PROLOGO.
El tiempo da una perspectiva distinta a cada uno de los recuerdos que tenemos. Sin embargo, incluso ahora, pasado ya todo, mi memoria parece no querer olvidar esa fecha imborrable, las sensaciones, el olor, los gritos, el miedo,los lloros y el frío. Parece que pudiera ver con gran detalle lo que ocurrió, como si tuviera una ventana delante de mí y observara lo sucedido.
Hasta aquel día, mis padres y yo habíamos permanecido recluidos en el guetto de Plaszów, en Cracovia, durante más de un año. Pero sin previo aviso, el gobierno alemán ordenó nuestro traslado a un campo de trabajo. Lo recuerdo como si fuera ayer. Un cambio definitivo de vida que ahora forma parte de lo profundo de mí.
Las vivencias más intensas las viví aquella jornada de movimiento, de traslado, de desorientación. A mi memoria viene cada cierto tiempo cómo miré con estupor alrededor, cómo el miedo y la desolación reinaban por todas partes.Nada de todo aquello lo olvidaré jamás.
En medio de la vorágine, cuando caminábamos todos juntos, no pude evitar mirar asustado a mis padres. Sus avejentados y demacrados rostros apenas eran una sombra de lo que fueron.
—Todo saldrá bien, Bill —dijo mi padre en voz baja—. Confía en mí.
—Ya nada puede salir bien —repliqué.
—Lo único que importa es que permanezcamos unidos —añadió mi madre mientras su mano rodeaba mi hombro de una forma maternal. Asentí con la cabeza.
Durante horas, continuamos nuestro camino entre una multitud de personas cuyos ojos parecían buscar explicaciones. No sabíamos a dónde nos llevaban ni lo que iban a hacernos. El frío era intenso, pero no supe distinguir si mis temblores eran fruto del duro mes de febrero en el que estábamos o por el miedo a lo desconocido. Después nos subieron en esos vagones de madera, más propios de ganado que de personas. De pie y todos apretados. Sin comida, sin agua. Apenas podía respirar. Tenía la sensación deque era una pesadilla. Entonces, apreté con fuerza las manos de mis padres. Ellos eran lo único que me quedaba. Todo lo que necesitaba, al fin y al cabo.
—No te preocupes, ya verás como no puede ser tan malo —dijo mi madre abrazándome con fuerza mientras los lloros de los niños amenazaban con volvernos locos—. Cierra los ojos. Piensa en nuestra casa en Malbork, en nuestro hermoso jardín.
Hice lo que me pidió y vacié de imágenes mi retina. Intenté que los recuerdos acudieran a mi mente. Lo primero que pude recordar fue el olor atierra mojada, los árboles, el ruido de la lluvia cayendo sobre las hojas y golpeando el porche de madera. Ese era mi hogar, mi refugio, mi todo.
Poco a poco, la oscuridad se apoderó del vagón y una sombra se tragó el pasado que no iba a volver. Asumí que nunca más volvería a mi pueblo, a mi casa. No pude evitar que la pena me encogiera el pecho. Durante un tiempo traté de convencerme de que, cuando la guerra terminara, todo volvería a ser igual que antes. Pero no sería cierto. Ahora soy muy consciente de ello.
El viaje se hizo interminable. Incluso hoy, cuando todo es un recuerdo que comienza a ensombrecerse, veo el cansancio de la gente eternizarse entre el traqueteo sin fin de aquel tren. Hubo un momento en que pensé que me iba a desmayar del agotamiento. Pero en ese instante, los candados de las puertas cedieron y la luz entró a raudales. Habíamos llegado al campo de trabajo.
No comprendía muy bien la magnitud de lo que tenían ante mis ojos, pero me sentí inquieto. Acerté a ver los carteles pegados a la valla en el que se alertaba de la electrificación. No me gustó. Fue el momento en el que sentí que iba a ser prisionero, que no podría huir. Esos carteles hicieron que viera en los numerosos soldados repartidos por todas partes una cierta mirada de desprecio. Después, los perros comenzaron a ladrar sin descanso y el miedo comenzó a extenderse entre todos nosotros.
—Lo malo solo acaba de comenzar —me dijo la voz de mi conciencia. Un oficial alemán me sacó de mi ensimismamiento. Ya fuera del vagón, tiró de mi brazo con tanta fuerza que caí al suelo, lleno de nieve mezclada con barro.No entendía lo que quería, pero al incorporarme lo vi empujar a varias chicos más, todos jóvenes y en apariencia sanos. Mojado por la humedad de la nieve, o quizás por el miedo que recorría mi cuerpo, me puse a temblar sin fin.
—Vosotros —dijo con desprecio—. Conmigo.
Nos llevó junto a una fila en la que había una decena de chicos más, todos asustados y temerosos. Comenzamos a andar, escoltados por varios soldados. El oficial iba a la cabeza del grupo, guiándonos por el camino hasta un edificio separado del resto pero dentro del campo. Era más lujoso, mejor construido y con varios coches oficiales aparcados en un lateral.
Al llegar al patio, nos hicieron formar en fila. El impresionante portón de madera se abrió y fue entonces cuando lo vi. Un hombre joven, atractivo, con un impoluto traje repleto de galones y una deslumbrante gorra de oficial que dejaba siquiera entrever su pelo castaño oscuro. Él fijó su vista en nosotros con curiosidad. Permaneció unos segundos en lo alto de la escalinata, sintiéndose superior. Su cara resultaba inescrutable, pero me pareció el hombre más atractivo que había visto en toda mi vida.
Me sorprendí a mí mismo preguntándome quién sería.
Con paso firme, y una elegancia innata, bajó las escaleras y todos los soldados se cuadraron en cuanto nos alcanzó. Comenzó a pasarnos revista, con detenimiento, observándonos uno a uno. Yo intenté no mirarlo, pasar desapercibido, pero la curiosidad fue más fuerte que el temor y alcé la vista.Entonces nuestras miradas se cruzaron, solo un instante, pero logró intimidarme de tal manera que tuve que apartar mis ojos de él.
Nos miró con expresión impasible, uno a uno, estudiándonos con detenimiento. Fui consciente de que conmigo lo hizo unos segundos más de lo estrictamente necesario. Pero no supe por qué razón no sentí miedo.
Al cabo de unos instantes, eternos, volvió a situarse delante de mí. Noté de nuevo cómo sus ojos miel me observaban, empequeñeciéndome y atrayéndome a partes iguales. Al final, tuve que apartar mis pupilas ante su intensa mirada.
El frío se iba extendiendo por mi cuerpo, pero intenté mantener la compostura.
Con voz firme nos preguntó quién sabía llevar el mantenimiento de un hogar. De reojo vi a todos levantar la mano. Yo siempre había tenido una asistenta en casa y apenas sabía hacer poco más que mi cama. Al no levantar la mano, capté su atención de nuevo.
—Veo que tú no has respondido —dijo — ¿No sabes ni siquiera limpiar ni cocinar?.
—Sé muy poco, señor —susurré tiritando.
—¿Y eso, por qué? —preguntó. Pude ver que su tono de voz conmigo era amigable.
—Estaba estudiando para ser doctor, señor.
—Comprendo. ¿En qué curso estabas?.
—En el último, señor.
—¿Así que tienes conocimientos de medicina? —insistió.
—Sí, señor.
Me miró fijamente y, por un momento, le sostuve la mirada. Frunció el ceño y parpadeó confundido, como si no supiera cómo actuar. Mi presencia le alteraba tanto como la suya a mí. Y entonces supe que algo había despertado en mi interior. No hubo vuelta atrás. Ese día de 1942 fue el día que cambió mi vida por completo.
Mi nombre es William Kaulitz, soy judío y esta es mi historia.
Antes que nada, reitero, la obra NO es mia, solo sera una adaptación para el fandom Toll. 💕😊🙌 Y como originalmente la Historia es Hetero, habrá algunas cositas que serán tomadas con "normalidad" y que no podre omitir acá 😋😋 pero luego entenderán, todo a su tiempo... ✋🏻
Espero que les guste y que le den la oportunidad, en lo personal es mi libro favorito y deseo que les guste cada capitulo y aventuras entre ellos tanto como lo fue para mi. 🥰😈😈
Por cierto, ahora que lo pienso, si los Kaulitz hubieran nacido en esos tiempos y hubieran sido Nazis creo que los uniformes les habrían quedado MUY bien 🤤🤤🤤 Admítannoslos .
Aviso: Los siguientes capítulos serán algo largos (?) Pero creanme que ni lo notaran XD
PD: Los veo pronto 😎👌🎉 Y espero actualizar SEPTEMBER muy pronto...... 😈😉 Perdonen los errores de dedo.