si podría invitarlos a venir a la fiesta esta noche —su mirada zafiro se iluminó un poco al preguntar.
—No sé, supongo que si sus padres están de acuerdo, está bien, pero deben enviar un mensaje conmigo para asegurarme de que vendrán.
—Yo les preguntaré si pueden venir, no te preocupes.
—Bueno, de acuerdo. Hablaré con tu padre sobre esto y enviaremos las invitaciones por los tubos de mensajería.
—Gracias, mami, te quiero —Salió corriendo de la cocina directo a la entrada con una sonrisa de oreja a oreja. Por poco se va sin probar un bocado de desayuno.
—¡Hey, espera, jovencita! ¿No te irás sin desayunar, cierto?
—Oh, claro, no puedo irme aún. Gracias por recordármelo—. Cerró la puerta y regresó volando a la cocina.
—Oye, oye. Ten más cuidado cuando uses tus alas dentro de la casa, señorita, podrías romper algo.
—Ups, lo lamento. ¿Qué hay para desayunar?
—Estoy cocinando pierna al horno. Si quieres puedo prepararte un sándwich.
—¡Yumi! Suena delicioso. Acepto.
La señora Layra Irionhart, solo amasó un poco más, agitando sus mechones color cobre y luego dejó lo que estaba haciendo y se aproximó al gran horno donde se terminaba de cocinar un gran trozo de pierna. Al abrir la puerta, los engranajes laterales se detuvieron, la chimenea soltó una nube de vapor y sus ojos jade se clavaron en las burbujas de grasa que no paraban de borbotear por encima de la capa achicharrada de carne.
La sacó con cuidado usando unos guantes de cocina para no quemarse y comenzó a preparar un sándwich para su hija cortando la carne en delicadas rebanadas. Para su tamaño, Shayirāh tenía el estómago grande puesto que prácticamente engulló sin pena el desayuno que su madre le había dado. Cuando terminó, agradeció la comida a su madre, se despidió y salió a la calle. Saltaba entre los charcos de agua en el suelo mirando a su alrededor, procurando no mojarse los pies.
Los soldados y policías ya circulaban por la calle, patrullando en sus copperflyers que emitían su característico ronroneo, flotando con su suspensión que emitía una luz azul parecida a dos ruedas, —una frontal y una trasera— por todos lados, y algunos más, solo descansaban como bueyes en primavera, recostados sobre el cuero de los asientos y los pies sobre el manubrio. Uno de los que circulaba por ahí, casi arrolla a Shayirāh mientras ella saltaba entretenida entre los charcos. En lugar de disculparse, el policía le gritó sin remordimiento.
—¡Quítate, mocosa estúpida! ¡Casi te atropello!
—Lo siento, señor. No volverá a suceder.
—Puaj, todos los yarimas son iguales —respondió el policía escupiendo al suelo.
Quizás los policías de Athanor no conocían los modales, algo que Shayirāh siempre había tenido presente. Pero, ¿qué se iba a esperar de sujetos endiosados y corruptos como ellos?
Mientras avanzaba con más cautela por la calle, pudo notar cómo había un hombre de barbas largas y canas, vestido con ropa sucia y desgastada, parado fuera de la panadería que estaba frente a la fuente, intentando conseguir dinero haciendo un baile extraño mientras tocaba un acordeón.
Ella se rió al ver el baile, pensando que tal vez se trataba de una especie de bufón callejero o algo. La gente que se compadecía de él, le dejaba caer uno o dos zarvinks en su sombrero harapiento y sucio que estaba en el suelo. Antes de continuar su paso, miró que un par de soldados llegaron con aquel hombre. Se rieron de su baile, como si fueran viejos amigos y sin más, levantaron el sombrero y le quitaron las monedas que había logrado conseguir mientras él pedía que le devolvieran su cobre. Cuando intentó recuperarlas, tan solo fue golpeado por los soldados en el estómago, lo que lo derribó junto con su acordeón, el cual, pisotearon hasta destruirlo.
Sintió cómo el pecho le pesaba mientras algunas gotas de sudor se desprendieron de su frente que ardía como si tuviera fiebre. Algunas ondas de calor se desprendieron de su cuerpo. No era posible que los policías o soldados hicieran tal maldad dos veces seguidas. Para Shayirāh, esa gente de hecho debería estar cuidando en vez de robando.
Esos no son soldados, son solo ladrones. Bravucones que se aprovechan de la gente buena. Ese pobre hombre no debe haber hecho nada malo para que lo traten así.
Continuó su camino sintiendo cómo las mejillas y las orejas le ardían como si estuviera parada junto a una fogata enorme, hasta que una pelota la golpeó en el rostro distrayéndola de sus pensamientos.
—Hey, Shayirāh, lánzala de vuelta. —Uno de sus amigos le hizo señas con las manos como intentando atrapar la pelota.
—¡Eso duele! —Se sobó su mejilla sin dejar de fruncir el ceño.
—Lo siento, fue un accidente, je, je. Pero lánzala.
—¿Puedo jugar?
—Sí, tan solo devuélvela.
Aunque el sol ya empezaba a abrigar con sus rayos, todavía podía ver el aliento manando de su boca. Una de las personas pasó cerca de ella a modo de que la empujó y al parecer, tampoco había tenido tiempo en su vida para sentarse a hablar con la cortesía. Shayirāh observó solo la silueta marrón alejarse entre destellos que a veces golpeaban sus ojos y que provenían de los engranes y cadenas que adornaban el sombrero. Quiso acercarse pero fue interrumpida por una patrulla de soldados que pasaban por la calle retumbando sus botas por el suelo entonando un himno extraño. Cuando por fin pudo avanzar, se acercó a preguntarles si querían asistir a su fiesta de cumpleaños esa noche.
—¿Por qué estás tan contenta? —Ainra señaló.
—Es que hoy es mi fiesta de cumpleaños. Quería preguntarles si…
Fue interrumpida por el estruendo de un silbato de vapor proveniente del cielo. —¿Qué querías preguntar?
—Que si querían venir a mi casa esta noche. Mamá dijo que hablaría con papá y…
De nuevo se vio interrumpida, esta vez, por el ronroneo de un copperflyer.
—¡Odio el ruido! Bueno, ¿irán?
Se imaginó lo que podría hacer cuando llegaran todos durante la conversación con todos sus amigos. Una botella que se rompía cerca de ahí llamó la atención de los niños, quienes voltearon a ver y pudieron ver cómo los soldados forcejeaban con un anciano mientras también lo apaleaban para sacarlo de su casa. Una mujer y un par de niños salían tras él, gritando y llorando, intentando defenderlo colgándose de los uniformes turquesa y rojo de los soldados.
Y ya que estaban estorbando tanto, los soldados se deshicieron de ellos con la culata de sus rifles. Al menos, eso era mejor que escuchar los rugidos secos de las armas disparándose.
Shayirāh clavó sus ojos en la escena, arqueando las cejas con curiosidad. Aunque no comprendía bien lo que sucedía, al ver a Ainra cubrirse los ojos de inmediato al observar cómo los soldados maltrataban incluso a los niños, ella decidió seguir su ejemplo.
Los insultos de los uniformados no se hicieron esperar. «¡Vamos, desgraciado infeliz! ¡Muévete, maldito!». Mientras subían al anciano en una carreta, la sangre le brotaba al anciano de la nariz que ya estaba desviada por los golpes y el labio roto. Parecía ser producto de aquellos insultos que resonaban en toda la calle.
¡Por Leiáh! ¿Qué está pasando aquí?
Su madre no le permitía decir tales palabras. E intuyó que exponerse a ellas, tampoco. Con tales improprios volando por el aire, sería mejor que se cubriera los oídos. No era adecuado que una niña de su edad los escuchara, según lo que le habíam dicho sus padres, así que mejor volteó hacia otro lado esperando librarse de ser testigo, pero sus manos tan frágiles no eran suficiente cobertura para todas las palabras, así que pensó que tal vez se metería en problemas por siqueira escucharlas.
Layra escuchó el escándalo y al asomarse, pudo ver la escena de las personas forcejeando con los soldados, y a ellos golpeando a las personas, e insultando, por lo que salió a buscar a su hija. La tomó por uno de sus brazos y la arrastró de vuelta adentro. La electricidad recorrió su cuerpo pensando que se había metido en problemas por presenciar los eventos. Intentó preguntarle a su madre pero no obtuvo una respuesta concreta, solo notó cómo Layra mostraba un poco de preocupación en su rostro.
—¿Qué pasa? ¿Por qué me trajiste así de repente? —su cabello anaranjado se reagrupaba en su posición original bajo sus manos.
—No preguntes, Shayirāh, no es apropiado que veas ese tipo de cosas. Además, tú sabes que hay palabras que no se dicen en esta casa y me preocupa que te puedas influenciar por lo que ves en la calle —dijo su madre sin voltear a verla. De repente, picar zanahorias era más importante que lo que acababa de pasar en la calle.
—Pero… hay algo que no me quieres decir. ¿Por qué los soldados se estaban llevando a…?
—¡Basta, jovencita! —se volteó apuntando con el cuchillo—. No quiero que se hable más del asunto, ¿está claro? Vete a tu habitación, hablaremos después.
Resopló con frustración. Si sabía que escuchar las palabrotas de los soldados la iba a meter en problemas, ¿por qué no entró a casa antes entonces? Sin preguntar nada más, abandonó la cocina y volvió a su habitación durante una hora intentando olvidarse de aquella escena, pero los sonidos como la botella rompiéndose o los insultos proferidos, no dejaban de dar vueltas en su mente, como si estuvieran en un carrusel.
Se entretuvo jugando con algunos de los juguetes que le habían regalado en su fiesta de cumpleaños anterior hasta que escuchó pequeñas piedras golpear su ventana. Se asomó y pudo ver que la llamaba Ainra para que saliera a jugar. De nuevo bajó emocionada las escaleras para poder pedir permiso a su madre de salir otra vez a jugar prometiendo ser más cuidadosa.
Layra lo dudó por un momento ante el impacto que le provocó aquella escena, pero ya que se veía tan contenta, decidió permitírselo al escuchar su promesa de tener cuidado. Shayirāh, Ainra y el resto de sus amigos pasaron todo el día fuera junto a la fuente de piedra que estaba fuera de la casa de Shayirāh jugando diferentes juegos, desde la pelota, hasta incluso terminar en el río bebiendo agua más tarde. No estaba segura de querer hablar de aquel arresto por la reprimenda de su madre, pero decidió preguntarle a Ainra de todos modos.
—¿Sabes lo que sucedió hace rato?
—No, ¿y tú?
—Tampoco. Mi madre no quiso contarme por más que intenté que me dijera, solo me ordenó que no debía hablar más del asunto.
—¡Qué curioso! Mis padres me dijeron lo mismo. Dicen que no me tengo que meter en eso por más curiosidad que me provoquen. No entiendo a los adultos—. dijo arrojando una piedra con fuerza frunciendo el ceño.
—Ni yo, parece como si hablaran su propio idioma, uno que no quieren contarnos.
—Mi papá me contó que ese hombre debía mucho dinero al imperio y que por eso lo arrestaron—. Intervino uno de los amigos de Shayirāh—. Dice que ese hombre pasará mucho tiempo en la cárcel. ¡Me alegro, los criminales deben pagar!
—No sé si sepas, tarado, pero hablas del señor Puttcatt. —replicó Ainra—. Él era comerciante, es obvio que tenía mucho dinero. Eso es lo típico de los comerciantes en este lugar, casi todos son ricos. Quizás lo arrestaron por tener más dinero que el imperio. —Señaló Ainra poniéndose de frente al niño.
—Bueno, sea lo que sea, creo que nunca lo sabremos. Los adultos tienen un modo extraño de pensar —concluyó Shayirāh.
Era casi la tarde, el sol comenzaba a posicionarse para ocultarse detrás del monte Leërgar, la niebla comenzaba a bajar al suelo y los silbatos de las fábricas habían comenzado a sonar con insistencia marcando el final de la jornada. La gente también comenzaba a cruzar el puente de piedra que cruzaba sobre el río de vuelta a sus casas y los barcos de vapor, ya comenzaban a amarrarse al muelle al oeste, navegando contra corriente. Shayirāh se despidió de sus amigos prometiendo verlos en su fiesta, y voló a casa con una sonrisa en los labios por la fiesta de cumpleaños que le aguardaba. El ladrillo rojo percudido por la contaminación la recibió una vez más. Su nariz se inundaba de la dulzura del aroma que provenía de la cocina, dispersando el aroma a carbón quemado de las fábricas; el pastel que su madre le había preparado estaba listo.
—¡Ma, llegué! ¿Ya está el pastel? —Llamó Shayirāh atravesando la sala de terciopelo gastado.
—¡Oh, gracias a los dioses! —Exhaló Layra—. ¿No sucedió nada raro fuera?
—Para nada. De ser así, habría vuelto de inmediato.
—Bueno, me alegra saber que estás bien, hija. Lávate y vístete, la fiesta ya va a comenzar. —dijo sacando el pastel de dos pisos desde la cocina.
Layra lo colocó sobre la mesa de la cocina para dejar que reposara y se enfriara. Shayirāh lo examinaba por todos lados, hacía amagos de probarlo con su dedo, como si estuviera intentando jugar con él, con la esperanza de que alguno de sus dedos quedara embarrado del merengue y pudiera chupárselo para deleitarse con el dulzor. La señora Irionhart la reprendió diciéndole que sería mejor esperar a que llegaran sus amigos. Mientras Shayirāh miraba hipnotizada el pastel, el tubo de mensajería sonó su campana, indicando que habían llegado algunas cartas. Los tubos de mensajería contenían las cartas que esperaba Shayirāh con la confirmación de los padres de sus amigos de asistencia a su fiesta.
Dio unos pequeños saltos de emoción al escuchar esto, así que se olvidó del pastel y corrió a tomar un baño para poder estar lista en cuanto llegaran sus amigos y poder continuar jugando y festejando su cumpleaños. Tras un par de horas más de dolorosa tortura de contemplar el merengue, comenzaron a llegar todos los invitados con regalos. Desfilaban por el recibidor con cajas envueltas con papeles multicolores. Los adultos entraban saludando a Shayirāh mientras le deseaban feliz cumpleaños y le entregaban sus obsequios para que los pudiera colocar en la sala, esperando por ser abiertos.
La fiesta fue algo que Shayirāh esperaba con ansias, primero, fue una cena que su madre preparó y que encantó a todos los invitados, seguido, comenzaron los juegos de fiesta para entretener a los niños y al final, el pastel que tanto había ansiado Shayirāh toda la tarde. Y como dictaba la tradición, la señora Irionhart ayudó a su hija a rebanar el pastel para poder darles un trozo a todos sus invitados. Mientras esto pasaba, el señor Gild Irionhart abrió la puerta y Shayirāh, al mirarlo, se lanzó corriendo hacia él feliz de verlo.
—¡Papi! —exclamó saltando sobre él usando sus alas para darse impulso.
—Hola, tormenta. ¡Feliz cumpleaños! —La recibió con un abrazo cálido a pesar de casi caer de espaldas por la efusividad del recibimiento.
—Gracias, papi. ¿Me trajiste un regalo?
—¡Oh, diablos! Lo olvidé —Bromeó mientras sacaba una caja de dentro de su abrigo y se lo tendía—. Es broma, tormenta. Jamás olvidaría comprarte un regalo en tu cumpleaños. Espero que lo disfrutes.
—Gracias, papi, eres el mejor—. Le dijo dándole un abrazo.
—Y tú eres la mejor hija que un padre pueda tener, tormenta. Adelante, sigamos con tu fiesta. ¿Aún queda pastel o ya te lo comiste todo?
Entró en la fiesta y saludó a todos los presentes mientras les presentaba una botella de licor para poder conversar con ellos mientras los niños estuvieran ocupados jugando.
El tocadiscos sonaba su melodía, los gritos de los niños se oían en el patio trasero y las copas chocaban entre sí un brindis tras otro. Pero la fiesta se interrumpió por una patrulla imperial que llegaba a la casa del frente, montados en copperflyers. El señor Irionhart se apresuró a cerrar la persiana —o lo que en su buen tiempo era una persiana— dejando un espacio abierto. Se asomó hacia la ventana para saber qué ocurría, y pudo ver que al menos una veintena de soldados se dirigían a la casa del frente, golpearon la puerta con la culata de las armas, como si quisieran derribarla de un solo golpe y en cuanto el dueño de la casa abrió, lo arrestaron entre golpes e insultos. Su manzana bajó y se elevó de nuevo al observar la escena, pensando en lo que habría pasado si de repente hubieran decidido arrestarlo a él en lugar de a su vecino.
Sé que no está bien que diga esto, pero me alegra que haya sido él y no yo.
Uno de los padres de los niños lo interrumpió para preguntarle qué sucedía.
—¿Está todo bien, Gild? Te pusiste blanco de repente.
—S-sí. Digo… no. Arrestaron al señor Lanck.
—¿El de la policía?
—Ese mismo.
—Escuché que planeaba desertar de la policía e irse a Northrade —dijo tomando un sorbo de licor—. Pero quién sabe, solo era un rumor.
—Creo que el imperio se toma muy enserio los rumores —contestó el señor Irionhart volviendo a tomar su asiento—. He sabido que solo ejecutan a personas por un rumor y después investigan si eran culpables o inocentes.
—Lo sé, es espantoso. Pero no hablemos de eso, podríamos inquietar a los niños. ¡Slatsiye! —Levantó su copa para brindar.
—¡Slatsiye! —respondió Gild.
Aunque la fiesta continuó, Gild no dejaba de tamborilear con los dedos sobre la mesa, de sentir cómo un par de gotas de sudor frío le escurrían de las patillas y sentir ese cosquilleo en el pecho mientras los eventos sucedían fuera. Quiso fingir como si nada estuviera ocurriendo, pero las cosas no paraban de dar vueltas en su cabeza, así que tras unas horas de convivencia, los invitados, notando el malestar que tenía, comenzaron a retirarse mientras Shayirāh los despedía sonriente desde la ventana de la sala agitando su mano. Cuando todos se hubieron marchado, el señor Irionhart volvió donde Shayirāh y la envió a dormir.
—Bueno, tormenta, parece que te divertiste mucho hoy. Será mejor que vayas a dormir ya.
—Sí, tengo sueño. Buenas noches, mamá, buenas noches, papá.
—Descansa, pequeña —la despidió su mamá.
Apenas si pudo usar sus alas para subir por las escaleras y arrojar sus calcetines lejos desde sus pies. Tumbándose sobre la cama, cerró los ojos y se quedó dormida en un santiamén. En medio de la madrugada, un ruido de ruedas de carruajes y copperflyers en el empedrado de la calle y el galopar de unos caballos la despertaron. Se asomó a su ventana arrodillada sobre su colchón mientras se tallaba los ojos para ver si podía ver algo y miró que se trataba de varios carruajes y copperflyers que llegaban a la calle donde ella vivía. Los faroles iluminaban con su destello naranja a varios soldados que descendieron de estos carruajes entre gritos y órdenes entre la neblina y se internaron en un callejón donde Shayirāh no podía ver lo que estaba ocurriendo, así que tomó sus goggles de visión nocturna para poder observar mejor lo que sucedía.
Solo se escuchaban golpes y gritos provenientes del callejón, ante lo cual, Shayirāh recordó la advertencia de su madre sobre mirar escenas como esa. Así que, queriendo evitar los problemas, abandonó la vista de su ventana para agacharse y acostarse de nuevo en su cama, arrojando sus goggles al otro extremo de su habitación, pero sin cerrar los ojos, cubriéndose con las mantas hasta la cabeza. Se escuchaban solo niños llorando y gritos de mujeres entre el caos. Sintió cómo su corazón se agitaba al escuchar los lamentos desesperados y gritos provenientes de la calle, apretó los párpados y puso sus rodillas contra su pecho.
Solo es una pesadilla. Solo eso. Solo un mal sueño. Pronto se irá.
Se cubrió los oídos repitiéndose eso, intentando no escuchar el ruido de afuera, pero hubo uno tan fuerte que atravesó sus manos hacia sus oídos.
Y luego otro y otro más.
Se escuchó como una serie de explosiones leves que silenciaron los gritos y el llanto de las personas de golpe, y aunque tenía ganas de volver a la ventana para ver lo que había sucedido, prefirió no comprobarlo con sus propios ojos. Imaginó lo que había sucedido y su mandíbula descendió lentamente ante las imágenes que había en su cabeza. Sus lágrimas brotaron y su espalda y sus alas se sacudieron en un escalofrío que la recorrió, enfriándole los dedos.
Creo que ahora entiendo por qué mamá no quiere que vea esta clase de escenas.