CARTAS A MI SECUESTRADOR (Radioapple)

Summary

>>HUMAN RADIOAPPLE<< ¡S O L O! -CARTAS A MI SECUESTRADOR- Un extraño de ojos marrones observa a Lucifer desde la esquina de un café en el aeropuerto de Londres. El aún no lo sabe, pero Alastor es un joven que lo ha seguido durante años y que piensa llevarlo a vivir con él al desierto australiano. Lucifer de pronto se encuentra cautivo en un territorio desolado e inhóspito del que parece no haber escapatoria. . ¿Cómo alejarse de Alastor, sabiendo que su vida está en sus manos? . "🌱Una vez me hablaste de las plantas que permanecían latentes durante la sequía, que esperan medio muertas bajo la tierra. Las plantas que esperan a que llegue la lluvia. Dijiste que si hacía falta esperaban durante años; que antes de volver a crecer llegaban al borde de la muerte. Pero que en cuanto caen las primeras gotas de lluvia, esas plantas crecen y empiezan a echar raíz. Avanzan a través de la tierra y de la arena hasta que llegan a la superficie y vuelven a tener una oportunidad.🌱"

Status
Complete
Chapters
21
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

—————————

Me viste antes de que yo te viera a ti. En el aeropuerto, aquel día de agosto, me mirabas de una manera distinta, como si quisieras algo de mí; como si llevases queriéndolo mucho tiempo.


Antes de conocerte, nadie me había mirado de ese modo ni con tal intensidad.

Me desconcertaste; supongo que me sorprendiste.

Esos ojos obscuros, tan obscuros y de un tono tan frío, que me observaban como si yo pudiera devolverles la calidez. Tus ojos tienen una fuerza especial, ¿sabes?


Y también son muy hermosos.


Cuando me fijé en ti, parpadeaste rápidamente y desviaste la mirada, como si estuvieras nervioso... como si te sintieras culpable por haber estado observando a un desconocido en el aeropuerto. Pero yo no era un chico cualquiera, ¿verdad?


Y lo hiciste muy bien, porque me tragué toda tu actuación. Tiene gracia, pero es que siempre creí que podía fiarme de alguien de ojos obscuros.

Creía que, de algún modo, las personas de ojos penetrantes como la obscuridad de la noche eran de fiar.


Había discutido con mis padres. Mi madre no quería que llevase una camiseta tan poco recatada y mi padre estaba de malhumor porque andaba falto de sueño. Así que verte fue... supongo que la distracción fue bien recibida.


¿Es así como lo habías planeado?


¿Esperaste a que mis padres me echaran la bronca para acercarte a mí?


Sabía que me habías estado observando, lo sabía incluso entonces; me resultabas extrañamente familiar: te había visto antes... en algún lugar... pero ¿quién eras?


No podía dejar de mirarte.


Llevabas conmigo desde Bangkok: te había visto en la cola de facturación con tu pequeña bolsa de equipaje de mano. Te había visto en el avión. Y de pronto, ahí estabas: en el aeropuerto de Londres, sentado en la misma cafetería en la que yo me disponía a pedir un café.


Pedí y esperé mientras me lo preparaban. Mientras tanto, rebusqué entre las monedas que tenía.

No volví a voltear, pero sabía que aún me estabas contemplando. Seguramente te parecerá raro, pero sentía tu mirada. Cada vez que parpadeabas se me ponía el vello de la nuca de punta.


El chico de la caja no soltó el café hasta que tuve el dinero preparado. Según la placa que llevaba en el uniforme, se llamaba Anthony ; me parece extraño acordarme de cosas así.


—No aceptamos moneda Coreana —dijo Anthony después de haberse quedado mirando mientras yo contaba algunos Wones


—. ¿No tienes billetes?


—Olvide cambiar en el banco...—


Kenny negó con la cabeza y cogió el café para llevárselo.


—Al lado de la tienda de Duty Free hay un cajero automático.


Sentí que alguien se movía detrás de mí. Me giré.


—Deja que lo pague yo —dijiste.


Hablabas con voz suave y baja, como si solamente quisieras que te oyera yo, y tenías un acento extraño. La camisa de manga corta que llevabas puesta olía a eucalipto y tenías una pequeña cicatriz a un lado de la mejilla. Tu mirada era demasiado intensa como para aguantártela durante mucho tiempo seguido.


Ya tenías el billete preparado.


Me sonreíste.


Creo que no te di las gracias, te pido disculpas por eso. Le cogiste el café a Anthony y el vaso se te dobló un poco entre los dedos.


—¿Azúcar? ¿Uno?—


Yo asentí. Estaba demasiado aturullado por tu presencia y por el mero hecho de que me hablases como para ser capaz de nada más.


—No te preocupes, ya me encargo yo. Tú siéntate.


Señalaste el sitio donde estabas sentado: una mesa entre las palmeras de mentira, junto a la ventana.


Sonrei algo nervioso, aunque ya sabías que iba a ser así; me tocaste suavemente el hombro y sentí el calor de tu mano a través de la camiseta.


—Eh, no pasa nada; no muerdo —dijiste en voz baja—. Y tampoco es que haya más sitios libres, a menos que te quieras sentar con la familia Adams de ahí enfrente.


Miré hacia el mismo lugar que tú: las sillas vacías que había junto a una familia numerosa. Dos de los niños pequeños gateaban sobre la mesa y los padres discutían por encima de sus cabezas. Ahora me pregunto qué habría pasado si me hubiese sentado al lado de ellos; podríamos haber hablado sobre vacaciones infantiles y batidos de fresa, y después hubiese vuelto con mis padres.


Te miré la cara; esa cara con arrugas alrededor de la boca de tanto sonreír. El chocolate intenso de tus ojos escondía secretos y yo quería descubrirlos.


—Acabo de escapar de mi familia —dije—, ahora mismo no necesito otra.


—Bien hecho. —Me guiñaste el ojo—. ¿Entonces una de azúcar?, ¿no?


Me guiaste hacia el sitio donde habías estado sentado. Alrededor de la pequeña mesa había otros clientes y eso me dio confianza.


Llegar hasta allí me llevó diez pasos; caminé como medio aturdido y me senté en la silla que estaba de cara a la ventana. Miré cómo llevabas el café al mostrador y levantabas la tapa, y te vi verter el azúcar. Al agachar la cabeza el pelo te caía por delante de los ojos. Cuando te diste cuenta de que te miraba, sonreíste. Me pregunto si fue en ese preciso instante cuando ocurrió.


¿Sonreías mientras lo hacías?

Creo que aparté la mirada un instante para ver despegar un avión al otro lado del cristal.


Había un Jumbo balanceándose sobre las ruedas traseras, dejando una estela de humo negro suspendida en el aire. Había otro haciendo cola para despegar. Cuando lo echaste, debiste de ser muy rápido. Me pregunto si usaste alguna estrategia de despiste o si de todos modos no había nadie pendiente de ti.


Supongo que sería una especie de polvo, pero la cantidad debía de ser pequeña. Quizá tuviera aspecto de azúcar, no sé; pero no noté el sabor.


Me di la vuelta justo a tiempo de verte volver, evitando elegantemente a todos los pasajeros que, con sus propias tazas de café, se te cruzaban por el camino.


No miraste a ninguno; solamente me mirabas a mí.


Quizá por eso nadie más parecía darse cuenta. Tus movimientos eran muy parecidos a los de un cazador, caminando con paso suave y silencioso junto a la hilera de macetas de plástico, directamente hacia mí.


Dejaste los dos cafés sobre la mesa y empujaste uno de ellos en mi dirección, sin hacer ningún caso del otro.


Tomaste una cucharilla y jugueteaste con ella, haciéndola girar alrededor del pulgar y volviéndola a tomar.


Yo te miré el rostro. Tenías una belleza un tanto ruda y eras mayor de lo que había creído en un principio; en realidad eras demasiado mayor como para estar sentado conmigo.


Veintipocos, quizá unos veintiocho o puede que más.


Desde lejos, cuando te vi en la cola de facturación, tu cuerpo parecía delgado y pequeño, como los chicos de dieciocho años del instituto; aunque de cerca, si me fijaba mejor, veía que tenías los brazos fuertes y morenos, y que tenías curtida la piel de la cara. Tenías la tez del color de la tierra.


—Me llamo Alastor —dijiste.


Rápidamente, apartaste la mirada un instante antes de volver a mirarme y tenderme la mano. En el dorso de la mía sentí el calor y la aspereza de tus dedos; me la habías tomado y no la soltabas, aunque tampoco me la estabas estrechando. Enarcaste una ceja y me di cuenta de qué querías.


—Oh… Lucifer —dije sin pensarlo.

Asentiste como si ya lo supieras.


Claro que supongo que ya lo sabías.


—¿Dónde están tus padres?—


—Han ido a la puerta de embarque, me están esperando allí. —Me puse nervioso,así que añadí —: Les he dicho que no tardaría, que iba a por un café.


Levantaste una de las comisuras de los labios y te reíste un poco.


—¿Cuándo sale el vuelo?—


—Dentro de una hora, más o menos.—


—¿Y adónde vas?—


—Canada. —Eso pareció causarte buena impresión, y te sonreí, creo que por primera vez


—Mi madre va muy a menudo —añadí—. Es comisaria de arte; una especie de artista que en lugar de pintar, colecciona.


No sé por qué sentí la necesidad de darte explicaciones. Supongo que fue por costumbre, por la cantidad de muchachos que me preguntan en el instituto y no saben nada de nada.


—¿Y tu padre?


—Trabaja aquí en Londres: es corredor de bolsa. —


-Un trajeado.—


—Sí, algo así. Eso de ocuparse del dinero de los demás es bastante aburrido, pero a él no se lo parece.—


Me di cuenta de que empezaba a hablar sin ton ni son, así que le di un sorbo al café para callarme.


Mientras bebía, me fijé en una pequeña gota de sudor que te recorría el nacimiento del pelo. La verdad es que no podías tener calor: el aire acondicionado nos daba de golpe.


Tus ojos se movían nerviosos de un lugar a otro y no siempre eran capaces de cruzarse con los míos; esa tensión te hacía parecer tímido, hizo que me cayeras aún mejor. Pero en el fondo, había algo sobre ti que me rondaba la cabeza.


—Entonces —murmuraste—, ¿qué quieres hacer tú? ¿Buscar un trabajo como el de tu padre? ¿Viajar como tu madre?


Me encogí de hombros.


—Eso es lo que les gustaría a ellos, pero no lo sé. A mí no me convence.—


—No te parece... suficientemente significativo.


—Puede que no. Quiero decir que lo único que hacen es coleccionar. Mi padre colecciona el dinero de los demás y mi madre sus dibujos. ¿Qué hacen que sea realmente suyo?


Aparté la mirada. Odiaba hablar de las profesiones de mis padres. En el vuelo desde Bangkok ya había sido el tema de conversación:


Mi madre dando la lata con los cuadros que quería comprar en Canada. En aquel momento era lo último de lo que quería hablar.


Volviste a reír un poco y tu voz sonó entrecortada. Estabas sujetando la cucharilla sobre el pulgar en perfecto equilibrio, la tenías suspendida allí como por arte de magia.


Y mientras tanto, yo aún me preguntaba si debía estar allí sentado, contigo. Pero ¿sabes qué?


La situación era rara: me sentía como si pudiese contarte cualquier cosa. Si no hubiese tenido tanta tensión acumulada en la garganta, seguramente lo hubiese hecho. A menudo pienso que ojalá todo hubiese acabado allí mismo: tú con tu sonrisa y yo hecho un manojo de nervios.


Eché un vistazo a mi alrededor para ver si mis padres habían venido a buscarme, aunque ya sabía que no.


Para ellos era suficiente con esperar junto a la puerta de embarque, leyendo la selección de revistas que habían llevado, fingiendo ser muy inteligentes.


Además, si mi madre venía a buscarme después de la discusión sobre la ropa estaría admitiendo su derrota, y eso sí que no. Aun así, miré a mi alrededor. Había un enjambre de caras anónimas que poco a poco se acercaba al mostrador de la cafetería.


Gente, gente por todas partes. El ruido y el zumbido de la cafetera. Chillidos de niños pequeños. El olor a eucalipto que despedía tu camisa de cuadros. Bebí un trago de café.


—¿Qué colecciona tu madre? —me preguntaste, y tu voz suave volvió a captar toda mi atención.


—Colores, más que nada. Cuadros de edificios. Formas. ¿Sabes quién es Rothko? Mark Rothko. —


Frunciste el ceño.


—Bueno, cosas así. Me parece todo bastante pretencioso. Un montón de rectángulos sin fin.


Ya estaba otra vez hablando sin ton ni son.


Callé y te miré la mano, aún la tenías colocada sobre la mía: ¿era normal que estuviese ahí? ¿Estabas intentando ligar conmigo?


En el instituto nadie lo había intentado de ese modo. Mientras miraba, la levantaste rápidamente como si también te acabases de dar cuenta de que la tenías allí.


—Perdona. —Te encogiste de hombros, pero te vi una chispa en la mirada que me hizo devolverte la sonrisa—. Supongo que estoy... un poco tenso.


Volviste a bajar la mano y la pusiste al lado de la mía, tan sólo a un par de centímetros. De haber estirado el meñique, te habría tocado. No llevabas alianza; no llevabas ninguna joya.


—¿A qué te dedicas? —te pregunté—. ¿Ya no estás estudiando?


En cuanto lo dije, me sentí avergonzado, ambos sabíamos lo estúpida que era la pregunta.


Era obvio que eras mucho mayor que cualquier otro chico con el que yo hubiese tenido una conversación remotamente similar.


Tenías diminutas arrugas alrededor de los ojos y de la boca provocadas por el sol, y ya tenías cuerpo de adulto. Además, tenías más confianza en ti mismo que los torpes muchachos del instituto.


Suspiraste y te apoyaste en el respaldo de la silla.


—Supongo que yo también hago arte —dijiste—, pero no pinto rectángulos. Viajo de vez en cuando, hago jardinería... construcción. Cosas así.—


Yo asentí como si comprendiera. Quería preguntarte qué hacías allí, conmigo... si nos habíamos visto antes. Quería saber por qué te habías interesado por mí. Porque yo no era tonto, y era fácil darse cuenta de que era mucho más joven que tú.


Sin embargo, no te lo pregunté.


Supongo que estaba nervioso y quería que fueses alguien de fiar. Además, imagino que estar sentado con el hombre más guapo de toda la cafetería tomando un café que él me acababa de comprar me hacía sentir más mayor de lo que en realidad era.


Quizá tú parecieras mayor de la edad que tenías. En un momento en que miraste por la ventana, me saqué un mechón de pelo de detrás de la oreja y dejé que me cubriera un poco la frente; me mordí los labios para que pareciesen más rojos.


—Nunca he estado en Canada —dijiste al final.


—Yo tampoco. Preferiría quedarme aquí.—.


—¿De verdad? Todas estas ciudades, toda esta gente...


En cuanto me miraste hiciste un gesto involuntario con los dedos y rápidamente te fijaste en el mechón de pelo que acababa de dejar suelto.


Un momento más tarde te inclinaste sobre la mesa y me lo volviste a poner detrás de la oreja.


—Perdona, es que... —murmuraste, sin poder acabar la frase mientras te sonrojabas.


Tardaste unos instantes en retirarme la mano de la sien y llegué a sentir la aspereza de las yemas de tus dedos.


Cuando me rozaste la oreja, se me calentó.


Entonces bajaste los dedos hasta la barbilla y empujaste hacia arriba con el pulgar para mirarme, como si me estuvieses estudiando a la luz de los focos que tenía encima.


Quiero decir que me miraste de verdad... con un par de ojos que eran como estrellas.


Me atrapaste así como así, me hiciste quedarme quieto en aquel lugar del aeropuerto de Londres como si yo fuera una pequeña polilla atraída por la luz.


Y la verdad es que algo me revoloteaba por dentro, vaya que sí.


Un aleteo como de mariposas me subía por el estómago. Me atrapaste fácilmente y me atrajiste hacia ti como si ya me tuvieras enredado en una red.


—¿No preferirías ir a Australia? —dijiste.


Me reí un poco; por la forma en que lo habías dicho parecía que hablabas en serio.


Inmediatamente después, apartaste la mano.


—Claro. —Me encogí de hombros, sin aliento—. Todo el mundo quiere ir a Australia.


¿O no?


Entonces te quedaste callado y bajaste la mirada. Yo sacudí la cabeza, aún sentía el tacto de tus dedos. Quería que siguieras hablando.


—¿Eres australiano?—


Tu acento me tenía desconcertado porque no sonabas como los actores de aquella serie australiana, A veces sonabas británico, otras como si no procedieses de ningún lugar.


Esperé, pero no contestaste, así que me incliné hacia delante y te di un golpecito en el antebrazo con el dedo.


—¿Alastor? —dije; estaba probando llamarte por tu nombre y el sonido me gustó—. Cuéntame cómo es Australia, ¿no?


Entonces sonreíste y la cara te cambió por completo. Fue como si se te iluminara, como si los rayos de sol saliesen de dentro de ti.


—Ya lo averiguarás —dijiste..